XXXI
Soledad quisiera fuese el descanso
de los sentidos, la ataraxia
que puede justificar el desdén
hacia la vanidad, lo que escribo
en el viento que ya ha pasado
y que dejó sus pavesas en las torres
y en el sueño.
Mira al que tienes al lado,
pronuncia su nombre,
es como tú, como yo,
arena, un serrín
denso que retiene la sangre
y la grasa cuando es impregnado.
No llegaré más alto, no vadearé
el Rubicón, el mar no será el final.
De este modo espero
lo que no habrá de ser nunca,
ni ternura ni espinas,
solo otra decepción:
saber que estoy bajo la luna
y no tengo un paraguas.
Fernando Alda

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