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| Fernando Alda Sánchez |
Inicio la publicación en el blog de una nueva sección, esta vez en prosa, bajo el epígrafe de "Diario de Ciudad Desolación". Ésta es una ciudad imaginaria que da título a una novela escrita por mi hace ya muchos años, inédita. No pretendo ir publicándola por entregas, como se hacía con los folletines, sino más bien, utilizando el nombre de este lugar imaginario, que pertenece a mi paisaje espiritual, ir desgranando reflexiones o, simplemente, pura prosa poética de evocación de estados de ánimo o experiencias, a modo de diario.
El lector juzgará si es de su gusto.
No importa si la luz de la luna baña los pétalos de las rosas de porcelana que crecen en este jardín de sueños, junto a las hespérides que he ido olvidando en la desmemoria, o si el mundo está ardiendo en su propio fulgor sin que nadie lo perciba, con cenizas violentas, pues es otoño y eso ha de bastarnos para sentir, bajo la piel amarga del dolor, que aún resistimos los embates de la edad, la inmisericorde burla del tiempo, a la vez que miro los árboles en llamas, como aparecidos, entre la niebla, en Ciudad Desolación, que hoy se me parece como más triste y desdibujada, entre velos ocres y una luz melancólica, que imita a la del gas pobre. Más no así los adentros, en los que arde la esperanza, contra toda esperanza, a la vez que aguardo que el ángel que me mira por la ventana, tras el cristal en el que se dibujan arboledas y lágrimas, pase a visitarme, para charlar o compartir recuerdos, tal vez viajes, singladuras, o podamos intercambiar esos pequeños tesoros que hemos ido guardando en el almario, un atardecer, un beso robado a la muerte, el esplendor de la hierba, la ínsula que es el corazón, unos acianos de la última primavera, o las cerezas que nos ofrecieron una mañana tan luminosa como las sábanas blancas que tendían las mujeres en un alambre para que se secasen al sol y que hoy me parecen almas recién confesadas.
Y así va la mañana, mientras escribo, y la estilográfica me parece una herramienta poderosa que va arrancando esquirlas al mármol en el que se encierra el texto, o pinceladas que nacen de los colores mezclados en la paleta o las notas que emite un piano cuyo teclado está siendo acariciado por manos expertas que buscan en el mismo la melodía que nos hará viajar a través del tiempo, por encima de fronteras y montañas, más allá del mar tenebroso e inmenso, hasta las cimas de luz, allí donde se pierde el mundo y su retablo, la representación de todos cuantos somos, en nuestros papeles, bajo la mirada de Dios, que nos ama.
Recojo frutos en este magosto que evoca eras pasadas, con el vino nuevo derramado en nuestras gargantas, en el tiempo de los héroes y las leyendas, tal un viaje interior por los mapas de la melancolía, buscando otros archipiélagos en cuyas playas dejaremos varados, desnudos y cautivos, los tizones que aún perviven en las médulas, en los libros que leímos y aún recordamos junto a la hoguera en la que danzan los desvelos, el desasosiego de vivir cada día.
El río sigue fluyendo bajo los puentes, así se nos va la vida, como en un suspiro, cuando la tristeza nos aprieta las entrañas con su mano helada, y corremos, en ocasiones, hasta el puente siguiente pensando que allí veremos reflejado el mismo rostro hermoso que ahora vemos, mas el engaño está servido, y solo habrá otras hojas, ya muertas, que la corriente arrastra inexorable, como un reloj. Vano intento el nuestro, no hallaremos el rostro de Narciso, acaso el de las parcas.
No tengamos pesar, hay otra vida, la eterna, la que nos prometió Cristo, y los caminos, aunque estrechos y empinados, conducen a Emaús y a ella. Y serán la luz y la alegría, al rayar el alba, en el encuentro, al partir el pan.
Fernando Alda Sánchez






