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| Foto: Fernando Alda Sánchez |
Es el momento de recoger
las cenizas, los añicos en los que quedó
la vida, las sobras del banquete,
y mirar hacia el oeste, y ver
cómo los últimos restos de la hoguera
se extinguen entre la neblina
y la lluvia. En la calle,
el verdor del musgo, el tacto
de los líquenes que siguen buscando
el agua desde el primer día del mundo,
tus pasos cansados que te llevan
al portal de casa,
a la escalera que subes y bajas
todos los días recordando la libertad.
Para el año que viene habrá
una nueva siega, lo sabes
como lo sabe la hierba que aún no ha nacido
y ya espera el gélido abrazo de la segur
que empuña la mano airada
de hueso, la que mece los atardeceres
y las penumbras, la sombra
entera, el resuello de la luz
cuando se acaba entre los párpados
que se cierran, como el que corre
una cortina o baja una persiana:
tan en secreto y lentamente,
sin percibirlo siquiera.
Fernando Alda Sánchez






