Buscar este blog

martes, 31 de marzo de 2020

Si es tu voz invulnerable...









Transparencia inconsútil la que el aire

mueve, la fragancia de las rosas
de terciopelo al abrirse, cuando en el mediodía
se cumple el presentimiento
de las horas que están por llegar.
Sueñas y afirmas,
la voluntad obedece a la creencia,
hay golpes ciegos
que derraman perfumes y sombras,
el éxtasis de saberse dueño
del tiempo, del magnetismo
de la constancia que te impulsa,
la venerable permanencia de las torres
y de las campanas,
la plenitud de estar despierto
en medio de la realidad,
centro imaginario de un planisferio
en el que buscas seguridades,
atajos con los que alcanzar
incólume el devenir
de la existencia.
Si es tu voz invulnerable,
y de las nebulosas del corazón
libas su jugo, la ocasión
de hablar un idioma al que perteneces
por el mérito de haberlo creado,
si desde el lugar en el que muriese
la tristeza proclamas que eres
el señor glorioso de los vientos
y de las encrucijadas, el forjador
de las leyendas y de los mitos,
y desde las cumbres divisas
valles, la tierra prometida,
o abrazas la altitud de los cielos
abiertos, poblados de nubes
extensas y profundas, como lechos
puros pintados de un intenso
azul, de un inmaculado
blanco, el soplo leve de las aves
que apenas rasgan la inmensidad,
el tazo efímero de su vuelo,
el cántico hondo de la suprema
bendición que permanece
en la distancia, en la derrota,
en todo aquello que te pertenece
y a lo que no renuncias.

Fernando Alda Sánchez

lunes, 30 de marzo de 2020

Memoria de Pieter Brueghel el Viejo


          Nevisquea esta mañana en las ventanas, cuando marzo parece irse con sus locuras, y el día está vestido de un gris muy oscuro, marengo, tal vez, como presintiendo los lutos que vendrán, o que ya están entre nosotros. Imposible no recordar, no asomarse al pasado, no sentir nostalgias, no dejar arder el corazón en estos pensamientos que se entrelazan como las cerezas en los cestos que el tiempo nos sirve tras una cosecha malograda de insomnio y desasosiego.

          Imposible no traer ahora a la memoria el cuadro sobre tabla de Pieter Brueghel el Viejo, del siglo XVI, titulado "El triunfo de la muerte", que tan lleno está de horrores, de escenas atroces, de esqueletos y humo en un paisaje devastado que se consume en su propia hoguera. Pero no voy a recrearme en la visión desolada de lo que parece el mundo, sino que dirijo mis ojos, llenos de asombro, a la parte inferior derecha de la pintura, en la que se ve lo que es una mesa de banquete, y unas damas y caballeros que, seguramente, estaban festejando, acaso en ese carpe diem en el que también vivimos nosotros ahora, y la muerte los ha sorprendido, ladrón nocturno que escala las tapias de la esperanza y de la vida, y así son arrebatados, en medio de un canto de laúd, que seguro es tristísimo, mientras queda la mesa puesta y uno de los caballeros desenvaina su espada para enfrentarse a lo inevitable.

         Así nosotros ahora a quienes el virus y la muerte nos han sorprendido cuando estábamos en plena fiesta, disfrutando del banquete, soñando con las vacaciones y el ocio, pobres cigarras desoladas que se aferran a lo material y más inútil, en una fiesta permanente en la que no sabíamos que podría presentarse de repente este ejército que viene a arrancarnos del sueño, a colocarnos en el lugar en el que hemos estado siempre, en la fragilidad y el abandono, en el escaque más expuesto del tablero de un ajedrez en el que no somos la reina o el alfil, ni siquiera el caballo, que parece saltar por encima de todo, incluidos los obstáculos, sino simples peones enfrentados a las tinieblas, con hambre y frío, como ocurre en todas las contiendas, en las que siempre llevamos la peor parte. Aunque luego, como bien sabemos desde que tenemos conciencia, viene la Parca para igualarnos a todos, pues del mismo modo trata a "papas, emperadores y prelados", como nos recuerda Jorge Manrique, y todo se allana en las sepulturas, antes de ir al Padre, de ver el rostro de Dios.

         Seguimos en estos días viendo y conociendo una realidad fragmentada, con un relato inconexo, a través de la virtualidad de los medios de comunicación, repleta de consignas y de hashtags que quizá no sea la verdad, en la que van inoculándonos el pánico, lo que tal vez sea o no, sin que tengamos elementos suficientes para discernir, para saber lo que realmente está ocurriendo, reducida la muerte a estadísticas, el dolor a suposiciones, pues ni siquiera podemos acompañar físicamente a aquellos que lo sufren, ni siquiera podemos abrazar o llorar con los que lloran a su lado. Quizá hemos perdido eso por lo que Miguel de Cervantes decía que se puede aventurar la vida, como es la libertad. Es Matrix, una realidad paralela, un sucedáneo de la verdad. Y en este paraíso en el que creíamos estar ha venido la muerte, que también reina en la Arcadia, para decirnos lo que somos, mísero barro que debería alzarse buscando a lo Alto para encontrar las respuestas que la tecnología o la ciencia no nos brindan. Cada cual que entienda, si es que tiene oídos para oír, en esta postración, en este desconsuelo, en el que el mundo está patas arriba y no sabemos bien si seremos capaces de volver a ser lo que fuimos.

         Vamos dándonos cuenta que después de esto que vivimos, después de esta debacle, de esta locura, de este viaje, tendremos que rendir cuentas, si es que no lo estamos haciendo ya, y volver a ser de otra forma, con otras mimbres, aunque puede ocurrir que todo se nos olvide, como se nos ha venido olvidando, por costumbre, por desidia, porque no somos capaces de tragarnos ese sapo, todo aquello que nos molesta, desde que el mundo es mundo y no hay nada nuevo bajo el sol que lo alumbra. "Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos", dijo Jesucristo camino del Calvario, nos recuerda San Lucas, y tal vez tengamos que llorar por nosotros mismos, por lo que se nos avecina en esta hora incierta, en este Getsemaní en el que nos encontramos sin saber muy bien qué camino tomar, esperando, como siempre hemos hecho, a que amanezca y tengamos constancia del paisaje que nos cerca.

         Es para pensar y retener, y obrar de nuevo con otras mañas, para no estar irremisiblemente condenados, como decía Jorge Santayana, que aprendió en su infancia del espíritu eterno que reina en Ávila, a repetir nuestros errores por no conocer nuestro pasado, mientras dura la luz, ahora que los días van buscando su largueza y en el alma, pese a la congoja, despunta un alba en el que pintar el color de las flores, el perfil de la vida, la fascinación que produce un nuevo día pese a que estemos cargados de grilletes. No nos amilanemos frente a la magnitud del desastre. Ayer, que salió el sol y había una temperatura que de verdad era de primavera, en este altiplano abulense, y se podía salir al jardín de casa, a la solana, en la que uno encuentra consuelo en estos días de confinamiento, como se ha encontrado consuelo o se han fraguado las ideas en las solanas de medio mundo, gracias a las charletas que en ellas tienen lugar, contemplé, por unos instantes, los lilos, que están a punto de brotar, contemplé los rosales, que ya tienen brotes y están fabricando, entre sus espinas, las más hermosas rosas que habrán de venir, y supe que tenemos sentido, que el ser humano tiene sentido, que la vida no es en vano, que no estamos hechos para que nos arrebate la muerte en medio del festejo en el que danzamos, que la muerte nunca tiene la última palabra, que estamos hechos para resistir y para conservar la vida, nuestro paso fugaz sobre la tierra.

       Encendida está la sombra por la luz de un abril que parece estar llegando, en el que la lluvia lavará las heridas y será nuestro mejor deseo, la celebración y el triunfo. Al tiempo.

Fernando Alda Sánchez


Nota.- La foto corresponde a la reproducción que el Museo del Prado ha realizado del cuadro de Pieter Brueghel el Viejo y que puede verse en la salas de dicha pinacoteca.


     

     

sábado, 28 de marzo de 2020

Es casi escritura


A Irene



Clara la luna alberga el último

encuentro, que es como
habitar las calles
desabridas, los áticos
inacabados en los que no terminas
de escribir nunca
los poemas interminables,
los instantes en blanco,
el insomnio que acecha
tras cada metáfora,
agazapado como un atracador
a cara descubierta,
como un asesino de tormentas
que inesperadamente descubre
su presa y descarga el rayo,
un navajazo audaz
que desangra arterias
y vierte viscosas amenazas
que a ningún lugar conducen.
Hablamos, sentimos,
es casi escritura,
un verso que se escapa
noctámbulo y en ninguna parte
anida, aunque clama,
perverso, por ser,
por estar, y entre los labios
desliza nombres,
adjetivos, el existir de lo sublime,
y transforma cuanto señala,
cuanto dice y es en ese momento,
un temblor, emociones
perfiladas que avanzan
cual legión, desaparecido
el pudor de moldear la belleza.
Existo, y anuncio sentidos
nunca hallados,
un tacto etéreo e inconforme,
un mirar por ventanales
que se abren y se cierran,
y nunca vuelven a abrirse.

Fernando Alda Sánchez

viernes, 27 de marzo de 2020

De azul las sombras


       De azul las sombras, la montaña, el fuego, el latido azul de la melancolía de los años que se queda prendido en los cristales de la ventana, sobre la que se recorta un jarrón con acianos, glicinas frescas en el muro en el que habita el musgo de todas las memorias. Es una calle abierta al sur de la tarde, ahora que el mundo está como desasido, desbocado en sus ausencias, cautivo de su propio asombro, y frente al espejo de la luz, tan ajado y amarillo, se pinta el  volar diáfano de los vencejos.

       Alto viene el viento, crecido, revolviendo las escorias ígneas del horno en el que se ha cocido el tiempo, como un pan terminado, que sabe a sangre, como una aurora recién encendida, que nos devuelve el triunfo y la gloria, la silente persistencia del lenguaje que estamos soñando en las alcancías en las que guardamos los recuerdos que hemos ido abandonando tras deshabitar las alcobas del alma, las zonas muertas, los sembrados en los que crecen el olvido y la cicuta.

       Hasta la tiniebla tiene sus pupilas, que son como estrellas, luceros en el filo de la lumbre en la que calentamos, tan lentamente, tan solos y entristados, el cenit del día, la mala hora, la pena que agria todo consuelo esperando el vino y la celebración del tránsito, el camino incierto, los puertos altos que hay que traspasar buscando el azul de la muerte, el postrero aliento, la corona  del momento en el que habremos de expirar y dejar únicamente un rastro de aire, una sutil brisa, el paso del céfiro que cabalga desde el oeste en el mediodía de las puertas que dejamos entreabiertas como para huir, por si acaso, de la vida y sus desastres.

       Es en el silencio en el que escuchas la voz de los antepasados, los que fueron derribados, los que ardieron pasto de las llamas, los que abrazaron la súplica y la misericordia, los que claman, los que alientan, aquellos que como raíces de una higuera siguen  buscando el agua, el pálpito del cielo, la mirada inconclusa que desde las colinas nos busca para habitar unos ojos nuevos, estrenados en la visión de lo que no se manifiesta.

     Así un poema, descolgándose de los labios, de la voz profunda que a manantial de miel sabe, el mundo inmenso, la desolación de las guitarras con las que canta un paisaje de azules árboles y de tierras rojas, en esta primavera en la que todo se estremece al paso de la lluvia tardía que recuerda a un otoño no extinguido, al más largo invierno, al sucederse de los meses en una única estación en la que va filtrándose, como por los pliegues del terreno, entre las rendijas de lo que está siendo, la nostalgia del mar y de los páramos.

     Celebra el paso, la quimera no habrá de preguntarte más por los misterios que encarnan la existencia. Habrá un verso de Horacio, un orbe oscuro y el cetro que lo gobierna, las cosechas madurando en los campos, los frutos generosos que habrán de ofrecerse en el final de todas las fiestas, el despertar de lo que somos y ahora entregamos al encantamiento y la certeza. Somos.

Fernando Alda Sánchez

     







jueves, 26 de marzo de 2020

Contra profanadores y saqueadores de tumbas

          1


Aquel que amparado en el sigilo

traspasase la frontera que protege
este sepulcro, y violase
sus secretos, reciba
eternamente el beso
de los escorpiones y de la escarcha.


           2


Este sarcófago está guardado
contra la codicia de los que trafican
con la memoria de los muertos.
La mano del Exterminador
abrazará su garganta
hasta apagar el último
latido de vida.


            3


Guárdate, saqueador
impune, de mancillar el silencio
de estos muros subterráneos;
guárdate de que el viento
habite en estas estancias:
si llegas a leerme
tus pasos no alcanzarán
nunca más la arena
ni la luminosa entrada.


            4


Profanador, aléjate de esta tumba,
solo encontrarás maldición
en el futuro, un lento
crujir de huesos que te recordará
el infierno de siglo en siglo.


            5


No habrá refugio alguno
para ti si esperas
enriquecerte con el brillante
oro y la gélida
plata que en este hipogeo
se guardan: por generaciones
seréis malditos tú y tus vástagos,
hasta que se consuman
las últimas estrellas del firmamento.

Fernando Alda Sánchez

miércoles, 25 de marzo de 2020

Sueños

Se mueren los sueños,

caen acribillados en las trincheras
de lo real como soldados
heroicos, pobres
soldados sin coraza
ni parapeto.
Mas renacen siempre
ágiles, más sabios
y endurecidos, del rescoldo
inmenso de pasiones
que son el alma y los adentros.

Fernando Alda Sánchez

martes, 24 de marzo de 2020

La nave de los locos


            Canto hoy por las vidas que fuimos y dejamos de ser, navegando en esta nave de los locos, en la "stultifera navis" medieval, como ajeno a la estatura del día, que se recorta incierta en el quicio de las horas, mientras se diluye la libertad entre las cuatro paredes de casa, mirando el jardín con la nostalgia que solo los enamorados pueden tener. Es la nave de los locos que pintara El Bosco, o el grabado que recoge en su libro "La nave de los necios" Sebastián Brant, a caballo ambos ente el XV y el XVI, de los siglos pasados, acaso "La balsa de Medusa", del pintor romántico francés Théodore Géricault, por lo que tiene de naufragio, en este caso real, frente a la situación de zozobra que vivimos en estos días de pánico social, en los que parece el mundo enloquecido, como ardiendo, diría Santa Teresa, y en los que se nos han trastocado los pilares que nos sostienen, sobre todo a la hora de contemplar tanto dolor y tanta muerte como se está produciendo por el covid-19.

            Puede ser, también, el "Elogio de la locura", de Erasmo de Rotterdam, que comienza afirmando que "diga lo que quiera de mí el común de los mortales, pues no ignoro cuán mal hablan de la Estulticia incluso los más estultos, soy, empero, aquélla, y precisamente la única que tiene poder para divertir a los dioses y a los hombres. Y de ello es prueba poderosa, y lo representa bien el que apenas he comparecido ante esta copiosa reunión para dirigiros la palabra, todos los semblantes han reflejado de súbito nueva e insólita alegría, los entrecejos se han desarrugado y habéis aplaudido con carcajadas alegres y cordiales", pues acaso lo que necesitamos en estos momentos es reír un poco, de tan acongojados como nos encontramos.

         Nada es burla, sin duda, pues los males que nos aquejan ciertamente no son para jolgorios, sino todo lo contrario, aunque el ser humano, especialmente aquellos que somos meridionales, como es el caso nuestro, el español, en su infinita capacidad de adaptación a cualquiera que sea el mal que le aqueja, suele encontrar válvulas de escape para tanta tensión como se nos acumula en la raíz de los tuétanos. Y aquí traigo ahora a Viktor Frankl y su libro "El hombre en busca de sentido", una reflexión magistral para tiempos difíciles, cuando llevados al límite no encontramos esperanza alguna, como le ocurriera a él en el Campo de Exterminio de Auswichtz.

       En medio de este dolor y de esta locura, de esta nave doliente y desquiciada en la que vamos, llorando amargas lágrimas, pues el desconsuelo nos aprieta en la garganta, no es en vano el recordar el Soneto XXXVI de Garcilaso de la Vega, que dice

"Siento el dolor menguarme poco a poco
no porque ser le sienta más sencillo,
más fallece el sentir para sentillo,
después que de sentillo estoy tan loco.

Ni en sello pienso que en locura toco,
antes voy tan ufano con oíllo,
no dejaré el sello y el sufrillo,
que si dejo de sello, el seso apoco.

Todo me empece, el seso y la locura;
prívame éste de sí por ser tan mío;
mátame estotra por ser yo tan suyo.

Parecerá a la gente desvarío
preciarme de este mal, do me destruyo:
y lo tengo por única ventura".

    En estos sueños estamos, como perdidos, sin atisbar el futuro, que se asoma incierto, temiendo lo que será de nosotros, en esta nave de locura y naufragio, como los que se aferran a los maderos (ardientes) de la balsa del cuadro de Géricault, o aquellos otros desastres navales que pintaran Goya o Turner, siempre entre el fragor de las olas de un mar hostil, como es la vida, tan esquiva y traicionera como la fortuna, que en ocasiones parece cuestión de encantamiento, aquel que a Don Quijote y a otros caballeros  andantes trastocaba los planes para hacer valer la fuerza de su brazo.

     Hay morgues gigantescas en palacios de hielo, ahora en Madrid, donde está el epicentro de tanta desgracia, y no nos gusta ver la muerte exhibirse en esos ataúdes que estarán alineados esperando destino, buscando el acomodo final en crematorios o camposantos, pues son la metáfora perfecta de estos tiempos que corren, tan sin rumbo, tan perdidos y locos, entregados como estamos ahora a la contemplación del desastre. ¿Se removerá algo entre nuestras cenizas, en los rescoldos fríos del alma? ¿Encontraremos algún filo acerado que nos sangre y nos zarandee, para no seguir más dormidos, o después de unos meses todo será olvido y caeremos en una nueva abulia? Tanto esfuerzo, tanto amor, tanta entrega como ahora se despiertan no pueden ser en vano, no pueden ser devorados por el Leviatán de la indiferencia.

    Vuelvo a mirar los lilos del jardín, a punto de reventar en flores, el apocado sol que se asoma tras las nubes, la débil candela con la que se iluminan los adentros, que parecen la caverna platónica, en la que también vivimos en estos días de confinamiento, en los que solo las sombras nos entretienen en medio de vacuos resplandores de una sociedad virtual que vemos a través de las pantallas, en las que se nos filtra la verdad en un mosaico fragmentado y no siempre cierto. Sabemos de las ciudades vacías, de las calles desiertas, del prójimo asustado en sus hogares, de los ancianos que mueren solos, de los héroes que en estas jornadas luchan contra la Parca y mantienen la esperanza, del dolor que cabalga rabioso, de lo que parece es real y no es más que un icono que nos repiten constantemente, convenientemente edulcorado a través de hashtags y de consignas. El "1984" de George Orwell no está tan lejos ni pierde vigencia.

      Miremos dentro de nuestra vida, repasemos lo que hemos sido y lo que queremos ser y tal vez nos dejen, prendamos una hoguera en el alma para calentar tanto desamparo, el huérfano existir que hemos tenido lejos de lo más sagrado, del calor de Dios, de su tierno abrazo, de su consuelo. Atrevámonos a tomar las riendas de nuestro existir, seamos responsables, cambiemos aquello que nos daña y nos empequeñece más aún, fuera de los circuitos del consumo, de la vacuidad de lo que se nos ofrece y no es más que un sucedáneo de la verdad. Y pues no hay nada nuevo bajo el sol aquí abajo, en la tierra, alzo los ojos a los cielos, para izar mis brazos y mi bandera, más altos que nunca, y tocar las cimas de la eternidad. Hoy, con más razón, con más motivo, y, por ello, lo celebro.

Fernando Alda Sánchez

(Foto: pixabay)