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lunes, 21 de septiembre de 2026

Vestigios de una vieja llama, 7

Foto: Fernando Alda Sánchez



No sabría decirte, Pessoa

querido, si allá en las brumas
y mareas de tu tristeza atlántica habita,
como aquí, el desasosiego
que nos une, aunque presiento,
en el aire, que viene
entrecortado, que es el mismo
rostro el que miramos de distinta forma,
desde otros heterónimos,
mientras alguien, una mujer,
canta un fado bajo la lluvia,
y en Ávila desemboca un río
de melancolía, este Adaja de tristeza,
que no es del Tajo, aún del Duero, tributo,
luego Oporto, como una vida que se acaba
en la orilla del mar,
que parece eterno.



Fernando Alda Sánchez

 

Vestigios de una vieja llama, 6

 

Foto: Fernando Alda Sánchez



Tengo una biblioteca y un jardín,
cuanto necesito, como Cicerón,
y entre libros y flores,
los trinos y las ausencias,
la lucidez, esa soledad
que me permite mirar lo real
sin asombro, como de vuelta,
y escribir estos versos
cuando comienza julio
con sus esplendores,
el estío en sazón, para ofrecerse pleno,
ahora que Horacio llama a la puerta
de casa y con él quisiera
irme hacia los campos,
allí donde se encienden los trigos
y las amapolas, y reina
el sol en las colinas.


Fernando Alda Sánchez

lunes, 14 de septiembre de 2026

Vestigios de una vieja llama, 5

 

Foto: Fernando Alda Sánchez





Solo espero que en la noche
Novalis encuentre el himno
que canto, la profundidad
debida para que el alma
no encalle, y en las estrellas
o el silencio habite
la memoria del tiempo.
En esta música se escriben
la calma y el poema,
ese que me despierta al alba,
cuando regreso de los sueños.



Fernando Alda Sánchez

Vestigios de una vieja llama, 4

 
Foto: Fernando Alda






Escribo con tinta verde
en las paredes de la celda en la que Cervantes
soñó su hidalgo loco,
desmemoriado del mundo,
ese que aún cabalga un rocín flaco
buscando reinos y princesas,
y a los labios me vienen palabras
como lluvia de abril,
recién estrenada,
para creer en las armas
y las letras, hoy ya vencidas
unas y otras, en astillero,
en una duermevela de estrellas
y ángeles, silencio de soldado
viejo, en la penumbra
de este cuarto que me parece
es Barataria,
la ínsula de mis adentros,
allí donde gobierna la melancolía
con mano de hierro, la libertad,
o es Esquivias, tan cerca, tan lejos...



Fernando Alda Sánchez

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Vestigios de una vieja llama, 3












Foto: Fernando Alda




Un adagio, Albinoni
tal vez, suena en mi memoria,
al tiempo que Leopardi
escribe su infinito en ese collado
melancólico en el que se perdió
mi juventud. Hay lluvia
en mis ojos, una niebla
de hojas escritas que fueron
arrancadas de cuadernos,
papel mojado en sangre.
Tinta en las lágrimas
que se ofrecen en la tarde
como un deseo de poemas.



Fernando Alda Sánchez

Vestigios de una vieja llama, 2

 

Foto: Fernando Alda


Alguien me regala un libro,
unos poemas de Catulo
desenamorado de Lesbia,
de Dante o Beatriz en la distancia,
tal vez de Laura regresando
de las sombras para un Petrarca
ya anciano, que entre las arboledas de Padua
cree reconocer la belleza
que fue perdida, acaso las cenizas
enamoradas que Quevedo
imagina en la prisión de San Marcos,
de la que no parece habrá otra salida
sino la muerte. Cuánto frío
en todo ello, qué helor...
No hay fuego
que redima estas soledades, que pueda
entibiar estas alcobas
que parecen deshabitadas.
Y, sin embargo, sigo leyendo,
hay rosas abiertas
como pájaros, una luz
llena de asombros: en los poemas
arden los versos, como ascuas del corazón,
y canta una calandria
una interminable elegía de ausencias.


Fernando Alda Sánchez

Vestigios de una vieja llama, 1

 
Foto: Fernando Alda



Inicio hoy la publicación de un nuevo poemario en este blog. Su título es "Vestigios de una vieja llama", que corresponde a un verso de Virgilio, en La Eneida, en su Libro Cuarto, "Agnosco veteris vestigia flammae", que puede traducirse como reconozco los vestigios de una vieja llama. Alguno ha sido publicado previamente en la revista digital "Atticus" Y, desde luego, son eso, vestigios de viejas llamas fruto de viejas lecturas, tal vez en el otoño, que está tan cerca, que permanecen en la memoria, como ascuas aún ardientes, y que, por tanto,  iluminan. No es otro mi deseo que también te iluminen a ti, lector, con su fuego.



Leyendo a Proust,
junto a las rosas de junio en el jardín
de casa, en el tiempo
abandonado en los relojes y en la vida,
tal el aleteo de un pájaro
o una mariposa que removieran
ascuas y memorias,
Swann, Guermantes,
el Vivonne, Combray,
dibujos ocultos por la niebla,
acaso fotografías prematuramente
envejecidas,
mi infancia, transparente
y lúcida,
entre los juguetes, un balancín
en forma de caballo de cartón,
tal vez el de la Troya oculta,
a las puertas del olvido.
Todos están esperando,
como yo, un hogar,
la sombra nueva que a las palabras
ofrecerán estas flores
que alguien dejó junto
a la ventana abierta.


Fernando Alda Sánchez