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| Foto: Fernando Alda Sánchez |
No consiente el aire
que pasemos página en el libro
de la bruma, ni acepta
rendiciones o medias palabras,
pues gracias a él respiramos,
y en ocasiones tiembla,
trémulo,
cuando los vencejos surcan
sus espacios azules y la tarde
deja cenizas encendidas
de luz, lágrimas de oro
antiguo, como las que llueven
de la mirada de Calíope
cuando dejo estos poemas
en un sobre o una botella
a la orilla del mar.
Coleridge y su viejo
marinero quizá los encuentren
bajo el vuelo de un albatros,
en ese mapa donde el rumbo
se pierde en las ínsulas
desconocidas
en las que habita el desamor.
Fernando Alda Sánchez






