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miércoles, 24 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 24

 

Foto: Fernando Alda

Sientes en el tuétano de los huesos

las ausencias que vienen a verte
entre los erizos de los castaños,
muy cerca del camino que transitas
todas las tardes, buscando el sol de otoño
que se va apagando
entre el humo de las chimeneas.
En las cumbres, ya florea la primera
nieve de noviembre, después de Todos los Santos,
y no puedes evitar que se haga presente
aquello que estás esperando
y que vendrá con el magosto,
con el vino nuevo que ya se atesora
a cubierto en el barro de las humildes
tinajas y que espera, como tú,
a ser bendecido o cantado.
¿Dónde quedaron las ascuas
que te enfebrecían? Son hoy
cinerario polvo?
Te tiemblan las manos,
bien lo sabes, al recordar
otros inviernos, como éste que está 
a punto de llegar,
mediado diciembre, en los que el frío
y la soledad no mellaban el filo
de tu mirada, el fulgor
agreste de tus ojos, abiertos y claros
como agua de montaña
que se derrumba entre las peñas.
Hay silencio en tu casa,
Aravieja reposa en la distancia,
y en el ocaso, allá lejos,
arde, con tristeza,
la última luz del día.


Fernando Alda




La heredad de la memoria, 23

 

Foto: Fernando Alda


Ese morado rojizo, que también

llaman solferino, es el que ahora
brilla sobre las tapias de tu jardín
cerrado, en el atardecer interminable
en el que arden
los árboles de este otoño en el que crecen
las ausencias en los rincones de la melancolía.
Ahí está el vuelo de los pájaros
que se han quedado, 
las hojas que va pudriendo la lluvia
amontonadas en las aceras
de Ciudad Desolación.
En la niebla resiste el dolor,
se enciende el fuego del pasado,
crecen la madreselva y el musgo
y las horas no acaban de caer
del reloj, aunque pesan como plomo.
No es momento de cruzar los brazos,
sino de caminar,
de ver hasta dónde llegan los senderos,
el lugar que ocupan
en los mapas de la arena.


Fernando Alda


miércoles, 10 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 22

 

Foto: Fernando Alda




En el fondo del vaso se encuentran

dormidas las letras de tu nombre,
por el que muchos te conocen y te llaman,
esperando a ser rescatadas
por alguna voz que las devuelva
a la sonoridad que albergan,
que es como decir a la vida.
En esa estrategia estás empeñado,
en saber, en conocer, la verdad
que se oculta tras el trazo de lo escrito,
en los años que se han ido
colgando de la efe mayúscula
o que se asoman por la o final, 
como casi todas las tristezas.
Eres tú, sin aditivos,
un soñador bajo los tilos cuyas hojas
están ahora en llamas cuando es octubre
y nadie se acerca a tu casa por el camino.



Fernando Alda Sánchez

martes, 9 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 21

 
Foto: Fernando Alda








Viene con la nieve la albura
de los primeros días del mundo,
recién creado por Dios,
y ahora todavía nos asombra
la ropa con la que engalana el paisaje,
los tejados, los árboles, los caminos
que van desapareciendo al paso de la cellisca,
que baja de los montes para quedarse
en la ventana por la que miras el invierno,
es diciembre,
para reconocer las marcas que permiten
no perderse en la inmensidad de los campos
solos, tan desabridos, que esperan unos pasos
que resuenan en el eco de los valles,
en la espera en la que se enhebra
una conversación.


Fernando Alda

lunes, 1 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 20

 

Foto: Fernando Alda




Como el olor del jabón Magno,

de La Toja, así se avivan las ascuas
en la memoria con esos recuerdos
irreductibles que regresan desde la infancia,
quizá aromas que flotan en el cristal
de las corolas de unas flores de aire,
el tierno asombro frente al mundo
hostil que se dibuja más allá
de las manos que acaban de jugar
con la tierra húmeda, con el sol
que nunca acaba de ponerse
en esas tardes de verano,
sonando a una canción
ya olvidada
las canicas de colores
en el bolsillo,
"... Mambrú se fue a la guerra..."
y el regreso a casa,
al oír la voz de tu madre
llamándote para cenar, tras
una singladura que estuvo llena
de luz y de estrellas en la noche
corta, o de barcos surcando el mar
y de caravanas de sombra en el desierto,
y todo brota como en un manantial
nuevo al oler el jabón y saber
que todo fue verdad, que allí estuvo
tu vida, y que acaso lo sigue estando, 
por más que les pese a la muerte
y al tiempo, que vienen a ser lo mismo,
tal vez primos hermanos
en el funeral de las ausencias.

Fernando Alda


La heredad de la memoria, 19

 

Foto: Fernando Alda

Nunca tienes nada sólido entre las manos,

todo parece humo o sombras,
en un pedestal de bruma,
junto a los abismos que tientan
tu equilibrio. Así, escribiendo,
para no volverte loco o evadir
a la muerte, a la dama de hielo,
para alejarte en campo abierto
de su rondar peligroso, siempre
en la última apuesta.
De turquesa se viste el mundo
cuando amanece en estos patios
solitarios en los que paseas.
Está consumiéndose el tiempo
en la vela nocturna que enciendes
para acabar de ver en las tinieblas
interiores en las que estás atrapado,
atado al banco de la galera
que te lleva por los valles de la tinta,
por las cumbres de las lágrimas.
Es otoño y todo va muriendo
entre estertores ocres, en amarillos
suspiros, en rojas llamaradas
que hacen presentir el helor
de enero. Con ello cesará
la herida que tienes abierta
en los labios, esa que se prolonga
por el músculo del habla,
abrazada a la voz que va diciendo
lo que dice el aire, el viento
entre los árboles, que viene del sur
cargado de aromas y de preguntas.


Fernando Alda

sábado, 28 de marzo de 2026

La heredad de la memoria, 18

 

Foto: Fernando Alda Sánchez


A San Juan de la Cruz



Enamorado está el sauce
con el peso de la luz, con la atracción
del agua, y con su melena
undosa encubre la transparencia de la escena,
la celebración de la indolencia
de las ramas cautivas
que abrazan la lectura
de ese libro de poemas que tienes
entre las manos:
"... cesó todo y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado"
en la boca de la noche,
tan grande y tan negra, tan oscura,
en la que esperas hallar las cuerdas
del laúd y su música,
la extensión del alma
en la que habita el círculo
perfecto, el dedo divino
que te hizo hablar.
Ardiente está el corazón
que es todo ascuas,
cuando en los campos se encienden
las amapolas y resulta rojizo
el declinar inesperado del día.


Fernando Alda Sánchez