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jueves, 29 de octubre de 2026

Diario de Ciudad Desolación/ Rosas de porcelana

 

Fernando Alda Sánchez



Inicio la publicación en el blog de una nueva sección, esta vez en prosa, bajo el epígrafe de "Diario de Ciudad Desolación". Ésta es una ciudad imaginaria que da título a una novela escrita por mi hace ya muchos años, inédita. No pretendo ir publicándola por entregas, como se hacía con los folletines, sino más bien, utilizando el nombre de este lugar imaginario, que pertenece a mi paisaje espiritual, ir desgranando reflexiones o, simplemente, pura prosa poética de evocación de estados de ánimo o experiencias, a modo de diario. 

El lector juzgará si es de su gusto.



          No importa si la luz de la luna baña los pétalos de las rosas de porcelana que crecen en este jardín de sueños, junto a las hespérides que he ido olvidando en la desmemoria, o si el mundo está ardiendo en su propio fulgor sin que nadie lo perciba, con cenizas violentas, pues es otoño y eso ha de bastarnos para sentir, bajo la piel amarga del dolor, que aún resistimos los embates de la edad, la inmisericorde burla del tiempo, a la vez que miro los árboles en llamas, como aparecidos, entre la niebla, en Ciudad Desolación, que hoy se me parece como más triste y desdibujada, entre velos ocres y una luz melancólica, que imita a la del gas pobre. Más no así los adentros, en los que arde la esperanza, contra toda esperanza, a la vez que aguardo que el ángel que me mira por la ventana, tras el cristal en el que se dibujan arboledas y lágrimas, pase a visitarme, para charlar o compartir recuerdos, tal vez viajes, singladuras, o podamos intercambiar esos pequeños tesoros que hemos ido guardando en el almario, un atardecer, un beso robado a la muerte, el esplendor de la hierba, la ínsula que es el corazón, unos acianos de la última primavera, o las cerezas que nos ofrecieron una mañana tan luminosa como las sábanas blancas que tendían las mujeres en un alambre para que se secasen al sol y que hoy me parecen almas recién confesadas.

        Y así va la mañana, mientras escribo, y la estilográfica me parece una herramienta poderosa que va arrancando esquirlas al mármol en el que se encierra el texto, o pinceladas que nacen de los colores mezclados en la paleta o las notas que emite un piano cuyo teclado está siendo acariciado por manos expertas que buscan en el mismo la melodía que nos hará viajar a través del tiempo, por encima de fronteras y montañas, más allá del mar tenebroso e inmenso, hasta las cimas de luz, allí donde se pierde el mundo y su retablo, la representación de todos cuantos somos, en nuestros papeles, bajo la mirada de Dios, que nos ama.

       Recojo frutos en este magosto que evoca eras pasadas, con el vino nuevo derramado en nuestras gargantas, en el tiempo de los héroes y las leyendas, tal un viaje interior por los mapas de la melancolía, buscando otros archipiélagos en cuyas playas dejaremos varados, desnudos y cautivos, los tizones que aún perviven en las médulas, en los libros que leímos y aún recordamos junto a la hoguera en la que danzan los desvelos, el desasosiego de vivir cada día.

        El río sigue fluyendo bajo los puentes, así se nos va la vida, como en un suspiro, cuando la tristeza nos aprieta las entrañas con su mano helada, y corremos, en ocasiones, hasta el puente siguiente pensando que allí veremos reflejado el mismo rostro hermoso que ahora vemos, mas el engaño está servido, y solo habrá otras hojas, ya muertas, que la corriente arrastra inexorable, como un reloj. Vano intento el nuestro, no hallaremos el rostro de Narciso, acaso el de las parcas.

       No tengamos pesar, hay otra vida, la eterna, la que nos prometió Cristo, y los caminos, aunque estrechos y empinados, conducen a Emaús y a ella. Y serán la luz y la alegría, al rayar el alba, en el encuentro, al partir el pan.


Fernando Alda Sánchez




           

Vestigios de una vieja llama, 15

 
Fernando Alda Sánchez




En esos jarrones
duermen flores que volvieron
de la muerte, ofrendas
oscuras que en el atardecer
son como llamaradas,
hielo hirviente de derrotas
y vencidos, vae victis,
como las soledades
de Lope, de ese hombre
que parece todo alma
y se pierde en la neblina
de los adentros, tal el infinito
en el fondo de mis ojos
que ahora contemplan
el desastre de lo vivido.
Nada queda, todo se fue
con el río, ni memoria.


Fernando Alda Sánchez

viernes, 23 de octubre de 2026

Vestigios de una vieja llama, 14

 

Foto: Fernando Alda Sánchez


No consiente el aire

que pasemos página en el libro
de la bruma, ni acepta
rendiciones o medias palabras,
pues gracias a él respiramos,
y en ocasiones tiembla,
trémulo,
cuando los vencejos surcan
sus espacios azules y la tarde
deja cenizas encendidas
de luz, lágrimas de oro
antiguo, como las que llueven
de la mirada de Calíope
cuando dejo estos poemas 
en un sobre o una botella
a la orilla del mar.
Coleridge y su viejo 
marinero quizá los encuentren
bajo el vuelo de un albatros,
en ese mapa donde el rumbo
se pierde en las ínsulas
desconocidas
en las que habita el desamor.



Fernando Alda Sánchez




Vestigios de una vieja llama, 13

 
Foto: Fernando Alda Sánchez





Sobre la bóveda de este cielo
escribo cantos
de arcángeles, con flamígeros
cálamos, tal si fuera
un poema naciendo
de entre las brasas de esta fragua
en la que se forja la voz
que debo al viento.
Píndaro, desde una colina,
recita versos llenos de noche y sombra,
lejanos en el mar, regresando
a la cítara con la soledad del sol
naciente, y así retorno
yo también, al origen
de estos reinos de espuma y sal,
en los que crecen las hespérides
que soñé con los argonautas.



Fernando Alda Sánchez

lunes, 28 de septiembre de 2026

Vestigios de una vieja llama, 12

 



Foto: Fernando Alda Sánchez


Reconozco los vestigios

del fuego, del que fue antiguo
e ilumina las noches,
en la cellisca, dice Virgilio,
y miro ahora las llamas,
las ascuas y el deseo,
esa ígnea lengua que consume
tristeza o lágrimas,
el velo oscuro con el que el dolor
cubre la mirada,
los ojos negros y profundos,
mientras espero la noche,
la soledad que arde
en el pábilo de la vela.
Escribo, releo, vivo,
y en este respirar mudo
encuentro el consuelo que necesito.


Fernando Alda Sánchez





Vestigios de una vieja llama, 11

 

Foto: Fernando Alda

Llueve julio una tristeza

desolada, como de estanque
abandonado, y en la lluvia
persiste el silencio, ese que me recuerdan
los versos de Keats o Hölderlin,
cuando los leo,
y con el viento regresan las ausencias.
El mar interior, que en olas
crece en mis adentros,
es el cielo ahora, tan azul y claro,
como el beso que me dejó
mi amada en estos labios,
que tiemblan cuando me mira
la muerte. La luz será,
y me habré ido, en el aleteo de las aves,
al abrirse las rosas, tal una mariposa
de sueño que se desvanece en el alba.



Fernando Alda Sánchez

Vestigios de una vieja llama, 10


Foto: Fernando Alda Sánchez



No hay un nombre para definir

lo que ahora estás viento,
el alzado del paisaje y la ruina
del tiempo, las sombras de arena
que se deshacen como la primera
ceniza de la hoguera,
esa en la que arden esos poemas
que aún no has escrito,
como los que abandonó
Kavafis en alguna playa del Egeo,
laberinto de ínsulas, en otras orillas,
cuando los cíclopes o las sirenas
entonan un canto de muerte
por el sol que se esconde.
En el viaje, toda la razón de ser,
la espuma y el oleaje, la blanca
bandera que anuncia el regreso.


Fernando Alda Sánchez