Buscar este blog

viernes, 23 de octubre de 2026

Vestigios de una vieja llama, 14

 

Foto: Fernando Alda Sánchez


No consiente el aire

que pasemos página en el libro
de la bruma, ni acepta
rendiciones o medias palabras,
pues gracias a él respiramos,
y en ocasiones tiembla,
trémulo,
cuando los vencejos surcan
sus espacios azules y la tarde
deja cenizas encendidas
de luz, lágrimas de oro
antiguo, como las que llueven
de la mirada de Calíope
cuando dejo estos poemas 
en un sobre o una botella
a la orilla del mar.
Coleridge y su viejo 
marinero quizá los encuentren
bajo el vuelo de un albatros,
en ese mapa donde el rumbo
se pierde en las ínsulas
desconocidas
en las que habita el desamor.



Fernando Alda Sánchez




Vestigios de una vieja llama, 13

 
Foto: Fernando Alda Sánchez





Sobre la bóveda de este cielo
escribo cantos
de arcángeles, con flamígeros
cálamos, tal si fuera
un poema naciendo
de entre las brasas de esta fragua
en la que se forja la voz
que debo al viento.
Píndaro, desde una colina,
recita versos llenos de noche y sombra,
lejanos en el mar, regresando
a la cítara con la soledad del sol
naciente, y así retorno
yo también, al origen
de estos reinos de espuma y sal,
en los que crecen las hespérides
que soñé con los argonautas.



Fernando Alda Sánchez

lunes, 28 de septiembre de 2026

Vestigios de una vieja llama, 12

 



Foto: Fernando Alda Sánchez


Reconozco los vestigios

del fuego, del que fue antiguo
e ilumina las noches,
en la cellisca, dice Virgilio,
y miro ahora las llamas,
las ascuas y el deseo,
esa ígnea lengua que consume
tristeza o lágrimas,
el velo oscuro con el que el dolor
cubre la mirada,
los ojos negros y profundos,
mientras espero la noche,
la soledad que arde
en el pábilo de la vela.
Escribo, releo, vivo,
y en este respirar mudo
encuentro el consuelo que necesito.


Fernando Alda Sánchez





Vestigios de una vieja llama, 11

 

Foto: Fernando Alda

Llueve julio una tristeza

desolada, como de estanque
abandonado, y en la lluvia
persiste el silencio, ese que me recuerdan
los versos de Keats o Hölderlin,
cuando los leo,
y con el viento regresan las ausencias.
El mar interior, que en olas
crece en mis adentros,
es el cielo ahora, tan azul y claro,
como el beso que me dejó
mi amada en estos labios,
que tiemblan cuando me mira
la muerte. La luz será,
y me habré ido, en el aleteo de las aves,
al abrirse las rosas, tal una mariposa
de sueño que se desvanece en el alba.



Fernando Alda Sánchez

Vestigios de una vieja llama, 10


Foto: Fernando Alda Sánchez



No hay un nombre para definir

lo que ahora estás viento,
el alzado del paisaje y la ruina
del tiempo, las sombras de arena
que se deshacen como la primera
ceniza de la hoguera,
esa en la que arden esos poemas
que aún no has escrito,
como los que abandonó
Kavafis en alguna playa del Egeo,
laberinto de ínsulas, en otras orillas,
cuando los cíclopes o las sirenas
entonan un canto de muerte
por el sol que se esconde.
En el viaje, toda la razón de ser,
la espuma y el oleaje, la blanca
bandera que anuncia el regreso.


Fernando Alda Sánchez
 

Vestigios de una vieja llama, 9

 

Foto: Fernando Alda Sánchez

No todo es cuestión de saber

dónde muere el viento,
en qué punto exacto del mapa 
nace el alba, ni se puede conocer
la intensidad máxima
del desvelo o cuál es la estatura
de la luz que nos circunda.
Solo la sombra sabe algo
y el alcaraván conoce el lugar
en el que los lirios se visten
como no se vistió jamás Salomón.
La senda por la que los sabios
que fueron han ido,
allá en La Flecha,
con Fray Luis, que en Madrigal
de las  Altas Torres
entró en la Gloria,
así mis pasos
en esta plaza en la que se pierden
los caminos y la Historia.


Fernando Alda Sánchez

Vestigios de una vieja llama, 8

 

Foto: Fernando Alda Sánchez



En ese árbol herido habita

la forma más ciega de la escritura,
una ruina de raíces rotas,
la mirada del poeta anónimo
que desde el dolor abraza las lágrimas,
como el soldado desconocido,
en cualquier trinchera,
al que se le sigue suponiendo el valor
antes de entrar en combate.
Escribes con el mundo enfrente,
pobres dedos de tinta y barro
que sostienen una estilográfica
sobre el papel de la última frontera,
antes de ti mismo o la extinción,
como las rosas que se ajan
cuando acaban de ofrecer toda su belleza.
Noble oficio es éste, sin embargo,
el de cantar desastres y pintar auroras,
aún sabiendo que pocos entenderán
lo que sientes en las médulas del alma,
en las que residen los desvelos,
las sinrazones, la certeza incierta
que es vivir. Como Dante,
visitarás los círculos de los infiernos,
en los que no hay esperanza,
el Purgatorio, que es camino, el Paraíso,
y en ese viaje, tal un Homero
que cantase a los héroes que perdiste,
volverás a la Ítaca lejana
a la que nunca regresó Ulises.


Fernando Alda Sánchez