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| Foto: Fernando Alda |
Como el olor del jabón Magno,
de La Toja, así se avivan las ascuas
en la memoria con esos recuerdos
irreductibles que regresan desde la infancia,
quizá aromas que flotan en el cristal
de las corolas de unas flores de aire,
el tierno asombro frente al mundo
hostil que se dibuja más allá
de las manos que acaban de jugar
con la tierra húmeda, con el sol
que nunca acaba de ponerse
en esas tardes de verano,
sonando a una canción
ya olvidada
las canicas de colores
en el bolsillo,
"... Mambrú se fue a la guerra..."
y el regreso a casa,
al oír la voz de tu madre
llamándote para cenar, tras
una singladura que estuvo llena
de luz y de estrellas en la noche
corta, o de barcos surcando el mar
y de caravanas de sombra en el desierto,
y todo brota como en un manantial
nuevo al oler el jabón y saber
que todo fue verdad, que allí estuvo
tu vida, y que acaso lo sigue estando,
por más que les pese a la muerte
y al tiempo, que vienen a ser lo mismo,
tal vez primos hermanos
en el funeral de la ausencias.
Fernando Alda






