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lunes, 29 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 26


Foto: Fernando Alda



En la espalda dura del cierzo 

está la verdad de los golpes,
las astillas que ha ido dejando el tiempo
como la corriente lenta de un río
que soñase en la llanura,
testigos que son del paso de unas aves
migratorias oscuras y silenciosas.
Es aquello que guardaste para mejor
ocasión en una alcancía,
para ser perdido en la distancia
de los caminos, para secarse al sol
de la indiferencia, que todo seca,
y que deja en los huesos el paisaje.
Tras la lluvia te esperas a ti mismo,
lejano, tan huérfano y débil,
tan sin hogar, tratando de poner
una tilde a la palabra solo,
que es la soledad que acaricias
en el bolsillo de la camisa,
junto al corazón, que sigue latiendo
en la noche, delator,
entre los pedazos
de las estrellas, que están en blanco.


Fernando Alda




La heredad de la memoria, 25

 

Foto: Fernando Alda


Crecida está la sombra del manzano

deshojado en el patio,
en esta tarde de presagios
y desvelos, pues esperas el abrazo
de la dama de nieve, tan azul,
junto al sonido lúgubre de la fuente,
que parece acabarse
también contigo: ¿Vendrá o es
solo un sueño? En el agua se despeina
la cabellera de lo que será la noche,
luego, más tarde, y que se verá trenzada
de estrellas y de plata vieja,
como la luna, con su mirar,
desde esos mares secos, de polvo
antiguo, sin gravedad,
que no han sido habitados,
como tus recuerdos, ahora,
mientras aguardas el destino,
la hora incierta,
con la angustia de las flores
que van a ser cortadas y puestas 
en un búcaro roto junto a la ventana
en esa habitación
solitaria y fría, que da al norte,
en la que nadie
entra desde hace ya mucho tiempo,
como nadie entra en tu casa,
al patio, que languidece
ahora entre la hojarasca
que no encuentra
quien la quiera limpiar.


Fernando Alda

miércoles, 24 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 24

 

Foto: Fernando Alda

Sientes en el tuétano de los huesos

las ausencias que vienen a verte
entre los erizos de los castaños,
muy cerca del camino que transitas
todas las tardes, buscando el sol de otoño
que se va apagando
entre el humo de las chimeneas.
En las cumbres, ya florea la primera
nieve de noviembre, después de Todos los Santos,
y no puedes evitar que se haga presente
aquello que estás esperando
y que vendrá con el magosto,
con el vino nuevo que ya se atesora
a cubierto en el barro de las humildes
tinajas y que espera, como tú,
a ser bendecido o cantado.
¿Dónde quedaron las ascuas
que te enfebrecían? Son hoy
cinerario polvo?
Te tiemblan las manos,
bien lo sabes, al recordar
otros inviernos, como éste que está 
a punto de llegar,
mediado diciembre, en los que el frío
y la soledad no mellaban el filo
de tu mirada, el fulgor
agreste de tus ojos, abiertos y claros
como agua de montaña
que se derrumba entre las peñas.
Hay silencio en tu casa,
Aravieja reposa en la distancia,
y en el ocaso, allá lejos,
arde, con tristeza,
la última luz del día.


Fernando Alda




La heredad de la memoria, 23

 

Foto: Fernando Alda


Ese morado rojizo, que también

llaman solferino, es el que ahora
brilla sobre las tapias de tu jardín
cerrado, en el atardecer interminable
en el que arden
los árboles de este otoño en el que crecen
las ausencias en los rincones de la melancolía.
Ahí está el vuelo de los pájaros
que se han quedado, 
las hojas que va pudriendo la lluvia
amontonadas en las aceras
de Ciudad Desolación.
En la niebla resiste el dolor,
se enciende el fuego del pasado,
crecen la madreselva y el musgo
y las horas no acaban de caer
del reloj, aunque pesan como plomo.
No es momento de cruzar los brazos,
sino de caminar,
de ver hasta dónde llegan los senderos,
el lugar que ocupan
en los mapas de la arena.


Fernando Alda


miércoles, 10 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 22

 

Foto: Fernando Alda




En el fondo del vaso se encuentran

dormidas las letras de tu nombre,
por el que muchos te conocen y te llaman,
esperando a ser rescatadas
por alguna voz que las devuelva
a la sonoridad que albergan,
que es como decir a la vida.
En esa estrategia estás empeñado,
en saber, en conocer, la verdad
que se oculta tras el trazo de lo escrito,
en los años que se han ido
colgando de la efe mayúscula
o que se asoman por la o final, 
como casi todas las tristezas.
Eres tú, sin aditivos,
un soñador bajo los tilos cuyas hojas
están ahora en llamas cuando es octubre
y nadie se acerca a tu casa por el camino.



Fernando Alda Sánchez

martes, 9 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 21

 
Foto: Fernando Alda








Viene con la nieve la albura
de los primeros días del mundo,
recién creado por Dios,
y ahora todavía nos asombra
la ropa con la que engalana el paisaje,
los tejados, los árboles, los caminos
que van desapareciendo al paso de la cellisca,
que baja de los montes para quedarse
en la ventana por la que miras el invierno,
es diciembre,
para reconocer las marcas que permiten
no perderse en la inmensidad de los campos
solos, tan desabridos, que esperan unos pasos
que resuenan en el eco de los valles,
en la espera en la que se enhebra
una conversación.


Fernando Alda

lunes, 1 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 20

 

Foto: Fernando Alda




Como el olor del jabón Magno,

de La Toja, así se avivan las ascuas
en la memoria con esos recuerdos
irreductibles que regresan desde la infancia,
quizá aromas que flotan en el cristal
de las corolas de unas flores de aire,
el tierno asombro frente al mundo
hostil que se dibuja más allá
de las manos que acaban de jugar
con la tierra húmeda, con el sol
que nunca acaba de ponerse
en esas tardes de verano,
sonando a una canción
ya olvidada
las canicas de colores
en el bolsillo,
"... Mambrú se fue a la guerra..."
y el regreso a casa,
al oír la voz de tu madre
llamándote para cenar, tras
una singladura que estuvo llena
de luz y de estrellas en la noche
corta, o de barcos surcando el mar
y de caravanas de sombra en el desierto,
y todo brota como en un manantial
nuevo al oler el jabón y saber
que todo fue verdad, que allí estuvo
tu vida, y que acaso lo sigue estando, 
por más que les pese a la muerte
y al tiempo, que vienen a ser lo mismo,
tal vez primos hermanos
en el funeral de las ausencias.

Fernando Alda