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| Foto: Fernando Alda |
XXVII
Está la tarde de abril muriendo,
de un amarillo encendido,
parece verano, tal un presentimiento,
pues los pájaros que habitan
el jardín de casa han enmudecido
y su silencio es preludio,
aún no se de qué, y tanta
quietud bajo el sol, que mira
sin ver, ciego de luz,
parece una premonición
de las furias, del funesto
golpe que en ocasiones nos asestan
en la nuca, sin venir a cuento,
ese mazazo que nos atonta
y confunde, y nos expulsa del camino,
de la senda que elegimos,
sin mucho conocimiento,
como avecillas desnortadas
que acaban de darse cuenta
de que han sido
capaces de vencer a otro invierno.
Fernando Alda

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