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| Foto: Fernando Alda |
Llevas la soledad prendida
en tus ojos con los alfileres de la melancolía,
con las flores que acaban de abrirse
en las últimas horas del verano,
como en tierra de nadie,
y se ofrecen, tan frescas y hermosas,
en la primera luz de la mañana,
esa que estrenamos siempre
nada más abrir los ojos
para comprobar que todo está en su sitio,
que nada ha sido movido o cambiado
y que el reloj funciona
con la precisión habitual que nos conduce
a la muerte, al gran salto al vacío,
asidos a la fe pequeña que hemos
ido guardando durante la noche,
como las furias o las parcas,
tal aves de paso que nunca duermen.
Fernando Alda Sánchez

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