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viernes, 12 de marzo de 2021

Querido lector, 13 / Aurea mediocritas

 


               Querido lector:


                He hallado Nínive o Ávila, entre la bruma. Todo arde, como el deseo y la melancolía, y en estas tristezas me encuentro sumido desde hace días, con poca ganancia para el espíritu, en medio de la galerna, esperando vientos favorables, con algún mástil de la nao roto o a punto de romperse. Achicando agua con las manos en este pobre corazón que, al menos, sigue latiendo, sigue esperando la esperanza. Así en ocasiones viene la vida, a bandazos, como sin rumbo o promesa, tan estéril y vacía, en la que se pierde el pie y el abismo o la profundidad de las aguas no tienen barreras.

                Te habrás preguntado desde hace tiempo por qué mis cartas se retrasan, la razón por lo que se ha espaciado tanto la última de ésta que te escribo y que ahora tendrás entre tus manos. Ya lo sabes, hay veces que el ánimo no acompaña y que no se puede hacer de las tripas la fuerza que debe restablecer los pasos perdidos en el camino, que son como pasos abandonados en una plaza por la que no caminase nadie, solo fantasmas, o aparecidos de una Santa Compaña que tanto pavor nos causase que huyésemos despavoridos de ella.

                Disculpa, no obstante, esta tardanza. Espero recobrar el pulso, alguna brizna de alegría, la mirada limpia que siempre he querido hacerte llegar, en la que las lágrimas no empañen su fulgor, que debe ser como el de la hierba, o el de las primeras flores que ya están comenzando a nacer en los prados, como pregón de la primavera que quiere desbocarse, desmelenarse, celebrar, asirse al faldón de nuestras camisas y caminar junto a nosotros.

               Pronto en casa tendremos, con suerte, prímulas, que estarán acompañadas por la boca de dragón, los zapatos de Venus o el clavel de Indias, que son las más tempraneras, abriendo camino en los jardines, y los lilos y los rosales florecerán como si fuesen la noche estrellada. Los almendros y los prunus ya nos han dejado su belleza, antes de que todo sea nuevo y nos soltemos el pelo, la Cabellera de Berenice, que volveremos a buscar en el cielo, en este hemisferio norte en el que hasta ahora parecía reinar solamente la Polar.

              Lloviznea sobre los tejados, lo que no invita a afrontar las hazanas propias de los adentros, pues no parece estar uno como para mucha fiesta. Voy en zapatillas de estar en casa. Pero el agua traerá la vida, incluso la nieve, en los próximos días, pues marzo aún nos deleita con sus salidas de ídolo loco, tal Dionisos, o un Baco desaforado, que voltea y esparce las cenizas del invierno, que ha ardido en las hogueras del hielo, de la misma Siberia, y nos deja un regusto acre en la garganta.

              No se si desde tu última carta te ha ocurrido algo digno de mención, salvo lo que ya conozco por lo que me contabas. Nunca se sabe, pero entiendo que estarás en esa deseable "aurea mediocritas" en la que parece se encuentra la felicidad y que tanta tinta ha hecho gastar en la Literatura. Si es así, me alegro por ello pues, aunque sea un tópico, creo que es un buen estado, al menos para pasar un tiempo en él, lejos del mundanal ruido, como Fray Luis de León en su adorada granja agustina de La Flecha, en tierras salmantinas, junto al Tormes, que por allí ya va crecido, sobre todo en estos tiempos líquidos en los que no hallamos fondo que tocar para remontar el partido.

                 Estos días estoy empeñado en la lectura de "La nueva Jerusalén", de la mano de Gilbert Keit Chesterton, libro que es una delicia en todos los sentidos. Además, resulta muy gratificante estar acompañado por una mente lúcida como la de este católico inglés, pues su brillante llama resulta un consuelo en este retablo en el que se representa, de forma tan desesperada, el mundo, con todas sus pompas y desastres. Entre página y página, algún poema suelto de Luis Cernuda, o de Aleixandre, incluso de Jorge Manrique, cuyas coplas a la muerte de su padre no puedo dejar de sentir como un desasosiego constante. Será que me llegan desde Lisboa, desde el oeste, la brumas atlánticas, y los fados que vienen prendidos a ellas, pues me las envía mi tocayo, Fernando Pessoa, desde su mesa en A Brasileira, en el Chiado, pues se acuerda de mí y de cómo tengo las entrañas. Tal vez por eso llueve ahora, que me acuerdo de él, y del olor de la bica, y, desde luego, me brotan nostalgias, como las primeras flores que veré en el jardín, pues ya las sueño.

              Por ahora, no mucho más. No quiero entristecerte. La próxima carta espero te ilumine los ojos, aunque sea entre la lluvia, entre estas nubes plomizas que me van dejando su bendición, como si Dios me la enviase para decirme que está a mi lado, aunque en la Cruz, y que ya volverá a reír todo, en Pascua, como hacen los carbonerillos o los colirrojos cuando revolotean en el huerto que todos llevamos dentro, en el que nos gustar estar y buscar la compañía que nos es más grata.

             Tuyo por siempre, recibe un fuerte abrazo de tu amigo, que lo es, mientras suena una canción de Enya en el equipo de música y se me nublan los ojos, como si una tristeza los estuviese bañando, pues te añoro

Fernando Alda Sánchez




             

             

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