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| Foto: Fernando Alda |
Alguien me regala un libro,
unos poemas de Catulo
desenamorado de Lesbia,
de Dante o Beatriz en la distancia,
tal vez de Laura regresando
de las sombras para un Petrarca
ya anciano, que entre las arboledas de Padua
cree reconocer la belleza
que fue perdida, acaso las cenizas
enamoradas que Quevedo
imagina en la prisión de San Marcos,
de la que no parece habrá otra salida
sino la muerte. Cuánto frío
en todo ello, qué helor...
No hay fuego
que redima estas soledades, que pueda
entibiar estas alcobas
que parecen deshabitadas.
Y, sin embargo, sigo leyendo,
hay rosas abiertas
como pájaros, una luz
llena de asombros: en los poemas
arden los versos, como ascuas del corazón,
y canta una calandria
una interminable elegía de ausencias.
Fernando Alda Sánchez

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