Un adagio, Albinoni
tal vez, suena en mi memoria,
al tiempo que Leopardi
escribe su infinito en ese collado
melancólico en el que se perdió
mi juventud. Hay lluvia
en mis ojos, una niebla
de hojas escritas que fueron
arrancadas de cuadernos,
papel mojado en sangre.
Tinta en las lágrimas
que se ofrecen en la tarde
como un deseo de poemas.
Fernando Alda Sánchez

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