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lunes, 28 de septiembre de 2026

Vestigios de una vieja llama, 12

 



Foto: Fernando Alda Sánchez


Reconozco los vestigios

del fuego, del que fue antiguo
e ilumina las noches,
en la cellisca, dice Virgilio,
y miro ahora las llamas,
las ascuas y el deseo,
esa ígnea lengua que consume
tristeza o lágrimas,
el velo oscuro con el que el dolor
cubre la mirada,
los ojos negros y profundos,
mientras espero la noche,
la soledad que arde
en el pábilo de la vela.
Escribo, releo, vivo,
y en este respirar mudo
encuentro el consuelo que necesito.


Fernando Alda Sánchez





Vestigios de una vieja llama, 11

 

Foto: Fernando Alda

Llueve julio una tristeza

desolada, como de estanque
abandonado, y en la lluvia
persiste el silencio, ese que me recuerdan
los versos de Keats o Hölderlin,
cuando los leo,
y con el viento regresan las ausencias.
El mar interior, que en olas
crece en mis adentros,
es el cielo ahora, tan azul y claro,
como el beso que me dejó
mi amada en estos labios,
que tiemblan cuando me mira
la muerte. La luz será,
y me habré ido, en el aleteo de las aves,
al abrirse las rosas, tal una mariposa
de sueño que se desvanece en el alba.



Fernando Alda Sánchez

Vestigios de una vieja llama, 10


Foto: Fernando Alda Sánchez



No hay un nombre para definir

lo que ahora estás viento,
el alzado del paisaje y la ruina
del tiempo, las sombras de arena
que se deshacen como la primera
ceniza de la hoguera,
esa en la que arden esos poemas
que aún no has escrito,
como los que abandonó
Kavafis en alguna playa del Egeo,
laberinto de ínsulas, en otras orillas,
cuando los cíclopes o las sirenas
entonan un canto de muerte
por el sol que se esconde.
En el viaje, toda la razón de ser,
la espuma y el oleaje, la blanca
bandera que anuncia el regreso.


Fernando Alda Sánchez
 

Vestigios de una vieja llama, 9

 

Foto: Fernando Alda Sánchez

No todo es cuestión de saber

dónde muere el viento,
en qué punto exacto del mapa 
nace el alba, ni se puede conocer
la intensidad máxima
del desvelo o cuál es la estatura
de la luz que nos circunda.
Solo la sombra sabe algo
y el alcaraván conoce el lugar
en el que los lirios se visten
como no se vistió jamás Salomón.
La senda por la que los sabios
que fueron han ido,
allá en La Flecha,
con Fray Luis, que en Madrigal
de las  Altas Torres
entró en la Gloria,
así mis pasos
en esta plaza en la que se pierden
los caminos y la Historia.


Fernando Alda Sánchez

Vestigios de una vieja llama, 8

 

Foto: Fernando Alda Sánchez



En ese árbol herido habita

la forma más ciega de la escritura,
una ruina de raíces rotas,
la mirada del poeta anónimo
que desde el dolor abraza las lágrimas,
como el soldado desconocido,
en cualquier trinchera,
al que se le sigue suponiendo el valor
antes de entrar en combate.
Escribes con el mundo enfrente,
pobres dedos de tinta y barro
que sostienen una estilográfica
sobre el papel de la última frontera,
antes de ti mismo o la extinción,
como las rosas que se ajan
cuando acaban de ofrecer toda su belleza.
Noble oficio es éste, sin embargo,
el de cantar desastres y pintar auroras,
aún sabiendo que pocos entenderán
lo que sientes en las médulas del alma,
en las que residen los desvelos,
las sinrazones, la certeza incierta
que es vivir. Como Dante,
visitarás los círculos de los infiernos,
en los que no hay esperanza,
el Purgatorio, que es camino, el Paraíso,
y en ese viaje, tal un Homero
que cantase a los héroes que perdiste,
volverás a la Ítaca lejana
a la que nunca regresó Ulises.


Fernando Alda Sánchez

lunes, 21 de septiembre de 2026

Vestigios de una vieja llama, 7

Foto: Fernando Alda Sánchez



No sabría decirte, Pessoa

querido, si allá en las brumas
y mareas de tu tristeza atlántica habita,
como aquí, el desasosiego
que nos une, aunque presiento,
en el aire, que viene
entrecortado, que es el mismo
rostro el que miramos de distinta forma,
desde otros heterónimos,
mientras alguien, una mujer,
canta un fado bajo la lluvia,
y en Ávila desemboca un río
de melancolía, este Adaja de tristeza,
que no es del Tajo, aún del Duero, tributo,
luego Oporto, como una vida que se acaba
en la orilla del mar,
que parece eterno.



Fernando Alda Sánchez

 

Vestigios de una vieja llama, 6

 

Foto: Fernando Alda Sánchez



Tengo una biblioteca y un jardín,
cuanto necesito, como Cicerón,
y entre libros y flores,
los trinos y las ausencias,
la lucidez, esa soledad
que me permite mirar lo real
sin asombro, como de vuelta,
y escribir estos versos
cuando comienza julio
con sus esplendores,
el estío en sazón, para ofrecerse pleno,
ahora que Horacio llama a la puerta
de casa y con él quisiera
irme hacia los campos,
allí donde se encienden los trigos
y las amapolas, y reina
el sol en las colinas.


Fernando Alda Sánchez

lunes, 14 de septiembre de 2026

Vestigios de una vieja llama, 5

 

Foto: Fernando Alda Sánchez





Solo espero que en la noche
Novalis encuentre el himno
que canto, la profundidad
debida para que el alma
no encalle, y en las estrellas
o el silencio habite
la memoria del tiempo.
En esta música se escriben
la calma y el poema,
ese que me despierta al alba,
cuando regreso de los sueños.



Fernando Alda Sánchez

Vestigios de una vieja llama, 4

 
Foto: Fernando Alda






Escribo con tinta verde
en las paredes de la celda en la que Cervantes
soñó su hidalgo loco,
desmemoriado del mundo,
ese que aún cabalga un rocín flaco
buscando reinos y princesas,
y a los labios me vienen palabras
como lluvia de abril,
recién estrenada,
para creer en las armas
y las letras, hoy ya vencidas
unas y otras, en astillero,
en una duermevela de estrellas
y ángeles, silencio de soldado
viejo, en la penumbra
de este cuarto que me parece
es Barataria,
la ínsula de mis adentros,
allí donde gobierna la melancolía
con mano de hierro, la libertad,
o es Esquivias, tan cerca, tan lejos...



Fernando Alda Sánchez

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Vestigios de una vieja llama, 3












Foto: Fernando Alda




Un adagio, Albinoni
tal vez, suena en mi memoria,
al tiempo que Leopardi
escribe su infinito en ese collado
melancólico en el que se perdió
mi juventud. Hay lluvia
en mis ojos, una niebla
de hojas escritas que fueron
arrancadas de cuadernos,
papel mojado en sangre.
Tinta en las lágrimas
que se ofrecen en la tarde
como un deseo de poemas.



Fernando Alda Sánchez

Vestigios de una vieja llama, 2

 

Foto: Fernando Alda


Alguien me regala un libro,
unos poemas de Catulo
desenamorado de Lesbia,
de Dante o Beatriz en la distancia,
tal vez de Laura regresando
de las sombras para un Petrarca
ya anciano, que entre las arboledas de Padua
cree reconocer la belleza
que fue perdida, acaso las cenizas
enamoradas que Quevedo
imagina en la prisión de San Marcos,
de la que no parece habrá otra salida
sino la muerte. Cuánto frío
en todo ello, qué helor...
No hay fuego
que redima estas soledades, que pueda
entibiar estas alcobas
que parecen deshabitadas.
Y, sin embargo, sigo leyendo,
hay rosas abiertas
como pájaros, una luz
llena de asombros: en los poemas
arden los versos, como ascuas del corazón,
y canta una calandria
una interminable elegía de ausencias.


Fernando Alda Sánchez

Vestigios de una vieja llama, 1

 
Foto: Fernando Alda



Inicio hoy la publicación de un nuevo poemario en este blog. Su título es "Vestigios de una vieja llama", que corresponde a un verso de Virgilio, en La Eneida, en su Libro Cuarto, "Agnosco veteris vestigia flammae", que puede traducirse como reconozco los vestigios de una vieja llama. Alguno ha sido publicado previamente en la revista digital "Atticus" Y, desde luego, son eso, vestigios de viejas llamas fruto de viejas lecturas, tal vez en el otoño, que está tan cerca, que permanecen en la memoria, como ascuas aún ardientes, y que, por tanto,  iluminan. No es otro mi deseo que también te iluminen a ti, lector, con su fuego.



Leyendo a Proust,
junto a las rosas de junio en el jardín
de casa, en el tiempo
abandonado en los relojes y en la vida,
tal el aleteo de un pájaro
o una mariposa que removieran
ascuas y memorias,
Swann, Guermantes,
el Vivonne, Combray,
dibujos ocultos por la niebla,
acaso fotografías prematuramente
envejecidas,
mi infancia, transparente
y lúcida,
entre los juguetes, un balancín
en forma de caballo de cartón,
tal vez el de la Troya oculta,
a las puertas del olvido.
Todos están esperando,
como yo, un hogar,
la sombra nueva que a las palabras
ofrecerán estas flores
que alguien dejó junto
a la ventana abierta.


Fernando Alda Sánchez