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martes, 7 de julio de 2020

En el laberinto



           En el estío parece arder todo, hasta la sombra. Se remecen las ascuas que guardamos en los adentros, y carbones muy antiguos, que estarían apagados, vuelven a prenderse y a dejar su ígneo rastro en las entretelas que nos conforman y nos abrigan cuando estamos a la intemperie. Hoy no hay nubes en el cielo y la luz es azul, como la muerte. En los ojos habita la claridad del día, que mantiene una transparencia de cristal, como de plata fúlgida que fuese ocupando espacios y fronteras. En campo abierto está la nada, que persiste en su empeño por derribar las costuras de la mañana.

           En estas ensoñaciones deja uno ir pasando el tiempo, que parece un pez en una pecera. Con el agua, los recuerdos, que tardan en brotar, quizá por la ausencia de lluvia, que volverá en el otoño con sus maletas llenas de viento y de melancolía, con el deseo y la ausencia. Mientras, no queda más remedio que capear los rigores de julio, que en Ávila viene fuerte, y esperar que agosto nos deje algo de fresco por las noches que, pese a todo, serán más largas.

         Sobre la mesa de trabajo, que ahora tengo en el jardín, en el que aguardan a nacer nuevas rosas, que serán promesa y ofrenda, algún libro, unos cuadernos, las estilográficas, por supuesto, el portátil con el que escribo esto, todo un ritual que me acompaña cuando el sol está llegando a lo más alto y desde allí se desplomará vertiginoso buscando el horizonte para ir a dormir en lo oscuro, como todos.

         La tinta va dejando algunos versos anotados en la libreta de tapas rojas en la que trabajo, para amoldarlos poco a poco, para ir forjando su filo y su entereza, para que no sean hojas secas cuando el aire viene revuelto y nos enfrenta con celadas desde las esquinas. Algunos dormirán para siempre, en espera de mejor cosecha; otros será fruto de verano o tal vez queden para el otoño, para una recolección que, aunque pueda parecernos mentira, no guarda con nosotros tanta distancia. El tiempo es así de traicionero, y aunque escritores hayan ido tras los pasos de ese que decimos está perdido, como Marcel Proust, y su ejemplo puede animarnos a iniciar este desigual combate, no deja de ser un espejismo, pues el tiempo no vuelve. Regresan los recuerdos de lo que fue, pero no la acción en la que se desarrollaron. Es decir, queda su eco, que resuena torpe en las estancias en las que habitamos tan desmayados y solos como el invierno.

         Esos son los laberintos en los que nos perdemos, empeñados como estamos en sacar partido siempre a todo, incluso al pasado, y corremos el riesgo de estar siempre mirando hacia atrás, aunque en ocasiones resulte inevitable, y hasta necesario, el hacerlo, como una manera de mantener vivo y encendido nuestro "rescoldero", del que ya he hablado en otras ocasiones, para saber que el corazón está hecho de lo mejor de lo que hemos vivido y no de lo peor que nos queda por vivir. La memoria desvaría, en ocasiones, y puede llevarnos a lugares a los que no queremos ir, por eso hay que tener cautela, no vaya a ser que terminemos en abismos que, por mucho que sean propios, no suelen tener salida. Y así nos perderíamos, quizá para siempre, enterrados en las sepulturas de lo que fue, sin tener ánimos para afrontar lo que habrá de venir, que tendrá de todo, como las cajas de galletas surtidas, que tanto me recuerdan a mi infancia, sin llegar a comprender, en este momento, el por qué de ello.

         Por ahora, nada más. Seguiré esperando en la sombra, que es uno de los mejores regalos que te pueden hacer en el verano (si, además, viene acompañada de un  libro, mucho mejor), cuando el sol no tiene misericordia con nadie, ni con grandes o pequeños ni con humildes o soberbios, por eso también el sol puede ser azul, como la muerte, aunque es la vida, pues todo viene mezclado de forma intrincada, como un arcano con otro arcano, y a los hombres nos resulta, en ocasiones, muy difícil desenmarañar tanto misterio, e ir encontrado el hilo que Ariadna dejó a Teseo cuando fue a buscar al Minotauro, en Cnossos, para darle muerte. Más el día sigue y todo continúa. Estamos vivos y hay que celebrarlo.

Fernando Alda Sánchez



       

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