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viernes, 31 de julio de 2020

Epístola a Ofelia


Hola a todos los lectores de mi padre. Hoy me ha vuelto a ceder un pequeño espacio en su blog para compartir con vosotros otra de mis creaciones literarias. En esta ocasión, mi inspiración ha sido el cuadro de "Ofelia", de John Everett Millais, obra que descubrí durante mis clases de Historia del Arte en el instituto, y que se ha convertido en uno de mis favoritos. También me ilusionaba la idea de escribir sobre uno de mis personajes preferidos de la literatura clásica, pues creo que su personalidad y sus acciones pueden resultar más interesantes que para dejarlos pasar en una simple representación  teatral. Muchas gracias y espero que disfrutéis leyéndolo tanto como yo dándole forma.


Entre juncos y nenúfares navegas por el río, Ofelia. ¡Oh, joven y bella dama!¿Dónde quedaron tus ilusiones, dónde emergieron tus tristezas? Ataviada en tus dorados vestidos y arropada por el velo de la muerte, embriagada de exánimes suspiros que se extinguen en tu miseria. Tus inertes oídos no escuchan los lamentos de las dríades, ni el aullar de los fantasmas que en su día te persiguieron, los desgarros de mis palabras al ver ahogada tu vida en lágrimas de demencia.

Tu rostro, tan perfecto, tan firme, y a la vez tan pálido y pulido, como el de una tumba de mármol níveo iluminada por el tenue destello lunar. De tus manos, dotadas de finura y elegancia, brotan las flores que recogías para adornar tu preciosa cabeza, alimentadas con tu más pura esencia, siendo recuerdo de tus días de gozo, plenitud, grandeza y esplendor. Tus cabellos, preciosos bucles cobrizos que ondean con la impetuosidad de las aguas, se funden con las raíces de los árboles que te arrullan desde la orilla.

¡Oh, dulce Ofelia! Ya no hay brillo en tus ojos, se lo ha llevado la niebla con el efímero soplo de la tarde. Se fue tu encanto estival, tu gracia joven y cándida, asfixiado se halla tu entusiasmo en las gélidas garras de la desgracia. Enferma de locura pasaste tus últimos días, ignorada en tu más afligida soledad. Nunca más tu laúd entonará melodía ni tu voz deleitará a nobles y reyes de lejanos reinos. No vestirás más con sedas ni danzarás en grandiosos salones, no beberás costosos vinos en copas de plata ni probarás exóticos manjares servidos en ostentosas bandejas. Nunca más reirás con ese gorjeo de ruiseñor que acompasaba los más felices momentos de tus días. Todo eso quedó atrás, arrastrado por la corriente, con este río por el que viajas como sepultura eterna.

Te observo, frágil y mortal criatura, y conviertes ante mis ojos en duda toda entrega, toda confianza forjada. Pues, ¿quién va a creer en el amor humano cuando éste mismo ha terminado con tus sueños de la forma más perversa? El corazón de los hombres se corrompe por el poder y la venganza, envenena tu alma de mujer, marchita las flores de tus manos y palidece tus facciones. Todos batallan por una corona sangrienta, por un poder malicioso que extiende crueldad entre los habitantes de estas tierras. Este mundo y sus gentes te apresaron en corsés e invisibles cadenas, sin poder disfrutar de la maravillosa sensación de libertad. Te apartaron de tu padre, trastornaron a tu amado, y tu pobre corazón no fue capaz de soportar tal despiadado dolor.

¿Quién te recordará, Ofelia? ¿Quién guardará de ti la verdadera imagen de tu ser? Olvidada por los hombres, mas presente en los escenarios, viva en el corazón del dramaturgo, latente en mis humildes palabras, haciendo honor a tu nombre y compadeciéndose de tu devastada existencia. Vivirás eternamente retratada en pinturas e idealizada en poemas. Con un verso de Byron, lloro tu trágica ruina: “¡Y tú has muerto, siendo tan joven y hermosa!”.

Ni una lágrima revivirá tus pupilas. Mi llanto no servirá para traerte de vuelta. Por eso me despido de ti, mientras te veo desaparecer entre las aguas, de aquella muchacha que llegaste a ser en vida, mi querida Ofelia.




Elvira Alda Peñafiel

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