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martes, 27 de octubre de 2020

Ínsulas en llamas, 25

 


XXV

Es Castilla en este otoño

una hoguera de sarmientos
y de chopos, la dulce
luz de las lágrimas,
un despertar melancólico
de alondras y de milanos.
Regresas a los sueños
más luminosos,
a las sementeras que habrán
de brotar en la aún lejana
primavera. Es el aire hoy
paraíso en las colinas,
un temblor en las almas,
la tarde hilvanándose
en los oteros, el resguardo
contra la intemperie
y el desamor.
Memoria
guardas de otras estancias,
de otras desdichas,
y el fulgor de las hojas
abatidas por el ímpetu
desabrido del viento
anuncia la redención de las nubes,
que se tornan lluvia 
y desencanto.
Contemplar erguido el paisaje
de la ruina,
la nostalgia de los árboles
solitarios, la conversación
del tiempo con los primeros
hielos y la zozobra.
Sereno, ocultas, en las entretelas
de las horas, el desasosiego
de la última muerte,
la del destierro,
esperando, acaso, la definitiva,
la de la tierra,
mientras en las sienes
te arde fugitivo
un poema que anuncia
las nieves que vendrán
a las cumbres, y hay ecos
de derrota y desolación
en las torres que el sol
viste de ocaso y de fuego.
No basta recordar,
hay que seguir viviendo.

Fernando Alda


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