Viene la lluvia fría de diciembre
buscando los paraguas de la tarde,
el asombro del aire, el hogar
inesperado de la ternura;
y te subes el cuello del abrigo,
en esa intemperie que te ha dejado
en tierra de nadie,
como en ocasiones está el corazón,
en zapatillas de estar en casa,
con un viejo jersey dado de si
y lleno de bolas, mirando
cómo el tiempo,
y sus devastaciones,
arden en un reloj de sombras.
Fernando Alda
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