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| Foto: Fernando Alda |
Nunca tienes nada sólido entre las manos,
todo parece humo o sombras,
en un pedestal de bruma,
junto a los abismos que tientan
tu equilibrio. Así, escribiendo,
para no volverte loco o evadir
a la muerte, a la dama de hielo,
para alejarte en campo abierto
de su rondar peligroso, siempre
en la última apuesta.
De turquesa se viste el mundo
cuando amanece en estos patios
solitarios en los que paseas.
Está consumiéndose el tiempo
en la vela nocturna que enciendes
para acabar de ver en las tinieblas
interiores en las que estás atrapado,
atado al banco de la galera
que te lleva por los valles de la tinta,
por las cumbres de las lágrimas.
Es otoño y todo va muriendo
entre estertores ocres, en amarillos
suspiros, en rojas llamaradas
que hacen presentir el helor
de enero. Con ello cesará
la herida que tienes abierta
en los labios, esa que se prolonga
por el músculo del habla,
abrazada a la voz que va diciendo
lo que dice el aire, el viento
entre los árboles, que viene del sur
cargado de aromas y de preguntas.
Fernando Alda

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