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jueves, 22 de abril de 2021

Nueve escalones de luz, 6

 


6


En la luz de la piedra, en el incendio,
el alma aprende, oro
viejo que se destila en medio de la vida,
entre arquivoltas; el ángel,
el toro, el león, el águila.
Cristo en la mandorla,
que mira tus ojos que buscan
(¿qué buscas?)
mientras atardecen los años,
como las encinas en este paisaje
que la lluvia ha ido abandonando,
tras la batalla,
intemperie para la sangre.

Fernando Alda

miércoles, 21 de abril de 2021

Nueve escalones de luz, 5


5

En la región del castillo
transparente, las moradas del alma,
siete, la crisálida, esperando 
en oración en alguna de las ermitillas
del huerto. Ese dardo que traspasa
el corazón amante, en la mano del ángel,
los caminos que se abrieron
y dejaron huella en la memoria
mientras Teresa escribe su vida
y las fundaciones que fueron,
con un cálamo de cristal o luz.
Vivo sin vivir en mi...

Fernando Alda

martes, 20 de abril de 2021

Nueve escalones de luz, 4

 


4


Jonás en Nínive,
bajo el ricino,
contempla la ciudad
que no será finalmente
destruida por la cortina
de fuego:
en la memoria el desasosiego,
la tormenta, el vientre
oscuro del pez gigante.
Los tres días proclamando 
el terrible anuncio.
Ahora solo el silencio
herido, la nube que pasa,
la zarza ardiendo,
la lluvia en el claustro,
el tiempo que yace muerto,
inmóvil
como la piedra que resiste
los inviernos.

Fernando Alda

lunes, 19 de abril de 2021

Nueve escalones de luz, 3

 


3



Escribe el evangelista el Verbo
en la piedra dorada que sueña,
y mira el Cordero
pues el cabrito y el lobo
pacerán juntos en el monte
sagrado, allí donde el buey
y el león comerán la misma hierba.
Y en la miniatura el monje
deja sus ojos, un jirón
de su alma en la niebla,
ora et labora,
mientras el sol se desangra
hacia el oeste, hacia las últimas
colinas que acaban de encenderse,
allí donde está el mar misterioso
y los monstruos que lo habitan.

Fernando Alda

sábado, 17 de abril de 2021

Nueve escalones de luz, 2


 



2


Ut luceat et ardeat,
un capitel románico,
el relieve de los discípulos
de Emaús en Silos,
una llama sagrada
que nace de la piedra.
Soy el que Soy,
el Nombre sobre todos 
los nombres,
la vigilia perpetua,
el Amor hasta el extremo
del amor,
y te espero al final de este camino
que no recorres solo,
con los brazos abiertos,
en tu cruz y en la mía,
como el pastor que espera
la oveja que se ha perdido
en cañadas oscuras:
yo te libraré de la red del cazador.
Sube.

Fernando Alda

Nueve escalones de luz, 1

 




          Inicio hoy la publicación de un breve poemario bajo el título de "Nueve escalones de luz". Se trata de un pequeño capricho que nació por sugerencia del pintor abulense Luciano Díaz Castilla quien, al ver en Facebook una fotografia que había realizado y publicado yo en dicha red, en la que se veía una escalera de 9 escalones, en medio de un lugar con cierto aire misterioso, escala que parecía llegaba a la luz, me hizo ver la posibilidad de escribir un libro sobre ello, dada la importancia mística del número 9. De ahí este poemario y los nueve poemas, a modo de escalones, que lo integran. Todos ellos llevan a Dios, al Amado, en esa búsqueda incesante en la que nos hallamos, me hallo, inmerso.


"Jacob salió de Berseba en dirección a Jarán.
Llegó a un determinado lugar y se quedó allí a 
pernoctar, porque ya se había puesto el sol.
Tomando una piedra de allí
mismo, se la colocó por cabezal y se echó a dormir
en aquel lugar. Y tuvo un sueño:
una escalinata, apoyada en la tierra, con
la cima tocaba el cielo. Ángeles
 de Dios subían y bajaban por ella".

Génesis, 28, 10-12


"Después de esto, miré y vi una puerta abierta
en el cielo; y aquella primera voz, como de trompeta,
que oí hablando conmigo, decía:
"Sube aquí y te mostraré lo que tiene que suceder
después de esto".

Apocalipsis, 4, 1

1

Nueve escalones de luz
en Berseba, luego con el ángel en Peniel,
herido,
para alcanzar la Verdad
tras la senda angosta,
con los ojos deslumbrados de amor,
como la cierva que busca
manantiales y corrientes de agua,
la fonte oculta de la que mana
esa música que invade la noche
y es encuentro".

Fernando Alda

Nota.- Acompaña a esta entrada la foto en cuestión que ha dado origen al poemario y a los poemas.






lunes, 12 de abril de 2021

Querido lector, 17 / Como los espantapájaros



          Querido lector:


           Transcurren los días sin mucho acierto, entre los velos de la lluvia y el sol radiante, en medio de esa confusión  con la que la primavera nos despierta siempre del letargo invernal, quizá para que no nos acomodemos mucho y estemos preparados para el que vendrá con todos sus esplendores, como si de un rey o emperador antiguo se tratase, el verano. Quizá a ti te ocurra lo mismo, que estás también en esa especie de tierra de nadie en la que vienen alzándose los días, que están sin amo, deseosos de que puedas ponerles las bridas y cabalgar con ellos.

             Me recuerda mi buen amigo Cruz Herráez, que es de Vita y lector mío, desde luego, que en mi anterior carta se me olvidó citar a Mari Díaz, que allí nació en 1495; venerable, amiga de Santa Teresa, a la que conoció y comenzó a tratar en casa de Doña Guiomar de Ulloa, algo que yo sabía, pero que cometí el imperdonable error de no mencionarte, aunque en mi descargo diré que no fue intencionadamente, sino más bien uno de esos despistes míos que tan malas pasadas suelen jugarme. Asumo toda la responsabilidad. Mari Díaz, que está pintada en un cuadro en la Iglesia Parroquial de Vita, dedicada a San Sebastián mártir, sabrá perdonarme este desliz. A ella, que también supo encontrar en estas tierras abulenses el rostro de Dios, pido una oración por mi alma.

            Por lo demás, te diré que he comenzado a escribir un nuevo libro, con el desasosiego de siempre, con la llama de la melancolía que sigue prendida en mi corazón, en el que arde la memoria y deja unos rescoldos convulsos, ígneas pavesas que encienden nuevas hogueras, tal es su fuerza y su destino, como prometeicos brotes que incendiasen los tuétanos en los que duermen, aún arrecidos por los hielos casi perpetuos del invierno, en sus nichos de piedra, los recuerdos. Afortunadamente Cristo ha resucitado y su amor me incendia como lo harían las chispas del fuego en un cañaveral.

           La poesía me ayuda a no volverme loco, a no caer en la vesania de la rutina, a dejar de girar en la rueda del tiempo, absorto en mi propia pena. Quizá por eso escribo, para no olvidarme que soy un ser humano, con unas hechuras pobres, que suelen romperse fácilmente, como esos espantapájaros recosidos de cualquier manera, rellenos de paja, que podemos ver en los huertos o en el campo, que nos ofrecen sus miserias, sus adentros, el desasosiego eterno con el que están hechos.

           Los espantapájaros siempre me han movido a compasión, pues, quizá, yo me he sentido o me siento, como uno de ellos, a la intemperie, en mitad de la nada, esperando siempre que las inclemencias de las estaciones, se nombren como se nombren las mismas, no destrocen esa pobre efigie con la que han nacido. Quizá es que somos los hombres huecos que cantaba T.S. Elliot en su Tierra baldía y es el momento de recobrar lo que fuimos, de volver a conquistar nuestro origen, la llama sagrada de la que procedemos, el hálito de Dios que nos dio la vida.

             Recuerdo ahora estos versos de Novalis:

"Que ser entre los vivos
dotado de sensibilidad
ante los cuadros prodigiosos
que el espacio le muestra
alrededor, no ama
la gratísima luz _ 
Con sus rayos, sus ondas,
sus colores,
su omnipresencia dulce
a lo largo del día"

que vienen a recordarme la importancia de la luz en este mundo de ceguera, en estas tinieblas líquidas que nos envuelven y nos llevan a representar aquellos papeles que no queremos, como en una tragicomedia. Tal vez mi tocayo Fernando de Rojas pudiera muy bien incluirnos en alguna, para estar al lado de Calisto y Melibea, tan perdidos y pobres como nosotros.

         Como no puede ser de otra forma, con la luz te dejo, con la de Cristo, que en estos días brilla con más intensidad, y con la de esta jornada, que no acaba de decidirse, puede que como nosotros, por qué partido tomar. Así somos, tan indecisos y tristes, el pábilo de la velita que avisa de nuestra sola presencia en el mundo.

        Sea siempre bendecido tu nombre,  amigo mío

Fernando Alda