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martes, 23 de febrero de 2021

Querido lector, 9 / Otra vez, las mimosas

 


            Querido lector:

           Otra vez, las mimosas, que ya han florecido en el Valle del Tiétar, al sur de Gredos y de Ávila. Son como un milagro muy hermoso antes de que llegue la primavera. Su amarillo esplendor, que recuerda al del oro más viejo, es magia en medio del bosque y hacen que, para aquellos que nos sentimos como el coronel que no tiene a nadie que le escriba, recobremos la esperanza y pensemos que, al menos, Dios nos escribe, pues esta ofrenda floral es una carta que viene para nosotros, con nuestras señas, para consolar nuestros rigores. El cartero te la entrega por sorpresa, de un día para otro, sin tú esperar nada al respecto y entonces resulta más gratificante, pues compruebas que el Creador se acuerda de ti cuando nadie más lo hace.

            Supongo, mi querido amigo, que te habrá ocurrido lo mismo en otras ocasiones. Gabriel García Márquez escribió con ello una novela magistral, en la que la soledad y el abandono se han convertido en el pan de cada día del viejo coronel. No hace falta ser muy mayor para sentirse así. Cada vez antes nos expulsan del sistema cuando ya parece que no somos capaces de producir en el grado que los nuevos algoritmos económicos establecen.

            Ahora es a los cincuenta años, dentro de poco bajará la cifra. Además, salvo tomar la decisión, sabia, por otra parte, de vivir de otro modo, con menos prisa y menos apegos materiales, y de marcharnos al desierto, no hace falta que muy lejano y lleno de arena, sino a ese otro, interior, que podemos levantar en los adentros, poco o nada se puede hacer contra este síndrome de que todo tiene que ser nuevo, todo tiene que ser más joven que los jóvenes mismos, que también están, en muchos casos, en precario. Toda rebelión es inútil, pues al poder siempre llegan los de siempre, aquellos que lo desean incluso cuando dicen que van a destruirlo, y en él se perpetúan como parásitos, pues en la naturaleza humana está grabado a fuego el arte de la dominación.

             La culpa es nuestra desde el mismo momento en el que nos creímos dioses y pasamos a ocupar el centro del universo. Incluso, algunos, han llegado a asesinar a Dios, o, al menos, eso es lo que creen ellos, como si a Dios se le pudiera matar. Él sabe defenderse solo, y, lo que es más importante, sabe esperar, quizá a que en el corazón de los hombres, tan desamparados y solos, vuelva a encenderse la llama sagrada de la que proceden. Ya no tenemos una medida más grande que nosotros para medir el mundo, incluso el universo, y todo nos empequeñece y desborda. Yo, por si acaso, tengo, de día y de noche, encendida una velita, para que Dios sepa que sigo aquí.

            Por eso me quedo con las mimosas y con algunas camelias, que también las vi. En unos días habrá vuelto el color y las lavanderas y los herrerillos llenarán los cauces de los arroyos y los bosques, y los días serán más azules y largos, y dentro de nosotros volverán los recuerdos que se fueron y cobrarán rostro y vigor. 

            Este fin de semana, en el que hemos estado en Arenas de San Pedro toda la familia, he mirado las cumbres, La Mira, los Galayos, los puertos por los que se cruza la Sierra Grande, el del Peón, el del Arenal y la Cabrilla, y sentido que tocaba con los dedos los pies de Dios, los rotos por los clavos, los de Nuestro Señor Jesucristo, allí, sobre la nieve, tan helados y solos como tenía yo mi corazón, y, en medio de toda esta belleza, he sentido que me miraba, no desde muy alto, no desde un lugar inalcanzable, sino desde las propias mimosas, a mi lado, que seguían abriéndose para ofrecernos esa belleza no usada que tienen, esa belleza que te enciende los tuétanos y las médulas y que te deja el alma como la de un enamorado. Benditas mimosas.

          Por tu última carta se que sigues bien. Me alegro de que hayas podido abandonar tu imaginario encierro en la villa de Fiesole y que hayas bajado a Florencia, incluso el haber hecho alguna escapada a la eterna Roma, de la que hoy recuerdo sus palacios y plazas, sus iglesias barrocas, el bullicio disparatado de sus calles, el tráfico infernal y, cómo no, sus fuentes, no las ornamentales, aunque también, sino esas otras a pie de calle que te permiten apagar la sed con  agua fresca y rotunda, que sabe a gloria. Y recuerdo el Tíber, poderoso, que tanta historia se ha llevado por delante, el Coliseo, atroz y sangriento, y el Castillo de Sant´Angelo, sombrío y amenazador, y las colinas de Roma, y el Vaticano. Y, por supuesto, que en la Basílica de San Pedro tengo, en efigie, a dos santos para mí muy queridos, como son Santa Teresa y San Pedro de Alcántara, cuyas reliquias, las del segundo, reposan en el hermoso Santuario de Arenas cuya capilla es obra de Ventura Rodríguez.

        Y claro, si dejo volar la imaginación, con San Pedro de Alcántara me voy hasta el romano Puente de Alcántara, sobre el Tajo, que aún hoy me sobrecoge, y aguas abajo cruzo la frontera y llego hasta Lisboa, y un fado suena en mis oídos, y me acuerdo de mi tocayo, Fernando Pessoa, y me viene el desasosiego, aunque en esta ocasión es de lo más dulce. Así fuera siempre. 

         No dejes de visitar, si tuvieres tiempo y ganas, estos lugares que te digo, cuando la ocasión sea propicia y regreses a España. De las mimosas ya te envío con esta carta una fotografía, junto al embalse del río Cuevas, del que se abastece de agua Arenas y en cuya tersa superficie he visto tantas veces reflejados los cuchillos de piedra de Los Galayos y la corona refulgente de La Mira. Gredos, como dijo Don Miguel de Unamuno, es el espinazo de Castilla, pues por aquí se doblan las dos mesetas, y no le faltaba razón. Yo añado, además, que pudiera ser el de España.

        Un fuerte abrazo. Siempre tuyo

Fernando Alda Sánchez



         


           

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