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lunes, 5 de septiembre de 2022

De lugares, 2 / Nínive

 


Crece la sombra de la ruina

cuando caminas por lo que fue Nínive,
recuerdo de Jonás, bajo el ricino,
y de los reyes antiguos
que alzaron sus murallas doradas.
Hoy todo es silencio,
como en otras partes muertas,
mientras desde el jardín de casa
evocas ciudades que ardieron
y fueron destruidas, Cartago,
en esas ausencias, o Troya,
como la noche
más profunda habitando la memoria,
lo que el viento esparce
frenético por los caminos
y nunca regresa.


Fernando Alda


domingo, 4 de septiembre de 2022

De lugares, 1 / Ogigia


 
Comienzo hoy la publicación en el blog de una serie de poemas, que nacieron para convertirse en libro pero que no llegaron a tanto, pues son peregrinos y se han quedado enredados en el dédalo de los caminos, dedicados a lugares, unos reales y otros imaginarios, todos ellos bajo la mirada literaria del poeta, que así traslada parte de su paisaje espiritual, como un mapa de sus adentros, para que el lector pueda visitar estos lugares, ciudades las más de las veces, a través de sus alzados, y así compartir con el que esto suscribe melancolías y desvelos.


Azules del cielo
para escribir en ellos en viaje
hacia Ítaca, la lejana, tal Ulises
cautivo en Ogigia,
en los sueños de Calipso,
mientras añora
los brazos de Penélope,
que teje y desteje las auroras,
los juegos de Telémaco,
su hogar, el fuego, otros mares
y otras ínsulas, su arco,
que estará abandonado
en el atardecer de la memoria.
Una melancolía como una brazada
de algas invade al héroe,
que llora y espera,
sin que nadie advierta
que el agua sigue llamando
a la proa de su barco
y las estrellas habrán de guiar,
desde lo escondido de la noche,
su liberación, su eterno regreso.


Fernando Alda







viernes, 2 de septiembre de 2022

Diario de desasosiegos, 3 / Sombras de otoño

 


      Entre los recodos del laberinto voy buscando las primeras sombras del otoño, las nieblas que serán en los ojos, el oro nuevo con el que se visten los árboles, como si fuesen el rey Salomón, en la esperanza de hallar otras melancolías con las que desterrar las ya usadas, las que el desasosiego ha  dejando prendidas con alfileres en las lágrimas que se fueron con el verano.


      Septiembre acaba de nacer y se mira en los espejos del que ya es el río viejo, el que acaba de pasar o está pasando bajo los puentes de la memoria, con los ocres que presagian las hogueras que serán preludio del invierno, la tensa espera de otros abriles que habrán de salirnos al paso, embozados, como el Maragato, desde su cueva, en Entrepuertos, en el camino que lleva el aire desde Ávila hasta Arenas, agazapados entre los hielos que crecen a la umbría de todos los desamores.

     Pero aún es pronto para encender las piras funerarias en las que arderán el deseo y el estío, la ausencia que queda en el fondo del vaso recién apurado, en un trago largo que sabe a tardes interminables, a la serenidad de la noche, que siempre se abre, como una flor de estrellas, para ofrecernos aromas y soledades, mientras el tiempo se va alejando, diciendo adiós con la mano en la que tiene un pañuelo blanco que preludia el alba y es como una promesa recién estrenada, que sabe a lunas y a algas.

      Nada me impedirá que la nostalgia vuelva a anidar bajo el alero del tejado que me cobija de la intemperie del mundo, al tiempo que los madroños se irán anaranjando como frutos tardíos de los sueños que se van cumpliendo poco a poco entre las sienes de plata vieja y nieve nueva de mi cabeza.

       En el jardín de casa apenas me visita ya nadie, ni las avecillas que deberían quedarse cantando si yo me fuese, pero permanece el eco de la tertulia, de las charletas con esos ilustres amigos que de vez en cuando vinieron a verme entre julio y agosto, de Virgen a Virgen, con el calor, Fran Juan, Teresa, D. José (el escribidor), Keats en ocasiones (muerto ya de consunción, de tristeza), y Fernando de Rojas, o los Migueles, el de Cervantes y el de Unamuno, acompañados por Virgilio, por Quinto Horacio Flaco, que me recuerda los principios de su "Ars poetica", y todos ellos, y otros tantos, con los que también ando en amistad, volverán a habitar las neblinas cinerarias que serán acomodo de la cellisca y del cierzo, cuando ya sea invierno y apenas mantengamos encendidas las ascuas necesarias de la respiración.

      Cae la tarde, mientras esto escribo, en la tierra de nadie de los recuerdos, y el sol sigue dorando, con la luz más transparente que es posible tener, el papel que soporta el trazo titubeante que el pulso imprime a la estilográfica que hoy estreno, y que me regala su olor de roble ahumado, como si de una bendición se tratase.

      Este "Diario de desasosiegos" vuelve a cobrar vida, como mis desvelos, en la esperanza de saber que otras son las sendas que habrán de recorrerse, siempre en soledad, para llegar a Roma o a Nínive, a esta Ávila mía, y tuya también, si me leyeres, que nos aguarda desde sus torres como si de Ítaca se tratase, allende el mar de todos los mares, para que podamos pronunciar el verso de Walt Withman "¡Oh capitán, mi capitán, nuestro azaroso viaje ha terminado!" y así dejar la puerta entreabierta a lo que será la esperanza, la calandria enamorada que nos espera entre las alamedas y la voluntad.


Fernando Alda



jueves, 28 de julio de 2022

Las alas de Ícaro, y 52

 




LII



Navega el barco de la melancolía

entre las aguas del olvido, junto
a los acantilados de la desmemoria.
Estás, eterno el dolor,
oscuro,
junto a las islas de la desolación,
en una ciudad de torres y muros
de piedra y barro, bajo la sombra
de los sicomoros en los que crecen
las hespérides del llanto, como el último
adiós que pronunciaste en los puertos
que sueñan en el oeste con mares
de tibias aguas, con la espuma
rizada que en la noche se derrama
como una bendición de estrellas muy altas.


Fernando Alda


Con este poema, que hace el número 52 del poemario, finalizo 
la publicación de "Las alas de Ícaro",
que ha ido apareciendo, con mayor
o menor fortuna, en este blog, cuando hoy es 28 de julio y el calor
aprieta en estos campos de Castilla y 
en toda España, mientras los días siguen siendo
largos y en las noches
se prenden las estrellas
como candelas
de nuestra
 memoria.


LAUS DEO

martes, 26 de julio de 2022

Las alas de Ícaro, 51

 


LI


Es la mirada de la aurora,

la tierna voz de tu madre
que te llama a merendar,
la tarde de verano que se alarga
y alarga y no parece tener fin,
infancia, sueños sobre sueños,
y despertar en medio de la luz
y de la tierra, bajo la sombra de un olmo,
jugando no se sabe a qué,
como esa sensación entre los dedos
ávidos de ir descubriendo el mundo.


Fernando Alda


lunes, 25 de julio de 2022

Las alas de Ícaro, 50

 



L


En tus versos perdura

constante esa llama sagrada
que se encendió al nacer la luz,
y que viaja con el viento,
más allá de la muerte,
con los rescoldos del habla,
de lo escrito, de poema en poema,
y amanece cada día
en la escarcha y la melancolía,
ardiendo siempre
en la hoguera
que te anima y alumbra.


Fernando Alda


jueves, 21 de julio de 2022

Las alas de Ícaro, 49


IL



El de poeta es el oficio más humilde

de cuantos hay en el mundo,
puede que el más triste y peor pagado, 
de esos que casi nadie
quiere o comprende. Pero aquí estamos
los que seguimos cantando
al fulgor de la hierba o la ruina,
al beso de la aurora,
al amor hasta el extremo,
a los sueños y deseos hechos astillas.
Como siempre,
desde que Dios alumbró la luz
y todo comenzó a ser y a separarse
y latir, a caminar.
Hermoso oficio éste, sin duda,
que restaña heridas
y enciende el fuego
en el corazón
indeciso de los hombres.


Fernando Alda