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miércoles, 30 de diciembre de 2020

Hoy el hielo...

 


 

      Hoy el hielo perfila la melancolía. El corazón, en zapatillas de estar en casa, apenas se atreve a latir, aunque otro fuera su deseo. En los cristales de la ventana se enciende una nostalgia de ojos tristes. Y en el jardín los árboles son solo una silueta que se recorta frente a la pobre luz del día.

      Decía Miguel de Cervantes, por boca de Sancho, que "el año que es abundante en poesía suele serlo de hambre" tal vez por aquello sobre lo que dialogan los caballos en el famoso poema, eso de que uno de ellos está metafísico, y debe ser por que no come. Bien sabía Don Miguel de penurias y cárceles, de hambre física y del hambre del alma, que en ocasiones es peor, pues no encuentra un mendrugo con el que saciarse.

       Entre la poesía y el hambre, del brazo de la muerte y de la soledad, se nos está yendo este año 2020, que tan hoscos y desabridos recuerdos nos deja, a quien más, a quien menos, con los rigores a los que nos ha sometido. Es inútil hacer pronósticos por el que vendrá y, acaso, sea mejor estar callado, o hablar bajito, como Fray Luis de León, "decíamos ayer..." no sea que las inquisiciones, de todo signo, se despierten y nos deparen nuevos jinetes del Apocalipsis.

      En medio de tanta desgracia, de la melancolía con la que nos regala el invierno, que nada tiene que ver con esa otra tan dulce que nos dejó el otoño en los labios de la memoria, puede que con sabor a vino nuevo y a castañas asadas, uno añora la libertad, que "es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos", como parecía cantar desde los baños de Argel el de Alcalá, y en medio de tanto estado de alarma, es quizá lo que más estamos deseando, un beso, un abrazo, una canción o un poema, una simple caricia, para resarcirnos de tanta amargura y tanta tiranía a la que nos tienen sometidos a cuenta, en ocasiones sin razón aparente, de la pandemia.

      Sancho era el hambre en las tripas; Don Quijote, el hambre del alma. En ocasiones ambas se nos juntan en singular acomodo, pues no de otra cosa estamos hechos, de barro y de espíritu, de agua y de fuego, y las pavesas se nos pierden en los caminos como quien va penando sus amores y desconsuelos, el desasosiego atlántico y lisboeta de mi tocayo, Fernando Pessoa, que eligió sus heterónimos tal vez para no ser él mismo, para no parecerse a él, tras haberse asomado a algún abismo.

     Los poetas somos muy dados a estas cuestiones, me refiero al hambre del alma, que se nos va la vida en estos guisos, pero, al menos, tenemos el consuelo de ponerle nombre a esos desvaríos en los que en ocasiones se nos mete el corazón, que es el espejo del alma, cuando no hace caso a la cabeza y lo que tenemos que pensar es en aliviarnos con una buena olla podrida o un sustancioso cocido, los que, sin querer, nos producirán algo de beatitud pasajera una vez hallamos dado cuenta de ellos. Y tal vez se acaba la metafísica, al menos por un tiempo.

       Ahora que estoy inmerso en estas soledades cervantinas, en mitad de la llanura inmensa, que viene a ser como el mundo todo, aunque en el fondo y por derecho no es más que un retablillo, mi deseo es mantener encendida la candela, el candil, acaso un quinqué, una velita, para seguir diciéndole a Dios que sigo aquí abajo, en el valle de todas las lágrimas. Puede que en eso estemos todos, aunque hemos tenido la suerte de que la Luz que viene de lo Alto se ha encendido entre nosotros, en Belén, y eso es un gran consuelo para momentos de tribulación, en los que conviene no hacer mudanza, como nos recuerda San Ignacio de Loyola.

     Lo dejo, por el momento, que parezco, como le decía Don Quijote a Sancho, un "muy grande hablador", con tanta retórica como pongo al uso, tal vez por tratarse de "pólvora del rey", que no hace mella en el bolsillo propio. Me basta, por tanto, con un rescoldo, entre las manos, para saber que sigue habiendo esperanza y que lo que tenga que venir está en manos de Dios, que es más grande y me sostiene.

Fernando Alda Sánchez


    

martes, 29 de diciembre de 2020

Es la noche...

 


Hoy os dejo en el blog un poema que ha escrito mi hija Elvira. Espero que os guste:


Es la noche océano en llamas,
que arrastra en el horizonte una corte de estrellas,
en el que las sílfides arrullan a los ahogados,
y en el filo de la ola acuden al flamígero desvelo,
irradiado de coléricas supernovas.
Es la noche valle somnoliento
de los poetas que sollozan sus versos,
pues, ¿qué fue la luna sino dama confidente
del lamento entonado por el poeta,
al observar a su amada danzando
sobre el yermo seno de la muerte?
Es la noche lecho de los ángeles caídos,
que yacen sobre las tierras áridas de la penumbra;
lacerados sus pechos de desolación,
rasgadas sus alas en las tinieblas,
nubladas sus miradas de polvo desesperado
-nublada la mía no me consuela -
Es la noche el albatros atado a mi cuello,
como prisión onírica de mi bohemia,
vagando en la oscuridad, eterna su morada,
estremeciéndose de pensamiento,
corrompiéndose de la nueva humanidad;
ser espectral que se derrama como lluvia,
que vuela como las cenizas del viento,
entre las no nacidas estrellas del cielo.
Deseara mi alma poder olvidar la noche,
al igual que el hombre olvidó amar;
deseara evadir su hechizo,
y renacer entre sublimes peonías,
pues no fue para la visión de este mundo
-sino que habitante del sueño fuera-
y entre los huesos de los páramos,
en soledad se quiebra. Nada contempla.

Elvira Alda Peñafiel


sábado, 26 de diciembre de 2020

El verdadero regalo

 


        En ocasiones los regalos de Navidad, ahora que vivimos en una sociedad tan hiperconsumista en la que hemos perdido el sentido de lo que significa celebrar el nacimiento de nuestro Salvador, le llegan a uno de la forma más sorprendente. Suelen ser, como no puede ocurrir de otra forma, regalos espirituales, nada material, pues lo segundo se corrompe pronto o deja de funcionar, tal y como se construyen las cosas ahora.

        Desde hace semanas nos venían advirtiendo de que las Navidades iban a ser diferentes, por la pandemia de covid, por aquello de que no nos podríamos juntar mucha gente en casa para celebrarlo, por las miles de víctimas que ya no están con nosotros y por aquellos que padecen las consecuencias de la enfermedad o la pobreza, y hay que reconocer  que así ha sido, aunque confieso que veo el asunto de una manera diferente. Rezo por todos ellos. Discúlpeme el lector este atrevimiento, quizá poco en consonancia con lo políticamente correcto. Por desgracia perdí a mi madre un día de Navidad de hace ya 17 años. La llevo en mi memoria, a mi padre también, que falleció años después, como si fuese ayer el día que nos había abandonado, pero quizá esta cuestión que mueve a tristeza me ha servido para entender todo de otra forma.

     Para un cristiano lo que se celebra en Navidad es la llegada de nuestro Salvador, que Dios, hecho Niño, se ha convertido en uno de nosotros para salvarnos, para vencer a la muerte y al pecado y darnos la vida eterna. Y eso me produce tanta alegría como el saber, además, que Él lo hace porque me ama, nos ama a todos, hasta el extremo, que ya no debe importarnos estar solos o acompañados, ser ricos o pobres, estar enfermos o no estarlo, pues tenemos esperanza, un año tras otro, una esperanza que se culmina en la Pasión de Cristo y en su Resurrección.

     Ese es el regalo al que me refería al principio. Todo es Gracia, todo es un don que Dios nos ofrece sin pedirnos nada a cambio, y nos lo da desde nuestra libertad, para que lo tomemos o lo rechacemos, allá cada cual con su fe. Pues bien, este año recibí el regalo, además, en forma de misa de vísperas, en Nochebuena, en la Iglesia Parroquial de Riofrío, un pueblecito de Ávila, como así lo denominaba Azorín, junto a la pequeña comunidad parroquial que hay en el mismo y junto a un sacerdote amigo y su hermano. Por supuesto, con mi mujer y mis tres hijos. A la vuelta, parecía, en medio de la noche, que estábamos abandonando Belén, en mitad de la sierra, con las pequeñas luces del alumbrado público, y de alguna ventana, que señalaban el lugar. Desde luego, volvimos a casa cantando villancicos, de pura alegría.

     Solo puedo describir la celebración hablando de la paz inmensa que sentí en el frío que reinaba en la gran iglesia de piedra que tiene Riofrío, y que cada vez que la visito me asombra. Me sentí acompañado, me sentí como uno de los pastores a los que acababa de despertar el ángel, como uno de esos pastores que se acercaron hasta el Portal de Belén a contemplar a Dios, con los ojos aún velados por el sueño y el asombro. Solo así, con esta pobreza, con esta humildad, con esta pequeñez, como un pastor o un niño, puede uno acercarse y descubrir el misterio de Dios, que es ternura. Solo desde los humillados, desde los olvidados de la historia, puede uno entender el amor de Dios, que ha venido a los hombres, a pisar el barro de la tierra, para hacerlo todo nuevo.

      Lo demás, es vanidad de vanidades, como dice Qohelet, puro artificio, incluidas las luces, los árboles, los regalos y las comilonas. Por desgracia, la luz vino a la tiniebla y la tiniebla no la acogió, por desgracia los hombres seguimos empeñados en nuestros efímeros asuntos, y necesitamos de luces artificiales pues no somos capaces de ver la Luz que viene de lo Alto a buscarnos. ¡Qué lástima! Como les dijo Nuestro Señor a los discípulos de Emaús, qué necios y torpes somos para entender no ya las escrituras, sino lo que ocurre a nuestro alrededor. Y pasará la Navidad y para muchos todo se habrá reducido a un festejo, a unos cuantos quilos de más en el talle, o a la resaca consumista que no nos habrá liberado de nuestros desasosiegos y angustias. Y todo seguirá igual.

     Hoy el día, como ayer, está frío, muy frío. Ni siquiera, como dicen aquí, el grajo vuela bajo... pues tal vez esté aguantando marea en su nido. Apenas luce el sol, oculto entre unas nubes tristísimas. En unos días regresará la nieve, ya no a los altos, sino que la tendremos en los pies, para recordarnos, de forma sabia, que estamos hechos de muy poco, con escasa consistencia, y que los rigores de enero nos devuelven con toda crudeza a lo que somos, a la necesidad real que tenemos de trascender, de amar, de alzarnos sobre el dolor y de ser Hijos de Dios, pues con la llegada de Jesús lo somos, y eso lo ha cambiado todo para la humanidad.

    Hoy no es melancolía de lo que hablo, sino una alegría que arde como el fuego más puro y más intenso que prenderse pudiera dentro de mi corazón, brasa viva, rescoldo ígneo, y tiene la sonrisa de un Niño, que me llama por mi nombre.

¡Feliz Navidad!


Fernando Alda Sánchez


Nota.- La foto, como no podía ser de otra manera, la ha realizado el que esto suscribe y corresponde al Misterio de la Parroquia de Riofrío, Diócesis de Ávila.



    

jueves, 24 de diciembre de 2020

Navidad

 


En el alto cielo de esta soledad


brilla la estrella entre la nieve,
mientras te calientas las manos
en la lumbre de la memoria.
Junto al Belén de casa arde la melancolía
y desde la infancia retornan 
los sueños como aves que regresan
del olvido. La Luz llega
y tiene sonrisa de Niño:
en el corazón se remecen
las  brasas de lo que eres
y alguien, al fondo de la habitación,
te nombra.

Fernando Alda


FELIZ NAVIDAD 2020


miércoles, 23 de diciembre de 2020

Lejos

 


Lejos del placer, de aquello


que no duele, vives en lo que perdura
incesante como tormento
cruel, un prolongado
abandono, la rendición
de un ejército
cautivo. Esos son los deseos
que se te aparecen, espectrales
visiones de plomo
candente, son las ideas
con las que convives,
apesadumbrado,
como temiendo lo peor
en cada salto de página de esta historia
que te ha tocado vivir,
pendiente siempre de un reloj
engañoso que no cuenta las horas,
solo los naufragios, el inmerecido
despertar en la noche.
Maldito el recuerdo si de ti
hiciera una esfinge,
el aliento de un dragón dormido:
solo el futuro es posible,
hay que salir del letargo
letal de la costumbre,
y buscar la euforia de lo que tendrá
que ser y viene a tu encuentro.
Ahora, justo ahora.

Fernando Alda



martes, 22 de diciembre de 2020

El viento y el polvo

 


El polvo que mueven los hombres


cuando limpian su morada
no será ya más compañero
del viento en los caminos,
ni regresará a la tierra de la que procede,
ni señalará el paso del tiempo
o cubrirá memorias.
Polvo olvidado, polvo huérfano,
polvo triste
sin salida, humilde
polvo que el mundo desprecia
y nadie atesora.
Regreso al polvo que soy,
al origen de todos los hombres,
a la raíz del ser, a la cárcel
perdida del polvo
en la que cautivo
no encuentro redención.

Fernando Alda

lunes, 21 de diciembre de 2020

Vestigios

 





Hogar de hielo, un iglú
para las entrañas desgarradas.
Transfiguración del dolor,
regiones inhóspitas que recorres
sonámbulo, más allá del más allá,
como vestigios de tinieblas
siderales, esbirros de la sinrazón
que claman tu condena; reo
eres de muerte, insumiso en tu ejecución,
espectador insatisfecho que reclama
su parte en el espectáculo.

Fernando Alda