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sábado, 4 de septiembre de 2021

Volver a volver

 


Vuela el milano por encima

de la altura, del alzado de las sombras,
en una ofrenda de luz,
mientras el paisaje 
se desdibuja en la lluvia
que son tus ojos ahora,
adormecidos,
en el instante de volver
a volver, de alcanzar el cenit
de esa tristeza que te va naciendo
al mirar las glicinas,
los acianos, las caléndulas,
los vidrios
rotos que apenas tapan
la ventana de la transparencia del alma.

Fernando Alda

viernes, 3 de septiembre de 2021

Querido lector, 36 / De las ausencias...

 



          Querido lector:

          Pasaron las nubes y la tormenta y en el cielo azul quedó escrito el último verso que salió de mis labios, como una promesa, el vuelo de una calandria que hubiese aguardado en su nido a que se despejase el horizonte y regresara la luz a las colinas, para encender de nuevo los caminos y las alturas. Hoy el sol es una ofrenda de plenitud, en estos últimos días del verano, que nos dejan en tierra de nadie, pues ya presentimos el otoño, que comienza a amarillear en las copas de los árboles, oro antiguo, ocres que serán lágrimas y melancolía, vistiendo los atardeceres con el color de Ofir, con la dicha de saber que la muerte no será el final, y que vendrá mayo engalanado de rosas y lilas, con la esperanza de los días largos, que ahora se achican, queriéndose esconder, como para pasar desapercibidos a la guadaña del tiempo y de la dama de azul.

         Te agradezco la pronta respuesta que diste a mi carta anterior, llena de esa complicidad que solo los amigos de verdad saben tener, pues conocen sus entretelas, los rincones de su corazón que están apenas iluminados. Su lectura fue como una copa de vino viejo, al calor de la lumbre, dejando fluir recuerdos y andanzas, en la desmemoria de los años, que viene por sorpresa y en ocasiones nos alcanza su nívea mano, tan helada y distante, que aprieta la garganta dejando en la misma nudos de llanto y pena, como un bocado de esparto seco que descendiese hasta lo más hondo de las entrañas.

        Los días se van dorando, como los campos y el propio jardín de casa, y en el madroño se aprecia el anaranjado destello de los frutos que pronto madurarán, como lo harán las visiones del verano que ha sido, en la espera y el deseo, caminando de la mano del alba, que regresa a diario para recordarme que el tiempo, y la vida, claro está, sigue fluyendo como un río que no se a dónde me lleva cada día, aunque no ignoro que será al mar en el que todo acaba, mas te confieso que no me importa ese final, pues se que hay otros senderos que me llevarán a lo Alto y Eterno. Cristo, que todo lo sabe y todo lo hace nuevo, cada día, me sonríe desde las penumbras de las ermitillas que se alzan en los oteros en esta Castilla mía, y nuestra, que, inevitablemente, se desangra, como en un atardecer perpetuo, vaciándose de hombres y haciendas.

       Por sobre las torres de la ciudad vuelan presagios de otoño, la sonata de Vivaldi, la de Valle Inclán, la mía, acaso, buscando las hogueras y el vino nuevo, el magosto y las manzanas, los cielos tensos, el campo abierto en el que saldré a retar no a la muerte, sino a la vida misma, que parece se me esconde detrás de las arboledas y los alcores, en un baile de máscaras, y en los cruceros de los caminos me preguntaré, bajo la mirada del Crucificado, a qué lugar se marcharon los años y el vigor, mientras sigue nevando en mis sienes, esta nieve de otoño que para Todos los Santos habrá vestido de blanco y frío algodón las alturas, iniciando noviembre, que es mes de tristezas y melancolías y se hace largo de pasar, como las noches, en las que ya aprietan las heladas y el firmamento va mostrando toda su profundidad y negrura, en la que titilan las estrellas como las últimas luciérnagas que se encienden en las ausencias.

       La noche es, como escribiera Novalis, ese tiempo en el que 

"Adjudicada fue a la luz
su duración,
igual que a la vigilia,
pero es intemporal el reino de la noche
y eterna es la duración del sueño..."

aunque en la Noche Oscura, como San Juan de la Cruz, saldremos de nuestra morada, el alma anhelante por el Amado, a buscar la luz, como siempre, y dejarla prendida en la lamparita que es el corazón, entre las azucenas, allí donde habita el sueño sagrado que somos.

        Volverán nuestros anhelos a habitar los lugares que solían, allí donde permanecen los rescoldos de los que estamos hechos, el punto cardinal en el que se mantiene encendida la llama que nos mueve y que el viento, cuando gira en su rosa, pese a su libertad y su fuerza, no puede apagar. Y todo habrá sido bueno y tendrá una razón para serlo, pues se habrá cumplido el sueño de Dios que somos. 

         No cejes en tus empeños, mantén flameante tu bandera, ninguna derrota supone haber perdido la guerra, pues te alzarás sobre tus cenizas, que volverán a ser un tributo de alegría y esperanza. Mientras termino, la mañana avanza con paso firme, hacia su cenit, y pese a que en el jardín ya recibo pocas visitas, pues hasta las avecillas parecen estar haciendo las maletas, para marcharse en un largo adiós, todavía se que tengo tiempo para acordarme de todo, de lo que fui y de lo que probablemente seré, aunque esto nunca se sabe.

        Por cierto, no se te olvide, deja unas flores frescas en la última morada, aquí en la Tierra, de quien tú sabes, pues debemos recordar a los amigos que fueron y que nos ayudan a mantener constante el fuego que nos arde en las entrañas. Entretanto, recibe un abrazo muy fuerte y todo el cariño de quien te sigue buscando como un tesoro, como la moneda que perdió la mujer en el Evangelio y luego sintió tanta alegría en su corazón al encontrarla. 

       Tuyo

Fernando Alda



miércoles, 1 de septiembre de 2021

Querido lector, 35 / De libros viejos

   



     Querido lector:
     

Ahora que acaba de comenzar septiembre, en su día primero, y que el otoño parece cerca, pues regresan las lluvias y las hojas de los árboles comienzan a vestir los suelos de los bosques de oro nuevo, regresa la nostalgia, la melancolía que habita en las colinas más allá del agua y de las ausencias, en la ceremonia de los recuerdos que avivan sus brasas en los libros viejos de la biblioteca de casa, coronados con la que será la primera nieve, como mis sienes, ahora que estoy leyendo "La memoria vegetal", de Umberto Eco, que habla del amor a los libros, con verdadera pasión, que son como llamaradas que mantienen encendidas las entretelas de las que está hecho el corazón.

          Tras los graves sucesos familiares que han acontecido durante el verano y que, como sabes por terceros, hicieron que interrumpiera esta correspondencia que mantenemos con tanta ilusión por ambas partes desde hace tiempo, retomo de nuevo la pluma para escribir y hablarte de la emoción que siento al encontrarme con un libro, tanto da si es nuevo o viejo, pues para mi son siempre nuevos, que buscaba desde hace tiempo o que no conocía en absoluto, pues tan grande es mi amor por ellos, ya lo sabes, y que viene a ser como una ofrenda, tal vez el hallazgo de un tesoro, una revelación, que ilumina el día, que ya no parece tan sombrío y acechante, pues un libro siempre es una compañía, para los buenos y los malos momentos, la presencia de la memoria, como quiere Eco, la colectiva y la personal, y en cada libro encontramos no solo una parte de nosotros, sino de lo que seremos, de lo que estamos a punto de ser y luego será el pasado, rescoldos de hoguera, la de la vida y el tiempo, que nos emboscan con sus celadas.

         Confieso que siento, asímismo, una emoción inmensa cuando compro algún libro viejo, que no tenía, en alguna librería de lance, pues es como rescatar a alguien que está preso, en los Baños de Argel de la memoria, como fue rescatado Miguel de Cervantes por el mercedario Fray Juan Gil, que era paisano mío, de Arévalo, abulense, y que, acaso, a consecuencia del rescate, el de Alcalá de Henares escribió su Quijote para gloria suya y solaz nuestro.

         Siempre estoy con Don Miguel a vueltas, me dirás, y es cierto, en sus luces y en sus sombras, sin juzgar, como trato de no juzgar a nadie, para no ser yo juzgado cuando me examinen del amor y llegue mi hora, pues creo que de todo había en él, como nos ocurre a nosotros, y por eso entendía lo que eran la vida y el mundo en el siglo en el que vivió, que ahora decimos de Oro, pero que también tenía sus miserias, es inevitable que así sea, pues ambas se nos presentan como el Retablo de Maese Pedro, el que acuchilló con su espada el bueno de Alonso Quijano, no en su locura, sino en un momento de lucidez. Nosotros estamos así, las más de las veces, a dentelladas con lo que nos rodea, en soledad, sintiendo que representamos papeles muy secundarios, de esos que ni hablan (ni una frasecita, siquiera) o dicen en la representación, mientras a otros se les llena la boca de palabras vacías y huecas, como una calabaza de bufón o una vejiga de animal llena de aire, en la que solo resuenan las semillas secas de la misma.
    
         Y entonces me acuerdo de Cristo Nuestro Señor, cuando estaba en el Pretorio, en la noche en la que fue condenado a muerte, que no hablaba, esperando lo inevitable, mientras sus jueces hacían uso de todo su poder, para acabar cuanto antes, y que la sangre inocente que estaban determinados a derramar a cualquier precio no les ensuciase sus manos. Hubo hasta quien se las lavó a toda prisa después. ¿No te has sentido así alguna vez, mi querido amigo? Pues de esas representaciones está el mundo lleno, que me parece habrá de reventar por sus costuras, de tanta injusticia y soberbia como encierra.

        Mas me estoy alejando de mi propósito inicial, que no es otro sino el de hablar de los libros viejos, que los nuevos ya tienen su ocasión nada más salir de imprenta, de esos que de vez en cuando redimimos del polvo de alguna estantería, en la que se encuentran arrumbados sin que nadie los visite. Todos necesitamos ser visitados alguna vez, recibir a alguien que nos pregunte cómo estamos, que se interese por nuestra salud y por el estado del alma en el que nos encontramos, para seguir viviendo, para saber que estamos vivos y que no nos encontramos en el Tártaro, olvidados de todos, acaso en el Sheol de los israelitas, que parece uno de los lugares más tristes en los que se pueda estar, y que vienen a ser como nuestro Infierno, el que con sus círculos describiera tan magistralmente el Dante.

      Confieso también que siento una  fascinación muy grande al tomar esos libros abandonados entre las manos, y saber que han podido ser leídos por otros, en el mejor de los casos, o pertenecer a los restos de alguna edición descatalogada, en el peor. A todos les vuelve la alegría, y se encienden, como si me quemasen en las manos, por el hecho, crucial, sin duda, de regresar a la vida, a formar parte de ella, o ser memoria. Y en ese rescate recuperamos nosotros también no solo la memoria, o la desmemoria, que todo se confunde en ocasiones, por obra de encantamiento, sino la certeza de que merece la pena vivir.

     Dice Umberto Eco que incluso los libros que tenemos en la biblioteca y que no hemos leído es como si lo hubiésemos hecho, pues en la emoción de tenerlos, de haberlos cambiado de sitio alguna vez, de haber hojeado sus páginas y que nos haya sorprendido un párrafo tomado al azar, se produce el hecho misterioso, como lo es todo en la vida del ser humano, de la transmisión de su contenido. Y Eco cree que no es algo mágico lo que ocurre, sino algo real, pues tanta es la complicidad que sentimos con los libros que este hecho sorprendente se produce en realidad. Y yo así lo creo también, pues todos los libros que nos pertenecen son nuestros, para bien o para mal, y forman parte de nosotros hasta el punto de que cuando alguien que se cree muy listo nos pregunta con impertinencia, o con fingida ignorancia, si los hemos leído todos, hay que tener a mano alguna respuesta no solo ya convincente, sino muy irónica, para desarmar al que con tan aviesa intención nos interroga. Eco dice que hay tres posibles, aunque yo creo que se nos ofrecen muchas más, y te invito a pensar en ello. La mejor, para el italiano, es decir que los que uno ha leído están en otra parte, que éstos que ahora se ven son los que uno tiene para leer y lo tiene hacer en una semana, a más tardar la que viene. La sorna es grande y suena bien. Cosas de este italiano universal.

     Voy acabando, mientras sigo en espera de las melancolías que el otoño me regalará en los próximos días, de forma especial en octubre y noviembre, cuando todo parece que se acaba, pero solo está dormido, para pasar el invierno y sus estrecheces, y encenderse de nuevo con la primavera, tras la cellisca y los días desabridos, como los libros que sigo rescatando con verdadera alegría, que son como las estrellas que vemos en la noche, las Lágrimas de San Lorenzo del primer tramo de agosto, y que dejan su rastro de luz, como la de la velita que tenemos encendida para que Dios sepa que estamos aquí, esperando a ver su rostro, cuando sea el momento.

     No tardes en escribirme. Necesito saber de ti. Un abrazo muy grande

Fernando Alda



     

lunes, 30 de agosto de 2021

En el viento... y 8 / De azul...

 




De azul se pinta tu nombre
en la blanca pared de este patio
de naranjos, en el que el agua
fluye como la vida,
que se nos escapa entre los dedos
del deseo, memoria incierta
que arde en Aravieja
y es ceniza de ausencias.

Fernando Alda

martes, 24 de agosto de 2021

En el viento, 7 / Esperando

 




Estás esperando una respuesta
que el andén solitario de esta estación 
abandonada no te trae;
todo parece haberse ido,
aunque cuando menos lo esperes
habrá de regresar,
como el viento o la lluvia,
que no tienen casa,
y sin embargo son un hogar.

Fernando Alda

domingo, 22 de agosto de 2021

En el viento, 6 / El río

 



El río se ofrece como unos labios
de sombra entre los alisos,
cuando cruza la espesura
de estas orillas olvidadas
en la memoria de aquellos
años vividos en el silencio
que todo guarda, bajo la alfombra 
de la luz o las nubes que enmarcan
el paisaje en el que ahora vives,
a través del espejo
que es la nostalgia
del tiempo que te parece mejor.

Fernando Alda

viernes, 20 de agosto de 2021

En el viento, 5 / Un epitafio

 



Un epitafio entre el musgo,
letras de lluvia y niebla,
en esa lápida que está a punto
de romperse bajo el peso
del olvido. Regresa
el  cierzo a sus hogares
con  la certeza de saberse vivo.

Fernando Alda