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sábado, 29 de mayo de 2021

Querido lector, 27 / La acidia y las cartas

 


          Querido lector:


          Se han espaciado mucho, últimamente, las cartas que intercambiamos, como si ya no sintiésemos la necesidad de mantener abierta la escritura para compartir desvelos y malandanzas. Por mi parte te diré que estoy aquejado de cierto mal que se parece en mucho a la acidia, o si prefieres acedía, que tanto da, que es esa pereza o flojedad que en ocasiones se apodera de nosotros sin que sepamos muy bien cómo ha venido, con sus ropajes, acaso, de tristeza, angustia o amargura, como bien sabes consta en el diccionario. En mi caso, bien puede tratarse de un totum revolutum en el que se mezcla todo ello, como por arte de encantamiento, quizá por efecto de algún extraño bálsamo que he ingerido en alguna de las colaciones con las que te regala el existir. 

           Hasta donde me alcanza el conocimiento, creo que a ti te está ocurriendo otro tanto, pues en ocasiones la vida nos obsequia con estos presentes, y  puede que con otros, similares, que se confunden con la niebla que nos rodea, con la nivola unamuniana en la que vivimos. Don Miguel ya lo entendió en su día a la perfección, pues todo no es como parece, y está sometido, muy a pesar nuestro, a la cambiante ley de la paradoja, y de entre las brumas nacen monstruos, como ocurre con la Razón, cuando sueña, y así lo pintara Goya con sus trazos fuertes y oscuros, pues la luz y la tiniebla están en constante agonía, y así transcurren los años para nosotros, abrazados al ángel, como Jacob en Peniel, y no podemos bajar la guardia ni por un instante.

          Mientras escribo suenan unas campanas en una iglesia cercana, será la de San Pedro Bautista, que anuncian el ángelus, y al corazón me viene el cuadro de Millet, con los dos campesinos, un hombre y una mujer, que han parado unos instantes en sus labores del campo para orar. En este mundo tan acelerado ya no tenemos tiempo para detenernos un momento, mucho menos tenemos tiempo para rezar. ¿No debería esto que digo hacernos pensar en  lo mal que nos está yendo por la prisa con la que vivimos todo, si es que lo vivimos y no, simplemente, lo pasamos? Dejo la pregunta en el aire, aunque se la lleve el viento, como a las palabras, pues no nos gusta mirarnos en esos espejos que nos dicen a las claras y por derecho quién somos y en qué nos hemos convertido.

          Muchas veces, pese a todo, consigo nadar por debajo del ruido, y ver con claridad, sin dejar que la corriente ambiental me sobrepase y lleve, y hasta alcanzo la orilla, con evidente esfuerzo, eso sí, haciendo de tripas corazón, pero manteniendo alerta el mirar, para ver, para seguir buscando en medio de la batahola que es el mundo, con su retablo general y sus retablillos particulares, que ganas dan de acometerlos con furia para borrar su visión, que suele ser desagradable, y alcanzar la verdad, que se oculta en estos bosques misteriosos, tan impenetrables, pues los miramos con las lentes equivocadas.

           Así me siento, mi querido amigo, como entre dos luces, o entre dos aguas, el día y la noche, el río y el mar, lo claro y lo oscuro, lo dulce y lo salado, que todo parece venir con mucha mezcla, tan confundido e incierto, sin develarse con claridad, para congoja nuestra, aunque te diré que en ocasiones es necesario tomar partido, decidirse por una salida, aunque de emergencia, para no estar titubeando siempre como marionetas, pues la tibieza, que no es lo mismo que la moderación, casi nunca resuelve nada.

          La luz, ahora, resulta esplendorosa, como cargada de oros de Ofir, de perlas y gemas preciosísimas, que se hallan engastadas en anillos y collares que adornan el fulgor de las rosas que ya han nacido en el jardín, tal estrellas diurnas en un firmamento terso y lúcido, que presagia lo que será el verano, con sus dones, generosos, liberales por demás, que nos serán entregados de forma abundante, para bendición nuestra.

         No dejemos de escribirnos, caro, pues estamos perdiendo oportunidades de sentir la vida de otra forma, de tratar de entenderla, de afrontarla como afrontaremos la muerte, en campo descubierto, sin armas ni coraza, tal como al mundo vinimos, desnudos y en lágrimas, en cueros vivos, para no sentir apego al irnos, al decir adiós a todo lo que nos conmueve y alimenta. Tus cartas me hacen mucho bien en estas soledades y tristezas por las que ahora paso; en el trazo de tu letra,  que tan amoroso resulta, por otra parte, hallo senderos para alcanzar nuevas glorias, y en todo lo que me cuentas encuentro solaz y acomodo, un lecho mullido en el que reposar estas fatigas que ahora me llevan preso y convicto.

          Hasta la próxima, que espero no se retrase

Fernando Alda

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