Habita la piedra ciudades
místicas en las que el viento
desciende por escalinatas
de pórfido, y de fondo se descubre
un paisaje imaginario
en el que se mecen árboles
ardiendo o brillan ojos de obsidiana,
y es todo transparente,
inconsútil, como de aire mismo,
y nunca se pone el sol
ni la oscuridad enmascara la belleza.
Hay otras personas, y fuentes
inagotables, y música
suavísima, una visión
en la que quedarse dentro
eternamente, el alma
flotando leve entre ventalles
de glicinias, soltadas las amarras
y el navío a merced de una corriente
que avanza sin fuerza alguna, apenas
desmayada, en el rumbo
que fija una brújula
sin gravedad, como si ni el éter
opusiese resistencia.
Duerme la piedra en ciudades
eternamente devastadas
por el musgo lúbrico,
por arácnidos viscosos,
escolopendras de fuego
o terrosos saurios, lejos
aún de una bandera o de un faro
en los que encontrar el signo
cierto de la victoria.
Nombres de ciudades,
urbes jamás contadas
a las que no ha llegado
viajero alguno,
en las que sueña la piedra
con foros enlosados de tristeza,
con ombligos que son cimientos,
palacios, templos, mastabas,
o los más humildes cubículos,
sueña la piedra y se levanta
en atalayas para centinelas
sacrílegos que profanan
la extensión de la noche,
la medida de los hombres,
el vaciarse de la arena
a través de la garganta del reloj.
Describo esas ciudades en cuadernos
gastados, con palabras
cansadas, vislumbrando ya el final
incierto del viaje,
respirados y saboreados los lodos
y los polvos de todos los caminos
que no llevan a Roma,
pero en los que hallé
refugio, hogar humilde,
sabia lección, y con los que fui
dibujando un planisferio
sin países, sin montañas,
sin océanos o ríos,
solo con la ruta
solitaria de las más absoluta soledad.
Fernando Alda Sánchez
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miércoles, 9 de octubre de 2019
A ti, querido lector
Hoy me dirijo a ti, lector, a ti, que me lees, que estarás leyendo esto. Se de sobra que es una fórmula en completo desuso, que ha caído en el abandono tras el paso fulgurante y arrasador de las vanguardias y de las nuevas técnicas narrativas, pero, pese a todo, no me resisto a ello. No me resisto a tutearte, pues, creo que, aunque no nos conozcamos, nos conocemos más de lo que creemos para ello. Además, como decía en mi entrada en el blog de ayer mismo, que estaba realizando las confesiones que hacía (aunque es mejor decir contar intimidades, quizá) para que me conozcas un poco mejor, puesto que como lector ya formas parte de mi paisaje espiritual por derecho propio.
No voy a teorizar sobre cuestiones literarias. Eso se lo dejo a los teóricos. Yo me arremango el mono y bajo al barro. Y perdón por utilizar expresión tan castiza. Me dirijo a ti con la confianza que reina entre dos amigos, como cuando Cristo Nuestro Señor se dirije a nosotros, para decirnos que nos ama y que nos acompaña en nuestra fragilidad y en nuestro dolor, también en nuestras alegrías. Así visitaba Dios a Abraham, como dos amigos.
Querido lector, como escritor que creo ser, eres lo mejor que tengo. Sí, has oído bien, lo mejor que tengo, incluso mejor que mis propias obras. No es una exageración. Digo que eres lo mejor puesto que si tu no me leyeses, de nada serviría lo que escribo. Dormiría en un cajón, entre otros papelotes, o ahora en algún rincón oscuro de mi ordenador portátil.
Solo si hay otras personas que se acercan a la obra de arte, del tipo que sea, hay creación. De lo contrario es un acto inútil. Con un único lector que hubiese de un poema, ya habría creación, ya se habría completado el mágico círculo de lo que supone crear para un artista, pues el mensaje lanzado al éter habría llegado a un receptor que lo comprendería, lo asumiría o lo rechazaría.
Es verdad que en ocasiones uno tiene la tentación de escribir para tener muchos lectores; creo que es un deseo legítimo. Pero si en vez de muchos, únicamente hay unos pocos, no importa, pues lo esencial no es la fama, sino crear, y crear por amor, por amor al lector, en este caso, quizá a ese único lector que podamos tener.
Todo esto que digo parece que va contra las leyes del mercado editorial, y tal vez sea así, que sea verdad, que vaya contra las leyes del mundo cultural, del mundo en general, en el que parece que todo es un mercado, y en el que no importa la creación, el arte por el arte, sino el mercantilismo, los beneficios económicos, los réditos dinerarios y, en definitiva, la fama, la voluble fama que la fortuna sube a lo más alto o entierra para siempre.
Por eso cuando escribo pienso en ti, amigo lector, en escribir versos hermosos, tratando de plasmar el amor que siento por ti, por tu cercanía, por las cosas que podemos llegar a compartir. Y eso me enriquece espiritualmente a mí y a mi obra.
El mundo digital, los ceros y unos que conformamos en el espacio, a través de la red de redes, nos permite otras cercanías, otras intimidades, pues se alimenta el diálogo por medio de los comentarios, de la interactuación. El discurso ha dejado de ser unidireccional y, por tanto, el autor y el lector crecen, crecemos, juntos. Somos más compañeros de viaje aún que antes. Por supuesto se mantienen los canales tradicionales, como son los coloquios con un autor, la firma de ejemplares, las conferencias, que han funcionado en el pasado y que aún funcionan como mecanismos de cercanía aún más certeros que los digitales. Pero todo ello nos tiene que servir para seguir habitando la comunidad que la creación, en este caso la literatura, nos permite. Y ahí es donde nos alimentamos los dos, en la misma madre nutricia, con un mismo afán, crear, crear por amor.
No te canso más. Hay mucho que leer. No dejes de hacerlo. Te sigo esperando todos los días como el que aguarda a su amada. Un fuerte abrazo de tu amigo, que lo es
Fernando Alda Sánchez
Nota: La foto está tomada de pixabay
martes, 8 de octubre de 2019
Paisaje espiritual
Confieso que tengo un paisaje espiritual, sin el que no podría sentirme vivo, vivir todos los días, amanecer cada mañana y respirar "trece veces por minuto", como diría Gabriel Celaya, y recorrer los senderos que la vida nos va ofreciendo al paso que llevamos.
Confieso que soy católico, que creo en Dios, con todo lo que ello implica, y que el amor del Padre y de su Hijo Jesucristo, al que considero mi Amigo, son el alimento que guía mi caminar, la llama que enciende mi alma, el sagrado impulso que me lleva a vivir y a escribir conforme a ese amor. Junto a ellos, desde luego, mi familia, que no es muy grande, pero está cuando se la necesita, especialmente mi mujer, Yolanda, y mis tres hijos, Manuel, Elvira e Irene. Luz de mi vida. Y algunos amigos, que con que sean pocos, pero buenos, es suficiente. Todos somos compañeros de viaje.
Confieso, también, que en mi paisaje espiritual, viven y conviven muchas personas, muchas lecturas, obras de arte, templos, palacios, cuadros, películas, vivencias, caminos, montañas, humildes viviendas, poemas, novelas, escritos, amistades, lecturas, impresiones, paisajes reales o imaginarios, habitaciones siempre con las ventanas abiertas para que por ellas entre a raudales la fuerza del Espíritu que me trasciende, y esos otros vientos que en el devenir del que hablaba Heráclito (que supo ver con profunda lucidez que estamos hechos para fluir siempre, para estar eternamente en viaje) me va poniendo en el trayecto. Dice el refrán "que arrieros somos y en el camino nos encontraremos". Y creo que así es, pues el viaje, casi siempre, resulta largo. Tal vez es que mi paisaje espiritual es como un río, que en el fondo es el camino del agua, el camino de nuestros sueños y desvelos, y evoco también, entonces, pues no me queda más remedio, a mi querido Jorge Manrique y las coplas a la muerte de su padre.
Confieso, además, que en mi paisaje espiritual está Ávila, la ciudad, primero, y después, las montañas de Ávila (a las que asciendo siempre que puedo, casi como una obsesión), sobre todo Gredos, los páramos de Ávila, además de sus llanuras castellanas e infinitas, sus caminos, los cielos altísimos, las ondulaciones de esta Castilla femenina, como la describe José Jiménez Lozano en su guía espiritual sobre la misma. Quizá es que Castilla es una madre, que a algunos nos alienta y alimenta, nos enternece, nos acoge, y prende el fuego necesario para existir, para que el alma no se enfríe entre los rigores de las noches de enero que es en ocasiones la propia vida. Es como prender la gloria, que tanto consuelo nos concede en los inviernos.
Confieso que paso muchas horas perdido en ese paisaje del que hablo, en amistad profunda con quienes lo pueblan (por el momento no daré nombres, no sea que mis vecinos se incomoden ante tanta confesión), con los que he compartido soledades y nostalgias, esas melancolías que prenden en el corazón y nos hacen tan vulnerables. Así, muchas noches de insomnios, de desasosiegos, de visiones, de tardes junto al fuego o admirando la lluvia, pero también de diálogos fecundos, de aperturas, de gozos, de ese sabernos acompañados en medio del naufragio de la devastación diaria de vivir, de nuestra propia fragilidad. En ocasiones resulta difícil volver cuando estás perdido en tan grata compañía, aunque la realidad me reclama, tal vez más imperiosamente de lo que fuera mi deseo, y no es que deje de soñar, sino que lo sigo haciendo, pero despierto.
Confieso, para terminar, que poner sobre la mesa estas intimidades no ha sido fácil, aunque es algo del todo necesario, para mantener la coherencia, el equilibrio entre razón y alma, para que el lector conozca un poco más en relación de quien escribe, pues tiene derecho a ello, ahora que pertenece plenamente a ese paisaje del que le hablo.
Por hoy basta. Tiempo habrá, cuando resulte conveniente, para hablar de otras cuestiones de menor trascendencia.
Fernando Alda Sánchez
Nota: la fotografía corresponde al río Alberche, a su paso por Puente Nueva, en el municipio de Burgohodo, provincia de Ávila, España. Está tomada por éste que escribe en pleno estío de este año 2.019, por lo que sus aguas son más bien magras, a la espera de lluvias otoñales que alimenten su caudal. La vida a todos nos lleva como éste y todos los ríos, en ocasiones de forma caudalosa, y en ocasiones de forma mansa, a la espera de que lleguemos al mar, que nos aguarda amistosamente.
"En una Noche oscura"
Llevaba tiempo con ganas de traer a esta Ínsula Barataria de los libros que es este blog, al que alimento con tanta pasión, la "Poesía" de San Juan de la Cruz (en otro momento hablaré de Santa Teresa, que es también mi paisana de Ávila y para mí una escritora muy especial), y, por una razón u otra, todas de no excesiva importancia, desde luego, lo estaba demorando. Incluso hoy no tenía muy claro el libro sobre el que hablar. Pero como los libros nos buscan desde la biblioteca, desde el anaquel en el que descansan, y quieren seguir viviendo toda una vida junto a nosotros, creo que hoy me ha llamado la edición que de la "Poesía" de Juan de Yepes ha realizado el escritor abulense, de Langa (1930), José Jiménez Lozano, para la colección "Temas de España", de Taurus, Madrid, 1982. Así que la lectura de hoy va de abulenses. Al menos, tres estamos implicados en ella. No es mala tarea.
Para mí resultó y resulta una edición magnífica, en la que encontramos los poemas de San Juan de la Cruz (Fontiveros, Ávila, 1542 - Úbeda, Jaén, 1591) y un estudio preliminar que sólo la sabiduría, la certera mirada de Jiménez Lozano sobre la literatura y la cultura en general, y sobre los místicos abulenses (Juan y Teresa) en particular, puede llevarnos a descubrir toda la intensidad, toda la fuerza, toda la luz, que encierran estos versos del de Fontiveros (Por cierto, es muy recomendable visitar esta villa abulense, en plena Moraña, para seguir los primeros pasos del místico poeta y descubrir el paisaje espiritual que puebla sus poemas). El estudio preliminar es, ya de por sí, una pequeña pieza literaria que nos ofrece muchas claves para conocer los manantiales en los que bebe la poesía sanjuanista.
Quizá como abulense me puede la pasión por San Juan de la Cruz al que, además de como poeta y lector, estoy estrechamente ligado desde el mismo momento en el que vi la primera luz del mundo al salir del seno materno, y entonces puede sonar como un exceso lo que voy a decir a continuación, pero no se me tomen en cuenta estas circunstancias, sino todo lo contrario, y entiéndase como una afirmación de un lector apasionado: Juan de Yepes escribió los poemas más hermosos del mundo que se han escrito. Por algo es el patrón de los poetas, por algo su poesía cautiva a creyentes o a agnósticos y ateos, por eso en sus poemas está toda la trascendencia de sabernos vivos, y vulnerables, en la vida que vivimos y nos trasciende; por eso su pasión, su vigor, su universalidad, su tensión poética, su encendida belleza, nos siguen arrastrando desde el primer momento en el que nos asomamos a sus versos.
"En una Noche obscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada".
No diré más. A entrar en esta "Noche oscura" invito a todos. Tal vez la lectura de San Juan de la Cruz nos inflame a nosotros también el alma.
Fernando Alda Sánchez
Dejo la portada de la edición de la que hablo, de Taurus, puesto que la considero como uno de los preciados tesoros que guardo en mi biblioteca, portada que he encontrado en Internet.
Para mí resultó y resulta una edición magnífica, en la que encontramos los poemas de San Juan de la Cruz (Fontiveros, Ávila, 1542 - Úbeda, Jaén, 1591) y un estudio preliminar que sólo la sabiduría, la certera mirada de Jiménez Lozano sobre la literatura y la cultura en general, y sobre los místicos abulenses (Juan y Teresa) en particular, puede llevarnos a descubrir toda la intensidad, toda la fuerza, toda la luz, que encierran estos versos del de Fontiveros (Por cierto, es muy recomendable visitar esta villa abulense, en plena Moraña, para seguir los primeros pasos del místico poeta y descubrir el paisaje espiritual que puebla sus poemas). El estudio preliminar es, ya de por sí, una pequeña pieza literaria que nos ofrece muchas claves para conocer los manantiales en los que bebe la poesía sanjuanista.
Quizá como abulense me puede la pasión por San Juan de la Cruz al que, además de como poeta y lector, estoy estrechamente ligado desde el mismo momento en el que vi la primera luz del mundo al salir del seno materno, y entonces puede sonar como un exceso lo que voy a decir a continuación, pero no se me tomen en cuenta estas circunstancias, sino todo lo contrario, y entiéndase como una afirmación de un lector apasionado: Juan de Yepes escribió los poemas más hermosos del mundo que se han escrito. Por algo es el patrón de los poetas, por algo su poesía cautiva a creyentes o a agnósticos y ateos, por eso en sus poemas está toda la trascendencia de sabernos vivos, y vulnerables, en la vida que vivimos y nos trasciende; por eso su pasión, su vigor, su universalidad, su tensión poética, su encendida belleza, nos siguen arrastrando desde el primer momento en el que nos asomamos a sus versos.
"En una Noche obscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada".
No diré más. A entrar en esta "Noche oscura" invito a todos. Tal vez la lectura de San Juan de la Cruz nos inflame a nosotros también el alma.
Fernando Alda Sánchez
Dejo la portada de la edición de la que hablo, de Taurus, puesto que la considero como uno de los preciados tesoros que guardo en mi biblioteca, portada que he encontrado en Internet.
Vulnerable esplendor
Clarín que anuncia
estridente el juramento de la luz
al derramarse desde las constelaciones
más lejanas, desde el Cisne
o el Dragón, la luz al alcance
de la mano, como si la modelases
a cada instante y fuere
esculpida como mármol
travertino, el Moisés de Miguel Ángel,
un leopardo de jade
oculto entre las sombras que acechase
la ceremonia de la altura,
el vulnerable esplendor
de los funerales de la aurora.
Fernando Alda Sánchez
estridente el juramento de la luz
al derramarse desde las constelaciones
más lejanas, desde el Cisne
o el Dragón, la luz al alcance
de la mano, como si la modelases
a cada instante y fuere
esculpida como mármol
travertino, el Moisés de Miguel Ángel,
un leopardo de jade
oculto entre las sombras que acechase
la ceremonia de la altura,
el vulnerable esplendor
de los funerales de la aurora.
Fernando Alda Sánchez
lunes, 7 de octubre de 2019
La trompeta del ángel
Vuelve la tormenta,
tempestad entre las flores,
el relámpago que alumbra
la destrucción, ozono que amanece
y mantiene la tensión, la fuga
infinita del agua, el más
desvalido llanto que imaginarse
pueda, el más desértico de los espacios.
Aguacero tras aguacero
se construye la morada en la que habita
esa calle de nombre tan triste
y desvinculado, esa calle
en la que nunca ha vivido
nadie, ni siquiera la nada,
esa calle que hay en todas las ciudades
y nadie busca ni encuentra
en el callejero, patria
innombrable que no tiene
remite. Cayeron las murallas de Jericó
como han caído las primeras
hojas del otoño, las banderas
vencidas, los estandartes
abandonados que ya no tremolarán
más en el horizonte de las derrotas.
Es la tempestad,
la trompeta del ángel.
Fernando Alda Sánchez
tempestad entre las flores,
el relámpago que alumbra
la destrucción, ozono que amanece
y mantiene la tensión, la fuga
infinita del agua, el más
desvalido llanto que imaginarse
pueda, el más desértico de los espacios.
Aguacero tras aguacero
se construye la morada en la que habita
esa calle de nombre tan triste
y desvinculado, esa calle
en la que nunca ha vivido
nadie, ni siquiera la nada,
esa calle que hay en todas las ciudades
y nadie busca ni encuentra
en el callejero, patria
innombrable que no tiene
remite. Cayeron las murallas de Jericó
como han caído las primeras
hojas del otoño, las banderas
vencidas, los estandartes
abandonados que ya no tremolarán
más en el horizonte de las derrotas.
Es la tempestad,
la trompeta del ángel.
Fernando Alda Sánchez
El otoño que no llega
Foto: Pixabay
Me siento hoy a escribir con cierto desasosiego en estos primeros días del otoño que se resiste a llegar: altas temperaturas, ausencia de lluvias y, me atrevo a decir, que hasta de nostalgias y melancolías, como si hubiésemos perdido la capacidad de imaginar y de soñar. No se dónde está el otoño, dónde ha escondido sus esplendores, sus galas, las ardientes llamaradas con las que nos obsequia en otras ocasiones.
Fervorosamente lo busco en las riberas de los ríos, en los hayedos y robledales, en los chopos que se alzan al cielo como lanzas o lágrimas de fuego, en los castaños que son como seres humanos sin vida aparecidos entre la niebla. Trato de encender el corazón, junto al fuego en el que se asan unas humildes castañas, unas bellotas, mientras avanza octubre hacia noviembre y su fúnebre cortejo, sin encontrar el agua, las sementeras, los cielos turbios e indecisos de un tiempo en el que todo se prepara para morir, hasta el espíritu, que reclama atención y oraciones.
El otoño es más que una estación, más que el cambio en el que los rayos del sol nos modelan, es más que el paso de los meses, que la recolección de frutos, pues es, además, un estado del alma, un sentir como seres humanos y sagrados que somos; el otoño es un mirar, un soñar, un amar, un alentarse, un avivarse como hoguera, un ser de otra forma, un vivir perpetuo que buscamos aquellos que en el transcurso del año anhelamos su llegada.
Desde la ciudad amurallada miro los campos, los ríos secos, los sotos desangelados, miro el día desvanecerse en un inútil combate en el que no hay victoria, y el deseo de otra luz, de otro aire más enfurecido, de otras quimeras que buscar entre el cielo inmóvil, no llega con su pulsión de muerte y de abandono, ni en el ocaso se desata la lucha contra las sombras.
El tiempo parece no llevar a ninguna parte, como si los relojes marcasen las horas que no corresponden al momento que debiera ser. Mientras llega el otoño seguiré esperando, seguiré tomando el pulso a la vida, para que esta convalecencia de hojas que no acaban de caerse invada el deseo que mantengo vivo, que no es otro que el de abrazar el otoño cierto, el de respirar su aliento, el de entornar los ojos y ver el fulgor con el que se viste la luz.
Fernando Alda Sánchez
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