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martes, 8 de octubre de 2019

Paisaje espiritual

     




           Confieso que tengo un paisaje espiritual, sin el que no podría sentirme vivo, vivir todos los días, amanecer cada mañana y respirar "trece veces por minuto", como diría Gabriel Celaya,  y recorrer los senderos que la vida nos va ofreciendo al paso que llevamos.

          Confieso que soy católico, que creo en Dios, con todo lo que ello implica, y que el amor del Padre y de su Hijo Jesucristo, al que considero mi Amigo, son el alimento que guía mi caminar, la llama que enciende mi alma, el sagrado impulso que me lleva a vivir y a escribir conforme a ese amor. Junto a ellos, desde luego, mi familia, que no es muy grande, pero está cuando se la necesita, especialmente mi mujer, Yolanda, y mis tres hijos, Manuel, Elvira e Irene. Luz de mi vida. Y algunos amigos, que con que sean pocos, pero buenos, es suficiente. Todos somos compañeros de viaje.

           Confieso, también, que en mi paisaje espiritual, viven y conviven muchas personas, muchas lecturas, obras de arte, templos, palacios, cuadros, películas, vivencias, caminos, montañas,  humildes viviendas, poemas, novelas, escritos, amistades, lecturas, impresiones, paisajes reales o imaginarios, habitaciones siempre con las ventanas abiertas para que por ellas entre a raudales la fuerza del Espíritu que me trasciende, y esos otros vientos que en el devenir del que hablaba Heráclito (que supo ver con profunda lucidez que estamos hechos para fluir siempre, para estar eternamente en viaje) me va poniendo en el trayecto. Dice el refrán "que arrieros somos y en el camino nos encontraremos". Y creo que así es, pues el viaje, casi siempre, resulta largo. Tal vez es que mi paisaje espiritual es como un río, que en el fondo es el camino del agua, el camino de nuestros sueños y desvelos, y evoco también, entonces, pues no me queda más remedio, a mi querido Jorge Manrique y las coplas a la muerte de su padre.

           Confieso, además, que en mi paisaje espiritual está Ávila, la ciudad, primero, y después, las montañas de Ávila (a las que asciendo siempre que puedo, casi como una obsesión), sobre todo Gredos, los páramos de Ávila, además de sus llanuras castellanas e infinitas, sus caminos, los cielos altísimos, las ondulaciones de esta Castilla femenina, como la describe José Jiménez Lozano en su guía espiritual sobre la misma. Quizá es que Castilla es una madre, que a algunos nos alienta y alimenta, nos enternece, nos acoge, y prende el fuego necesario para existir, para que el alma no se enfríe entre los rigores de las noches de enero que es en ocasiones la propia vida. Es como prender la gloria, que tanto consuelo nos concede en los inviernos.

           Confieso que paso muchas horas perdido en ese paisaje del que hablo, en amistad profunda con quienes lo pueblan (por el momento no daré nombres, no sea que mis vecinos se incomoden ante tanta confesión), con los que he compartido soledades y nostalgias, esas melancolías que prenden en el corazón y nos hacen tan vulnerables. Así, muchas noches de insomnios, de desasosiegos, de visiones, de tardes junto al fuego o admirando la lluvia, pero también de diálogos fecundos, de aperturas, de gozos, de ese sabernos acompañados en medio del naufragio de la devastación diaria de vivir, de nuestra propia fragilidad. En ocasiones resulta difícil volver cuando estás perdido en tan grata compañía, aunque la realidad me reclama, tal vez más imperiosamente de lo que fuera mi deseo, y no es que deje de soñar, sino que lo sigo haciendo, pero despierto.

          Confieso, para terminar, que poner sobre la mesa estas intimidades no ha sido fácil, aunque es algo del todo necesario, para mantener la coherencia, el equilibrio entre razón y alma, para que el lector conozca un poco más en relación de quien escribe, pues tiene derecho a ello, ahora que pertenece plenamente a ese paisaje del que le hablo.

         Por hoy basta. Tiempo habrá, cuando resulte conveniente, para hablar de otras cuestiones de menor trascendencia.


Fernando Alda Sánchez

Nota: la fotografía corresponde al río Alberche, a su paso por Puente Nueva, en el municipio de Burgohodo, provincia de Ávila, España. Está tomada por éste que escribe en pleno estío de este  año 2.019, por lo que sus aguas son más bien magras, a la espera de lluvias otoñales que alimenten su caudal. La vida a todos nos lleva como éste y todos los ríos, en ocasiones de forma caudalosa, y en ocasiones de forma mansa, a la espera de que lleguemos al mar, que nos aguarda amistosamente.










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