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sábado, 18 de septiembre de 2021

Hilvanes, versos de urgencia, 4, 5, 6

 





4


La noche y sus himnos,
una ofrenda de luciérnagas,
de alas de estrellas,
bajo la luna que convoca
el deseo y la voluntad.

5
 

Duerme el dolor en médulas
de mercurio, roja herida,
y despierta luego entre estatuas
decadentes, como la belleza
cuando se extingue.
Abandono y ausencias,
en esta habitación sin auroras.


6


Pájaros de azul
en tu mirada, en la espera
de la lluvia y los nombres,
como el deseo de volar
entre nubes de cristal.

Fernando Alda

jueves, 16 de septiembre de 2021

Hilvanes, versos de urgencia, 1, 2, 3

 



          Bajo el título común de "Hilvanes, versos de urgencia", inicio hoy en el blog una  nueva sección, en la que iré publicando, sin periodicidad fija, una serie de poemas escritos a vuela pluma, como el hilván que utilizan en costura para ir conformando una prenda de vestir, antes de ser cosida de forma definitiva. De ahí la segunda parte del título, "versos de urgencia". Se trata de poemas breves que recogen un estado del alma, una visión, una pincelada, que el poeta ha dado en un cuaderno, un sentir, un mirar, un escuchar, aquello que le rodea. Tómelo el lector como lo que es, un ejercicio de urgencia, sin tratar de hallar mucho más sentido a lo que lee que el de plasmar un soplo de belleza, el esplendor de una brizna de hierba o de una flor que nos ofrecen su fulgor, como en el verso de William Wordsworth, en el atardecer. 

         Sobran las palabras. Os dejo con estos "hilvanes" que van conformando el ropaje de la belleza, estos relámpagos que iluminan la noche y el camino, que no tratan de ser más que esas velitas que dejamos encendidas siempre, en lo oscuro, para que Dios sepa que seguimos aquí.


1

Alta sombra de fiera luz,
en el viento, tras las colinas
de plata, como un enjambre
de aguijones hambrientos,
la noche sola, tu último silencio.


2

Interminable el ocaso,
la locura de la ceniza, un corazón
de polvo, como un mal sueño,
el dolor y la ceguera,
en este patio de sombras.


3

Llueve en la frontera,
en las ausencias y la desmemoria,
junto al olvido, en los arrabales
en los que descansa la desolación.
Llueve y todo acaba.


Fernando Alda

martes, 14 de septiembre de 2021

Cartas al lector, 39 / En mis soledades y adentros

  


          Querido lector:

          Hoy la lluvia es encuentro, un lugar al que volver, el hogar que busco y me acoge, la tejavana que cobija los rescoldos de los que estoy hecho y que siguen ardiendo en las médulas del tiempo, con llama melancólica, como de otoño siempre, recordando otros vientos y otros paisajes, otras manos que modelaron la arcilla primordial y húmeda de la que está hecha el corazón cuando clama, este pobre corazón que aún alienta y late, en la voluntad y el deseo, como las alas heridas de una calandria que sigue buscando en los cruces de los caminos el aire para volar, el viento nuevo que la lleve más allá de la llanura infinita, el mundo inmenso, en el que sobrevolar otros alzados, lejos de estas ruinas que sigue carcomiendo con sus quelíceros feroces el tiempo, el naufragio de cuanto se sostiene, la tristeza de saber que todo acaba, como la arena del reloj, y que no sabemos si tendremos prórroga en el momento de querer volver a caminar, de estrechar los brazos  que se asoman por las ventanas para indicarnos que aún quedan bibliotecas   por explorar, las que se salvaron del fuego, como nosotros, que no pereceremos en la hoguera cruenta de la historia y de la nada, pues acaso también hemos sido capaces de remontar el vuelo, de alcanzar las colinas protectoras, bajo los cielos y las estrellas, las arboledas en las que viven los sueños, la ternura de amanecer, la inconsistencia de las nubes, el filo de los versos que son labios o espadas, la esencia de la belleza, el beso acre o dulce que la vida nos da al levantarnos del lecho cada mañana.

            Así lo siento ahora, mientras llueve, y el agua, que nutre los veneros claros por los que afloran los recuerdos, va bendiciendo aquello que pienso y termina arraigando en el humus del alma, que necesita de alimentos que no son de pan ni de este mundo, sino que vienen de lo Alto, como aquello que nos hace trascender.

       Y dejo que la lluvia suene bajo el tejado del ático en el que escribo, que es una ínsula de libros, este oasis, que parece un monasterio, ora et labora, en estas tierras de Castilla deshabitada, en el páramo, esperando la nieve que tardará aún en venir, pero que será presencia, en el nombre de la cellisca, salutación del invierno, que parece un juez severo y agrio, más luego nos desbordará, como la nieve y la lluvia en los manantiales, cuando será primavera.

           Inmóvil la luz, que no fluye, y se aleja de la vida y de lo que sueño, en la prisión de las ausencias, en este jardín íntimo y cerrado en el que crece junto al trigo la cizaña, esperando ambos una cosecha incierta, bajo la guadaña de la muerte, que es dama que se viste de azul, y sale al asalto en las encrucijadas, en el laberinto que recorremos sin hilos o mapas, en los vericuetos del existir, siempre, eternamente, en un arrabal de sangre, para poner fin a nuestro asombro perpetuo, ese con el que seguimos mirando el mundo desde el mismo instante en que nuestros ojos se abren a él, aún a pesar de que no parece haber nada nuevo bajo el sol, y todo se nos asemeja como viejo y gastado, tan raído se muestra, un sol que hoy no está, pues velado se esconde entre los ropajes cinerarios con los que se ha vestido el día, tal una mortaja.

           No diré nada más. Las palabras se me vuelven cuchillos, amenazas, como cristales rotos, dagas de hielo, alambre de espino, y va sembrando de cadáveres insepultos la lengua, tan maltrecha, que ya no nombra o dice, letra muerta impresa en papel mojado, "humaredas perdidas, neblinas estampadas", pues en esta mañana de septiembre, que tan desabrida me resulta, tan triste y sola, parecen "heridas de muerte las palabras", como cantaba Rafael Alberti, ahora ya en la lejanía, galopando en un "caballo cuatralbo" hacia la desmemoria y el olvido, bajo la lluvia, que alborea y canta, como los gallos y sus piquetas que "cavan buscando la aurora" que pintó Federico García Lorca en su pena negra, como la noche que habrá de ser, y es ahora como termino esta carta, que deseo te llegue pronto, mi querido amigo, allí donde estés, esperándola, o es un poema que despierta en el soñar o el "solejar de las aves", que me parece lo mismo, ese que dibujase Jacinto Herrero, en las lagunas de la memoria, que no lo se, pues todo viene confundido, como la bruma y los recuerdos, que no quiero perder, y se entremezclan en la mirada y en el esbozo de esta Ciudad Desolación que sigo construyendo, siempre a orillas de un río de sombra, en mis soledades y adentros.

           Tuyo

Fernando Alda



lunes, 13 de septiembre de 2021

Espejos

 


Deja la lluvia una tristeza

de nácar, de algas mojadas,
un despertar de sirenas en la orilla
de la nada, entre los añicos
de las voluntades quebradas,
de las paciencias rotas, de los rostros
que nos miran,
tan extrañamente, en los espejos
en los que nos vemos,
tal el dolor, y sufrimos en silencio.

Fernando Alda

viernes, 10 de septiembre de 2021

Regresar

 



La soledad ha dejado sus alas

de hielo en el alféizar de esta ventana de tristeza,
que no tiene cristales,
por la que te asomas al patio de atrás,
allí donde vive el recuerdo
de la ceniza, y en el que la sombra
de un manzano ya sin hojas,
que espera otras primaveras,
ofrece una silueta exigua,
de luz usada muchas veces
para iluminar los adentros.
Un pájaro que no sabe cómo regresar
a lo que ha sido, a los nidos
que fue abandonando
en su ajetreado vuelo,
trata de superar la altura
de la tapia de adobe, el crepúsculo
en el que arde la tarde
que nos fue regalada,
y sigue esperando un viento
favorable que le lleve
más allá de las colinas y de la muerte.
Tal así tú, también,
con plomo en las piernas,
aterido, tras la tormenta,
volviendo a encender una velita,
aquí estás, esperando la intensidad del aire,
su espesor, en este alzado
de derrotas, un paisaje de zozobra,
para regresar a la Casa del Padre,
tras la ausencia atroz, y alcanzar
la celebración y el júbilo por el retorno.
Habrá fiesta, y todo volverá a bendecirte,
en la llama sagrada
que enciende las hogueras nuevas.

Fernando Alda

jueves, 9 de septiembre de 2021

Cartas al lector, 38 / Razón de mi escritura

 


Querido lector:


Unas nubes grises, que ya preludian el otoño que habrá de venir con sus tristezas y melancolías, que dejará posadas en el alféizar de la ventana, me lleva hoy a escribirte con mayor deseo que nunca y a contestar esa pregunta que me hacías en tu última carta, una pregunta que los poetas nos hemos hecho en muchas ocasiones y que no se si siempre hemos sabido contestar con la altura suficiente, pues no resulta fácil el hacerlo sin hipocresía.

Dejas en el papel, en el aire, supongo yo también, pues éste es un buen lugar para escribir, algunas preguntas, acaso para que el viento las lleve y las traiga a su antojo, y las mueva de un corazón a otro, los nuestros, sin duda, y podamos buscar las respuestas que se nos demandan con naturalidad, sin artificio, como quien se encuentra, en su paseo de la tarde, entre las alamedas de un río manso y espejeante, con la verdad de su vida y sus sucesos.

Me preguntas por la razón de mi escritura, por qué o para qué escribo, y te contesto de forma breve: escribo para vivir, para estar vivo. Esto equivale a decir que escribo para eludir la muerte, para librarme de la locura y de la soledad, para mantener encendida la velita con la que le digo a Dios todos los días que aquí sigo, buscando su rostro, para que sepa que no me olvido de Él y Él no se olvide de mi. Y escribo por ti, lector, porque te necesito.

Como puedes apreciar, no hace falta escribir un manifiesto, ni darse a preguntar por qué los hombres desarrollaron el lenguaje, que es expresión de la llama sagrada y divina que nos sostiene, y pertenece al alma, o inventaron la escritura o los libros, que tanto nos gustan. Además, te diré, que cada mañana, cuando me levanto y me pongo a escribir, buscando las hazanas del nuevo día que se nos ofrece como un regalo completamente nuevo y maravilloso, no me pregunto por qué escribo, ni por qué lo hago hoy en forma de poema y mañana una carta. Escribo, simplemente, como un don, una gracia que he recibido de lo Alto y que tengo que compartir contigo, pues de lo contrario sería como nadar hasta la extenuación para alcanzar una orilla y no llegar nunca a ella, es decir, morir en el intento.

Si quieres saber más, lee lo que escribo y añade a lo que acabo de decirte las conclusiones a las que llegues. Puede que entonces descubras, por ti mismo, que escribo por la luz de los amaneceres, por la melancolía de un atardecer, por la tristeza que siento por el tiempo que se os escapa; que escribo por todo lo que ha sido creado, por el vuelo de las aves y los ríos que fluyen, por la vida que se nos ofrece a cada instante y que no siempre sabemos disfrutar, empeñados como estamos en complicarnos la misma; que escribo por lo que leo, por lo que siento, por los recuerdos que guardo en el almario, pero que también lo hago por las "cosas" que guardo en el cosero que es el corazón: una cuerdecilla, unos cromos arrugados, un trozo de vidrio de color azul, una cajita de cartón sin nada dentro; y que lo sigo haciendo por las alas de las mariposas, por un pétalo de rosa que dejé para que se secase entre las páginas de un libro, por el amor de mi esposa y de mis hijos, por el abrazo de un amigo...

Así podría continuar hasta llegar a la tarde y, probablemente, te hubieras cansado. Es mejor que lo sigas descubriendo tú, leyendo entre líneas, entre los versos de mis poemas, disfrutando de alguna de las imágenes y metáforas que te dejo en los ojos y en los labios, escritas con tanto amor, para ti, para tu solaz y deleite, pues ya sabes cuánto te aprecio. No pienses en por qué escribo, percibe simplemente la belleza que encierra lo escrito, deja que te cale hasta las entretelas de tu ser, que esa belleza, al arder (ut luceat et ardeat) ilumine tu vida, que para eso ha sido creada.

Por mi parte, creo haber contestado, dejando otras cuestiones en el aire también, a tu pregunta. Tendremos ocasión de volver sobre esta cuestión que, a buen seguro, nos seguirá suscitando nuevos interrogantes, sobre qué es la belleza o cómo expresarla, pero por hoy es más que suficiente. Nunca dejes de leer, pues yo no dejaré nunca de escribir. En ello nos va la vida.

Las horas hoy parecen espaciarse en el reloj, como si tuviesen más minutos de lo habitual. Al tiempo le ocurre, no siempre, como a nuestro respirar, que se acelera o se hace más lento, como si fuese elástico, dependiendo de la agitación o serenidad que sintamos en ese momento en nuestros adentros. Aunque bien es verdad que no añadiremos ni quitaremos un minuto más a nuestra existencia por ello. Esa es la paradoja.

Te dejo. Me asomaré un momento por el jardín, por si ha venido alguien a verme. La mayoría de los pajarillos se han marchado ya, al igual que las flores. Solo el árbol de Júpiter se muestra en todo su esplendor. Y el madroño, en el que maduran sus frutos. Me gustaría que viniese alguien, acaso Virgilio, o San Juan de la Cruz, tal vez Don Miguel, de Unamuno o Cervantes, tanto da, pues con cualquiera de ellos tengo buena amistad y conversación.

Que la vida y sus celadas te sigan siendo leves y que tus sueños, por lejanos que parezcan o perdidos que estén, sigan siendo el sustrato en el que se mantienen firmes las raíces de las que estás hecho.

Tuyo siempre

Fernando Alda





martes, 7 de septiembre de 2021

Cartas al lector, 37 / Guardar silencio

 


Querido lector:


En esta sociedad que gobiernan la prisa y el ruido, es conveniente no sentir la primera, por nada, ni siquiera por lo más urgente, que ya encontrará su acomodo y su tiempo, pero, sobre todo, es bueno cultivar el silencio, buscar su paisaje, y, desde luego, guardarlo en muchas ocasiones. Es aquello de que ante palabras necias, oídos sordos, es, por supuesto, el silencio que guardó Cristo Nuestro Señor en el Pretorio antes de ser condenado a muerte, y es, no lo olvides nunca, una opción personal frente a la locura del mundo y los disturbios que provoca en nuestro corazón.

Guardar silencio para escuchar a otros y nuestro propio latido, frente al tsunami de información que recibimos, por ejemplo, a diario, desde los medios de comunicación social y desde las propias redes sociales. Entre esas otras voces, cómo no, la de la conciencia, esa que tenemos tan adormecida y olvidada, en brazos de Morfeo o el Leteo mismo, en la Estigia en la que vamos abandonando todo aquello que nos contradice. Silencio para escuchar la voz de Dios, que en ocasiones nos habla desde el silencio, por muy paradójico que pueda parecernos, y en el silencio, que no se nos pierda la llama sagrada de la que estamos hechos. Silencio para escuchar el corazón de cuantos nos rodean, la de la esposa o el esposo, la de los hijos, la de los hermanos, la del vecino de al lado, la del que sufre... la voz del mundo y de todo cuanto nos rodea y ahora está enmascarado en el retablillo en el que representamos, cada vez de forma más virtual, la vida y sus sucesos.



Es necesario apagar el ruido, mirar dentro de nosotros, efectuar un examen de vida, pasarle al corazón la ITV, para ver cómo nos encontramos de ideales, de sueños, de prioridades existenciales, de trascendencia, de altura, de ser y no de poseer, para ir eliminando todas aquellas adicciones que no nos dejan brillar con luz propia, sino prestada, pues la nuestra, aunque pobre y titilante, es la de verdad. Encontraremos muchos defectos graves, que nos dejarían fuera de la circulación, seguro, pero el retrato que obtendríamos sería mucho más fiel para saber cómo estamos, qué somos, a dónde queremos ir. La segunda oportunidad nos espera.

En silencio te escribo todo esto, para evitar chácharas inútiles, deformaciones vanas. Se que en silencio lo leerás y lo guardarás en el corazón, como hacía María, según nos cuenta el Evangelio. En el silencio encontrarás acomodo, por encima del mundanal ruido del que había que huir, como los sabios que han sido, nos recuerda siempre Fray Luis de León, y hallarás también un paisaje espiritual con el que seguir alimentando tu vida y tus sueños. En el silencio encontrarás el bálsamo para tus heridas, el laurel para las victorias, la alegría suficiente para reponerte en las derrotas, pues de todo habrá y hay en este sinuoso sendero que recorremos.

En silencio avanza la mañana, que traerá una tarde gozosa, en Ávila ya en tierra de nadie, pues ni es verano ni es otoño, mientras los días se acortan y las noches van incrementando su frescor en los termómetros y en el jardín de casa ha nacido, oculta y misteriosa, secreta, una rosa en mi rosal preferido, como para dejarme sus últimos pétalos de terciopelo y luz, tal una ofrenda al estío que va muriendo, como lo hacen los recuerdos que no traemos, en nuestra desmemoria, a la hoguera del tiempo. Y así todo, como en tiempo de espera, en silencio, aguardando, vestido de esperanza, lo que habrá de venir y ser, el cielo alto desde el que hoy se asoman unas nubes rizadas, entre el blanco y el gris, como algodón usado, prendidas en la nostalgia que voy sintiendo mientras septiembre termina de madurar sus frutos, que luego serán plenitud en octubre y noviembre, que nos dejarán sus tristezas.

Vive intensamente, no te abandones a la comodidad y a la rutina, escucha el silencio y practícalo como si hoy, o tal vez mañana, fuese a acabarse el mundo. Que lo que tenga que venir te pille como a los centinelas, velando

Un abrazo encendido, para ti, que me lees y escuchas

Fernando Alda