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lunes, 27 de septiembre de 2021

Hilvanes, versos de urgencia, 13, 14, 15

 


13


Ya no deja la lluvia su beso
frío en las alcobas insondables
de la noche, tan profunda,
en la que los helechos celestes 
y sus esporas de estrellas
cobijan los sueños perdidos que tuvimos
al amanecer, cuando nos creíamos
inmortales.


14

Labios de vino, sangre de la tierra,
en la vid y la escarcha,
ahora en esta copa transparente,
vidrio tenso, como el aire,
en el que se confunde el deseo de ser
con las cenizas de los sarmientos.
Otoño.


15

Deja el verso un poso
de ceniza en el agua del vaso,
mientras te bebes el cielo.
Entre los acianos,
una canción de cuna, una herida
que sigue abierta,
las alas de una libélula
que busca, entre las piedras 
y la corriente del río,
un lugar para posarse.
Allí, tu casa, el despertar.

Fernando Alda

sábado, 25 de septiembre de 2021

Hilvanes, versos de urgencia, 10, 11, 12

 


10


Conoce la nieve los caminos
de regreso a las cumbres,
la profundidad del silencio
en los pozos del agua,
y recuerdo entonces
cómo era mirar las arboledas,
sentir el viento en la cara,
tras regresar a los balcones
desde los que uno puede asomarse al mundo.



11

Un verso en ruinas,
febril abandono, con palabras
raídas, ajados terciopelos,
el alzado de la desolación.
Nada más triste,
sin duda, el poema que yace
muerto sobre una mesa de autopsias.



12

Entre estos muros de soledad
habita el nombre primero
que tuvo la lluvia. Hoy es
hiedra, musgo tibio,
un fulgor de madreselva.


Fernando Alda




jueves, 23 de septiembre de 2021

Hilvanes, versos de urgencia, 7, 8, 9

 


7


Bajo las alfombras
de la mañana,
el restituido verso que faltaba
en ese poema que quedó,
inacabado, en un cuaderno
de viaje, bitácora
sufriente, como el último
aliento de esas cenizas
enamoradas que aún arden
en el tiempo.


8

Una cuerda, un papel
mojado, vidrio roto,
las alas heridas de un alcaraván,
como deseos imposibles,
en la turbamulta de los sueños,
hojas de otoño,
tan efímeras,
como el humo último
de un fuego apagado por el agua.


9

Es esa costura que une
el sueño con la vigilia,
tal un mapa por el que viajar
a ciegas, solo oyendo
el palpitar de la sangre
bajo la piel, como un aullido,
alambre de espino
entre los dedos yermos,
esperando el algoritmo del alba.

Fernando Alda


martes, 21 de septiembre de 2021

Cartas al lector, 40 / Otoño

 


          Querido lector: 

           Desde hoy el otoño ha comenzado a vestir los días y los bosques, aunque será en noviembre cuando se ponga de largo para asistir al baile de la extinción en el que ya van sonando las primeras pavanas y gallardas, toda la chacota, mientras nos quedan sus frutos tardíos,  su undosa cabellera de hojarascas, la lluvia en los tejados y las frondas, como esa espesura que viaja a través de la niebla y deja semillas de tristeza y llanto en las colinas, como un velo solo roto por los ocres y amarillos del fuego y las hogueras en las que arderá el verano tal una ofrenda cineraria, ya agónico y exangüe, entregando sus últimos alientos, que se prolongarán en estertores, hasta diciembre, cuando venga la nieve nueva, que ya hemos presentido, largamente, en el hielo nocturno, que tensa el firmamento y lo hace más oscuro y profundo, más hondo dentro de su hondura, y deja ver otras estrellas, que no hemos nombrado, y nos parecen nunca vistas, allá, a lo lejos, en los balcones de la noche, en la inmensidad de las galaxias y nebulosas, anunciando, acaso, mediante los cometas que veremos, que el frío viene de más lejos, de más allá de los polos terrestres, de la boca negra del espacio, de lo que no vemos, de nuestro corazón indiferente, tal vez, y todo se nos vuelve demasiado grande, y por eso encendemos una velita y una oración, para que Dios sepa que estamos aquí abajo, tiritando, y es entonces cuando tomamos conciencia, en verdad, de que el otoño es un aviso, un preludio, de que la muerte es y vive al lado, y que puede llevarse cuanto se alza en el mundo, incluidas nuestras pompas y orgullos, nuestros desvelos, toda nuestra soberbia, y los tronos y cetros, y el poder, y la vanagloria, como en esos cuadros barrocos que pintara Valdés Leal en el Hospital de la Caridad, fundado por Miguel de Mañara, en Sevilla, en el Barrio del Arenal,  en los que la dama de azul, como a mí se me representa, se lleva todo con la guadaña que enarbola, tan amenazante y peligrosa, y es todo una nonada, la brizna de heno del salmo, lo que somos los hombres, pese a nuestras representaciones y teatrillos, siempre  huyendo de la verdad, de los mismos espejos, en los que se refleja nuestro rostro auténtico, un calco de nosotros, como somos, humo que se desvanece, neblinas en el aire, una sombra etérea que busca una pared en la que dejar su rastro, puede que la pared del patio de atrás en el que vamos guardando los recuerdos y ensoñaciones, las melancolías que trenzan nuestra urdimbre, como los vencejos cuando vuelan, sin chocarse, en los lienzos de la Muralla de Ávila, todos los veranos, hilvanando el aire de vuelos y trinos, y, de nuevo, entonces, regresa todo a mis ojos, como si volviese de un largo viaje en el que he estado entretenido todos estos años, pero que se ha pasado en un suspiro, así le ocurrió a San Virila, en Leyre, como el que entregamos cuando morimos y hemos acabado de llegar al mar, nos recuerda Jorge Manrique en esas coplas tan tristes que escribió a la muerte de su padre, ya todos en el mismo rasero, pues la huesa vino a igualarnos, como hace el tiempo, que también tiene su segur, afilada y peligrosa, para ir royendo, sin misericordia alguna, nuestros pedestales, los andamios y apeos con los que hemos ido sosteniendo la vida, que se nos escapa como arena o agua entre los dedos, sin darnos cuenta apenas, como el río que somos, tan impetuoso en el manantial del que brota y luego manso, cuando siente el océano cercano, o el río más grande, y puede que en ese instante en el que tenemos conciencia de la muerte, de que hemos nacido para morir en nuestra forma mortal, pero para seguir viviendo en las manos de Dios, que nos acoge en lo eterno y esencial, pues ha dejado en nuestras almas la simiente que nos induce a buscarle, es cuando somos nosotros, es decir, cuando somos hombres, esas pobres barcas que zarandea el temporal, mar adentro,  cuyos restos va dejando rotos en playas incógnitas, en piélagos inexplorados, en los mares del sur que tan lejanos se encuentran, aquí un mástil, allí el timón, como despojos de una batalla que está en continuo, un combate interminable, en el que vamos quedando mutilados, tal la mañana que se ha abierto hoy, como un mazazo, llena de brumas que ocultan el sol, que parece no ha de salir, pues así lo desea, y siento esa congoja en el pecho, pues el ánimo está pidiendo a gritos un lenitivo, un bálsamo eficaz, algo de luz, aunque sea última, para afrontar el día y lo que habrá de venir con las horas, que no tiene nombre, ni ofrece señas de filiación, de tan desconocido como me resulta y es, siempre a la espera, pues así estamos, con los ojos muy abiertos, en un asombro perpetuo, por más que creamos saberlo todo, pues no saben ni los que dicen saber, ya lo sentenció Sócrates, en aquellos tiempos primeros de la Filosofía, y con ello me quedo, acaso, puede que también, con la linterna de Diógenes de Sinope, al que ahora veo en el fascinante cuadro en el que lo pintara, con un farol, Jean-León Gerôme, dentro de una tinaja, rodeado de perros, como el otoño, que está rodeado de misterio, y en Ávila encenderá, en unos días, las copas de los álamos, de los chopos, en llamaradas que me recuerdan a los aparecidos bajo la cortina gris de los aguaceros, y será entonces, cuando los Cristos de septiembre, desde la penumbra de sus ermitas, me hablen al oído, para decirme que no estoy solo en estas soledades de mi vida y de Castilla, que ahora me envuelve, pues la mano del Crucificado va sosteniendo la ruina que soy, ruina que ahora alcanza a perderse en los esplendores del otoño que acaba de comenzar, con tanto ímpetu, como el de un jinete del Apocalipsis, para buscar los frutos serondos, las nueces, las manzanas, las bellotas, las uvas, las aceitunas, las castañas, tal tributos o sacrificios, que abrirán las despensas y los trojes, los lagares y almazaras, el algorín, y serán alimento y esperanza, pues encenderán la alegría de los hombres, que los esperan para las largas noches de los largos meses del invierno, cuando la vida se ha encogido en su propio letargo, buscando luego renacer, puede que como la voz, que hay ocasiones en las que se nos apaga, cuando nace el llanto desde nuestros adentros, por el dolor y la angustia que sentimos, que viene de los veneros más escondidos, de las minas de la antracita o el lignito que crecen en las zonas de sombra que tenemos en el corazón, cuando, como recordaba Alberti, las palabras no nos resultan útiles, y solo podemos llorar, tan desconsoladamente, desde la herida y el desgarro, que parecen no cicatrizarán nunca, de tan grandes como son, de tan abiertas y purulentas como están, y necesitamos un asa, aunque esté al rojo vivo, rosiente, a la que aferrarnos en la lid diaria, aquella con la que nos levantamos todos los días, pese a que no tengamos fuerzas, pese a que la tierra se nos hunda bajo los pies hasta los abismos o los infiernos, pues hacemos de tripas la fuerza necesaria para seguir alzándonos, como ahora parece que la luz quiere venir a estas oscuridades desde las que escribo, amparado por nostalgias y rescoldos de lo que fue,  por aquello de no perder nunca la esperanza, tal así estamos hechos, de alegrías que vendrán, alguna vez, a iluminar los ojos, que van cansados, mortecinos de tanto mirar al sufrimiento a la cara, para decirle que basta, que se aleje, que no se quede a vivir en nosotros, como parece que así es las más de las veces, pues queremos encontrar otros senderos que nos alejen de esta tierra de penumbra en la que estamos instalados, a la intemperie más atroz, desarmados, sin avituallamiento, puede que cautivos de nosotros mismos, para alcanzar la Gloria y ver, por fin, el rostro de Dios.


         Tuyo siempre


Fernando Alda


sábado, 18 de septiembre de 2021

Hilvanes, versos de urgencia, 4, 5, 6

 





4


La noche y sus himnos,
una ofrenda de luciérnagas,
de alas de estrellas,
bajo la luna que convoca
el deseo y la voluntad.

5
 

Duerme el dolor en médulas
de mercurio, roja herida,
y despierta luego entre estatuas
decadentes, como la belleza
cuando se extingue.
Abandono y ausencias,
en esta habitación sin auroras.


6


Pájaros de azul
en tu mirada, en la espera
de la lluvia y los nombres,
como el deseo de volar
entre nubes de cristal.

Fernando Alda

jueves, 16 de septiembre de 2021

Hilvanes, versos de urgencia, 1, 2, 3

 



          Bajo el título común de "Hilvanes, versos de urgencia", inicio hoy en el blog una  nueva sección, en la que iré publicando, sin periodicidad fija, una serie de poemas escritos a vuela pluma, como el hilván que utilizan en costura para ir conformando una prenda de vestir, antes de ser cosida de forma definitiva. De ahí la segunda parte del título, "versos de urgencia". Se trata de poemas breves que recogen un estado del alma, una visión, una pincelada, que el poeta ha dado en un cuaderno, un sentir, un mirar, un escuchar, aquello que le rodea. Tómelo el lector como lo que es, un ejercicio de urgencia, sin tratar de hallar mucho más sentido a lo que lee que el de plasmar un soplo de belleza, el esplendor de una brizna de hierba o de una flor que nos ofrecen su fulgor, como en el verso de William Wordsworth, en el atardecer. 

         Sobran las palabras. Os dejo con estos "hilvanes" que van conformando el ropaje de la belleza, estos relámpagos que iluminan la noche y el camino, que no tratan de ser más que esas velitas que dejamos encendidas siempre, en lo oscuro, para que Dios sepa que seguimos aquí.


1

Alta sombra de fiera luz,
en el viento, tras las colinas
de plata, como un enjambre
de aguijones hambrientos,
la noche sola, tu último silencio.


2

Interminable el ocaso,
la locura de la ceniza, un corazón
de polvo, como un mal sueño,
el dolor y la ceguera,
en este patio de sombras.


3

Llueve en la frontera,
en las ausencias y la desmemoria,
junto al olvido, en los arrabales
en los que descansa la desolación.
Llueve y todo acaba.


Fernando Alda

martes, 14 de septiembre de 2021

Cartas al lector, 39 / En mis soledades y adentros

  


          Querido lector:

          Hoy la lluvia es encuentro, un lugar al que volver, el hogar que busco y me acoge, la tejavana que cobija los rescoldos de los que estoy hecho y que siguen ardiendo en las médulas del tiempo, con llama melancólica, como de otoño siempre, recordando otros vientos y otros paisajes, otras manos que modelaron la arcilla primordial y húmeda de la que está hecha el corazón cuando clama, este pobre corazón que aún alienta y late, en la voluntad y el deseo, como las alas heridas de una calandria que sigue buscando en los cruces de los caminos el aire para volar, el viento nuevo que la lleve más allá de la llanura infinita, el mundo inmenso, en el que sobrevolar otros alzados, lejos de estas ruinas que sigue carcomiendo con sus quelíceros feroces el tiempo, el naufragio de cuanto se sostiene, la tristeza de saber que todo acaba, como la arena del reloj, y que no sabemos si tendremos prórroga en el momento de querer volver a caminar, de estrechar los brazos  que se asoman por las ventanas para indicarnos que aún quedan bibliotecas   por explorar, las que se salvaron del fuego, como nosotros, que no pereceremos en la hoguera cruenta de la historia y de la nada, pues acaso también hemos sido capaces de remontar el vuelo, de alcanzar las colinas protectoras, bajo los cielos y las estrellas, las arboledas en las que viven los sueños, la ternura de amanecer, la inconsistencia de las nubes, el filo de los versos que son labios o espadas, la esencia de la belleza, el beso acre o dulce que la vida nos da al levantarnos del lecho cada mañana.

            Así lo siento ahora, mientras llueve, y el agua, que nutre los veneros claros por los que afloran los recuerdos, va bendiciendo aquello que pienso y termina arraigando en el humus del alma, que necesita de alimentos que no son de pan ni de este mundo, sino que vienen de lo Alto, como aquello que nos hace trascender.

       Y dejo que la lluvia suene bajo el tejado del ático en el que escribo, que es una ínsula de libros, este oasis, que parece un monasterio, ora et labora, en estas tierras de Castilla deshabitada, en el páramo, esperando la nieve que tardará aún en venir, pero que será presencia, en el nombre de la cellisca, salutación del invierno, que parece un juez severo y agrio, más luego nos desbordará, como la nieve y la lluvia en los manantiales, cuando será primavera.

           Inmóvil la luz, que no fluye, y se aleja de la vida y de lo que sueño, en la prisión de las ausencias, en este jardín íntimo y cerrado en el que crece junto al trigo la cizaña, esperando ambos una cosecha incierta, bajo la guadaña de la muerte, que es dama que se viste de azul, y sale al asalto en las encrucijadas, en el laberinto que recorremos sin hilos o mapas, en los vericuetos del existir, siempre, eternamente, en un arrabal de sangre, para poner fin a nuestro asombro perpetuo, ese con el que seguimos mirando el mundo desde el mismo instante en que nuestros ojos se abren a él, aún a pesar de que no parece haber nada nuevo bajo el sol, y todo se nos asemeja como viejo y gastado, tan raído se muestra, un sol que hoy no está, pues velado se esconde entre los ropajes cinerarios con los que se ha vestido el día, tal una mortaja.

           No diré nada más. Las palabras se me vuelven cuchillos, amenazas, como cristales rotos, dagas de hielo, alambre de espino, y va sembrando de cadáveres insepultos la lengua, tan maltrecha, que ya no nombra o dice, letra muerta impresa en papel mojado, "humaredas perdidas, neblinas estampadas", pues en esta mañana de septiembre, que tan desabrida me resulta, tan triste y sola, parecen "heridas de muerte las palabras", como cantaba Rafael Alberti, ahora ya en la lejanía, galopando en un "caballo cuatralbo" hacia la desmemoria y el olvido, bajo la lluvia, que alborea y canta, como los gallos y sus piquetas que "cavan buscando la aurora" que pintó Federico García Lorca en su pena negra, como la noche que habrá de ser, y es ahora como termino esta carta, que deseo te llegue pronto, mi querido amigo, allí donde estés, esperándola, o es un poema que despierta en el soñar o el "solejar de las aves", que me parece lo mismo, ese que dibujase Jacinto Herrero, en las lagunas de la memoria, que no lo se, pues todo viene confundido, como la bruma y los recuerdos, que no quiero perder, y se entremezclan en la mirada y en el esbozo de esta Ciudad Desolación que sigo construyendo, siempre a orillas de un río de sombra, en mis soledades y adentros.

           Tuyo

Fernando Alda