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miércoles, 11 de mayo de 2022

Las alas de Ícaro, 25

 



XXV


Viene el viento con su arrogancia

a despeinar esos álamos que ya
amarillean en este otoño, lenguas
vivas de fuego, oro
abrasado, aparecidos,
y deja en tu ventana un mensaje
dentro de una botella, al sol,
como queriendo avisarte
de que la dama de fríos ojos azules
ronda por estas calles,
mira en los buzones,
pregunta en las porterías,
anota cifras y señas,
calcula,
en un cuaderno de tapas rojas,
tan manoseado que puede romperse
en cualquier momento.
Pero sabes que es mejor no huir,
por si te la encontrases en el camino,
y sería peor entonces,
pues en campo abierto no hay
lugar para esconderse.
Seguirás leyendo, como siempre,
acaso algún verso
se desprenderá, huérfano,
del soneto que comenzaste esta mañana,
con la primera luz que te regaló
el alba, y mirarás,
de soslayo, quién cruza frente a tu casa;
tal vez no sea ella,
o pase de largo, a otros nidos,
a otras alcobas, y vendrá
la noche y se irá el sobresalto,
hasta mañana,
cuando los aires extraños
retornen desabridos y hagan
girar vertiginosas las veletas
en las torres,
y de los molinos, las aspas.


Fernando Alda Sánchez

domingo, 8 de mayo de 2022

Las alas de Ícaro, 24

 




XXIV


Escribes los poemas que no habrán

de ser, su desmemoria,
lo no escrito, la nada, 
aquello que nadie va a leer,
unos trazos, el cero,
tinta reseca, niebla
siempre, como aquello
que permanece en los ojos
y es un parpadeo de fuego,
la estancia de la tristeza,
el nombre que olvidas tras
ser pronunciado en vano,
sabiendo que no habrá epigrama
en jamba alguna, ni epitafio,
ni lápida escrita, ni papiro,
pergamino o papel que recuerde
el trazo de tu sangre al pensarse,
ni olvido, ni siquiera olvido,
solo negro, tiniebla,
una ventana sin vistas,
un patio en soledad,
la aurora asesinada,
la cita incierta que acaba mal.


Fernando Alda Sánchez

miércoles, 4 de mayo de 2022

Las alas de Ícaro, 23


 XXIII



Es la vida un río,

el sol del este al oeste,
una bufanda en pleno
invierno que te olvidas
en un bar, la secreta espera
que crece en tu corazón
cuando sueña y es memoria,
o hay olvido y es nada,
una sombra que pasa sin nombrarte,
esa mariposa que vuela en tu jardín
con alas de las que llueve
la melancolía,
el nombre de la libélula que te nombra, su forma
volátil, como la esperanza,
que se va y no regresa
y es recuerdo, su solo amanecer,
esa tensión que permanece
en las cuerdas vocales
allí donde todo se pronuncia,
y es, y se asoma la voz,
y arde la palabra,
pero no hay cenizas,
ni un esplendor evoca
la muerte azul, la espera,
lo sin nombre,
aquello que está desaparecido,
y solo es lo que es,
lo que amanece y perdura,
como la sombra y su frescor.


Fernando Alda Sánchez

jueves, 28 de abril de 2022

Las alas de Ícaro, 22

 


XXII



Calles de Salamanca, paseo,

esa melancolía que rezuma
la piedra de oro,
Villamayor,
la luz del oeste,
el beso último que abraza
tu tristeza, muros, torres,
cúpulas, cornisas incendiadas,
una lengua que abrasa,
los pasos que perdiste en un amanecer
cuando regresabas de todo,
de ti mismo,
y esa otra edad, en la que no estuviste,
en eso que permanece en la sangre,
en la defensa del aire,
del papel de estraza en el que quedó
pintado el abanico de la memoria.


Fernando Alda

martes, 26 de abril de 2022

Las alas de Ícaro, 21

 

XXI


Junto a la chimenea un pájaro

de alba tristeza, acaso el otoño,
un trazo de fuego en el aire,
su sola esperanza, el ruido,
el despertar del agua que nombra y sabe
de alturas no usadas,
difícil encuentro
bajo el palio de un sol de alambre.
Estás tú, la gabardina
que dejaste sobre una silla
desportillada, en el portal
que te lleva a abandonar
unos zapatos demasiado viejos,
mordidos de tanto andar,
en la frontera de lo que es tu casa,
el hogar, la luna llena.


Fernando Alda

sábado, 23 de abril de 2022

Las alas de Ícaro, 20

 

XX



Un sombrero descosido,

que albergó cerezas,
en una percha a la entrada de casa;
al lado, un cuadro en el que un paisaje
se vierte en el lienzo
en color y pinceladas,
acaso Van Gogh,
una niebla en el pasillo,
los bajos de los pantalones
completamente descosidos:
eterna ausencia.
Así volverás a esta región
de sueños, de torpes abrazos,
en la que crecen la cúrcuma
y el perfil de los espejos,
como sombras del ayer,
una ofrenda de labios que son 
espadas, lo que escribes,
lo que lees,
el papel mojado que son los lirios
en un jarrón olvidado
en el rincón más oscuro de la sala.
Como un muro en ruina
desde el que se asoma una calandria,
la espera, el cierto
despertar tras la noche que quedó
en pausa cuando mirabas el sol
ponerse, arder en el horizonte,
en el oeste desdibujado
que añoras, su imagen
sutil, la nostalgia de una luz
que se apaga siempre,
el resto del día que se desvencija
y es polvo, una estrella que nace.


Fernando Alda

miércoles, 20 de abril de 2022

Las alas de Ícaro, 19


 

XIX


A José Jiménez Lozano


Acompañado de libros miras el día,

la luz que viene del este, el vuelo
sosegado de un alcaraván,
la mañana que se ofrece
como un abrigo nuevo que fueses
a estrenar. En sus bolsillos,
pequeños tesoros, una piedrecilla
blanca, una cuerda
vieja, un trozo de papel
muy gastado, un bolígrafo sin tinta,
un pañuelo, una lente.
Bastan para soñar, para sentir
la compañía frente al tiempo,
que está desabrido,
como odiándonos, pues pasa tan deprisa
que parece viento enfurecido,
una cabalgadura de fuego recio.
En la silla del fondo, una corbata
de franjas de colores, sin doblar,
carpetas desordenadas, un plumier,
la vista cansada que dejaste
tantas veces reposar alli tras muchas lecturas.
Carpe diem, pero no hay retorno,
todo fluye hacia el mar,
cuyas orillas presientes.
Será la tarde desapacible,
y, luego, nada.


Fernando Alda