Como un cañaveral
ardiendo está mi alma
al saber de tu amor, Cristo,
llamaradas de estrellas al nacer,
una noche de silencio y de oración
eterna, solo Tú, Amado,
desvelando el camino y la Verdad.
Así siempre, en lo profundo
del corazón, pues amanece
al recordar la sal,
el humilde grano de mostaza,
los pozos en los que se esconde
la nieve, la vida, es el alba
perpetua de la Resurrección,
no el mundo, sino otro Reino,
la esencia que desde lo hondo
resuena y aflora en un manantial
de luz que como el sol abate las tinieblas
y alumbra el fulgor
del día y de la esperanza.
Fernando Alda Sánchez
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viernes, 21 de febrero de 2020
jueves, 20 de febrero de 2020
La mirada en ascuas
Tengo la mirada en ascuas con esta luz poniente que arde sin arder, como la zarza que viera Moisés en el Sinaí, y tengo el alma como un cañaveral en llamas, quizá esperando ver la silueta de Dios alzarse sobre las colinas, allí donde nace el agua y la vida es siempre retorno. Como diría Fernando Pessoa, y se que habla desde el pasado, en estos tiempos postmodernos, en los que todo es líquido y adaptable a cualquier situación, pues la verdad no parece tener predicamento alguno por falta de certezas, resulta difícil coexistir con otros que muestren al menos un mínimo grado de lucidez a la hora de enfrentarse a la extinción, y por tanto hay que ir llenando el paisaje espiritual con amigos inventados que nos van acompañando en el camino.
Y hay ocasiones en las que esos amigos imaginarios no son mala compañía, aunque también es verdad que uno en la vida ha ido haciendo amigos de carne y hueso, que están siempre, como lo está Cristo, de forma incondicional, sin fallar nunca, por mucho que algunos se empeñen en hablar mal de ellos y en criticar cómo piensan o actúan. Otros de esos amigos los hemos ido sacando de los libros, de aquellos que los escribieron, y están muy cerca también de nuestros adentros, de esas partes que hay en nuestro interior y que tan bien describe José Jiménez Lozano.
Cada quien selecciona a sus amigos, para estar acompañado cuando vamos sin abrigo por medio de los campos, a la intemperie, esperando encontrar en ellos el consuelo que la vida no nos da siempre, pues tiene sus malos tragos, sus desengaños y desolaciones que, como en los duelos, no podemos pasar solos, pues necesitamos un hombro en el que apoyar la cabeza o una mano que nos sostenga la frente. Así estamos hechos, de lágrimas, aunque también de risas, de gozos y alabanzas, de pura alegría. De este modo compartimos acritudes y quebrantos, junto a celebraciones y festejos, pues no otra es la esencia con la que el Creador nos imprimió el espíritu, su Espíritu, y forma parte de nuestra libertad.
Entre las ascuas remecidas de la mirada vienen hoy a visitarme muchos de esos amigos que en estos 57 años he ido atesorando, los de carne y hueso, como suele decirse, pues son corpóreos y no fantasmas, y esos otros que perviven en la imaginación y el suponer, pero que también me hablan y aconsejan, cuando las circunstancias que le acompañan a uno vienen mal dadas o se retuercen con el dolor. Y es hermoso hallar consuelo en ellos, como cuando lees un poema de Juan de la Cruz o miras un cuadro de Vermeer, como me ocurre ahora, entre neblinas, que me acuerdo de la vista de Delf, y también me viene a la memoria Salamanca, cuando entras a la ciudad desde el camino de Ávila, con el Tormes delante y se reflejan en él las torres de esta ciudad dorada, tan vecina y cercana a la mía que son hermanas.
En estos desvelos termino mezclando ciudades y amigos, como en los sueños imposibles que acaban en pesadillas, tal es el grado de ensoñación que se ha apoderado de mi en estos días en los que el invierno, pues va mediado febrero, ya quiere marcharse y dejarnos con la primavera y su despertar de almas y trinos, de flores y espacios, como para que podamos recobrar las amistades perdidas en el hielo y la cellisca, en los meandros de la voluntad, que en ocasiones viene sin latido. Pero no es malo mezclar, en este caso, estos avatares con otros que nada tienen que ver, ni con personas o imaginaciones, pues todo forma parte del milagro diario que es vivir sin ataduras, plenamente consciente de los enemigos a los que te enfrentas, que no tienen nada de imaginarios.
Acaso somos todos un poco como Alonso Quijano, que entreveía realidades y ensoñaciones, y en su cabalgar, junto a su amigo Sancho, iba librando batallas y desfaciendo entuertos con gigantes y endriagos, por más que en ocasiones fueran molinos de viento o simples fantasías que su corazón fabricaba en el existir de su conciencia. Y por qué no así, si los juncos que nos sostienen en ocasiones se ven obligados a doblarse, aunque nunca a partirse, y los deseos vienen entremezclados, también, como les pasa a las cerezas después de ser cortadas. La belleza es así, diversa y complicada, como le ocurre a la fealdad, y a mi me gustaría, pues no otro es mi empeño, poder ver todo con los ojos de Dios, que mira por dentro, y nos ama infinitamente, sin condiciones, hasta el extremo.
Pese a todo, la luz no se extingue en estos carbones que se hunden tras los oteros de esta Castilla que me acoge como una madre, pues regresará con el alba, con el mismo fuego, y en los ojos seguirá ardiendo la llama inextinguible de nuestro ser, que viene de lo Eterno. Dulces los presentimientos que comienzan a habitar los sentidos, como si acabase de bajar del Monte Tabor y no quisiera ir a parte alguna ya. La memoria y los amigos no engañan. Todo está en orden, como si se hubiera cumplido.
Fernando Alda Sánchez
martes, 18 de febrero de 2020
Devorados por la prisa
La prisa nos muerde los talones, vivimos con nuestro enemigo, quizá acostumbrados a sus violencias. Ya no somos capaces de pararnos a mirar, un momento, tan solo un momento, no digo ya un ocaso espectacular, ni un amanecer impresionante, pues ni siquiera somos capaces de admirar un cielo transparente, como el que se ha pintado hoy en Ávila, en este febrero de presagios e ilusiones, con un azul purísimo, que no existe en paleta alguna de pintor, un cielo tan abierto y hermoso que dan ganas de prenderlo para siempre en la mirada. La prisa nos lleva a la muerte. Quizá nos falte una hora para morirnos...
Ya estás, Fernando, otra vez, con tus melancolías, con esas tristezas que te brotan de nadie sabe dónde, de lo más hondo del alma, de los tuétanos del silencio, de las médulas de vivir, de saberte frágil, de tierra y agua, ante la inmensidad del universo y de la historia. Pero resulta inevitable levantarse así, alzar las persianas del día, ponerse las zapatillas de estar en casa para asomarse a la ventana que da al patio interior del mundo, pues no otra es la visión que tenemos, aunque en ocasiones creamos estar deslumbrados por paisajes sorprendentes, por horizontes lejanos, por singladuras que vamos detallando en un cuaderno de bitácora de arena, de sol conciso, de salitre y viento, en el que arden las lágrimas que nunca lloramos pues no tuvimos ocasión de hacerlo.
Decíamos ayer, y vuelve Fray Luis, tras su cautiverio, y quisiera haber sido yo el traductor de esos versos tan hermosos y tan directos del "Cantar de los Cantares", pues voy como la cierva buscando los manantiales, el Amor, la certeza de amar, la nieve que es fuego en el alma, el frío más abrasador, la sangre más cálida, la lluvia más triste que lava heridas viejas, unos labios temblorosos, la voz quebrada de las auroras rotas del invierno, la sal y la luz, el grano de mostaza, en esta Tiberíades que se asoma al Mar de Galilea en el que está espejeando el Monte Tabor de todos los encuentros. Bien sabe Pedro lo que digo, y allí tres tiendas, para alcanzar el blancor más intenso, el rostro de Dios.
Sí, decíamos ayer, pues hoy parece imposible decir nada, tal es el ruido del mundo, la barbarie de la vida, el rugido de la prisa,que nos ahoga irremisiblemente. Días aquellos, que ahora nacen en la memoria con la lentitud de la noche, en los que el tiempo era gratis, de balde, en los que el tiempo no era oro para producir, para tener, en los que el tiempo era una joya preciada que agradecíamos a los cielos pues era para ser, para soñar, para sentir.
El tiempo es de balde y quiera gastarlo admirando los rayos del sol que encienden la vida, el origen de la nieve, la sombra de los árboles, pues todo, incluso el tiempo, es un regalo, como la vida, como la fe, como la palabra y la respiración. Tenemos tanta prisa, estamos tan devorados por la prisa, que ya no somos capaces de agradecer nada, ni el tiempo, un día más de vida, unas horas de gozo, empeñados siempre en vivir un fin de semana que se nos escapa como el aire en un globo pinchado, afanados siempre en esta colmena en la que no se puede ser zángano, condenados al trabajo perpetuo, a la intemperie del dolor, en el descampado de la tristeza que nos lleva a multiplicar siempre, cuando es tan bello sumar, poco a poco, como la gota que termina horadando la piedra, tras milenios de constancia, sin haber sentido necesidad de correr, de avanzar a toda costa. Pobres hormigas, a las que ya ni las cigarras cantan.
Fernando, que vuelves a tus laberintos, a los desasosiegos de tu homónino portugués, y bien podría ser él el que firmase hoy esta entrada en el blog, en su Lisboa de fados y lluvia, de tempestades atlánticas, allí donde el Tajo se vuelve mar y la nostalgia embriaga las colinas y los bosques. ¿Sabes? La literatura me pierde. No puedo vivir sin poesía, sin el melancólico rodar del agua entre las peñas del río, pues no se ser sin los colores que visten, como Cristo nos dice, los lirios del campo, la eternidad toda que siento arder como un dardo de fuego, como sintiera Teresa, en La Encarnación de Ávila, que traspasa el corazón, y es el Amado. Fernandos poetas, aunque San Juan de la Cruz me abraza.
Perdone el lector estos desahogos trasnochados, como dirían los gurús que ahora pululan por los nuevos infiernos de lo postmoderno, pero el alma, que es la que nos diferencia del resto de la Creación, tiene que aflorar, subir, alzarse, izarse como una bandera tras el combate. ¿Cuál es la libertad hoy? ¿Dónde está? ¿En la producción o en los campos serenos que nos esperan? ¿Está en la suciedad de las ciudades tristes sin rostro o en los caminos y senderos que llevan a todas partes? El tener nos conduce a un empeño estéril por fabricar, por consumir, un empeño que nos lleva a desgarrar, cuando no a destruir, nuestra raíz más sagrada, a negar nuestro origen y procedencia, a querer vivir sin Dios, en un ateísmo de tinieblas y de desesperanza. Ay, elogio de aldea quisiera, en lugar de alabanza de Corte...
Vuelve el mar a estos adentros de Castilla, que fueron su dominio, cuando la Tierra era un globo informe y deshabitado, y nosotros ni siquiera éramos un sueño, un desvelarse del Creador, cuando no llegábamos a la mesa de los astros y los planetas. Vuelve el mar, si, como territorio y fuerza, como espíritu de aventura, como lugar para volver y despertar. Acaso este mar mesetario, de trigos y soles, tan lejano y tan despierto, este mar de soledades, de interiores, de adentros, de soles altísimos y cielos desbordados, en los que la mirada y la nostalgia se pierden para regresar siempre al misterio de existir.
"¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido".
Y así, en este Extramuros, en este Madrigal de las Altas Torres, donde Castilla se ensancha en sus costuras, estos versos que me llevan a ese sendero inevitable en el que se detienen todos los relojes, en el que la tiranía del tiempo ha abdicado, en el que la libertad es el aire que respiro trece veces por minuto, que decía Gabriel Celaya, cuando nos hablaba de que la poesía es un arma cargada de futuro, en este lugar descanso, en este lugar me abandono, quizá junto a un río, entre alisos y alamedas, es probable que el Duero, o este Adaja más niño, que ciñe la ciudad que ahora habito, insomne, para soñar con el mar, como los ríos de Jorge Manrique, arterias del mundo que buscan el corazón de los océanos.
En estas quietudes que ahora describo, que ahora siento, la prisa no reina, el agobio es recuerdo inútil, ningún reloj ejerce de guadaña para llevarnos al matadero de la muerte. La "escondida senda", sí, por la que han ido "los pocos sabios que en el mundo han sido". Y volvemos a decir ayer, como si el tiempo no hubiese existido, o fuese gratis, en lugar de metal precioso. Y en estas alturas de Ávila, desde las que se alcanza el dedo de Dios, como el que pintase Miguel Ángel en la Sixtina Capilla, cuánto tormento, cuánto éxtasis, hoy me se hombre, hijo de Dios, y en El me abandono.
El día avanza tomando posiciones para ganar la tarde, vencido el mediodía. El Ángelus aún resuena, como lo hacía en las épocas pasadas. Ahora se oyen máquinas, estridencias mecánicas, zumbidos de ordenador, la ausencia virtual, el anónimo persistir de la extinción. Al menos, hay aves en el cielo y todo parece rotundo. Eso nos deja existir. Es nuestra huella.
Fernando Alda Sánchez
(Foto: Pixabay)
lunes, 17 de febrero de 2020
Recuerde el alma dormida
Hoy ha amanecido con una luz turbia, como de nieblas sin terminar de hacer, como de aguas revueltas, de heridas sin cerrar, de espejos carcomidos que solo reflejan quimeras, y uno no acierta a entender bien lo que ocurre, por qué caminos discurrirá el día o qué mapas será necesario utilizar para llegar a cubierto. El mundo ruge, como un león hambriento, y amenaza con devorarnos, mientras permanecemos impasibles ante la extinción.
La memoria no refresca los recuerdos, parece adormecida, y tratas de buscar alguna lectura que dejase un surco, un esbozo, un rescoldo, para aferrarte a ella. El tiempo parece perdido y entre el tormento y el éxtasis vas dejando jirones de sueños, retazos del alma, desgarros en el corazón, que hoy no quiere avanzar, como amedrentado y lloroso, perdido entre brumas o neblinas, inerte y solo, a merced de los vientos de poniente.
"Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando".
Los versos con los que Jorge Manrique inicia las "Coplas a la muerte de su padre" son los únicos que el viento de la voluntad parece querer hoy arrancar de lo más profundo de las entrañas que nos avivan y sostienen. Bien pudieran ser estos versos no solo los que el poeta dedicó a su padre muerto, sino que son los versos que pudieran haber sido escritos para nosotros, pues ahí estamos, camino a la muerte, contemplando cómo arde el mundo, cómo se pasa la vida como flor de hierba que amanece y será segada en las horas siguientes, postrero homenaje a todo cuanto fuimos.
¿Recordará nuestra alma que está dormida y que conviene despertar, avivando el seso? ¿O seguiremos anestesiados, tan anestesiados, tan torpes y necios? Las preguntas hoy parecen el sendero que trataré de recorrer, como si no lo hubiese andado nunca, y todo esté por descubrir, para mi asombro.
Y como caminante hacia Emáus, con el corazón ardiendo, digo con Manrique que
"Dejo las invocaciones
de los famosos poetas
y oradores;
no curo de sus ficciones,
que traen yerbas secretas
sus sabores.
A Aquel solo me encomiendo,
Aquel solo invoco yo
de verdad,
que en este mundo viviendo,
el mundo no conoció su
deidad".
Así, abandonados los venenos, las plantas secretas, los estragos de la fama y del placer, vuelvo el rostro hacia Cristo, que me amó hasta el extremo, para no perder el rumbo en este caminar por el valle de las sombras, por la cañada oscura de la muerte, como dice el salmista, buscando la esperanza. Tengo encendida una velita, una pequeña candela, un candil, una breve tea, un cabo de cuerda, para decir que aquí estoy, esperando, en medio de la inmensidad de las tinieblas. Dios, que todo lo ve, sabrá encontrarme cuando le invoco.
Mas no quiero perderme hoy en estos dédalos de tristeza, en estos laberintos de melancolía, en esta maraña de sentimientos que terminarán de pudrirse al sol de la inconstancia. Es preciso caminar, seguir avanzando, aunque sea a ninguna parte, simplemente por el hecho de sentir el movimiento, el aire libre y despejado sobre las sienes, en la cara que ocultamos tras tantas máscaras como se superponen en nuestro vivir.
Hace ya muchos años que recorro los cauces de los ríos buscando el mar, la Casa del Padre a la que volver. Ciudades y encrucijadas, caminos, gentes, un peregrinar de pájaros solitarios que en altura viven, como escribía Jacinto Herrero en uno de sus poemas más hermosos, nunca en bandada, sino libre, como el alma, el bien más preciado que a los hombres dieron los cielos...
"Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar"
y camino junto al poeta, sabedor de que aunque la vida es corta, los trabajos son muchos, y los afanes vienen crecidos, en ocasiones irrealizables, por lo que habrá que tener teresiana paciencia, que es la que todo lo alcanza. Despierta el alma y conoce, sabe de lo Alto, y aunque en bajezas y miserias entretenemos los días, el mar nos espera, muy adentro, sin miedo.
Quisiera encender otras nostalgias, pero el pedernal no arranca y la yesca parece mojada, así que el fuego viene hoy mustio, de poca cosa, de encogido, de nonada, y tendré que confiar en la Providencia para prender una hoguera de náufrago en esta ínsula en la que todo parece perdido, sin estarlo, y en la que la realidad es extraña, como nunca soñada o entendida, y el viento y la luz se confunden en una mezcla de nubes sin sombra, de llantos sin rostro, de aparecidos irredentos.
En el jardín se convocan trinos y poemas, las primeras flores de los almendros, adelantados, como siempre, a las heladas que luego serán la tumba de tanta belleza, mientras el lilo quiere brotar, quizá correr en su ansia por nacer de nuevo. Un verso de Antonio Colinas, de su "Sepulcro en Tarquinia", resuena en la transparencia del aire y rueda hasta mis labios, la voz nunca nublada
"se abrieron las cancelas de la noche,
salieron los caballos a la noche,
campo de hielos, de astros, de violines,
la noche sumergió pechos y rosas,
noche de madurez envuelta en nieve"
y en el recitar del poema encuentro acomodo, como si no estuviese nunca cansado, siempre ágil la remembranza y el núbil despertar de lo que fue la mañana.
Recuerdo, luego existo, y la nieve no será sepultura alguna, sino comienzo, un alumbrar de estrellas y de deseos.
Fernando Alda Sánchez
(Foto: pixabay)
sábado, 15 de febrero de 2020
El "cosero"
Habla nuestro Premio Cervantes José Jiménez Lozano del "cosero", como una caja o recipiente en el que se guardan cosas, desde un cristal de color, ladrillo molido, una ramita seca de manzano, un lazo, un poema que nos escribieron en la adolescencia, unos cromos desleídos, una carta, quizá una vieja fotografía de nuestra infancia.También, por qué no, una baraja, y otros muchos objetos. Hoy la memoria, que es un "cosero" magnífico, está encendida, como revuelta, y desentierra de entre las arenas del tiempo recuerdos y esplendores, remembranzas de lo que fue o pudo ser, que en ocasiones se confunden.
Todos hemos tenido, en alguna ocasión, pero sobre todo en los años de niñez, un "cosero", que es una palabra que no figura en los diccionarios, pues la que tiene oficialidad, y, por tanto, existe, es "cosario", que es la persona que lleva cosas de un pueblo a otro. Claro, que "cosero" también podría muy bien aplicarse a esa definición y ser, al mismo tiempo, persona y lugar, es decir, transportador de cosas o lugar para guardarlas.
Probablemente no hay en español una palabra con más uso que la de cosa, pues, cuando hablamos, no tanto cuando escribimos, la utilizamos para todo. Personalmente me quedo con el uso que a "cosero" le da mi paisano de Ávila (Langa, 1930), pues desprende un aura de poesía, un aire de melancolía, de memoria, de evocación. Un "cosero" puede ser también un almario, palabra que sí figura en los diccionarios, y que viene a ser no solo el lugar en el que reside el alma, sino también un armario, acepción con la que coincide, en el que se guardan almas. Reconozco que la palabra almario siempre me ha resultado muy misteriosa, desde que tenía uso de razón, quizá allá por los siete años, cuando se suponía que ya uno podía tomar conciencia de lo que estaba bien y de lo que estaba mal, pese a que en ocasiones la delgada línea roja que los separa sea sinuosa, en lugar de recta, y tenga muchos vericuetos y escondrijos, como las celadas que la muerte nos va poniendo en el camino.
Pues bien, entre "coseros" y almarios nos va la vida, aunque ambos vocablos no nos parezcan muy importantes, pues no están escritos en los tratados de filosofía, ni aparecen en placas de mármol, ni siquiera mucho en la letra impresa. Ambos son lugares para guardar cosas y almas, y no es que piense que las almas son cosas, ni mucho menos, pues considero que el alma está en el lugar más elevado y sagrado del hombre. Pero entre las cosas que guardamos en el "cosero" hay mucho de nosotros mismos, como lo que vamos guardando en el alma. Ambos lugares se refieren, por tanto, a recuerdos y sentimientos especiales que nos son gratos. ¿O acaso en el alma, en el almario, no guardamos también la luz incierta de los días de tristeza, el sonido de la lluvia sobre los tejados, la raíz de la risa o un beso que nos ha dado nuestra persona amada?
Creemos que somos en tiempo presente, y soñamos con el futuro, pero en realidad somos gracias al pasado, que es el que nos ha ido ahormando, gracias a lo que guardamos en el "cosero" del alma, en el almario, que es como una caja metálica, con bellos dibujos, de esas que se hacían antes con tanto mimo y que ahora guardamos como piezas "vintage" y que adornan nuestras casas como algo remoto, una caja en la que atesorar lo que ha sido verdaderamente importante en nuestra vida. Acaso la caja de cartón en la que se ha transportado un mueble y con la que de niños hemos jugado hasta la saciedad: que si un fuerte, que si un automóvil, quizá una cabaña o una nave espacial... siempre lugares mágicos en los que construir el juego dejando que nos crecieran alas con la imaginación. Y eso nos pone de manifiesto que un "cosero" puede tener muchas formas, puede ser un caja, como digo, pero también puede ser una cajonera o un archivador, puede que una ciudad, o una calle, según nos cuadre.
Sin el pasado no podemos vivir, no somos nada, nuestro nombre sería nadie. Del pasado nace la fuerza suficiente para afrontar el presente, con todos sus estragos y devastaciones, y brota la materia de la que están hechos nuestros sueños, por más que los mismos pertenezcan al futuro. Los sueños también los guardamos en almarios o en "coseros", que son dos palabras preciosas y que definen a la perfección lo que son, espacios para guardar la vida, y, tal vez, también lo que somos, un resplandor, un fogonazo, un destello en medio de las tinieblas.
El pasado, que es recuerdo, solo podemos verlo con melancolía, y no es eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor, de nuestro Jorge Manrique, pues podrá considerarse de muchas maneras, según nos ha ido en la feria. Lo cierto es que la melancolía nos abre las puertas de la memoria como cuando removemos un fuego que parece extinguido para avivar su alma, su esencia, y que las llamas prendan en los leños nuevos que acabamos de echar. En esas estamos, en avivar memorias o desmemorias, en avivar los fuegos que fueron y que aún arden en nuestro interior, para seguir siendo.
En estos pequeños asuntos entretengo hoy las horas, como rebuscando en el "cosero" que tengo más a mano, pues tal vez conserve varios, aunque desconozco cuál sea su número, y entresaco, mezcladas unas con otras, muchas "cosas", que van tejiendo historias y narraciones con el fino hilo con el que Penélope tejía y destejía la ausencia de Ulises, que somos todos, siempre en viaje, siempre buscando.
Ya es mediodía en el jardín. La luz se desborda y contemplo, con una serenidad asombrosa, cómo los árboles se asoman de nuevo a la vida con las primeras yemas que anuncian una primavera gozosa. Las sombras de la noche quedan muy lejos en el itinerario de esta jornada. Todo parece posible.
Fernando Alda Sánchez
(Foto: Pixabay.com)
viernes, 14 de febrero de 2020
La hoguera de lo nuevo
Decíamos ayer en este blog, recordando a Fray Luis de León, que en estos tiempos recios que vivimos, en este mundo hiperacelerado, donde lo nuevo se perpetúa de forma constante frente a lo que se queda viejo en cuestión de minutos, un mundo en el que parece que no hay asideros para dar la vuelta a las esquinas espirituales que aún arden en nuestro corazón, es necesario releer a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz. Voy más allá, por supuesto, es necesario releer, o leer, si no se ha hecho antes, a los clásicos, a Cervantes, a Baltasar Gracián, por ejemplo, e ir mucho más allá, leer a Virgilio, y a Homero, acaso a Píndaro, por supuesto a San Agustín. Y si uno cree en Cristo Resucitado, los Evangelios.
Y digo que es necesario releer para librarnos de la dictadura de la novedad repetitiva, que nos tiene exhaustos, boqueando como peces fuera del agua, sin encontrar el oxígeno nutricio que nos permita vivir sin tener que estar mirando continuamente el reloj, sin tener que estar sabiendo cuál es la última novedad, o lo que parece la última novedad, que no llega a serlo, permanentemente alimentados de un futuro que nunca es presente, pues lo abrasamos en la hoguera que consume nuestras esperanzas, nuestros anhelos. Es la hoguera perpetua de lo nuevo. Nihil novum sub sole... así desde la noche de los tiempos, pues quizá seguimos viviendo en la caverna platónica de la que pese a nuestros esfuerzos científicos y tecnológicos no hemos sido capaces de salir, pues tal es nuestra condición y el barro del que estamos hechos. Nos falta verdadero conocimiento.
Prefiero un poema de Catulo o de Garcilaso, también de Lorca o de Pessoa, a cualquier bagatela con la que tratan de conformarnos una realidad líquida, que puede adaptarse a todo, que vale para todo, para un roto y para un descosido, como decíamos antes. Se que parezco antiguo, un apocalíptico, como se decía hace tan solo unas pocas décadas, en vez de un integrado, pero te confieso, amadísimo lector, que no soy ni lo uno ni lo otro. Soy, simplemente, la caña pensante de Pascal, un ser que piensa, que ama y sufre, y que quiere elevarse a lo Alto, trascender más allá de la muerte, contemplar algún día, cuando llegue mi hora, cuando tenga que recorrer el sendero de las sombras, el rostro de Dios.
Regreso a las relecturas, a buscar esos libros que guardamos en la biblioteca de casa, en cualquier biblioteca, para, con el asombro de un niño, volver a descubrir su belleza, al igual que contemplamos los cielos claros, que se entreabren tras una mañana de espesa niebla, y acariciamos la luz, la luminosidad ardiente del perfil del mundo, y nos parece que pese a que siempre ha estado ahí, ahora nos pertenece más que nunca.
Sí, leer lo que está perdido, lo que se considera viejo, para no arder nosotros en esta hoguera de las vanidades que nos está ahumando y confundiendo, para volver a levantarnos del tropiezo del todo fluye y permanecer en el ser de Parménides, aunque la vida se nos escape como el agua entre los dedos de la mano... Esa es nuestra paradoja, pero también nuestra fortaleza, que reside en la fragilidad que nos constituye, pues esa debilidad es la que nos hace plantearnos preguntas, cuestionarnos eso que parece viejo, pero que en realidad es eterno, del quién soy, de dónde vengo y hacia dónde voy... es decir, todo aquello que nos hace pensar y sentir.
"B.- Metafísico estáis.
R.- Es que no como."
Así dialogaban en el soneto cervantino del Quijote los dos caballos más famosos de la literatura en español, Babieca y Rocinante, y acaso sea eso, que hoy no he comido, y estoy metafísico, en la conciencia de que no solo de pan vive el hombre y de que no podemos ser siempre estómagos agradecidos de un sistema que nos pervierte y destruye, a fuerza de adaptarse a todo, de licuarse, de tener más caras que Jano y, por tanto, no nos ofrece certezas para nuestros desasosiegos de siempre. Y puesto que metafísico o cervantino estoy esta mañana de febrero, en la que ya se presiente una primavera que habrá de venir con todo su esplendor y fanfarria, recuerdo hoy otro coloquio, esta vez de los perros, Cipión y Berganza, novela ejemplar donde las haya, que encierra no pocas reflexiones de provecho.
Perdido ya como estoy en este día en estos vericuetos del genial Don Miguel, que viera la gloria y la luz de Lepanto, termino con este párrafo del mismo:
"La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres".
Pensemos, entonces, si estamos de acuerdo con Cervantes, cuáles son nuestros cautiverios, nuestras jaulas de oro, los parásitos en los que tenemos puesta la esperanza y que nos llenan de cadenas, cual adicciones, creyendo que somos más libres cuanto más las usamos. Me vienen a la memoria, que hoy está muy encendida, rosiente (hermosa palabra), que dirían en La Rioja, esos cuadros terribles del Barroco en los que los esqueletos nos amenazan con sus guadañas o una calavera está sobre un libro... Pero no quiero caer en esos tenebrismos, pues busco la luz como el sepultado en vida busca el aire o el roce de las flores en la piel. No es momento, tras tanto apuro como nos embarga.
Y así el silencio, que tanto bien hace al alma y al entendimiento en medio del fragor del mundo, que está dispuesto a devorarnos.
Fernando Alda Sánchez
(Foto: Pixabay)
jueves, 13 de febrero de 2020
"Castillo Interior" o "Las Moradas"
"Estando hoy suplicando a Nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa que decir ni como comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré, para comenzar con algún fundamento: que es considerar nuestra alma como un castillo todo de diamante o muy claro cristal, a donde hay muchos aposentos, ansí como en el cielo hay muchas moradas". Así comienza el capítulo primero de las moradas primeras de "Castillo interior", o "Las Moradas", de Santa Teresa de Jesús (Ávila, 1515 - Alba de Tormes, 1582).
Cumplo hoy una deuda que tenía con mi paisana, Santa Teresa, de traer alguno de sus libros a este blog en el que amparado en la conciencia de ser un ávido lector he retomado, aunque quizá con pereza y a distancia, la reseña y relectura de libros, de muchos libros que han ido quedando en la memoria, nunca en el olvido, y que han ido conformando el paisaje espiritual que tengo presente cada día cuando abro los ojos al mundo, y aún en sueños, y que considero forman la urdimbre sobre la que he ido edificando mi vida.
No entraré en disquisiciones. El "Castillo interior" es no sólo una magnífica pieza literaria del español del siglo XVI, sino que es también una obra cumbre de la mística, de la espiritualidad, de la oración, del encuentro del alma con Dios. Y con eso está dicho todo. Hoy únicamente quiero evocar algunas cuestiones que esta mujer inquieta, andariega, de una inteligencia emocional portentosa, de una altura humana y espiritual de proporciones gigantescas, nos ha dejado para universal conocimiento, abriendo caminos insospechados que hemos de ser valientes para tratar de recorrerlos de su mano.
El lector encontrará aquí enseñanza, pero también alturas en las que habitar, si antes se ha dejado seducir por la pluma de Teresa en los libros de su Vida o en las Fundaciones que, por supuesto, recomiendo leer primero antes que éste.
Como abulense no puedo evitar mirar las murallas que circundan la ciudad y pensar, como otros muchos así lo han manifestado, si La Santa, pues en Ávila la llamamos así, con la vecindad de quien la conoce de hablar con ella todos los días, pudo haberse inspirado en este gran castillo de Castilla, en esta Jerusalén Castellana, para escribir estas "Moradas" que son como un bálsamo para las tormentas del alma. Y quizá fuese así, o ella se fijase, tal vez, en los cielos profundos de la que es la capital de provincia más alta de España, con sus 1.131 metros sobre el nivel del mar, pues estamos en una atalaya que, como ocurre en las montañas, tenemos más cerca el rostro de Dios. Estos cielos de un azul purísimo, cuando los alumbra el sol, sea invierno o verano, son regiones transparentes que se dejan habitar por espíritus puros.
En el mundo agitado, amontonado, en el que vivimos, es bueno leer, o releer, a Santa Teresa, y a San Juan de la Cruz, para olvidarnos de cuitas, de agobios, de problemas sin solución que tantos desasosiegos nos provocan, dejándonos las entrañas, los "adentros", a la intemperie, que diría José Jiménez Lozano, otro abulense, de Langa, que tan bien entendió la aventura espiritual de Teresa y de Juan, empeñados en encontrar el Todo en la Nada, el Todo en estos paisajes desolados de Ávila, encinas y granito, y en estos cielos que parecen abrirse y nos dejan avanzar hacia lo Alto simplemente con la mirada.
Si leemos a Santa Teresa encontraremos, acaso, esa ínsula secreta que, como Ulises con su Ítaca, buscamos con denuedo y no siempre con fortuna en los resultados. No diré más, dejo al lector sabio instalado en esas estancias de las que nos habla Teresa, y descubra él mismo, por su propio pie y con sus ojos, las bellezas que encierran.
Fernando Alda Sánchez
Como siempre, una portada. Esta vez la correspondiente a la edición de EDAF, a cargo de Guillermo Suazu, con motivo del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa, en 2015.
Cumplo hoy una deuda que tenía con mi paisana, Santa Teresa, de traer alguno de sus libros a este blog en el que amparado en la conciencia de ser un ávido lector he retomado, aunque quizá con pereza y a distancia, la reseña y relectura de libros, de muchos libros que han ido quedando en la memoria, nunca en el olvido, y que han ido conformando el paisaje espiritual que tengo presente cada día cuando abro los ojos al mundo, y aún en sueños, y que considero forman la urdimbre sobre la que he ido edificando mi vida.
No entraré en disquisiciones. El "Castillo interior" es no sólo una magnífica pieza literaria del español del siglo XVI, sino que es también una obra cumbre de la mística, de la espiritualidad, de la oración, del encuentro del alma con Dios. Y con eso está dicho todo. Hoy únicamente quiero evocar algunas cuestiones que esta mujer inquieta, andariega, de una inteligencia emocional portentosa, de una altura humana y espiritual de proporciones gigantescas, nos ha dejado para universal conocimiento, abriendo caminos insospechados que hemos de ser valientes para tratar de recorrerlos de su mano.
El lector encontrará aquí enseñanza, pero también alturas en las que habitar, si antes se ha dejado seducir por la pluma de Teresa en los libros de su Vida o en las Fundaciones que, por supuesto, recomiendo leer primero antes que éste.
Como abulense no puedo evitar mirar las murallas que circundan la ciudad y pensar, como otros muchos así lo han manifestado, si La Santa, pues en Ávila la llamamos así, con la vecindad de quien la conoce de hablar con ella todos los días, pudo haberse inspirado en este gran castillo de Castilla, en esta Jerusalén Castellana, para escribir estas "Moradas" que son como un bálsamo para las tormentas del alma. Y quizá fuese así, o ella se fijase, tal vez, en los cielos profundos de la que es la capital de provincia más alta de España, con sus 1.131 metros sobre el nivel del mar, pues estamos en una atalaya que, como ocurre en las montañas, tenemos más cerca el rostro de Dios. Estos cielos de un azul purísimo, cuando los alumbra el sol, sea invierno o verano, son regiones transparentes que se dejan habitar por espíritus puros.
En el mundo agitado, amontonado, en el que vivimos, es bueno leer, o releer, a Santa Teresa, y a San Juan de la Cruz, para olvidarnos de cuitas, de agobios, de problemas sin solución que tantos desasosiegos nos provocan, dejándonos las entrañas, los "adentros", a la intemperie, que diría José Jiménez Lozano, otro abulense, de Langa, que tan bien entendió la aventura espiritual de Teresa y de Juan, empeñados en encontrar el Todo en la Nada, el Todo en estos paisajes desolados de Ávila, encinas y granito, y en estos cielos que parecen abrirse y nos dejan avanzar hacia lo Alto simplemente con la mirada.
Si leemos a Santa Teresa encontraremos, acaso, esa ínsula secreta que, como Ulises con su Ítaca, buscamos con denuedo y no siempre con fortuna en los resultados. No diré más, dejo al lector sabio instalado en esas estancias de las que nos habla Teresa, y descubra él mismo, por su propio pie y con sus ojos, las bellezas que encierran.
Fernando Alda Sánchez
Como siempre, una portada. Esta vez la correspondiente a la edición de EDAF, a cargo de Guillermo Suazu, con motivo del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa, en 2015.
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