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sábado, 15 de febrero de 2020

El "cosero"



          Habla nuestro Premio Cervantes José Jiménez Lozano del "cosero", como una caja o recipiente en el que se guardan cosas, desde un cristal de color, ladrillo molido, una ramita seca de manzano, un lazo, un poema que nos escribieron en la adolescencia, unos cromos desleídos, una carta, quizá una vieja fotografía de nuestra infancia.También, por qué no, una baraja, y otros muchos objetos. Hoy la memoria, que es un "cosero" magnífico, está encendida, como revuelta, y desentierra de entre las arenas del tiempo recuerdos y esplendores, remembranzas de lo que fue o pudo ser, que en ocasiones se confunden.

          Todos hemos tenido, en alguna ocasión, pero sobre todo en los años de niñez, un "cosero", que es una palabra que no figura en los diccionarios, pues la que tiene oficialidad, y, por tanto, existe, es "cosario", que es la persona que lleva cosas de un pueblo a otro. Claro, que "cosero" también podría muy bien aplicarse a esa definición y ser, al mismo tiempo, persona y lugar, es decir, transportador de cosas o lugar para guardarlas.

        Probablemente no hay en español una palabra con más uso que la de cosa, pues, cuando hablamos, no tanto cuando escribimos, la utilizamos para todo. Personalmente me quedo con el uso que a "cosero" le da mi paisano de Ávila (Langa, 1930), pues desprende un aura de poesía, un aire de melancolía, de memoria, de evocación. Un "cosero" puede ser también un almario, palabra que sí figura en los diccionarios, y que viene a ser no solo el lugar en el que reside el alma, sino también un armario, acepción con la que coincide, en el que se guardan almas. Reconozco que la palabra almario siempre me ha resultado muy misteriosa, desde que tenía uso de razón, quizá allá por los siete años, cuando se suponía que ya uno podía tomar conciencia de lo que estaba bien y de lo que estaba mal, pese a que en ocasiones la delgada línea roja que los separa sea sinuosa, en lugar de recta, y tenga muchos vericuetos y escondrijos, como las celadas que la muerte nos va poniendo en el camino.

     Pues bien, entre "coseros" y almarios nos va la vida, aunque ambos vocablos no nos parezcan muy importantes, pues no están escritos en los tratados de filosofía, ni aparecen en placas de mármol, ni siquiera mucho en la letra impresa. Ambos son lugares para guardar cosas y almas, y no es que piense que las almas son cosas, ni mucho menos, pues considero que el alma está en el lugar más elevado y sagrado del hombre. Pero entre las cosas que guardamos en el "cosero" hay mucho de nosotros mismos, como lo que vamos guardando en el alma. Ambos lugares se refieren, por tanto, a recuerdos y sentimientos especiales que nos son gratos. ¿O acaso en el alma, en el almario, no guardamos también la luz incierta de los días de tristeza, el sonido de la lluvia sobre los tejados, la raíz de la risa o un beso que nos ha dado nuestra persona amada?

      Creemos que somos en tiempo presente, y soñamos con el futuro, pero en realidad somos gracias al pasado, que es el que nos ha ido ahormando, gracias a lo que guardamos en el "cosero" del alma, en el almario, que es como una caja metálica, con bellos dibujos, de esas que se hacían antes con tanto mimo y que ahora guardamos como piezas "vintage" y que adornan nuestras casas como algo remoto, una caja en la que atesorar lo que ha sido verdaderamente importante en nuestra vida. Acaso la caja de cartón en la que se ha transportado un mueble y con la que de niños hemos jugado hasta la saciedad: que si un fuerte, que si un automóvil, quizá una cabaña o una nave espacial... siempre lugares mágicos en los que construir el juego dejando que nos crecieran alas con la imaginación. Y eso nos pone de manifiesto que un "cosero" puede tener muchas formas, puede ser un caja, como digo, pero también puede ser una cajonera o un archivador, puede que una ciudad, o una calle, según nos cuadre.

      Sin el pasado no podemos vivir, no somos nada, nuestro nombre sería nadie. Del pasado nace la fuerza suficiente para afrontar el presente, con todos sus estragos y devastaciones, y brota la materia de la que están hechos nuestros sueños, por más que los mismos pertenezcan al futuro. Los sueños también los guardamos en almarios o en "coseros", que son dos palabras preciosas y que definen a la perfección lo que son, espacios para guardar la vida, y, tal vez, también lo que somos, un resplandor, un fogonazo, un destello en medio de las tinieblas.

     El pasado, que es recuerdo, solo podemos verlo con melancolía, y no es eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor, de nuestro Jorge Manrique, pues podrá considerarse de muchas maneras, según nos ha ido en la feria. Lo cierto es que la melancolía nos abre las puertas de la memoria como cuando removemos un fuego que parece extinguido para avivar su alma, su esencia, y que las llamas prendan en los leños nuevos que acabamos de echar. En esas estamos, en avivar memorias o desmemorias, en avivar los fuegos que fueron y que aún arden en nuestro interior, para seguir siendo.

     En estos pequeños asuntos entretengo hoy las horas, como rebuscando en el "cosero" que tengo más a mano, pues tal vez conserve varios, aunque desconozco cuál sea su número, y entresaco, mezcladas unas con otras, muchas "cosas", que van tejiendo historias y narraciones con el fino hilo con el que Penélope tejía y destejía la ausencia de Ulises, que somos todos, siempre en viaje, siempre buscando.

     Ya es mediodía en el jardín. La luz se desborda y contemplo, con una serenidad asombrosa, cómo los árboles se asoman de nuevo a la vida con las primeras yemas que anuncian una primavera gozosa. Las sombras de la noche quedan muy lejos en el itinerario de esta jornada. Todo parece posible.

Fernando Alda Sánchez

    (Foto: Pixabay.com)







   


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