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viernes, 5 de marzo de 2021

Querido lector, 12 / Tu retrato

 


               Querido lector:


                Hace tanto tiempo que no te veo que en ocasiones se me nubla tu imagen y tu rostro se asoma entre la niebla, cambiante, como queriendo hablarme, decirme algo, quizá saludarme, tan solo. Me gustaría que con tu próxima carta me enviaras una fotografía tuya, para verte con nitidez, y recordar lo que ahora parece dormir entre la bruma, junto al sueño y la vigilia, en una especie de duermevela en la que no se sabe bien dónde está la consciencia.

                 No te preocupes, son cosas que me ocurren a menudo. A veces me cuesta recordar, como si los rescoldos de la memoria no pudiesen volver a encenderse, a cobrar vida, a iluminar los adentros, pues para eso han sido concebidos. Recuerdo perfectamente nuestras tardes de lectura y de paseo, en las que me preguntabas, junto a los sotos del río Adaja, por alguno de los poemas que había escrito para ti, pues habrás de saber que todo cuanto escribo es para ti, todo te lo entrego, de mil amores, y mis versos te pertenecen. Sin tu lectura, sin tu reflexión, sin tu comprensión, sin tu sentir, yo no sería nada.

               Ahora sí, la primavera está cerca. La voy notando en la sangre y en los pájaros que vuelan de árbol en árbol, despertándose de la inocencia del invierno, buscando el amor, la compañía, la conversación, los trinos ajetreados que parece me están llamando desde todas partes. En el campo ya han salido las primeras flores en los prados de montaña, aún tímidas, como no queriendo hacerse notar del todo. Son una bendición, las aves y las flores, que nos recuerdan que la vida regresa siempre, pese a todo.

               Releo, casi a salto de mata, en estos días, la obra de Pablo García Baena, que no hace tanto que nos dejó. Qué gran poeta ha sido, como todos los del Grupo Cántico de mi querida Córdoba. Me siento, por suerte, como en su poema "Sueño de Adán":

"Dormido estoy, pues que dormir es esta
sombra que al primer barro me devuelve.
Dormido en el vergel de Dios, cansado
entre sus manos grandes que meciendo
van mi sueño, el jardín, la tierra oscura".

               Sí, me siento dormido en las manos grandes de Dios, dejándole hacer, moldear mi vida, pues así me siento libre, sin miedo a la muerte. Y es que, en ocasiones, uno se siente cansado y, como el poeta canta en su poema "Día de la ira", yo también digo

"Desnúdame, no tengo ya otra cosa.
El labio casi helado de besar tanta muerte.
Sájame la mirada, deja el ojo sin lágrimas
como una carne mísera, tibia para las moscas".

               ¿No te sientes tú así también, con tanta muerte como nos rodea por la pandemia de coronavirus que estamos padeciendo? Tal vez  solo nos resta preguntarnos

"¿Qué esperas del oráculo, Pablo García Baena,
si tu vida es recuerdo, tapiado columbario
donde un cadáver turbio se deshace
celosamente embalsamado por ti de algalias olorosas
y están tus pasos numerados como un libro
que dudoso repasas a la lámpara
y donde solo falta el colofón 
y las exequias en final viñeta?"

               Así se nos va la vida, a chorros, entre el deseo y la voluntad,  aunque siempre nos queda la poesía:

"Quizá si por la orilla brilladora,
pie desnudo, bajara
donde leve seda el mar plisa,
fulgirías magnolia catedral al reverbero
bruñido de otros días, monte oscuro,
lasciva roca amante enamorada
ante la luz total absorta en dicha"

                 tal canta en "Memoria del olvido", y no puedo evitar saltar a otro de sus poemas, dedicado éste a San Juan de la Cruz, "Noche oscura", en el que nos recuerda que

"Solo es real el vaso rebosante
de mi sed, aunque el agua está manando
y es noche para siempre, noche oscura"

en la que tal vez el Amado nos espera, aunque sea de noche, y el agua que mana de la "fonte" escondida nos lleve a la región más transparente, esa que buscamos desde que nacemos, para hallar la paz, el consuelo, el Amor más grande.

                Con estos y otros versos, tan hermosos y fascinantes, te dejo. Estás en buenas manos, no lo dudes. Otro día te hablaré de todo cuanto bulle en mis adentros, que quiere brotar, como si la larva hubiese terminado de transformarse en la crisálida y la mariposa tuviese un deseo ferviente de salir y comenzar a volar, amando todo cuanto nos circunda. Así mi corazón, que te anhela.

               Tuyo por siempre

Fernando Alda Sánchez

lunes, 1 de marzo de 2021

Querido lector, 11 / Retar a la muerte

 

               Querido lector:

              Como la misma certeza con la que hallamos la luz que se encuentra latiente en los pliegues del día a medida que avanza hacia su desastre, así también somos capaces en enfilar el camino que nos lleva a la vida y el esplendor que la misma desprende cuando encendemos un fuego para calentar los adentros y la llama arde con fuerza y, por tanto, no se llenan de humo, que parece niebla, una bruma muy espesa, las habitaciones en las que vamos depositando con tanto mimo nuestras esperanzas.

               Es inútil mirar hacia atrás, aunque resulte inevitable, pues estamos hechos de recuerdos, que son cenizas o rescoldos de las que se nutren el alma y la melancolía, pero que nunca volverán a arder ni serán el tibio abrazo que necesitamos cuando nos encontramos a la intemperie. Lo cierto es que no podemos dejar de mirar atrás, de rebuscar en el pasado tratando de corregir un imposible, y eso nos lleva a una tristeza que va pudriendo el presente y no nos deja alcanzar el futuro, enredados como estamos en un tiempo que creemos fue mejor, desperdiciando las oportunidades que a diario nos salen al paso.

               También es verdad que hay melancolías presentes, que no son fruto del anhelo de paraísos perdidos, ni de nostalgias descoloridas, sino que nacen del propio dolor de vivir, de ir afrontando sin éxito celadas y tormentas, casi con la seguridad de que no alcanzaremos aún la orilla, salvo la de la muerte, que se presenta tan oscura, solitaria y amenazante.

               Me ha producido cierta envidia la visita que has tenido de quien no hace falta diga el nombre, aunque el suyo de pila me recuerda al de un general cartaginés, y del que no puedo por menos que recordar unos versos tan hermosos como éstos:

"Altas, desatendidas celosías,
miradores vacantes, patria apenas
de palomas huidizas cuyo mensaje, roto,
quien percibe lector de ajenas rúbricas
de tinta desvaída sobre legajos secos:
os hundís, la madera se echa a volar, cornisas
agrietadas cobijan malezas"

                 Así siento yo el hábitat que me rodea, como si estuviese en ruina, desplomándose, desgajándose como las ramas de una encina seca con la que la lluvia y los hielos no tienen clemencia. Pero estas cuestiones, ya sabes, son las que me aquejan con cierta frecuencia y forman parte de la urdimbre que me sostiene.

                 Una vez más tendrás que disculparme estas melancolías que me brotan como de la nada, como si estuviesen ocultas en la sangre y fuesen, de pronto, el brote verde que nace entre la tierra negra. Pueden parecer devastadoras para algunos, pero te confieso que para mí son vitales, pues forman parte de mi manera de ver el mundo, de asomarme al gran retablo en el que todos representamos. Son como un velo de lluvia, que evita que la fealdad reinante acabe por cegar mis ojos, como un tul maravilloso que deja entrever  lo material e inmaterial que nos rodea, a las personas mismas, para no tener que verlo todo en su crudeza. Acaso es que necesitamos de estos filtros, para no atragantarnos con tanta podredumbre como flota en el ambiente, con tanto humo de batalla. Son, en definitiva, como esas esculturas en las que el mármol parece de una tela translúcida o transparente, como las que hay en la Capilla de Sansevero, en Nápoles, y de las que a la memoria me viene el "Cristo Velado" de Giuseppe Sanmartino. 

                 La temperatura no acompaña en estos días en Ávila. Espero que dónde tú te encuentras sea el clima menos severo. Hoy todo está nublado, no solo la luz, hasta los colores, que se confunden unos con otros, difuminados por una especie de abulia ornamental que no conduce a ninguna parte. Parece más un día de rutina pura, de tránsito hacia no sabe uno bien dónde, que una jornada en la que pretender celebrar algo. Las torres de la ciudad están como dormidas, entre los vuelos de las cigüeñas, que abandonan sus nidos, de forma muy especial al atardecer, para ir a comer a las praderías cercanas, buscando en el agua que las encharca el sustento.

                Me alegró saber, por otra parte, que estás bien acompañado. La soledad produce más monstruos que la razón cuando sueña, pues da rienda suelta a imaginaciones que pensamos están controladas y que son un puro delirio en el lento goteo de las horas en el reloj, que parece tan blando como aquellos que pintara Salvador Dalí y que tantas obsesiones me producen cuando los contemplo. Ya sabes eso que repito hasta la saciedad, necesitamos estar acompañados, como lo estoy yo ahora con estos versos

"Soy la espada, soy la llama.
Os he iluminado en la oscuridad, y al iniciarse la batalla, yo combatí
en primera línea",

 que son de Heinrich Heine y que me llevan a la lucha de la vida y, tal vez, como el poeta, me hagan decir que

"A mi alrededor yacen los cadáveres de mis amigos, pero hemos vencido.
Hemos vencido, pero a mi alrededor yacen los cadáveres de mis amigos.
En los jubilosos cantos de triunfo, resuenan los corales de las
ceremonias fúnebres"

pues pese a la victoria todo parece perdido en estos tiempos líquidos en los que no resulta fácil encontrar una puerta para salir a campo abierto y retar a la muerte, que viene por los alcores, por las frías colinas del invierno, con ramos en las manos, llamándonos, por lo que, como Heine, yo digo que, pese a todo

"Fue sereno mi día, mi noche fue feliz"

y

"Mi canto fue regocijo y fuego
y ha avivado las llamas de algún hermoso incendio"

               En llamas tengo yo el corazón y te ofrezco mi fuego. Toma un tizón de esta hoguera, arde tú también, busca la poesía como las aves tratan de encontrar el cielo, siente su calor, cómo vivifica las médulas que están adormecidas, cómo enciende los ojos, cómo despabila el pensamiento y el sentir, y deja que recorra, cual chispas en un cañaveral, tus adentros.

               Eternamente para ti, agradecido

Fernando Alda Sánchez

P.S. Por favor, no tardes tanto en escribirme. Tus cartas son un bálsamo seguro contra el paso del tiempo y la locura.




jueves, 25 de febrero de 2021

Querido lector, 10 / El tormento y el éxtasis

 

           La vocación de San Mateo, Caravaggio. Foto: Wikipedia



               Querido lector:


                Como le ocurriera a Michelangelo Merisi, Caravaggio, que tuvo una vida turbulenta, para el artista, para el poeta, resulta difícil dominar todas las fuerzas que uno lleva dentro, esos impulsos que mueven los engranajes de la creatividad, y que producen obras magistrales o auténticos fracasos. Son fuerzas casi de la naturaleza, como un terremoto, un huracán, pero en otras ocasiones, son una brisa suave, una lluvia agradable. En el equilibrio entre ambos polos uno debe encontrar el punto álgido en el que fluye la obra de arte que ha de nacer. 

               De alguna forma todos, así mismo, tenemos algo de Zorba, el griego, el de Nikos Kazantzakis, que pasaba de la gloria al desastre sin solución de continuidad. El libro es de esos que uno, alguna vez, ha tenido en su mesilla de noche, para ser leído y para conservarlo cerca. Como Zorba, no debemos tener miedo a vivir.

               Es el tormento y el éxtasis, el título de la película que dirigió en 1965 Carol Reed sobre la vida de otro Miguel Ángel, en este caso Buonarroti, y que a mi entender refleja perfectamente cuanto te digo. De esa lucha, los frescos de la Capilla Sixtina, la genialidad, el sufrimiento, claro, pues toda obra de arte comporta cierta dosis de dolor en los adentros, o de melacolía, que en ocasiones se confunden, como una ausencia, un abandono.

              En mi primer viaje a Roma busqué con afán la que considero la obra maestra por excelencia de Caravaggio, "La vocacion de San Mateo", en San Luis de los Franceses, tan cerca de la Piazza Navona, pues es un cuadro fascinante. Está acompañado por otros dos, en la Capilla Contarelli, dedicados también al evangelista. No obstante, el de la vocación ha ejercido siempre en mí un poder de atracción similar al que Cristo tiene con el propio Mateo, al que solo le dice que le siga. En la pintura le señala con el dedo, aunque, misteriosamente, no sabemos bien a quién señala, si a un hombre maduro, que le está mirando, y que parece decir con su mano si es a él, o a un joven que está contando dinero, aunque me inclino por el segundo, que no parece haber advertido la llamada. Me hubiera gustado estar allí, sin duda, pero como eso no puede ser, me conformo con saber que Cristo no se cansa de llamar a mi puerta todos los días.

               La luz habla por sí misma, dentro del tenebrismo de la escena, una luz que no procede de la ventana, sino de Dios mismo, de más allá del Cristo que busca a su nuevo discípulo. Así nos mira el Señor y hace nueva nuestra vida. Dirás que por qué te cuento todo esto, pero la razón no es otra que el volver a recordar que en mi carta anterior te hablé de Roma. Quizá hoy sería mejor hablarte, según tengo el ánimo, de las catacumbas, que tanto me sobrecogieron, por lo que tienen de inframundo, un reino de oscuridad y silencio en el que uno puede perderse en el dédalo que constituyen, pero no voy a ennegrecer más el día. Con Merisi nos quedamos y es más que suficiente.

              Quizá como él, que tuvo que huir dos veces de la justicia por haber asesinado a dos hombres en reyertas, nosotros también estamos luchando con la libertad, y huimos siempre de ella, aquejados de mil males que lastran nuestro paso por la vida. Milán, Roma, Nápoles, Malta, Sicilia, hasta acabar en Porto Ércole, con su muerte, y, acaso, este viaje también puede ser el nuestro, de aquí para allá, de ciudad en ciudad, siempre buscando.

               Si quieres tener más noticias sobre él te diré que hay algunas películas, incluido un documental relativamente reciente, de 2018, dirigido por Jesús Lambert Garcés, que lleva por título "El alma y la sangre", que me pareció magnífico. En esta expresión también se encierra lo que es un artista, espíritu y materia en lucha brutal, sin un claro vencedor.

                Me ha alegrado saber que tienes previsto regresar a España, aunque todavía sin fecha. Cuando estés entre nosotros házmelo saber, para que vengas por casa y podamos contemplar, cualquier noche sin nubes, estos cielos estrellados de Ávila que nos dan la medida de lo que somos, apenas heno, como dice el salmo, que crece por la mañana y por la tarde es segado y echado al fuego o es pasto para los animales. Tenemos muchas cosas de las que hablar pues el formato de las cartas, por muy periódicas que sean, no es lo mismo que una conversación cara a cara, con una buena copa de vino tinto, que nos encienda la memoria y haga arder nuestros recuerdos. Se nos humedecerán los ojos, seguro. Se trata, sin duda, de vivir, y eso solo es posible hacerlo en persona.

                Me siento afortunado al saber que nuestra amistad sigue en pie. Que el dies irae, el día de la ira, no ha hecho saltar por los aires los puentes que nos unen, que los caminos siguen abiertos, como abierta está Roma, y que podemos ir a todas partes, al menos a las que se cobijan en nuestro interior, las del alma, con absoluta libertad aunque, eso es cierto, no sabemos cuándo sonará la trompeta del ángel, y si derribará las murallas de Jericó o será el fin de los tiempos. Por ahora, quedémonos en nuestras lecturas, en la escritura que nos vivifica y hace crecer.

                Hoy no tengo tiempo para mucho más. Hay hazanas en casa que solo puedo hacer yo mismo. Espero impaciente tu próxima carta. Dime algo de lo que estás leyendo actualmente, para hacerme una idea de cómo tienes el alma. Espero que no esté como hoy la luz aquí, que se diluye en formas imprecisas, al igual que el viento, que sopla de todas partes.

                Tuyo

Fernando Alda Sánchez


martes, 23 de febrero de 2021

Querido lector, 9 / Otra vez, las mimosas

 


            Querido lector:

           Otra vez, las mimosas, que ya han florecido en el Valle del Tiétar, al sur de Gredos y de Ávila. Son como un milagro muy hermoso antes de que llegue la primavera. Su amarillo esplendor, que recuerda al del oro más viejo, es magia en medio del bosque y hacen que, para aquellos que nos sentimos como el coronel que no tiene a nadie que le escriba, recobremos la esperanza y pensemos que, al menos, Dios nos escribe, pues esta ofrenda floral es una carta que viene para nosotros, con nuestras señas, para consolar nuestros rigores. El cartero te la entrega por sorpresa, de un día para otro, sin tú esperar nada al respecto y entonces resulta más gratificante, pues compruebas que el Creador se acuerda de ti cuando nadie más lo hace.

            Supongo, mi querido amigo, que te habrá ocurrido lo mismo en otras ocasiones. Gabriel García Márquez escribió con ello una novela magistral, en la que la soledad y el abandono se han convertido en el pan de cada día del viejo coronel. No hace falta ser muy mayor para sentirse así. Cada vez antes nos expulsan del sistema cuando ya parece que no somos capaces de producir en el grado que los nuevos algoritmos económicos establecen.

            Ahora es a los cincuenta años, dentro de poco bajará la cifra. Además, salvo tomar la decisión, sabia, por otra parte, de vivir de otro modo, con menos prisa y menos apegos materiales, y de marcharnos al desierto, no hace falta que muy lejano y lleno de arena, sino a ese otro, interior, que podemos levantar en los adentros, poco o nada se puede hacer contra este síndrome de que todo tiene que ser nuevo, todo tiene que ser más joven que los jóvenes mismos, que también están, en muchos casos, en precario. Toda rebelión es inútil, pues al poder siempre llegan los de siempre, aquellos que lo desean incluso cuando dicen que van a destruirlo, y en él se perpetúan como parásitos, pues en la naturaleza humana está grabado a fuego el arte de la dominación.

             La culpa es nuestra desde el mismo momento en el que nos creímos dioses y pasamos a ocupar el centro del universo. Incluso, algunos, han llegado a asesinar a Dios, o, al menos, eso es lo que creen ellos, como si a Dios se le pudiera matar. Él sabe defenderse solo, y, lo que es más importante, sabe esperar, quizá a que en el corazón de los hombres, tan desamparados y solos, vuelva a encenderse la llama sagrada de la que proceden. Ya no tenemos una medida más grande que nosotros para medir el mundo, incluso el universo, y todo nos empequeñece y desborda. Yo, por si acaso, tengo, de día y de noche, encendida una velita, para que Dios sepa que sigo aquí.

            Por eso me quedo con las mimosas y con algunas camelias, que también las vi. En unos días habrá vuelto el color y las lavanderas y los herrerillos llenarán los cauces de los arroyos y los bosques, y los días serán más azules y largos, y dentro de nosotros volverán los recuerdos que se fueron y cobrarán rostro y vigor. 

            Este fin de semana, en el que hemos estado en Arenas de San Pedro toda la familia, he mirado las cumbres, La Mira, los Galayos, los puertos por los que se cruza la Sierra Grande, el del Peón, el del Arenal y la Cabrilla, y sentido que tocaba con los dedos los pies de Dios, los rotos por los clavos, los de Nuestro Señor Jesucristo, allí, sobre la nieve, tan helados y solos como tenía yo mi corazón, y, en medio de toda esta belleza, he sentido que me miraba, no desde muy alto, no desde un lugar inalcanzable, sino desde las propias mimosas, a mi lado, que seguían abriéndose para ofrecernos esa belleza no usada que tienen, esa belleza que te enciende los tuétanos y las médulas y que te deja el alma como la de un enamorado. Benditas mimosas.

          Por tu última carta se que sigues bien. Me alegro de que hayas podido abandonar tu imaginario encierro en la villa de Fiesole y que hayas bajado a Florencia, incluso el haber hecho alguna escapada a la eterna Roma, de la que hoy recuerdo sus palacios y plazas, sus iglesias barrocas, el bullicio disparatado de sus calles, el tráfico infernal y, cómo no, sus fuentes, no las ornamentales, aunque también, sino esas otras a pie de calle que te permiten apagar la sed con  agua fresca y rotunda, que sabe a gloria. Y recuerdo el Tíber, poderoso, que tanta historia se ha llevado por delante, el Coliseo, atroz y sangriento, y el Castillo de Sant´Angelo, sombrío y amenazador, y las colinas de Roma, y el Vaticano. Y, por supuesto, que en la Basílica de San Pedro tengo, en efigie, a dos santos para mí muy queridos, como son Santa Teresa y San Pedro de Alcántara, cuyas reliquias, las del segundo, reposan en el hermoso Santuario de Arenas cuya capilla es obra de Ventura Rodríguez.

        Y claro, si dejo volar la imaginación, con San Pedro de Alcántara me voy hasta el romano Puente de Alcántara, sobre el Tajo, que aún hoy me sobrecoge, y aguas abajo cruzo la frontera y llego hasta Lisboa, y un fado suena en mis oídos, y me acuerdo de mi tocayo, Fernando Pessoa, y me viene el desasosiego, aunque en esta ocasión es de lo más dulce. Así fuera siempre. 

         No dejes de visitar, si tuvieres tiempo y ganas, estos lugares que te digo, cuando la ocasión sea propicia y regreses a España. De las mimosas ya te envío con esta carta una fotografía, junto al embalse del río Cuevas, del que se abastece de agua Arenas y en cuya tersa superficie he visto tantas veces reflejados los cuchillos de piedra de Los Galayos y la corona refulgente de La Mira. Gredos, como dijo Don Miguel de Unamuno, es el espinazo de Castilla, pues por aquí se doblan las dos mesetas, y no le faltaba razón. Yo añado, además, que pudiera ser el de España.

        Un fuerte abrazo. Siempre tuyo

Fernando Alda Sánchez



         


           

viernes, 19 de febrero de 2021

Querido lector, 8 / El infinito y el mar

 



               Querido lector:


                Arde en mi memoria el recuerdo de la lluvia en abril, que pronto vendrá, y será el consuelo para tanta melancolía como se está forjando en las fibras del alma, allí donde residen las nieblas que sostienen nuestra forma de ver el mundo y se espesan las nostalgias para convertirse en la atmósfera de la que nacen los sueños. Será la lluvia, entonces, la que me devuelva la calma, la que amaine los vientos que se desgranan desde la rosa que los dibuja y perfila.

               No parece fácil la tarea de escribirte hoy, pues en tu última carta no dabas muchas señas de ti, aunque presiento que estás ocupado en resolver conflictos internos que te obligan a mantener cierta reserva al respecto. Un león te ruge en las entrañas, un león para el que no encuentras guardián.  No tengas miedo en abrir tus adentros, que parecen propicios a ser

"...el golpe temible de un corazón no resuelto"

como cantaba Gabriel Celaya en su poema "España en marcha". En ocasiones necesitamos abrir las ventanas y dejar que las entretelas que nos visten se aireen, oreen sus miedos, y un aire nuevo venga a hacernos

"...turbia y fresca un agua que
atropella sus comienzos".

              Por mi parte, no te insisto más. Ya encontrarás la forma de resolver tus conflictos. En mi carta anterior te recomendaba no obsesionarte con los imposibles. Es mejor vivir, intentarlo al menos, que perderse en paradojas que no llevan a ninguna parte y que tanto desasosiego nos causan.

              Siempre nos quedará la poesía, que nos sostiene e ilumina, pues, como escribió Hölderlin, en sus "Poemas de la locura"

"Cuando del cielo viene un gozo
Más claro, a los hombres invade la alegría,
Asombrados quedan ante
Lo perceptible, sublime, agradable..."

y puede que del Cielo nos venga la alegría, que está en la mirada de Dios, en los brazos de Cristo que nos salva. Por eso nunca dejaré de escribir, para no caer en la vesania, para eludir la muerte, que no para de buscarnos en los caminos y en las alcobas.

             Es la sed de Infinito la única que puede movernos en los escaques de este tablero en el que nos ha tocado jugar, tan lleno de celadas, tan turbio y sórdido en ocasiones, en un embate en el que nos va la vida, y no hay gambito de caballo o de dama que puedan darnos garantías para no caer en el jaque final. Así nuestra suerte, humildes peones, entre torres y alfiles, amenazados siempre, con una pobre espada de madera y humo, en este valle sombrío de cañadas oscuras. Al menos, en lo que a mí respecta, se, como en el Salmo, quién es mi Pastor.

           En estos días de los idus de febrero, casi como preludio de los que serán luego en marzo, en los que el sol va abriéndose camino, aunque no calentando como uno quisiera, he tenido la suerte de releer a Giacomo Leopardi y sus "Cantos", y el que parece ser uno de los poemas más hermosos de cuantos escribiera el de Recanati, que no es otro que el titulado "Infinito"

"Sempre caro mi fu quest´ermo colle,
e questa siepe, che da tanta parte
dell´ultimo orizzonte il guardo esclude"

que suena a música, desde luego, y que tantas veces me ha hecho pensar y encontrarme con el lugar en el que Leopardi sitúa sus ojos, y ese collado tan especial, y el seto que cubre el horizonte, para que, como prosigue el poeta

"Mas sentado y contemplando, interminables
espacios más allá de aquéllos, y sobrehumanos
silencios, y profundísima calma
en mi mente imagino; tanto, que casi el
corazón se me estremece"

pues "Ecome il vento
odo stormir tra queste piante, io quello
infinito silenzio a questa voce"

con la que

"voy comparando: y acuérdome de lo eterno,
y de las estaciones muertas, y de la presente
y viva, y de su sonido. Así, en esta inmensidad 
mi pensamiento anega,
y el naufragar  "m´é dolce in questo mare".

La traducción de la profesora de la Universidad de Milán, Loreto Busquets, me parece muy hermosa, como bello es el poema, el sentido que encierra, pues al acordarnos de lo eterno encontramos nuestra justa medida. ¡Cuánta belleza en todo ello!

         Te dejo con Leopardi, cuya lectura te recomiendo. En él encontrarás hermosos poemas y una mirada del mundo que te llevará a esa región transparente de la que en otras ocasiones te he hablado, en la que habitan Dios y la poesía, y en la que desearás quedarte a vivir para siempre.

           Vale

Fernando Alda




jueves, 18 de febrero de 2021

Querido lector, 7 / El rostro del ángel

 





           Querido lector:

            Alguna vez me has preguntado qué es para mí la poesía. Ya sabes, por demás, que no me gusta teorizar sobre estas cuestiones, que a nada conducen, aunque sí, tal vez, puedan servir para que algunos puedan escribir sesudos volúmenes, eso sí, incomprensibles, para alimentar sus cátedras y parabienes. Personalmente me gusta dejar correr libres a los versos y que sea el propio lector, en este caso tú, el que decida lo que es o no la poesía.

             No obstante, sí considero que un buen poema debe cumplir con unos mínimos estéticos, pues, pese a lo que ocurre en nuestros días, no todo vale, no todo tiene encaje en la forma poética. La poesía debe movernos el corazón y la razón, es decir, debe estar abierta a la estética, a la belleza, y también al espíritu. La poesía, como el arte en general, debe conmovernos, ayudarnos a vivir, debe ofrecernos una mirada diferente de cuanto nos rodea o de cuanto sentimos. Desde aquí, ya sea simbólica, pura, metafísica, realista, social, culturalista, esteticista, surrealista, clásica, con métrica o sin métrica, o como quiera llamarse, el camino es del propio poeta y de sus lectores.

             También me preguntas si mi poesía puede encajarse en algún estilo y ya te digo que para mí no, aunque doctores habrá que la encuadrarán en ésta u otra corriente. Tampoco desvelaré mis influencias, si las hubiere o no, pues todo se corresponde con múltiples lecturas que a lo largo de mis años como lector he ido teniendo y se han ido quedando, en ocasiones como estratos o como el más puro caos, en mis adentros. Y allí siguen, y afloran, y surgen como un manantial, cuando la melancolía, que es el motor más importante para lo poetico, tiene a bien subirlos a la superficie y aflorar en medio de la mañana o de la tarde, pues no hay una hora que yo tenga como precisa para ponerme a escribir.

          La poesía puede ser desde un ángel que nos está mirando, a un corazón en llamas, una ínsula perdida o los cristales rotos de una ventana. Puede ser la Laura de Petrarca o la Leonor de Antonio Machado, puede ser Beatriz o Dulcinea, según se vistan los poemas, pues en todo ello, en ocasiones, incluso en la fealdad, puede haber algo hermoso y trascendente. En todo perdura un poso de belleza, que nos viene de Dios, el Creador.

          Así mismo te digo que el de poeta, pese a los laureles con los que nos puedan adornar o nosotros mismos nos adornemos, es el oficio más humilde del mundo, el peor pagado, el menos reconocido, pues al común de los mortales lo de escribir o leer versos parece que no les ayuda mucho en su vida y que es arte baladí y de poca monta. Desconocen, por supuesto, el esfuerzo que cuesta trasladar la mirada tan especial y sensible del poeta sobre el mundo y quienes lo habitan a unos versos, pero, qué le vamos a hacer, es nuestra condena, como nuevos Prometeos, por haber robado el fuego sagrado de la belleza a los dioses, o tal vez es que somos como el "Holandés Errante", que surca los océanos tras un destino que no encuentra, y resulta trágico.

          Ya se que me estoy poniendo profundo, pero, ya sabes que no puede haber poesía sin profundidad. No se puede medir el valor de un libro por el grosor del mismo, sino por la hondura de lo que contiene. Hay libros muy extensos que nada valen, pues nada contienen, pese a que podamos llegar a pensar lo contrario. Incluso libros magníficamente editados que son hojarasca pura y que se pudren en la Estigia del olvido.

          Franz Kafka me ha dicho que te ha visto un tanto desasosegado en los últimos días y que te notaba como si en tu interior estuviesen creciendo las dudas que en ocasiones nos produce la razón cuando sueña, como en el famoso grabado de Francisco de Goya, por aquello de que los monstruos parecían habitar alguna parte de tu alma. ¿Has leído "El proceso" del primero? Si es afirmativo, puede que tus males vengan de estas lecturas, que acongojan en grado sumo, pues no nos ofrecen salida, como ocurre con "El castillo", o la propia "Metamorfosis". Pese a lo absurda que parece nuestra vida, como ocurre con los libros de Kafka, no te olvides que el hombre puede abandonarse en brazos de Cristo, y dejarle hacer a Él.

       No te obsesiones con los imposibles. La Esfinge no te va a dar la respuesta. Disfruta del paisaje, de la noche hermosa y abierta sobre nuestras cabezas, del sonido del agua en un arroyo de montaña, de la nieve misma, que es pureza, del vuelo de un milano o un alcaraván, del cielo inmaculado, de las mismas nubes, y encuentra en ellos alimento suficiente para no caer en paradojas. Al propio Don Miguel de Unamuno le atormentaron toda su vida, sin solución aparente, como a su "San Manuel Bueno, mártir", que ya sabemos todos cómo terminó.

       La buena literatura, y, la poesía, claro está, abren nuevos caminos por los que podemos dejar discurrir la vida. Busca el consuelo que necesitamos a nuestras penas en ellas, resultan ser un buen refugio para tiempos de tribulación en los que, ya sabes, como nos recordó San Ignacio de Loyola, no conviene hacer mudanza. 

       En Ávila el tiempo se ha suavizado, tanto el de la climatología, como el del reloj. Han florecido ya los almendros, los días nos ofrecen más horas de luz, y eso es una suerte que alegra los ojos y el corazón, que va arrinconando ya los rescoldos y cenizas de todo cuanto ha ardido en el mismo durante el invierno, para superar los cierzos y celliscas con los que nos ha martirizado, y parece buscar leña nueva, nada verde o mojada, para encender otras hogueras con las que iluminar el paso de los días, aún un tanto inseguro, como este febrero loco que nos madruga a diario.

        ¿Estás en Fiesole o has bajado a Florencia? Seguimos acorralados por la peste, contritos, apesadumbrados, esperando. Si cambias de domicilio, házmelo saber, para que estas cartas no se pierdan. Espero la tuya, que parece se retrasa. Si pasas junto al Arno, da recuerdos de mi parte a Dante Alighieri, si es que ha retornado de su exilio mortuorio en Rávena, pues nunca le ha sido posible ocupar la tumba que le hicieron en la Santa Croce, junto a Michelangelo Buonarroti o Galileo Galilei. Ya sabes, cosas del destino: no sabemos en qué lugar vendremos al mundo, ni en qué lugar nos iremos de él. Eso sí, puede que como última imagen nos llevemos en los ojos, que irán enfriándose, el rostro de un ángel que nos está mirando y será, sin duda, el rostro de la poesía.

       Tuyo

Fernando Alda


          


           

          



miércoles, 17 de febrero de 2021

Querido lector, 6 / El retablillo

 


          Querido lector:


          Los lilos del jardín ya están a punto de florecer en esta primavera que parece anticiparse a todo deseo, a la voluntad del tiempo y de la espera, y auguran nuevas alegrías, la celebración de vivir y saberse vivo. Te digo esto por aquello de dejar constancia de lo que arde en mi corazón, que parece más atento a lo estético que a lo espiritual, en estos días de naufragio y soledad.

           No obstante, no puedo quejarme, pues ayer mismo recibí la visita de Arsenio Valmoral, ya sabes, el autor de "Noches de cierzo" y de "Allí donde habita el ábrego", que vino hasta casa acompañado por Lupe Galana, la actriz de cine, que tanto me recuerda a Lupe Sino, y que fue el contrapunto de alegría e inteligencia que nos dejó a Arsenio y a mí, que parecíamos dos velas en un entierro, de tan melancólicos como estábamos. Son visitas que se agradecen, sin duda, y que ayudan a pasar estos tragos que la vida te va dejando en copas rotas y en mesas sin equilibrio, pues de las cuatro que deben tener les falta una pata.

           En estos días España se me parece a la que pinta Ramón María del Valle Inclán en sus "Luces de bohemia", la que señalan Max Estrella o Don Latino, en alguno de sus parlamentos, tan sórdida y desamparada, en manos de esperpentos humanos sin escrúpulos, en un martes de carnaval perpetuo, quizá como los hombres huecos de T.S. Elliot, lampando como gato en una matanza, con codicia extrema, burlando por callejones y espejos, sin sentido alguno, tan solo por  el sonido del dinero en la bolsa, aparentando lo que no son en este retablillo del mundo en el que llevan en la mano la cachiporra de los títeres más odiosos. Pero esto son cuestiones que no dan para una carta, pues más parecen un réquiem por quienes padecemos estas malas artes, que una reflexión serena. Y es que más que por obra de la miseria moral, parecen fruto de algún encantamiento del reino de Micomicón, o de algún entremés del Patio de Monipodio, con Rinconete y Cortadillo, que tan magistralmete describiera el de Alcalá, Don Miguel, por más señas. Y todo ello bien aderezado de charlatanes y arbitristas, que parece tienen al Reino harto confundido y sin rumbo.

    Pese a todo, en esta corte de los milagros en la que todo parece nuevo o pretende serlo, me quedo con el "nihil novum sub sole", que decía en la traducción de "La Vulgata" Qohelet, como nos recuerdan nuestros clásicos en sus obras literarias. Poco o nada nuevo hemos inventado, salvo algunos artilugios, que parecen llenarnos de grilletes más que darnos la libertad,  para seguir atados al mismo duro banco de la misma galera, que no es otra cosa que la muerte, de la que solo Cristo puede liberarnos, y esta es la verdadera, la que perdura.

     Disculpa estos desahogos, pues son fruto de los humores y bilis, tan de melancolías, que me corren por los tuétanos, y por la tristeza que me produce el ver cómo del mundo se han apoderado tantos embaucadores que nos proponen los más peregrinos remedios para llenar de pájaros y telarañas, humo de papel mojado, el vacío existencial que arrastramos en nuestra condena. Así se representan todas estas miserias.

     Por lo demás, todo igual, desde la última carta. Compruebo con alegría que los libros que te envié son de tu gusto. Te recomiendo que no abandones la poesía, pues en tiempos de hambre espiritual, y en ocasiones física, como se puede comprobar en las mismas calles a poco que pasees por ellas, no te digo yo que sea el bálsamo de Fierabrás, pero sí al menos un asidero para mantener el equilibrio necesario. El brebaje del "Feo Blas" es el que nos ofrecen por todas partes, como si de lerdos se tratase, acaso para acallar conciencias y estómagos, pues ya se sabe que éstos últimos suelen ser muy agradecidos.

    Y me vienen a la memoria unos versos de mi querido Jacinto Herrero, que me recuerdan para qué hemos nacido los poetas:

"Palomas son en la melancolía
de un rojo rayando el horizonte
mediado agosto. Restallaba lejos
el aire; Aer quatibur: el ayre 
se sacude. Quizá lo oyera Rojas
al rasgar de las alas en la tarde
de bandos de vencejos en las torres
de Toledo, leyendo las palabras
de Petrarca; las suyas, yo; las mías,
otros; si acaso llegan todavía
libres, más tarde, huyendo de los dígitos
de la verde pantalla y su teclado,
y arrancas estos versos del olvido,
sombras en donde el aire se sacude".

Y estos otros, recogidos también en "La golondrina en el cabrio":

"La tarde en noche ha vuelto la borrasca;
y hoy que no somos dioses, ni sabemos
cuántos inviernos cruzará la vida,
gustamos del racimo, uva a uva,
de estos días de lluvia ante las brasas
del corazón. Y la cellisca fuera
muerde en el barro del hastial del norte.
¿O es el gemir de Lot que mira el campo
como un horno de humo, o el lamento
de Dafne en verde lauro trasmutada?
En ruina o árbol dura la belleza
que ídolo fuera de ojos asombrados.
No volamos atrás, que si amanece,
bastará al nuevo día su locura".

            Y con el nuevo día, y su locura, que le viste de gala, me quedo yo, esperando a Max Estrella, a Don Latino, y al propio Alejandro Sawa, que inspiró a todos ellos al autor de las "Sonatas" que llevan el nombre de las cuatro estaciones del año, esperando un billete premiado, que lo estará, en la lotería de la vida, por si acaso, pues lo último que se pierde, dicen, es la esperanza, aunque

"Volverás con tus bártulos de muerte:
la ceniza, los muros derruidos,
las fugitivas horas, presentidos
el hedor de la nada y de la inerte
sucesión de difuntos. Mas advierte
que a tu irritada voz no tendrá oídos
nuestra adorable testa..."

y la voz de Jacinto Herrero sigue  quebrando el aire, al hablar, como lo hace, de Quevedo, en este otro poema del mismo libro, pues no escuchamos la voz ni del uno ni del otro, y, acaso, tal vez, no tengamos oídos para la poesía, ya que solo amamos la materia, y no los dulces sueños que nos tejen.

           No desfallezco, ni por un momento, en procurar tu amistad


Fernando Alda