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viernes, 19 de marzo de 2021

Querido lector, 14 / Nada humano me es ajeno

 


               Querido lector:

                Reconozco que no he cumplido la promesa que te hice en la carta anterior de escribirte con mayor frecuencia. No hay disculpa posible, salvo una lesión inesperada, en una pierna, que me ha reducido la movilidad y las ganas. Afortunadamente ya voy recuperándome de forma satisfactoria de ella. Reitero que no valen excusas, aunque te ruego que no pongas en duda mi fidelidad. Sabes de lejos que no soy uno de esos enamorados inmaduros que picotean de flor en flor y enseguida se cansan de todo. Sin ti no soy nada pues, entre otras cuestiones, no se cumpliría eso de "ut luceat et ardeat" que toda obra de arte debe ser, y mis poemas y cartas solamente serían pasto que el olvido incendia, cinerario abono de la nada.

                 Te diré que, pese a todo, me encuentro mejor de ánimo y que en este día de San José sus virtudes heroicas constituyen un aliciente para mí en todos los sentidos. Este Santo del silencio, que desde el mismo nos mira y atiende, es un ejemplo que ha de mantenernos fuertes en esta travesía trágica que es la vida. Como él, espero los sueños de Dios, para que éste me indique el camino, si a Egipto o el regreso a Nazaret, en medio de una larga noche, bajo las estrellas tan fuertes que uno puede ver en estos desiertos y páramos que me rodean. Su luz será siempre alimento.

               Por terceros he sabido de alguna penalidad tuya que, imagino, no te has atrevido a contarme. No tengas empacho en hacerlo. Mi corazón tiene las puertas abiertas a todo lo que te ocurra... "Homo sum, humani nihil a me alienum puto", que escribiera Publio Terencio Africano en una de sus comedias, y que viene a decir que "soy un hombre, nada humano me es ajeno", por tanto, me gusta saber de tus penas, incluso si fueran las del Joven Werther también, de nuestras andanzas en el gran teatro del mundo, en el que, casi siempre, nosotros representamos papeles secundarios o terciarios, cuando no completamente insignificantes y prescindibles, quedando para los poderosos los laureles y los triunfos que luego habrá de igualar la muerte.

             Miguel de Unamuno utiliza este dicho latino en su "Sentimiento trágico de la vida", pues algo de trágico, y de cómico, en ocasiones, hay en nuestra existencia, aunque el que fuera rector de la Universidad de Salamanca añade sus apostillas y viene a decir que ningún ser humano le resulta extraño. Claro que, luego, tras la barbarie de las primeras décadas del siglo XX y toda la sangre que dejó impregnada en las paredes, ya vendrá Albert Camus y nos dirá que todos somos extranjeros en este mundo, como su Meursault. A ambos no les falta razón, pues pese al absurdo que en ocasiones nos parece la existencia, no podemos ser ajenos al sufrimiento humano. Cristo nos lo dejó bien claro desde hace dos milenios. Mejor nos iría a nosotros ahora si no estuviésemos tan anestesiados como lo estamos, si nuestro mal no se llamase indiferencia.

               En estos días tengo entre manos la lectura de "Teresa", de Don Miguel, que el propio escritor subtitula como "Rimas de un poeta desconocido presentadas y presentado por Miguel de Unamuno" y que tan sabias apreciaciones sobre el arte poético encierra. Es de una lectura, al menos para mí, que resulta deliciosa, pues no en vano es una defensa de la poesía viva, de la poesía sentida, no de la poesía que conforma la crítica, no de la poesía que se pudre en un sudario amarillo sobre una mesa de autopsias.

               El juego literario está servido, el de los heterónimos y el de los lugares, pues el poeta desconocido es un joven, llamado Rafael, que le escribe a Unamuno desde una villa cuyo nombre ha jurado no revelar. Es inevitable que a la memoria me venga el Ricardo Reis y los otros nombres de Fernando Pessoa y el lugar de la Mancha del que Cervantes no quiere acordarse. Reflejos entre espejos. Pura fascinación, desde luego, que invita al lector a abrir de par en par las puertas de su imaginación para dejar volar la misma hacia lugares, personas y tiempos que no sospecha.

              Teresa muere y deja al joven poeta a punto de seguir sus huellas por ese oscuro camino y él se pregunta

"¿Por qué esos lirios que los hielos matan?
¿Por qué esas rosas a que agosta el sol?
¿Por qué esos pajarillos que sin vuelo
se mueren en plumón?"

pues ante el dolor de lo que ocurre es imposible no abrir nuevos signos de interrogación

"¿Por qué, Teresa, y para qué nacimos?
¿Por qué y para qué fuimos los dos?
¿Por qué y para qué es todo nada?
¿Por qué nos hizo Dios?"

              Solo ante la muerte podemos medir nuestra estatura. Hoy el día está frío en este final de primavera. La nieve ronda las alturas y los aleros de los tejados, el alféizar de mi ventana, para recordarnos, tal vez, lo pequeños que somos y cuánto necesitamos estar acompañados, acaso únicamente por el pábilo de una vela que sea señal nuestra  y que, tal una luciérnaga, deje un reguerillo de luz como testimonio de nuestro paso por el mundo, puede que como esa estrellita que quería Santa Teresa que fuese su convento de San José, en Ávila, el primero que fundara y que tomase este nombre en toda la Cristiandad.

               Espero la nieve, el paso del día, mirando hacia los altos puertos, hacia las cumbres, como esos seis personajes que están en busca de autor de Luigi Pirandello, aunque yo bien se quién es el Hacedor de mis días sobre la tierra, pues tal vez de entre las nubladas sombras renazca no la melancolía, sino el deseo de vivir, la dulce luz de la victoria sobre el tiempo y la niebla.

              Tuyo, por siempre


Fernando Alda 

viernes, 12 de marzo de 2021

Querido lector, 13 / Aurea mediocritas

 


               Querido lector:


                He hallado Nínive o Ávila, entre la bruma. Todo arde, como el deseo y la melancolía, y en estas tristezas me encuentro sumido desde hace días, con poca ganancia para el espíritu, en medio de la galerna, esperando vientos favorables, con algún mástil de la nao roto o a punto de romperse. Achicando agua con las manos en este pobre corazón que, al menos, sigue latiendo, sigue esperando la esperanza. Así en ocasiones viene la vida, a bandazos, como sin rumbo o promesa, tan estéril y vacía, en la que se pierde el pie y el abismo o la profundidad de las aguas no tienen barreras.

                Te habrás preguntado desde hace tiempo por qué mis cartas se retrasan, la razón por lo que se ha espaciado tanto la última de ésta que te escribo y que ahora tendrás entre tus manos. Ya lo sabes, hay veces que el ánimo no acompaña y que no se puede hacer de las tripas la fuerza que debe restablecer los pasos perdidos en el camino, que son como pasos abandonados en una plaza por la que no caminase nadie, solo fantasmas, o aparecidos de una Santa Compaña que tanto pavor nos causase que huyésemos despavoridos de ella.

                Disculpa, no obstante, esta tardanza. Espero recobrar el pulso, alguna brizna de alegría, la mirada limpia que siempre he querido hacerte llegar, en la que las lágrimas no empañen su fulgor, que debe ser como el de la hierba, o el de las primeras flores que ya están comenzando a nacer en los prados, como pregón de la primavera que quiere desbocarse, desmelenarse, celebrar, asirse al faldón de nuestras camisas y caminar junto a nosotros.

               Pronto en casa tendremos, con suerte, prímulas, que estarán acompañadas por la boca de dragón, los zapatos de Venus o el clavel de Indias, que son las más tempraneras, abriendo camino en los jardines, y los lilos y los rosales florecerán como si fuesen la noche estrellada. Los almendros y los prunus ya nos han dejado su belleza, antes de que todo sea nuevo y nos soltemos el pelo, la Cabellera de Berenice, que volveremos a buscar en el cielo, en este hemisferio norte en el que hasta ahora parecía reinar solamente la Polar.

              Lloviznea sobre los tejados, lo que no invita a afrontar las hazanas propias de los adentros, pues no parece estar uno como para mucha fiesta. Voy en zapatillas de estar en casa. Pero el agua traerá la vida, incluso la nieve, en los próximos días, pues marzo aún nos deleita con sus salidas de ídolo loco, tal Dionisos, o un Baco desaforado, que voltea y esparce las cenizas del invierno, que ha ardido en las hogueras del hielo, de la misma Siberia, y nos deja un regusto acre en la garganta.

              No se si desde tu última carta te ha ocurrido algo digno de mención, salvo lo que ya conozco por lo que me contabas. Nunca se sabe, pero entiendo que estarás en esa deseable "aurea mediocritas" en la que parece se encuentra la felicidad y que tanta tinta ha hecho gastar en la Literatura. Si es así, me alegro por ello pues, aunque sea un tópico, creo que es un buen estado, al menos para pasar un tiempo en él, lejos del mundanal ruido, como Fray Luis de León en su adorada granja agustina de La Flecha, en tierras salmantinas, junto al Tormes, que por allí ya va crecido, sobre todo en estos tiempos líquidos en los que no hallamos fondo que tocar para remontar el partido.

                 Estos días estoy empeñado en la lectura de "La nueva Jerusalén", de la mano de Gilbert Keit Chesterton, libro que es una delicia en todos los sentidos. Además, resulta muy gratificante estar acompañado por una mente lúcida como la de este católico inglés, pues su brillante llama resulta un consuelo en este retablo en el que se representa, de forma tan desesperada, el mundo, con todas sus pompas y desastres. Entre página y página, algún poema suelto de Luis Cernuda, o de Aleixandre, incluso de Jorge Manrique, cuyas coplas a la muerte de su padre no puedo dejar de sentir como un desasosiego constante. Será que me llegan desde Lisboa, desde el oeste, la brumas atlánticas, y los fados que vienen prendidos a ellas, pues me las envía mi tocayo, Fernando Pessoa, desde su mesa en A Brasileira, en el Chiado, pues se acuerda de mí y de cómo tengo las entrañas. Tal vez por eso llueve ahora, que me acuerdo de él, y del olor de la bica, y, desde luego, me brotan nostalgias, como las primeras flores que veré en el jardín, pues ya las sueño.

              Por ahora, no mucho más. No quiero entristecerte. La próxima carta espero te ilumine los ojos, aunque sea entre la lluvia, entre estas nubes plomizas que me van dejando su bendición, como si Dios me la enviase para decirme que está a mi lado, aunque en la Cruz, y que ya volverá a reír todo, en Pascua, como hacen los carbonerillos o los colirrojos cuando revolotean en el huerto que todos llevamos dentro, en el que nos gustar estar y buscar la compañía que nos es más grata.

             Tuyo por siempre, recibe un fuerte abrazo de tu amigo, que lo es, mientras suena una canción de Enya en el equipo de música y se me nublan los ojos, como si una tristeza los estuviese bañando, pues te añoro

Fernando Alda Sánchez




             

             

viernes, 5 de marzo de 2021

Querido lector, 12 / Tu retrato

 


               Querido lector:


                Hace tanto tiempo que no te veo que en ocasiones se me nubla tu imagen y tu rostro se asoma entre la niebla, cambiante, como queriendo hablarme, decirme algo, quizá saludarme, tan solo. Me gustaría que con tu próxima carta me enviaras una fotografía tuya, para verte con nitidez, y recordar lo que ahora parece dormir entre la bruma, junto al sueño y la vigilia, en una especie de duermevela en la que no se sabe bien dónde está la consciencia.

                 No te preocupes, son cosas que me ocurren a menudo. A veces me cuesta recordar, como si los rescoldos de la memoria no pudiesen volver a encenderse, a cobrar vida, a iluminar los adentros, pues para eso han sido concebidos. Recuerdo perfectamente nuestras tardes de lectura y de paseo, en las que me preguntabas, junto a los sotos del río Adaja, por alguno de los poemas que había escrito para ti, pues habrás de saber que todo cuanto escribo es para ti, todo te lo entrego, de mil amores, y mis versos te pertenecen. Sin tu lectura, sin tu reflexión, sin tu comprensión, sin tu sentir, yo no sería nada.

               Ahora sí, la primavera está cerca. La voy notando en la sangre y en los pájaros que vuelan de árbol en árbol, despertándose de la inocencia del invierno, buscando el amor, la compañía, la conversación, los trinos ajetreados que parece me están llamando desde todas partes. En el campo ya han salido las primeras flores en los prados de montaña, aún tímidas, como no queriendo hacerse notar del todo. Son una bendición, las aves y las flores, que nos recuerdan que la vida regresa siempre, pese a todo.

               Releo, casi a salto de mata, en estos días, la obra de Pablo García Baena, que no hace tanto que nos dejó. Qué gran poeta ha sido, como todos los del Grupo Cántico de mi querida Córdoba. Me siento, por suerte, como en su poema "Sueño de Adán":

"Dormido estoy, pues que dormir es esta
sombra que al primer barro me devuelve.
Dormido en el vergel de Dios, cansado
entre sus manos grandes que meciendo
van mi sueño, el jardín, la tierra oscura".

               Sí, me siento dormido en las manos grandes de Dios, dejándole hacer, moldear mi vida, pues así me siento libre, sin miedo a la muerte. Y es que, en ocasiones, uno se siente cansado y, como el poeta canta en su poema "Día de la ira", yo también digo

"Desnúdame, no tengo ya otra cosa.
El labio casi helado de besar tanta muerte.
Sájame la mirada, deja el ojo sin lágrimas
como una carne mísera, tibia para las moscas".

               ¿No te sientes tú así también, con tanta muerte como nos rodea por la pandemia de coronavirus que estamos padeciendo? Tal vez  solo nos resta preguntarnos

"¿Qué esperas del oráculo, Pablo García Baena,
si tu vida es recuerdo, tapiado columbario
donde un cadáver turbio se deshace
celosamente embalsamado por ti de algalias olorosas
y están tus pasos numerados como un libro
que dudoso repasas a la lámpara
y donde solo falta el colofón 
y las exequias en final viñeta?"

               Así se nos va la vida, a chorros, entre el deseo y la voluntad,  aunque siempre nos queda la poesía:

"Quizá si por la orilla brilladora,
pie desnudo, bajara
donde leve seda el mar plisa,
fulgirías magnolia catedral al reverbero
bruñido de otros días, monte oscuro,
lasciva roca amante enamorada
ante la luz total absorta en dicha"

                 tal canta en "Memoria del olvido", y no puedo evitar saltar a otro de sus poemas, dedicado éste a San Juan de la Cruz, "Noche oscura", en el que nos recuerda que

"Solo es real el vaso rebosante
de mi sed, aunque el agua está manando
y es noche para siempre, noche oscura"

en la que tal vez el Amado nos espera, aunque sea de noche, y el agua que mana de la "fonte" escondida nos lleve a la región más transparente, esa que buscamos desde que nacemos, para hallar la paz, el consuelo, el Amor más grande.

                Con estos y otros versos, tan hermosos y fascinantes, te dejo. Estás en buenas manos, no lo dudes. Otro día te hablaré de todo cuanto bulle en mis adentros, que quiere brotar, como si la larva hubiese terminado de transformarse en la crisálida y la mariposa tuviese un deseo ferviente de salir y comenzar a volar, amando todo cuanto nos circunda. Así mi corazón, que te anhela.

               Tuyo por siempre

Fernando Alda Sánchez

lunes, 1 de marzo de 2021

Querido lector, 11 / Retar a la muerte

 

               Querido lector:

              Como la misma certeza con la que hallamos la luz que se encuentra latiente en los pliegues del día a medida que avanza hacia su desastre, así también somos capaces en enfilar el camino que nos lleva a la vida y el esplendor que la misma desprende cuando encendemos un fuego para calentar los adentros y la llama arde con fuerza y, por tanto, no se llenan de humo, que parece niebla, una bruma muy espesa, las habitaciones en las que vamos depositando con tanto mimo nuestras esperanzas.

               Es inútil mirar hacia atrás, aunque resulte inevitable, pues estamos hechos de recuerdos, que son cenizas o rescoldos de las que se nutren el alma y la melancolía, pero que nunca volverán a arder ni serán el tibio abrazo que necesitamos cuando nos encontramos a la intemperie. Lo cierto es que no podemos dejar de mirar atrás, de rebuscar en el pasado tratando de corregir un imposible, y eso nos lleva a una tristeza que va pudriendo el presente y no nos deja alcanzar el futuro, enredados como estamos en un tiempo que creemos fue mejor, desperdiciando las oportunidades que a diario nos salen al paso.

               También es verdad que hay melancolías presentes, que no son fruto del anhelo de paraísos perdidos, ni de nostalgias descoloridas, sino que nacen del propio dolor de vivir, de ir afrontando sin éxito celadas y tormentas, casi con la seguridad de que no alcanzaremos aún la orilla, salvo la de la muerte, que se presenta tan oscura, solitaria y amenazante.

               Me ha producido cierta envidia la visita que has tenido de quien no hace falta diga el nombre, aunque el suyo de pila me recuerda al de un general cartaginés, y del que no puedo por menos que recordar unos versos tan hermosos como éstos:

"Altas, desatendidas celosías,
miradores vacantes, patria apenas
de palomas huidizas cuyo mensaje, roto,
quien percibe lector de ajenas rúbricas
de tinta desvaída sobre legajos secos:
os hundís, la madera se echa a volar, cornisas
agrietadas cobijan malezas"

                 Así siento yo el hábitat que me rodea, como si estuviese en ruina, desplomándose, desgajándose como las ramas de una encina seca con la que la lluvia y los hielos no tienen clemencia. Pero estas cuestiones, ya sabes, son las que me aquejan con cierta frecuencia y forman parte de la urdimbre que me sostiene.

                 Una vez más tendrás que disculparme estas melancolías que me brotan como de la nada, como si estuviesen ocultas en la sangre y fuesen, de pronto, el brote verde que nace entre la tierra negra. Pueden parecer devastadoras para algunos, pero te confieso que para mí son vitales, pues forman parte de mi manera de ver el mundo, de asomarme al gran retablo en el que todos representamos. Son como un velo de lluvia, que evita que la fealdad reinante acabe por cegar mis ojos, como un tul maravilloso que deja entrever  lo material e inmaterial que nos rodea, a las personas mismas, para no tener que verlo todo en su crudeza. Acaso es que necesitamos de estos filtros, para no atragantarnos con tanta podredumbre como flota en el ambiente, con tanto humo de batalla. Son, en definitiva, como esas esculturas en las que el mármol parece de una tela translúcida o transparente, como las que hay en la Capilla de Sansevero, en Nápoles, y de las que a la memoria me viene el "Cristo Velado" de Giuseppe Sanmartino. 

                 La temperatura no acompaña en estos días en Ávila. Espero que dónde tú te encuentras sea el clima menos severo. Hoy todo está nublado, no solo la luz, hasta los colores, que se confunden unos con otros, difuminados por una especie de abulia ornamental que no conduce a ninguna parte. Parece más un día de rutina pura, de tránsito hacia no sabe uno bien dónde, que una jornada en la que pretender celebrar algo. Las torres de la ciudad están como dormidas, entre los vuelos de las cigüeñas, que abandonan sus nidos, de forma muy especial al atardecer, para ir a comer a las praderías cercanas, buscando en el agua que las encharca el sustento.

                Me alegró saber, por otra parte, que estás bien acompañado. La soledad produce más monstruos que la razón cuando sueña, pues da rienda suelta a imaginaciones que pensamos están controladas y que son un puro delirio en el lento goteo de las horas en el reloj, que parece tan blando como aquellos que pintara Salvador Dalí y que tantas obsesiones me producen cuando los contemplo. Ya sabes eso que repito hasta la saciedad, necesitamos estar acompañados, como lo estoy yo ahora con estos versos

"Soy la espada, soy la llama.
Os he iluminado en la oscuridad, y al iniciarse la batalla, yo combatí
en primera línea",

 que son de Heinrich Heine y que me llevan a la lucha de la vida y, tal vez, como el poeta, me hagan decir que

"A mi alrededor yacen los cadáveres de mis amigos, pero hemos vencido.
Hemos vencido, pero a mi alrededor yacen los cadáveres de mis amigos.
En los jubilosos cantos de triunfo, resuenan los corales de las
ceremonias fúnebres"

pues pese a la victoria todo parece perdido en estos tiempos líquidos en los que no resulta fácil encontrar una puerta para salir a campo abierto y retar a la muerte, que viene por los alcores, por las frías colinas del invierno, con ramos en las manos, llamándonos, por lo que, como Heine, yo digo que, pese a todo

"Fue sereno mi día, mi noche fue feliz"

y

"Mi canto fue regocijo y fuego
y ha avivado las llamas de algún hermoso incendio"

               En llamas tengo yo el corazón y te ofrezco mi fuego. Toma un tizón de esta hoguera, arde tú también, busca la poesía como las aves tratan de encontrar el cielo, siente su calor, cómo vivifica las médulas que están adormecidas, cómo enciende los ojos, cómo despabila el pensamiento y el sentir, y deja que recorra, cual chispas en un cañaveral, tus adentros.

               Eternamente para ti, agradecido

Fernando Alda Sánchez

P.S. Por favor, no tardes tanto en escribirme. Tus cartas son un bálsamo seguro contra el paso del tiempo y la locura.




jueves, 25 de febrero de 2021

Querido lector, 10 / El tormento y el éxtasis

 

           La vocación de San Mateo, Caravaggio. Foto: Wikipedia



               Querido lector:


                Como le ocurriera a Michelangelo Merisi, Caravaggio, que tuvo una vida turbulenta, para el artista, para el poeta, resulta difícil dominar todas las fuerzas que uno lleva dentro, esos impulsos que mueven los engranajes de la creatividad, y que producen obras magistrales o auténticos fracasos. Son fuerzas casi de la naturaleza, como un terremoto, un huracán, pero en otras ocasiones, son una brisa suave, una lluvia agradable. En el equilibrio entre ambos polos uno debe encontrar el punto álgido en el que fluye la obra de arte que ha de nacer. 

               De alguna forma todos, así mismo, tenemos algo de Zorba, el griego, el de Nikos Kazantzakis, que pasaba de la gloria al desastre sin solución de continuidad. El libro es de esos que uno, alguna vez, ha tenido en su mesilla de noche, para ser leído y para conservarlo cerca. Como Zorba, no debemos tener miedo a vivir.

               Es el tormento y el éxtasis, el título de la película que dirigió en 1965 Carol Reed sobre la vida de otro Miguel Ángel, en este caso Buonarroti, y que a mi entender refleja perfectamente cuanto te digo. De esa lucha, los frescos de la Capilla Sixtina, la genialidad, el sufrimiento, claro, pues toda obra de arte comporta cierta dosis de dolor en los adentros, o de melacolía, que en ocasiones se confunden, como una ausencia, un abandono.

              En mi primer viaje a Roma busqué con afán la que considero la obra maestra por excelencia de Caravaggio, "La vocacion de San Mateo", en San Luis de los Franceses, tan cerca de la Piazza Navona, pues es un cuadro fascinante. Está acompañado por otros dos, en la Capilla Contarelli, dedicados también al evangelista. No obstante, el de la vocación ha ejercido siempre en mí un poder de atracción similar al que Cristo tiene con el propio Mateo, al que solo le dice que le siga. En la pintura le señala con el dedo, aunque, misteriosamente, no sabemos bien a quién señala, si a un hombre maduro, que le está mirando, y que parece decir con su mano si es a él, o a un joven que está contando dinero, aunque me inclino por el segundo, que no parece haber advertido la llamada. Me hubiera gustado estar allí, sin duda, pero como eso no puede ser, me conformo con saber que Cristo no se cansa de llamar a mi puerta todos los días.

               La luz habla por sí misma, dentro del tenebrismo de la escena, una luz que no procede de la ventana, sino de Dios mismo, de más allá del Cristo que busca a su nuevo discípulo. Así nos mira el Señor y hace nueva nuestra vida. Dirás que por qué te cuento todo esto, pero la razón no es otra que el volver a recordar que en mi carta anterior te hablé de Roma. Quizá hoy sería mejor hablarte, según tengo el ánimo, de las catacumbas, que tanto me sobrecogieron, por lo que tienen de inframundo, un reino de oscuridad y silencio en el que uno puede perderse en el dédalo que constituyen, pero no voy a ennegrecer más el día. Con Merisi nos quedamos y es más que suficiente.

              Quizá como él, que tuvo que huir dos veces de la justicia por haber asesinado a dos hombres en reyertas, nosotros también estamos luchando con la libertad, y huimos siempre de ella, aquejados de mil males que lastran nuestro paso por la vida. Milán, Roma, Nápoles, Malta, Sicilia, hasta acabar en Porto Ércole, con su muerte, y, acaso, este viaje también puede ser el nuestro, de aquí para allá, de ciudad en ciudad, siempre buscando.

               Si quieres tener más noticias sobre él te diré que hay algunas películas, incluido un documental relativamente reciente, de 2018, dirigido por Jesús Lambert Garcés, que lleva por título "El alma y la sangre", que me pareció magnífico. En esta expresión también se encierra lo que es un artista, espíritu y materia en lucha brutal, sin un claro vencedor.

                Me ha alegrado saber que tienes previsto regresar a España, aunque todavía sin fecha. Cuando estés entre nosotros házmelo saber, para que vengas por casa y podamos contemplar, cualquier noche sin nubes, estos cielos estrellados de Ávila que nos dan la medida de lo que somos, apenas heno, como dice el salmo, que crece por la mañana y por la tarde es segado y echado al fuego o es pasto para los animales. Tenemos muchas cosas de las que hablar pues el formato de las cartas, por muy periódicas que sean, no es lo mismo que una conversación cara a cara, con una buena copa de vino tinto, que nos encienda la memoria y haga arder nuestros recuerdos. Se nos humedecerán los ojos, seguro. Se trata, sin duda, de vivir, y eso solo es posible hacerlo en persona.

                Me siento afortunado al saber que nuestra amistad sigue en pie. Que el dies irae, el día de la ira, no ha hecho saltar por los aires los puentes que nos unen, que los caminos siguen abiertos, como abierta está Roma, y que podemos ir a todas partes, al menos a las que se cobijan en nuestro interior, las del alma, con absoluta libertad aunque, eso es cierto, no sabemos cuándo sonará la trompeta del ángel, y si derribará las murallas de Jericó o será el fin de los tiempos. Por ahora, quedémonos en nuestras lecturas, en la escritura que nos vivifica y hace crecer.

                Hoy no tengo tiempo para mucho más. Hay hazanas en casa que solo puedo hacer yo mismo. Espero impaciente tu próxima carta. Dime algo de lo que estás leyendo actualmente, para hacerme una idea de cómo tienes el alma. Espero que no esté como hoy la luz aquí, que se diluye en formas imprecisas, al igual que el viento, que sopla de todas partes.

                Tuyo

Fernando Alda Sánchez


martes, 23 de febrero de 2021

Querido lector, 9 / Otra vez, las mimosas

 


            Querido lector:

           Otra vez, las mimosas, que ya han florecido en el Valle del Tiétar, al sur de Gredos y de Ávila. Son como un milagro muy hermoso antes de que llegue la primavera. Su amarillo esplendor, que recuerda al del oro más viejo, es magia en medio del bosque y hacen que, para aquellos que nos sentimos como el coronel que no tiene a nadie que le escriba, recobremos la esperanza y pensemos que, al menos, Dios nos escribe, pues esta ofrenda floral es una carta que viene para nosotros, con nuestras señas, para consolar nuestros rigores. El cartero te la entrega por sorpresa, de un día para otro, sin tú esperar nada al respecto y entonces resulta más gratificante, pues compruebas que el Creador se acuerda de ti cuando nadie más lo hace.

            Supongo, mi querido amigo, que te habrá ocurrido lo mismo en otras ocasiones. Gabriel García Márquez escribió con ello una novela magistral, en la que la soledad y el abandono se han convertido en el pan de cada día del viejo coronel. No hace falta ser muy mayor para sentirse así. Cada vez antes nos expulsan del sistema cuando ya parece que no somos capaces de producir en el grado que los nuevos algoritmos económicos establecen.

            Ahora es a los cincuenta años, dentro de poco bajará la cifra. Además, salvo tomar la decisión, sabia, por otra parte, de vivir de otro modo, con menos prisa y menos apegos materiales, y de marcharnos al desierto, no hace falta que muy lejano y lleno de arena, sino a ese otro, interior, que podemos levantar en los adentros, poco o nada se puede hacer contra este síndrome de que todo tiene que ser nuevo, todo tiene que ser más joven que los jóvenes mismos, que también están, en muchos casos, en precario. Toda rebelión es inútil, pues al poder siempre llegan los de siempre, aquellos que lo desean incluso cuando dicen que van a destruirlo, y en él se perpetúan como parásitos, pues en la naturaleza humana está grabado a fuego el arte de la dominación.

             La culpa es nuestra desde el mismo momento en el que nos creímos dioses y pasamos a ocupar el centro del universo. Incluso, algunos, han llegado a asesinar a Dios, o, al menos, eso es lo que creen ellos, como si a Dios se le pudiera matar. Él sabe defenderse solo, y, lo que es más importante, sabe esperar, quizá a que en el corazón de los hombres, tan desamparados y solos, vuelva a encenderse la llama sagrada de la que proceden. Ya no tenemos una medida más grande que nosotros para medir el mundo, incluso el universo, y todo nos empequeñece y desborda. Yo, por si acaso, tengo, de día y de noche, encendida una velita, para que Dios sepa que sigo aquí.

            Por eso me quedo con las mimosas y con algunas camelias, que también las vi. En unos días habrá vuelto el color y las lavanderas y los herrerillos llenarán los cauces de los arroyos y los bosques, y los días serán más azules y largos, y dentro de nosotros volverán los recuerdos que se fueron y cobrarán rostro y vigor. 

            Este fin de semana, en el que hemos estado en Arenas de San Pedro toda la familia, he mirado las cumbres, La Mira, los Galayos, los puertos por los que se cruza la Sierra Grande, el del Peón, el del Arenal y la Cabrilla, y sentido que tocaba con los dedos los pies de Dios, los rotos por los clavos, los de Nuestro Señor Jesucristo, allí, sobre la nieve, tan helados y solos como tenía yo mi corazón, y, en medio de toda esta belleza, he sentido que me miraba, no desde muy alto, no desde un lugar inalcanzable, sino desde las propias mimosas, a mi lado, que seguían abriéndose para ofrecernos esa belleza no usada que tienen, esa belleza que te enciende los tuétanos y las médulas y que te deja el alma como la de un enamorado. Benditas mimosas.

          Por tu última carta se que sigues bien. Me alegro de que hayas podido abandonar tu imaginario encierro en la villa de Fiesole y que hayas bajado a Florencia, incluso el haber hecho alguna escapada a la eterna Roma, de la que hoy recuerdo sus palacios y plazas, sus iglesias barrocas, el bullicio disparatado de sus calles, el tráfico infernal y, cómo no, sus fuentes, no las ornamentales, aunque también, sino esas otras a pie de calle que te permiten apagar la sed con  agua fresca y rotunda, que sabe a gloria. Y recuerdo el Tíber, poderoso, que tanta historia se ha llevado por delante, el Coliseo, atroz y sangriento, y el Castillo de Sant´Angelo, sombrío y amenazador, y las colinas de Roma, y el Vaticano. Y, por supuesto, que en la Basílica de San Pedro tengo, en efigie, a dos santos para mí muy queridos, como son Santa Teresa y San Pedro de Alcántara, cuyas reliquias, las del segundo, reposan en el hermoso Santuario de Arenas cuya capilla es obra de Ventura Rodríguez.

        Y claro, si dejo volar la imaginación, con San Pedro de Alcántara me voy hasta el romano Puente de Alcántara, sobre el Tajo, que aún hoy me sobrecoge, y aguas abajo cruzo la frontera y llego hasta Lisboa, y un fado suena en mis oídos, y me acuerdo de mi tocayo, Fernando Pessoa, y me viene el desasosiego, aunque en esta ocasión es de lo más dulce. Así fuera siempre. 

         No dejes de visitar, si tuvieres tiempo y ganas, estos lugares que te digo, cuando la ocasión sea propicia y regreses a España. De las mimosas ya te envío con esta carta una fotografía, junto al embalse del río Cuevas, del que se abastece de agua Arenas y en cuya tersa superficie he visto tantas veces reflejados los cuchillos de piedra de Los Galayos y la corona refulgente de La Mira. Gredos, como dijo Don Miguel de Unamuno, es el espinazo de Castilla, pues por aquí se doblan las dos mesetas, y no le faltaba razón. Yo añado, además, que pudiera ser el de España.

        Un fuerte abrazo. Siempre tuyo

Fernando Alda Sánchez



         


           

viernes, 19 de febrero de 2021

Querido lector, 8 / El infinito y el mar

 



               Querido lector:


                Arde en mi memoria el recuerdo de la lluvia en abril, que pronto vendrá, y será el consuelo para tanta melancolía como se está forjando en las fibras del alma, allí donde residen las nieblas que sostienen nuestra forma de ver el mundo y se espesan las nostalgias para convertirse en la atmósfera de la que nacen los sueños. Será la lluvia, entonces, la que me devuelva la calma, la que amaine los vientos que se desgranan desde la rosa que los dibuja y perfila.

               No parece fácil la tarea de escribirte hoy, pues en tu última carta no dabas muchas señas de ti, aunque presiento que estás ocupado en resolver conflictos internos que te obligan a mantener cierta reserva al respecto. Un león te ruge en las entrañas, un león para el que no encuentras guardián.  No tengas miedo en abrir tus adentros, que parecen propicios a ser

"...el golpe temible de un corazón no resuelto"

como cantaba Gabriel Celaya en su poema "España en marcha". En ocasiones necesitamos abrir las ventanas y dejar que las entretelas que nos visten se aireen, oreen sus miedos, y un aire nuevo venga a hacernos

"...turbia y fresca un agua que
atropella sus comienzos".

              Por mi parte, no te insisto más. Ya encontrarás la forma de resolver tus conflictos. En mi carta anterior te recomendaba no obsesionarte con los imposibles. Es mejor vivir, intentarlo al menos, que perderse en paradojas que no llevan a ninguna parte y que tanto desasosiego nos causan.

              Siempre nos quedará la poesía, que nos sostiene e ilumina, pues, como escribió Hölderlin, en sus "Poemas de la locura"

"Cuando del cielo viene un gozo
Más claro, a los hombres invade la alegría,
Asombrados quedan ante
Lo perceptible, sublime, agradable..."

y puede que del Cielo nos venga la alegría, que está en la mirada de Dios, en los brazos de Cristo que nos salva. Por eso nunca dejaré de escribir, para no caer en la vesania, para eludir la muerte, que no para de buscarnos en los caminos y en las alcobas.

             Es la sed de Infinito la única que puede movernos en los escaques de este tablero en el que nos ha tocado jugar, tan lleno de celadas, tan turbio y sórdido en ocasiones, en un embate en el que nos va la vida, y no hay gambito de caballo o de dama que puedan darnos garantías para no caer en el jaque final. Así nuestra suerte, humildes peones, entre torres y alfiles, amenazados siempre, con una pobre espada de madera y humo, en este valle sombrío de cañadas oscuras. Al menos, en lo que a mí respecta, se, como en el Salmo, quién es mi Pastor.

           En estos días de los idus de febrero, casi como preludio de los que serán luego en marzo, en los que el sol va abriéndose camino, aunque no calentando como uno quisiera, he tenido la suerte de releer a Giacomo Leopardi y sus "Cantos", y el que parece ser uno de los poemas más hermosos de cuantos escribiera el de Recanati, que no es otro que el titulado "Infinito"

"Sempre caro mi fu quest´ermo colle,
e questa siepe, che da tanta parte
dell´ultimo orizzonte il guardo esclude"

que suena a música, desde luego, y que tantas veces me ha hecho pensar y encontrarme con el lugar en el que Leopardi sitúa sus ojos, y ese collado tan especial, y el seto que cubre el horizonte, para que, como prosigue el poeta

"Mas sentado y contemplando, interminables
espacios más allá de aquéllos, y sobrehumanos
silencios, y profundísima calma
en mi mente imagino; tanto, que casi el
corazón se me estremece"

pues "Ecome il vento
odo stormir tra queste piante, io quello
infinito silenzio a questa voce"

con la que

"voy comparando: y acuérdome de lo eterno,
y de las estaciones muertas, y de la presente
y viva, y de su sonido. Así, en esta inmensidad 
mi pensamiento anega,
y el naufragar  "m´é dolce in questo mare".

La traducción de la profesora de la Universidad de Milán, Loreto Busquets, me parece muy hermosa, como bello es el poema, el sentido que encierra, pues al acordarnos de lo eterno encontramos nuestra justa medida. ¡Cuánta belleza en todo ello!

         Te dejo con Leopardi, cuya lectura te recomiendo. En él encontrarás hermosos poemas y una mirada del mundo que te llevará a esa región transparente de la que en otras ocasiones te he hablado, en la que habitan Dios y la poesía, y en la que desearás quedarte a vivir para siempre.

           Vale

Fernando Alda