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lunes, 13 de septiembre de 2021

Espejos

 


Deja la lluvia una tristeza

de nácar, de algas mojadas,
un despertar de sirenas en la orilla
de la nada, entre los añicos
de las voluntades quebradas,
de las paciencias rotas, de los rostros
que nos miran,
tan extrañamente, en los espejos
en los que nos vemos,
tal el dolor, y sufrimos en silencio.

Fernando Alda

viernes, 10 de septiembre de 2021

Regresar

 



La soledad ha dejado sus alas

de hielo en el alféizar de esta ventana de tristeza,
que no tiene cristales,
por la que te asomas al patio de atrás,
allí donde vive el recuerdo
de la ceniza, y en el que la sombra
de un manzano ya sin hojas,
que espera otras primaveras,
ofrece una silueta exigua,
de luz usada muchas veces
para iluminar los adentros.
Un pájaro que no sabe cómo regresar
a lo que ha sido, a los nidos
que fue abandonando
en su ajetreado vuelo,
trata de superar la altura
de la tapia de adobe, el crepúsculo
en el que arde la tarde
que nos fue regalada,
y sigue esperando un viento
favorable que le lleve
más allá de las colinas y de la muerte.
Tal así tú, también,
con plomo en las piernas,
aterido, tras la tormenta,
volviendo a encender una velita,
aquí estás, esperando la intensidad del aire,
su espesor, en este alzado
de derrotas, un paisaje de zozobra,
para regresar a la Casa del Padre,
tras la ausencia atroz, y alcanzar
la celebración y el júbilo por el retorno.
Habrá fiesta, y todo volverá a bendecirte,
en la llama sagrada
que enciende las hogueras nuevas.

Fernando Alda

jueves, 9 de septiembre de 2021

Cartas al lector, 38 / Razón de mi escritura

 


Querido lector:


Unas nubes grises, que ya preludian el otoño que habrá de venir con sus tristezas y melancolías, que dejará posadas en el alféizar de la ventana, me lleva hoy a escribirte con mayor deseo que nunca y a contestar esa pregunta que me hacías en tu última carta, una pregunta que los poetas nos hemos hecho en muchas ocasiones y que no se si siempre hemos sabido contestar con la altura suficiente, pues no resulta fácil el hacerlo sin hipocresía.

Dejas en el papel, en el aire, supongo yo también, pues éste es un buen lugar para escribir, algunas preguntas, acaso para que el viento las lleve y las traiga a su antojo, y las mueva de un corazón a otro, los nuestros, sin duda, y podamos buscar las respuestas que se nos demandan con naturalidad, sin artificio, como quien se encuentra, en su paseo de la tarde, entre las alamedas de un río manso y espejeante, con la verdad de su vida y sus sucesos.

Me preguntas por la razón de mi escritura, por qué o para qué escribo, y te contesto de forma breve: escribo para vivir, para estar vivo. Esto equivale a decir que escribo para eludir la muerte, para librarme de la locura y de la soledad, para mantener encendida la velita con la que le digo a Dios todos los días que aquí sigo, buscando su rostro, para que sepa que no me olvido de Él y Él no se olvide de mi. Y escribo por ti, lector, porque te necesito.

Como puedes apreciar, no hace falta escribir un manifiesto, ni darse a preguntar por qué los hombres desarrollaron el lenguaje, que es expresión de la llama sagrada y divina que nos sostiene, y pertenece al alma, o inventaron la escritura o los libros, que tanto nos gustan. Además, te diré, que cada mañana, cuando me levanto y me pongo a escribir, buscando las hazanas del nuevo día que se nos ofrece como un regalo completamente nuevo y maravilloso, no me pregunto por qué escribo, ni por qué lo hago hoy en forma de poema y mañana una carta. Escribo, simplemente, como un don, una gracia que he recibido de lo Alto y que tengo que compartir contigo, pues de lo contrario sería como nadar hasta la extenuación para alcanzar una orilla y no llegar nunca a ella, es decir, morir en el intento.

Si quieres saber más, lee lo que escribo y añade a lo que acabo de decirte las conclusiones a las que llegues. Puede que entonces descubras, por ti mismo, que escribo por la luz de los amaneceres, por la melancolía de un atardecer, por la tristeza que siento por el tiempo que se os escapa; que escribo por todo lo que ha sido creado, por el vuelo de las aves y los ríos que fluyen, por la vida que se nos ofrece a cada instante y que no siempre sabemos disfrutar, empeñados como estamos en complicarnos la misma; que escribo por lo que leo, por lo que siento, por los recuerdos que guardo en el almario, pero que también lo hago por las "cosas" que guardo en el cosero que es el corazón: una cuerdecilla, unos cromos arrugados, un trozo de vidrio de color azul, una cajita de cartón sin nada dentro; y que lo sigo haciendo por las alas de las mariposas, por un pétalo de rosa que dejé para que se secase entre las páginas de un libro, por el amor de mi esposa y de mis hijos, por el abrazo de un amigo...

Así podría continuar hasta llegar a la tarde y, probablemente, te hubieras cansado. Es mejor que lo sigas descubriendo tú, leyendo entre líneas, entre los versos de mis poemas, disfrutando de alguna de las imágenes y metáforas que te dejo en los ojos y en los labios, escritas con tanto amor, para ti, para tu solaz y deleite, pues ya sabes cuánto te aprecio. No pienses en por qué escribo, percibe simplemente la belleza que encierra lo escrito, deja que te cale hasta las entretelas de tu ser, que esa belleza, al arder (ut luceat et ardeat) ilumine tu vida, que para eso ha sido creada.

Por mi parte, creo haber contestado, dejando otras cuestiones en el aire también, a tu pregunta. Tendremos ocasión de volver sobre esta cuestión que, a buen seguro, nos seguirá suscitando nuevos interrogantes, sobre qué es la belleza o cómo expresarla, pero por hoy es más que suficiente. Nunca dejes de leer, pues yo no dejaré nunca de escribir. En ello nos va la vida.

Las horas hoy parecen espaciarse en el reloj, como si tuviesen más minutos de lo habitual. Al tiempo le ocurre, no siempre, como a nuestro respirar, que se acelera o se hace más lento, como si fuese elástico, dependiendo de la agitación o serenidad que sintamos en ese momento en nuestros adentros. Aunque bien es verdad que no añadiremos ni quitaremos un minuto más a nuestra existencia por ello. Esa es la paradoja.

Te dejo. Me asomaré un momento por el jardín, por si ha venido alguien a verme. La mayoría de los pajarillos se han marchado ya, al igual que las flores. Solo el árbol de Júpiter se muestra en todo su esplendor. Y el madroño, en el que maduran sus frutos. Me gustaría que viniese alguien, acaso Virgilio, o San Juan de la Cruz, tal vez Don Miguel, de Unamuno o Cervantes, tanto da, pues con cualquiera de ellos tengo buena amistad y conversación.

Que la vida y sus celadas te sigan siendo leves y que tus sueños, por lejanos que parezcan o perdidos que estén, sigan siendo el sustrato en el que se mantienen firmes las raíces de las que estás hecho.

Tuyo siempre

Fernando Alda





martes, 7 de septiembre de 2021

Cartas al lector, 37 / Guardar silencio

 


Querido lector:


En esta sociedad que gobiernan la prisa y el ruido, es conveniente no sentir la primera, por nada, ni siquiera por lo más urgente, que ya encontrará su acomodo y su tiempo, pero, sobre todo, es bueno cultivar el silencio, buscar su paisaje, y, desde luego, guardarlo en muchas ocasiones. Es aquello de que ante palabras necias, oídos sordos, es, por supuesto, el silencio que guardó Cristo Nuestro Señor en el Pretorio antes de ser condenado a muerte, y es, no lo olvides nunca, una opción personal frente a la locura del mundo y los disturbios que provoca en nuestro corazón.

Guardar silencio para escuchar a otros y nuestro propio latido, frente al tsunami de información que recibimos, por ejemplo, a diario, desde los medios de comunicación social y desde las propias redes sociales. Entre esas otras voces, cómo no, la de la conciencia, esa que tenemos tan adormecida y olvidada, en brazos de Morfeo o el Leteo mismo, en la Estigia en la que vamos abandonando todo aquello que nos contradice. Silencio para escuchar la voz de Dios, que en ocasiones nos habla desde el silencio, por muy paradójico que pueda parecernos, y en el silencio, que no se nos pierda la llama sagrada de la que estamos hechos. Silencio para escuchar el corazón de cuantos nos rodean, la de la esposa o el esposo, la de los hijos, la de los hermanos, la del vecino de al lado, la del que sufre... la voz del mundo y de todo cuanto nos rodea y ahora está enmascarado en el retablillo en el que representamos, cada vez de forma más virtual, la vida y sus sucesos.



Es necesario apagar el ruido, mirar dentro de nosotros, efectuar un examen de vida, pasarle al corazón la ITV, para ver cómo nos encontramos de ideales, de sueños, de prioridades existenciales, de trascendencia, de altura, de ser y no de poseer, para ir eliminando todas aquellas adicciones que no nos dejan brillar con luz propia, sino prestada, pues la nuestra, aunque pobre y titilante, es la de verdad. Encontraremos muchos defectos graves, que nos dejarían fuera de la circulación, seguro, pero el retrato que obtendríamos sería mucho más fiel para saber cómo estamos, qué somos, a dónde queremos ir. La segunda oportunidad nos espera.

En silencio te escribo todo esto, para evitar chácharas inútiles, deformaciones vanas. Se que en silencio lo leerás y lo guardarás en el corazón, como hacía María, según nos cuenta el Evangelio. En el silencio encontrarás acomodo, por encima del mundanal ruido del que había que huir, como los sabios que han sido, nos recuerda siempre Fray Luis de León, y hallarás también un paisaje espiritual con el que seguir alimentando tu vida y tus sueños. En el silencio encontrarás el bálsamo para tus heridas, el laurel para las victorias, la alegría suficiente para reponerte en las derrotas, pues de todo habrá y hay en este sinuoso sendero que recorremos.

En silencio avanza la mañana, que traerá una tarde gozosa, en Ávila ya en tierra de nadie, pues ni es verano ni es otoño, mientras los días se acortan y las noches van incrementando su frescor en los termómetros y en el jardín de casa ha nacido, oculta y misteriosa, secreta, una rosa en mi rosal preferido, como para dejarme sus últimos pétalos de terciopelo y luz, tal una ofrenda al estío que va muriendo, como lo hacen los recuerdos que no traemos, en nuestra desmemoria, a la hoguera del tiempo. Y así todo, como en tiempo de espera, en silencio, aguardando, vestido de esperanza, lo que habrá de venir y ser, el cielo alto desde el que hoy se asoman unas nubes rizadas, entre el blanco y el gris, como algodón usado, prendidas en la nostalgia que voy sintiendo mientras septiembre termina de madurar sus frutos, que luego serán plenitud en octubre y noviembre, que nos dejarán sus tristezas.

Vive intensamente, no te abandones a la comodidad y a la rutina, escucha el silencio y practícalo como si hoy, o tal vez mañana, fuese a acabarse el mundo. Que lo que tenga que venir te pille como a los centinelas, velando

Un abrazo encendido, para ti, que me lees y escuchas

Fernando Alda






sábado, 4 de septiembre de 2021

Volver a volver

 


Vuela el milano por encima

de la altura, del alzado de las sombras,
en una ofrenda de luz,
mientras el paisaje 
se desdibuja en la lluvia
que son tus ojos ahora,
adormecidos,
en el instante de volver
a volver, de alcanzar el cenit
de esa tristeza que te va naciendo
al mirar las glicinas,
los acianos, las caléndulas,
los vidrios
rotos que apenas tapan
la ventana de la transparencia del alma.

Fernando Alda

viernes, 3 de septiembre de 2021

Querido lector, 36 / De las ausencias...

 



          Querido lector:

          Pasaron las nubes y la tormenta y en el cielo azul quedó escrito el último verso que salió de mis labios, como una promesa, el vuelo de una calandria que hubiese aguardado en su nido a que se despejase el horizonte y regresara la luz a las colinas, para encender de nuevo los caminos y las alturas. Hoy el sol es una ofrenda de plenitud, en estos últimos días del verano, que nos dejan en tierra de nadie, pues ya presentimos el otoño, que comienza a amarillear en las copas de los árboles, oro antiguo, ocres que serán lágrimas y melancolía, vistiendo los atardeceres con el color de Ofir, con la dicha de saber que la muerte no será el final, y que vendrá mayo engalanado de rosas y lilas, con la esperanza de los días largos, que ahora se achican, queriéndose esconder, como para pasar desapercibidos a la guadaña del tiempo y de la dama de azul.

         Te agradezco la pronta respuesta que diste a mi carta anterior, llena de esa complicidad que solo los amigos de verdad saben tener, pues conocen sus entretelas, los rincones de su corazón que están apenas iluminados. Su lectura fue como una copa de vino viejo, al calor de la lumbre, dejando fluir recuerdos y andanzas, en la desmemoria de los años, que viene por sorpresa y en ocasiones nos alcanza su nívea mano, tan helada y distante, que aprieta la garganta dejando en la misma nudos de llanto y pena, como un bocado de esparto seco que descendiese hasta lo más hondo de las entrañas.

        Los días se van dorando, como los campos y el propio jardín de casa, y en el madroño se aprecia el anaranjado destello de los frutos que pronto madurarán, como lo harán las visiones del verano que ha sido, en la espera y el deseo, caminando de la mano del alba, que regresa a diario para recordarme que el tiempo, y la vida, claro está, sigue fluyendo como un río que no se a dónde me lleva cada día, aunque no ignoro que será al mar en el que todo acaba, mas te confieso que no me importa ese final, pues se que hay otros senderos que me llevarán a lo Alto y Eterno. Cristo, que todo lo sabe y todo lo hace nuevo, cada día, me sonríe desde las penumbras de las ermitillas que se alzan en los oteros en esta Castilla mía, y nuestra, que, inevitablemente, se desangra, como en un atardecer perpetuo, vaciándose de hombres y haciendas.

       Por sobre las torres de la ciudad vuelan presagios de otoño, la sonata de Vivaldi, la de Valle Inclán, la mía, acaso, buscando las hogueras y el vino nuevo, el magosto y las manzanas, los cielos tensos, el campo abierto en el que saldré a retar no a la muerte, sino a la vida misma, que parece se me esconde detrás de las arboledas y los alcores, en un baile de máscaras, y en los cruceros de los caminos me preguntaré, bajo la mirada del Crucificado, a qué lugar se marcharon los años y el vigor, mientras sigue nevando en mis sienes, esta nieve de otoño que para Todos los Santos habrá vestido de blanco y frío algodón las alturas, iniciando noviembre, que es mes de tristezas y melancolías y se hace largo de pasar, como las noches, en las que ya aprietan las heladas y el firmamento va mostrando toda su profundidad y negrura, en la que titilan las estrellas como las últimas luciérnagas que se encienden en las ausencias.

       La noche es, como escribiera Novalis, ese tiempo en el que 

"Adjudicada fue a la luz
su duración,
igual que a la vigilia,
pero es intemporal el reino de la noche
y eterna es la duración del sueño..."

aunque en la Noche Oscura, como San Juan de la Cruz, saldremos de nuestra morada, el alma anhelante por el Amado, a buscar la luz, como siempre, y dejarla prendida en la lamparita que es el corazón, entre las azucenas, allí donde habita el sueño sagrado que somos.

        Volverán nuestros anhelos a habitar los lugares que solían, allí donde permanecen los rescoldos de los que estamos hechos, el punto cardinal en el que se mantiene encendida la llama que nos mueve y que el viento, cuando gira en su rosa, pese a su libertad y su fuerza, no puede apagar. Y todo habrá sido bueno y tendrá una razón para serlo, pues se habrá cumplido el sueño de Dios que somos. 

         No cejes en tus empeños, mantén flameante tu bandera, ninguna derrota supone haber perdido la guerra, pues te alzarás sobre tus cenizas, que volverán a ser un tributo de alegría y esperanza. Mientras termino, la mañana avanza con paso firme, hacia su cenit, y pese a que en el jardín ya recibo pocas visitas, pues hasta las avecillas parecen estar haciendo las maletas, para marcharse en un largo adiós, todavía se que tengo tiempo para acordarme de todo, de lo que fui y de lo que probablemente seré, aunque esto nunca se sabe.

        Por cierto, no se te olvide, deja unas flores frescas en la última morada, aquí en la Tierra, de quien tú sabes, pues debemos recordar a los amigos que fueron y que nos ayudan a mantener constante el fuego que nos arde en las entrañas. Entretanto, recibe un abrazo muy fuerte y todo el cariño de quien te sigue buscando como un tesoro, como la moneda que perdió la mujer en el Evangelio y luego sintió tanta alegría en su corazón al encontrarla. 

       Tuyo

Fernando Alda



miércoles, 1 de septiembre de 2021

Querido lector, 35 / De libros viejos

   



     Querido lector:
     

Ahora que acaba de comenzar septiembre, en su día primero, y que el otoño parece cerca, pues regresan las lluvias y las hojas de los árboles comienzan a vestir los suelos de los bosques de oro nuevo, regresa la nostalgia, la melancolía que habita en las colinas más allá del agua y de las ausencias, en la ceremonia de los recuerdos que avivan sus brasas en los libros viejos de la biblioteca de casa, coronados con la que será la primera nieve, como mis sienes, ahora que estoy leyendo "La memoria vegetal", de Umberto Eco, que habla del amor a los libros, con verdadera pasión, que son como llamaradas que mantienen encendidas las entretelas de las que está hecho el corazón.

          Tras los graves sucesos familiares que han acontecido durante el verano y que, como sabes por terceros, hicieron que interrumpiera esta correspondencia que mantenemos con tanta ilusión por ambas partes desde hace tiempo, retomo de nuevo la pluma para escribir y hablarte de la emoción que siento al encontrarme con un libro, tanto da si es nuevo o viejo, pues para mi son siempre nuevos, que buscaba desde hace tiempo o que no conocía en absoluto, pues tan grande es mi amor por ellos, ya lo sabes, y que viene a ser como una ofrenda, tal vez el hallazgo de un tesoro, una revelación, que ilumina el día, que ya no parece tan sombrío y acechante, pues un libro siempre es una compañía, para los buenos y los malos momentos, la presencia de la memoria, como quiere Eco, la colectiva y la personal, y en cada libro encontramos no solo una parte de nosotros, sino de lo que seremos, de lo que estamos a punto de ser y luego será el pasado, rescoldos de hoguera, la de la vida y el tiempo, que nos emboscan con sus celadas.

         Confieso que siento, asímismo, una emoción inmensa cuando compro algún libro viejo, que no tenía, en alguna librería de lance, pues es como rescatar a alguien que está preso, en los Baños de Argel de la memoria, como fue rescatado Miguel de Cervantes por el mercedario Fray Juan Gil, que era paisano mío, de Arévalo, abulense, y que, acaso, a consecuencia del rescate, el de Alcalá de Henares escribió su Quijote para gloria suya y solaz nuestro.

         Siempre estoy con Don Miguel a vueltas, me dirás, y es cierto, en sus luces y en sus sombras, sin juzgar, como trato de no juzgar a nadie, para no ser yo juzgado cuando me examinen del amor y llegue mi hora, pues creo que de todo había en él, como nos ocurre a nosotros, y por eso entendía lo que eran la vida y el mundo en el siglo en el que vivió, que ahora decimos de Oro, pero que también tenía sus miserias, es inevitable que así sea, pues ambas se nos presentan como el Retablo de Maese Pedro, el que acuchilló con su espada el bueno de Alonso Quijano, no en su locura, sino en un momento de lucidez. Nosotros estamos así, las más de las veces, a dentelladas con lo que nos rodea, en soledad, sintiendo que representamos papeles muy secundarios, de esos que ni hablan (ni una frasecita, siquiera) o dicen en la representación, mientras a otros se les llena la boca de palabras vacías y huecas, como una calabaza de bufón o una vejiga de animal llena de aire, en la que solo resuenan las semillas secas de la misma.
    
         Y entonces me acuerdo de Cristo Nuestro Señor, cuando estaba en el Pretorio, en la noche en la que fue condenado a muerte, que no hablaba, esperando lo inevitable, mientras sus jueces hacían uso de todo su poder, para acabar cuanto antes, y que la sangre inocente que estaban determinados a derramar a cualquier precio no les ensuciase sus manos. Hubo hasta quien se las lavó a toda prisa después. ¿No te has sentido así alguna vez, mi querido amigo? Pues de esas representaciones está el mundo lleno, que me parece habrá de reventar por sus costuras, de tanta injusticia y soberbia como encierra.

        Mas me estoy alejando de mi propósito inicial, que no es otro sino el de hablar de los libros viejos, que los nuevos ya tienen su ocasión nada más salir de imprenta, de esos que de vez en cuando redimimos del polvo de alguna estantería, en la que se encuentran arrumbados sin que nadie los visite. Todos necesitamos ser visitados alguna vez, recibir a alguien que nos pregunte cómo estamos, que se interese por nuestra salud y por el estado del alma en el que nos encontramos, para seguir viviendo, para saber que estamos vivos y que no nos encontramos en el Tártaro, olvidados de todos, acaso en el Sheol de los israelitas, que parece uno de los lugares más tristes en los que se pueda estar, y que vienen a ser como nuestro Infierno, el que con sus círculos describiera tan magistralmente el Dante.

      Confieso también que siento una  fascinación muy grande al tomar esos libros abandonados entre las manos, y saber que han podido ser leídos por otros, en el mejor de los casos, o pertenecer a los restos de alguna edición descatalogada, en el peor. A todos les vuelve la alegría, y se encienden, como si me quemasen en las manos, por el hecho, crucial, sin duda, de regresar a la vida, a formar parte de ella, o ser memoria. Y en ese rescate recuperamos nosotros también no solo la memoria, o la desmemoria, que todo se confunde en ocasiones, por obra de encantamiento, sino la certeza de que merece la pena vivir.

     Dice Umberto Eco que incluso los libros que tenemos en la biblioteca y que no hemos leído es como si lo hubiésemos hecho, pues en la emoción de tenerlos, de haberlos cambiado de sitio alguna vez, de haber hojeado sus páginas y que nos haya sorprendido un párrafo tomado al azar, se produce el hecho misterioso, como lo es todo en la vida del ser humano, de la transmisión de su contenido. Y Eco cree que no es algo mágico lo que ocurre, sino algo real, pues tanta es la complicidad que sentimos con los libros que este hecho sorprendente se produce en realidad. Y yo así lo creo también, pues todos los libros que nos pertenecen son nuestros, para bien o para mal, y forman parte de nosotros hasta el punto de que cuando alguien que se cree muy listo nos pregunta con impertinencia, o con fingida ignorancia, si los hemos leído todos, hay que tener a mano alguna respuesta no solo ya convincente, sino muy irónica, para desarmar al que con tan aviesa intención nos interroga. Eco dice que hay tres posibles, aunque yo creo que se nos ofrecen muchas más, y te invito a pensar en ello. La mejor, para el italiano, es decir que los que uno ha leído están en otra parte, que éstos que ahora se ven son los que uno tiene para leer y lo tiene hacer en una semana, a más tardar la que viene. La sorna es grande y suena bien. Cosas de este italiano universal.

     Voy acabando, mientras sigo en espera de las melancolías que el otoño me regalará en los próximos días, de forma especial en octubre y noviembre, cuando todo parece que se acaba, pero solo está dormido, para pasar el invierno y sus estrecheces, y encenderse de nuevo con la primavera, tras la cellisca y los días desabridos, como los libros que sigo rescatando con verdadera alegría, que son como las estrellas que vemos en la noche, las Lágrimas de San Lorenzo del primer tramo de agosto, y que dejan su rastro de luz, como la de la velita que tenemos encendida para que Dios sepa que estamos aquí, esperando a ver su rostro, cuando sea el momento.

     No tardes en escribirme. Necesito saber de ti. Un abrazo muy grande

Fernando Alda