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viernes, 15 de octubre de 2021

Cuaderno de viaje, 7, 8, 9

 



7


Ocre la copa del roble,
anaranjado fulgor de un fuego
muy antiguo, como la llama
sagrada que arde
dentro de mi corazón.


8

En esta arboleda hay lágrimas,
un espejo roto,
las alas de una libélula
que cruzó la noche,
la estancia oculta
en la que se enciende la memoria.


9

No parece que el viento
vaya a regresar por donde solía,
a estas alturas
del alzado de la ciudad; viene
muy solo, derrotado,
esperando un bálsamo
o un lugar para llorar.


Fernando Alda

miércoles, 13 de octubre de 2021

Cartas al lector, 42 / Donde sueñan los sueños

 


          Mi querido amigo:

           
          Recuerdo ahora el anochecer, el temblor de las primeras estrellas al asomarse a los cielos, como luciérnagas, tan pequeñas y débiles, allá, en la lejanía, para decir y nombrar lo que en el día ha sido y, tal vez, vuelva a ser cuando amanezca, mientras es otoño y las arboledas se tiñen de amarillos y ocres, tal llamaradas de un fuego que se extinguirá en cualquier atardecer, cuando menos lo espere, y se haya consumado esta liturgia de abandono y desmemoria.

           Resulta hermoso salir en estos días apacibles de octubre, en los que las tardes se van acortando, como a mi me parece que se acortan el deseo y la voluntad, acompañado por las hojas de los castaños, de los robles, de los viejos nogales, que nos ofrecen sus frutos como si de hespérides se tratase, mientras soñamos con Ofir, con Saba, con reinos perdidos entre la niebla del tiempo, con el paso del agua bajo los puentes, en la melancolía de todo lo que fluye, llevándose los rescoldos de la última hoguera en la que ardieron las lágrimas, las pasiones, los recuerdos que afloraron al amanecer, cuando creíamos que todo era nuevo, antes de la extinción.

           Me he puesto un poquito de agua de colonia sobre la cara, para tratar de alegrar, mínimamente, la mañana. El perfume parece como la magdalena proustiana, pues desentierra miradas y aromas, el aleteo de una mariposa, la fragilidad de una libélula, y bajo la piedra de basalto que me sirve de pisapapeles en el escritorio he dejado una cuartilla arrugada, con unos versos que escribí ayer, o cualquier día, y que rescaté de la papelera como quien salva un pajarillo de morir ahogado en un estanque, pues tiene un ala rota, con plomo en ella. Acaso también mi poema tenga un ala inservible, pero intentaré restañar sus heridas, para que vuelva a volar, para que visite otros nidos, y entre las copas de los chopos deje un hilván de color.

          Hoy me vence, más que nunca, esa melancolía crónica con la que miro el mundo. En las médulas se esconde esa tristeza otoñal que parece nos conduce a un abismo, pero algo ríe en mis adentros, sin sarcasmo; tal vez sea esa sabiduría silenciosa que te da el saberte como de vuelta de todo, ajeno a los ajetreos y desvelos del mundo y sus sinrazones, que pese a  que  sigue con sus representaciones y retablillos, de pobres y mudos títeres, no te roza, pues tu libertad la has puesto en lo Alto, en quien es mucho más grande que cuanto existe. Como si las cenizas de aquello que se representa y muere se las llevase el viento en otra dirección.

          Y es bueno sentirse así, de vez en cuando, viendo únicamente el esplendor de la hierba, los ropajes con los que se visten los lirios y las glicinas, los acianos y las azucenas, ajeno a la representación, fuera de ella, sin ser cómplice con tanta atrocidad y desvarío. Tal una tarde en el campo, admirando la sombra de las encinas, la silueta atormentada de los peñascos, las tierras yermas y abiertas, las nubes altísimas, algún milano sobrevolar estas soledades, el alcaraván esbozar su vuelo como si de una ofrenda se tratase. Sin mayor disgusto o agobio que escuchar tus pasos sobre el sendero que alcanza las colinas, allí donde sueñan los sueños y se nos ofrecen en abundancia.

        Se que ahora estarás también tú contemplando los esplendores del otoño, sus oros viejos, el rojo de los melojos, el fruto de los escaramujos, los majuelos, el temple del serbal de cazadores, los madroños que nos entregan su ofrenda ardiente, o los erizos de los castaños, ya cuajados, rompiéndose, para saber lo hermoso que resulta vivir. Te dejo con esas miradas que acabarán incendiándose en la primera puesta de sol, como carbones antiguos, y te dejo, también, con la hoguera de tus recuerdos, que en ocasiones se parecen a los míos.

        Tuyo siempre

Fernando Alda


domingo, 10 de octubre de 2021

Cuaderno de viaje, 4, 5, 6


4

La incierta luz que amanece
en estos ojos vacíos 
en los que aún late la espera,
el último rayo de sol del ocaso
en el que viste
a la muerte vestirse de blanco.


5

Duerme la música un sueño 
de arcángeles, la voz debida...


6

Se levanta el sueño
como un oleaje de sombras...


Fernando Alda 

viernes, 8 de octubre de 2021

Cuaderno de viaje, 1, 2, 3

 



                Éste que ahora se inicia es un "Cuaderno de viaje", haciendo honor, también, al diseño del cuaderno en el que lo voy escribiendo de puño y letra, un viaje espiritual y poético, de la mano del sexto sentido que el poeta tiene para asomarse y entender el mundo.

                Siéntalo así el lector, como un itinerario sin rumbo fijo, para viajar entre las nubes y las colinas, por senderos desconocidos, para llegar a ninguna parte y a todas. Para vagabundear por los mapas y paisajes inciertos del alma.


1

Es este el cuaderno de un viaje
quizá sin retorno,
que habrá de llevarte
más allá de las viejas
colinas que ahora
contemplas,
en la espera del fuego,
bajo la escarcha de los días,
la desmemoria y sus ausencias,
como esas ramas quebradas
que irán llenándose,
irremisiblemente, de olvido,
y luego irán como pasto seco
a la hoguera.


2

Esas estaciones
de ferrocarril, ya abandonadas,
como rosas de ruina
y herrumbre, un clamor
de hiedras y amapolas,
en medio del abandono,
en la tierra de nadie
que nadie reclama.


3

Alcancé las cataratas de la noche,
allí donde se abisma,
en el lago en el que se ahogan
las estrellas, como luciérnagas
en el pozo de los besos, y no hallé
el horizonte, el final
de estos pasos que se perdieron
en la arena, en la hierba
y su esplendor.


Fernando Alda

miércoles, 6 de octubre de 2021

Hilvanes, versos de urgencia, 23, 24

 




23

La llama que arde
en las médulas de la melancolía,
memoria de un carbón oscuro
que ilumina estos cielos
de ausencias y deja pavesas
en las sombras,
como la memoria de la nieve
nueva que ventea
en las alturas.
Tu solo nombre basta.


24

Es el viaje ahora
un paisaje, la remembranza
del agua que espera
llegar al mar
mientras es camino
y aurora, esa ternura
con la que se doblan las hojas
amarillas de los álamos
mientras caen en tu sueño,
para no volver.


Fernando Alda

lunes, 4 de octubre de 2021

Hilvanes, versos de urgencia 20, 21, 22


20


Estas arboledas que en la tarde
se encienden, como carbones
bajo el impulso del viento,
son ahora el hogar
de la palabra, del verso
que va a nacer, y esperan
una mano que acaricie
el dibujo que dejarán
sobre el cielo.


21

Dejo esta escritura de urgencia,
éstos que parecen versos 
de arrabal, perderse
entre la lluvia y la arena,
una playa entonces
en la que yacen las algas
pútridas que no regresarán
jamás al mar.


22

En  la herida del árbol,
hacia el oeste,
con las últimas arboledas
que ilumina el otoño
como una esperanza.


Fernando Alda




viernes, 1 de octubre de 2021

Hilvanes, versos de urgencia 16, 17, 18, 19

 


16


Una lamparita con poco aceite,
un delfín dibujado en la arcilla,
la tierra sola, los pinares
que abrazan las nubes,
el verdor de una fuente
entre piedras, la muerte
retándote en campo abierto,
como siempre,
al caer de la tarde.


17

En la lluvia, los nombres,
la incierta aurora 
y las estrellas de papel,
esos deseos que ardieron
sin dejar ceniza.
La eterna espera
en las alas de una calandria.


18

Deja el aire en los labios
un beso de amapolas y ausencias,
junto a esa fuente que en la tarde
mana en silencio,
sin esperar nada,
como quien ama
y enciende las estrellas.

19

Donde espera el aire
el regreso de los sueños,
en ese lugar en el que duerme
la noche, el que está junto
al libro que dejaste
en la mesilla, con un vaso de agua
y la paciencia.


Fernando Alda