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martes, 21 de enero de 2020

Hoy la nieve amanece


          Hoy  la nieve amanece, no es memoria, aunque su albura es recuerdo milenario. Ha llenado todos los huecos del corazón y del paisaje, borrando sombras y sueños, como una clámide que hubiese descendido desde las estrellas para desdibujar nuestros pasos entre el polvo y la sinrazón. Ahora sí es invierno, ahora todo duerme, hasta las raíces del dolor, el vasallaje de la ausencia.

           En Ávila las torres se encogen, como las cigüeñas en sus nidos, esperando la promesa del sol, que no parece querer llegar en las próximas horas, ajadas por el uso, cinerarios esbozos del porvenir, como dientes cariados entre la bruma del mañana. Y todo venera un silencio como de cementerio, de paz eterna, de arcángeles de mármol dormidos en un sueño sin sangre, mero hielo, infinita devastación.

           ¿Para qué respirar? Te preguntas mientras el aliento nace ya muerto antes de ser palabra y contemplas el mundo que se alza ante los ojos, seres huecos, de paja, empeñados en buscar solo lo más nuevo, lo novísimo, lo efímeramente nuevo, mientras dejan que lo que consideran viejo, aunque vital, se pudra en las cunetas insepulto. Es el despilfarro de todo cuanto fuimos, de lo que somos. Acaso pura resta, escasez futura, en un alarde inaudito por consumirnos en la pira funeraria del incansable progreso hacia nunca, hacia ninguna parte.

           Así el paisaje, disfrazado, perdido en la frialdad extrema, en estados de consciencia que vienen enmascarados tras tanta cortina de indiferencia que no puedes reconocerlos. Es el helor perpetuo en el que se ha instalado la connivencia de la traición y el abandono, mero comparsa como eres de este hundimiento.

          Y vendrá la noche, con sus heridas, y tal vez no haya bálsamo, ni cura, solo desamor, la congoja de lo que hemos perdido y tal vez recobraremos,  cuando la nieve sea espejo de agua, río fluyente, el lecho de toda rendición.
.
          Vuelvo a encender la velita que se apagó en la madrugada. Dios me mira y sonríe. El consuelo de saberse vivo, aunque entre laberintos de ceguera, es razón bastante para seguir el camino, bien abrigado, eso sí, y llegar a poblado. Fuego doméstico. Habrá otros días, otras auroras. Siempre despunta el alba.

Fernando Alda Sánchez

(La foto la he realizado en la mañana de hoy, tras la nevada nocturna)


2 comentarios:

  1. Que bonito Fernando, y que poder, que hasta de la desolación sabes sacar palabras hermosas.
    Un abrazo enorme.

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    1. Hola, Mayte. La desolación también puede ser hermosa. La belleza de esconde en muchos lugares y de viste con muchos ropajes. Un abrazo muy grande

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