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lunes, 28 de septiembre de 2026

Vestigios de una vieja llama, 8

 

Foto: Fernando Alda Sánchez



En ese árbol herido habita

la forma más ciega de la escritura,
una ruina de raíces rotas,
la mirada del poeta anónimo
que desde el dolor abraza las lágrimas,
como el soldado desconocido,
en cualquier trinchera,
al que se le sigue suponiendo el valor
antes de entrar en combate.
Escribes con el mundo enfrente,
pobres dedos de tinta y barro
que sostienen una estilográfica
sobre el papel de la última frontera,
antes de ti mismo o la extinción,
como las rosas que se ajan
cuando acaban de ofrecer toda su belleza.
Noble oficio es éste, sin embargo,
el de cantar desastres y pintar auroras,
aún sabiendo que pocos entenderán
lo que sientes en las médulas del alma,
en las que residen los desvelos,
las sinrazones, la certeza incierta
que es vivir. Como Dante,
visitarás los círculos de los infiernos,
en los que no hay esperanza,
el Purgatorio, que es camino, el Paraíso,
y en ese viaje, tal un Homero
que cantase a los héroes que perdiste,
volverás a la Ítaca lejana
a la que nunca regresó Ulises.


Fernando Alda Sánchez

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