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viernes, 12 de julio de 2019

El ermitaño

  1. Buscó los ojos de Dios en la luz


ese hombre, en la Nada el incendio
de su voz y en las claras
alamedas de Castilla el silencio.
No importa el pasado si se tienen los cielos
abiertos sobre los trigos, y en los alcores
anidan las nubes que traen nuevas
lluvias o se pone el sol sin agonía.
Sabe de civilizaciones, de cárceles
de oro y yugos brillantes que uncen
cuellos fulgentes de gloria,
sabe de las heces del placer inútil,
de abandonarse a la desidia
y a la seda en frondosos jardines.
Mudó el lujo por la áspera
piel del lagarto, la plata por limosna,
y si vida interior disipa como pábilo
la noche, estrellas
proclaman el clarear del alba:
ya no importa morir,
ese día será de triunfo.


Fernando Alda Sánchez




"El Aleph"

De las tres tramas que encontramos en el cuento "El Aleph", de Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 - Ginebra, 1986), personalmente la que más me gusta es la que da título al cuento, y al libro de relatos que le acompañan, es decir, al "punto que contiene todos los puntos del universo", y que tanto nos ha hecho pensar a todos. Al final, todas confluyen, dada la estructura de la narración que el autor resuelve con evidente acierto.

Borges es un maestro de todo lo imaginario e imaginable, que caben en su obra, en la que subyace el arte de pensar, de enfrentarse al universo, y de asombrarse ante el mundo.

"El Aleph" está de plena actualidad, ahora que vivimos en la "aldea global", en la que estamos conectados por la red de redes, internet, por la que se difunde la totalidad de la acción del ser humano en nuestro planeta, lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor, lo que tiene calidad y lo prescindible, una red en la que caben todas, quizá también no se si todos los puntos del universo, pero si millones de ellos, como acertadamente explica el profesor Antonio Rodríguez de las Heras en un curso que hice con él on line sobre la cultura digital.

No os canso más. El relato y el resto de cuentos, como todos los de Jorge Luis Borges, merecen la pena siempre. Su relectura, o su lectura, como digo con frecuencia, pueden resultar atractivas en tiempo de ocio, de vacaciones, pues quizá tenemos más tiempo para pensar, y eso es lo que nos propone este magistral escritor argentino.

Leí "El Aleph" en una edición de Alianza Editorial que ahora no encuentro en mi biblioteca (es un desastre de organización), por la urgencia de la escritura, hace ya muchos años. No obstante, he encontrado una edición para el diario "El Mundo" del año 1999, Madrid, que también conservo. Hay otras muchas ediciones que resultan fáciles de encontrar. Os dejo la portada de la correspondiente a "Debolsillo".



Fernando Alda Sánchez


jueves, 11 de julio de 2019

San Juan de la Cruz

Ardes de amor divino avivado

por leves ventalles,
y el alma desde su morada,
desea al Amado: nocturno
viaje del que sabe dónde hallar
consuelo.
Es la subida vereda o fuente
por medio de purísimas
ascuas o cántico
que enhebra el vuelo libre
de la alondra. Encendida
la visión de amor más alto,
libas cáliz en llamas y vinos
sagrados, y es el firmamento
espejo sonoro de tus ansias.
Transido de paz, sereno
abandonas los moldes carnales,
y alcanzas la comunión fecunda,
el último y solitario umbral.


Fernando Alda Sánchez




"Campos de Castilla"

"Campos de Castilla", Antonio Machado (Sevilla, 1875 - Colliure, 1939). Considero que éste es el mejor libro de poemas de Antonio Machado, por la belleza de sus versos y por las profundidades del alma del poeta que nos muestra en dos espacios y momentos distintos, Castilla y Andalucía.

En el libro está Soria, Castilla, pero también la ausencia de ambas, cuando tras la muerte de Leonor en 1912 Machado se traslada a Baeza, roto por la angustia que le produce la pérdida de su gran amor. Son dos escenarios, dos tiempos, dos ambientes, dos formas de escribir, aunque con un mismo denominador común.

El alma de Castilla, la variedad tonal de sus paisajes, la intensidad de la vida que desgarra el alma del poeta, el silencio, la soledad, lejos de las modas simbolistas y de las vanguardias europeas y de sus planteamientos estéticos, que hacen de Antonio Machado uno de los más grandes poetas en español del siglo XX.

En este libro es la Castilla eterna, pero también la mirada íntima del poeta, que va develando contornos, lugares, personas, que se convierte en el lugar habitado por el que escribe y siente. Y es su propia tierra, la Andalucía llena de luz y de añoranzas.

Castilla es el olmo viejo y seco del poema (quizá también el propio poeta):

"Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
algunas hojas verdes le han salido".

Antonio Machado, siempre Antonio Machado.

Releí "Campos de Castilla" en el año 1999, en una edición realizada para el diario El Mundo, con motivo de su décimo aniversario. De Antonio Machado tengo una edición de sus Poesías Completas de Espasa Calpe.

Hay muchas y muy buenas ediciones del libro. Traigo al blog, para ilustrar esta entrada, la de la Editorial Cátedra, a cargo de Geoffrey Ribans.



Fernando Alda Sánchez


miércoles, 10 de julio de 2019

Tríptico sobre el fuego




1


Has abierto las manos y encontrado

el fuego, al cruzar las regiones
aéreas, al ascender hacia las alturas de la luz:
llamaradas intensas, tizones,
un rescoldo de cenizas que alumbra.
Posees sus múltiples lenguas en la danza
frenética que consume los leños,
en el ánima que aviva la sangre
y anuncia la aurora.


2


Fulgentes ciudades de ardientes cúpulas,
hogueras de ópalo, sacrificadas maderas
revividas en el sueño: has creído
en el viaje, a través de las llamas,
imaginado ígneos ángeles o tupidas
selvas, desiertos inmensos de lava:
el rugir del volcán y las moradas del incendio.


3


Ascua o sonido, pavesa urgente
que devora el viento. Siempre el fuego,
lo liberado: un vuelo de aves rojas
sobre el iris que consuma su invocación:
es el origen, la cercenada tiniebla,
la zarza ardiente,
la voz de Dios.


Fernando Alda Sánchez



"Y de repente, Teresa"

"Y de repente, Teresa", de Jesús Sánchez Adalid (Villanueva de la Sernena, 1962). Esta novela fue escrita, por su autor, con motivo del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús, centenario que se celebró en el año 2015. Se trata de una magnífica novela sobre la santa de Ávila.

A través del proceso inquisitorial que en vida de Teresa se siguió contra ella, Jesús Sánchez Adalid va recreando el siglo XVI español, con sus obsesiones religiosas, sociales, políticas e históricas, y la figura de la mística abulense, viajando a través de  misma desde lo histórico a lo universal que hay en su pensamiento y en su fe, resaltando la espiritualidad de una mujer adelantada a su tiempo que acabó por ser una de las personalidades más atractivas de cuantas se han dado en España y en el mundo en todos los tiempos.

La novela está ejecutada con maestría y con rigor histórico desde principio a fin, consiguiendo que el lector se sumerja en aquellos años convulsos como si de una aventura que le concierne en lo personal se tratase. Esa es la magia del relato, el principio y el fin y, sobre todo, que Teresa nos arrastra para querer saber más de ella y de los "tiempos recios" que le tocó vivir como mujer y como mística en una España y una Europa convulsas por los desgarros de las luchas de religión.

"Y de repente, Teresa" es una buena novela histórica que mantiene la tensión narrativa y nos permite adentrarnos, desde un ángulo no muy común, como es el punto de vista del inquisidor general, en la vida apasionante de quien teniendo todo puesto en manos de Dios no se veía turbada.

Por supuesto, leí la novela de Sánchez Adalid en su primera edición, de diciembre de 2014, a cargo de Ediciones B, Barcelona, cuya portada os dejo




Fernando Alda Sánchez


martes, 9 de julio de 2019

Polvo enamorado

"Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado".

Francisco de Quevedo



Quizá escribió en primavera el aroma

de flores que se tornaban sombrías a sus ojos,
o el canto pausado de las aves
fuera estridente rozar de cadenas;
no se llegó a descifrar el temblor
implorante de sus últimas palabras,
cuando en el delirio del arsénico
atravesó ardiendo la frontera de la vida.
Acaso muriera de amor, hendidos
sus labios por besos o ascuas de un amante
desparecido; entre algunas pulseras
y gemas desvaídas, 
ocultas en un cofrecillo,
asomó su letra delicada en los restos
de un diario que su alma de mujer
dejó allí como nieve.
Enterrada bajo abedules, con el olvido
de los suicidas y el secreto de una mano
misericordiosa, bajo losa que el musgo 
lame en soledad, aún sus cenizas
amargas no han hallado consuelo.



Fernando Alda Sánchez