Buscar este blog

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Vestigios de una vieja llama, 3












Foto: Fernando Alda




Un adagio, Albinoni
tal vez, suena en mi memoria,
al tiempo que Leopardi
escribe su infinito en ese collado
melancólico en el que se perdió
mi juventud. Hay lluvia
en mis ojos, una niebla
de hojas escritas que fueron
arrancadas de cuadernos,
papel mojado en sangre.
Tinta en las lágrimas
que se ofrecen en la tarde
como un deseo de poemas.



Fernando Alda Sánchez

Vestigios de una vieja llama, 2

 

Foto: Fernando Alda


Alguien me regala un libro,
unos poemas de Catulo
desenamorado de Lesbia,
de Dante o Beatriz en la distancia,
tal vez de Laura regresando
de las sombras para un Petrarca
ya anciano, que entre las arboledas de Padua
cree reconocer la belleza
que fue perdida, acaso las cenizas
enamoradas que Quevedo
imagina en la prisión de San Marcos,
de la que no parece habrá otra salida
sino la muerte. Cuánto frío
en todo ello, qué helor...
No hay fuego
que redima estas soledades, que pueda
entibiar estas alcobas
que parecen deshabitadas.
Y, sin embargo, sigo leyendo,
hay rosas abiertas
como pájaros, una luz
llena de asombros: en los poemas
arden los versos, como ascuas del corazón,
y canta una calandria
una interminable elegía de ausencias.


Fernando Alda Sánchez

Vestigios de una vieja llama, 1

 
Foto: Fernando Alda



Inicio hoy la publicación de un nuevo poemario en este blog. Su título es "Vestigios de una vieja llama", que corresponde a un verso de Virgilio, en La Eneida, en su Libro Cuarto, "Agnosco veteris vestigia flammae", que puede traducirse como reconozco los vestigios de una vieja llama. Alguno ha sido publicado previamente en la revista digital "Atticus" Y, desde luego, son eso, vestigios de viejas llamas fruto de viejas lecturas, tal vez en el otoño, que está tan cerca, que permanecen en la memoria, como ascuas aún ardientes, y que, por tanto,  iluminan. No es otro mi deseo que también te iluminen a ti, lector, con su fuego.



Leyendo a Proust,
junto a las rosas de junio en el jardín
de casa, en el tiempo
abandonado en los relojes y en la vida,
tal el aleteo de un pájaro
o una mariposa que removieran
ascuas y memorias,
Swann, Guermantes,
el Vivonne, Combray,
dibujos ocultos por la niebla,
acaso fotografías prematuramente
envejecidas,
mi infancia, transparente
y lúcida,
entre los juguetes, un balancín
en forma de caballo de cartón,
tal vez el de la Troya oculta,
a las puertas del olvido.
Todos están esperando,
como yo, un hogar,
la sombra nueva que a las palabras
ofrecerán estas flores
que alguien dejó junto
a la ventana abierta.


Fernando Alda Sánchez

martes, 21 de julio de 2026

La heredad de la memoria, y 30

Foto: Fernando Alda
 


En el oeste está la repuesta,

el fuego que renace,
la rosa del otoño, la cálida
luz que bendice
las formas del agua.



Fernando Alda


La heredad de la memoria, 29

Foto: Fernando Alda

 

Regresa oscura la noche

a los límites del ocaso,
a la forma de las estrellas
y los astros, como temiendo
no poder volver jamás,
como si en su respirar
hubiera fracasado el silencio,
el alba de la sangre,
y las ascuas se remecen...



Fernando Alda Sánchez


La heredad de la memoria, 28

 
Foto: Fernando Alda




Llevas la soledad prendida
en tus ojos con los alfileres de la melancolía,
con las flores que acaban de abrirse
en las últimas horas del verano,
como en tierra de nadie,
y se ofrecen, tan frescas y hermosas,
en la primera luz de la mañana,
esa que estrenamos siempre
nada más abrir los ojos
para comprobar que todo está en su sitio,
que nada ha sido movido o cambiado
y que el reloj funciona
con la precisión habitual que nos conduce
a la muerte, al gran salto al vacío,
asidos a la fe pequeña que hemos
ido guardando durante la noche,
como las furias o las parcas,
tal aves de paso que nunca duermen.



Fernando Alda Sánchez

martes, 14 de julio de 2026

La heredad de la memoria, 27

 

Foto: Fernando Alda Sánchez



Es el momento de recoger

las cenizas, los añicos en los que quedó
la vida, las sobras del banquete,
y mirar hacia el oeste, y ver
cómo los últimos restos de la hoguera
se extinguen entre la neblina
y la lluvia. En la calle,
el verdor del musgo, el tacto
de los líquenes que siguen buscando
el agua desde el primer día del mundo,
tus pasos cansados que te llevan
al portal de casa,
a la escalera que subes y bajas
todos los días recordando la libertad.
Para el año que viene habrá
una nueva siega, lo sabes
como lo sabe la hierba que aún no ha nacido
y ya espera el gélido abrazo de la segur
que empuña la mano airada
de hueso, la que mece los atardeceres
y las penumbras, la sombra
entera, el resuello de la luz
cuando se acaba entre los párpados
que se cierran, como el que corre 
una cortina o baja una persiana:
tan en secreto y lentamente,
sin percibirlo siquiera.


Fernando Alda Sánchez

lunes, 29 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 26


Foto: Fernando Alda



En la espalda dura del cierzo 

está la verdad de los golpes,
las astillas que ha ido dejando el tiempo
como la corriente lenta de un río
que soñase en la llanura,
testigos que son del paso de unas aves
migratorias oscuras y silenciosas.
Es aquello que guardaste para mejor
ocasión en una alcancía,
para ser perdido en la distancia
de los caminos, para secarse al sol
de la indiferencia, que todo seca,
y que deja en los huesos el paisaje.
Tras la lluvia te esperas a ti mismo,
lejano, tan huérfano y débil,
tan sin hogar, tratando de poner
una tilde a la palabra solo,
que es la soledad que acaricias
en el bolsillo de la camisa,
junto al corazón, que sigue latiendo
en la noche, delator,
entre los pedazos
de las estrellas, que están en blanco.


Fernando Alda




La heredad de la memoria, 25

 

Foto: Fernando Alda


Crecida está la sombra del manzano

deshojado en el patio,
en esta tarde de presagios
y desvelos, pues esperas el abrazo
de la dama de nieve, tan azul,
junto al sonido lúgubre de la fuente,
que parece acabarse
también contigo: ¿Vendrá o es
solo un sueño? En el agua se despeina
la cabellera de lo que será la noche,
luego, más tarde, y que se verá trenzada
de estrellas y de plata vieja,
como la luna, con su mirar,
desde esos mares secos, de polvo
antiguo, sin gravedad,
que no han sido habitados,
como tus recuerdos, ahora,
mientras aguardas el destino,
la hora incierta,
con la angustia de las flores
que van a ser cortadas y puestas 
en un búcaro roto junto a la ventana
en esa habitación
solitaria y fría, que da al norte,
en la que nadie
entra desde hace ya mucho tiempo,
como nadie entra en tu casa,
al patio, que languidece
ahora entre la hojarasca
que no encuentra
quien la quiera limpiar.


Fernando Alda

miércoles, 24 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 24

 

Foto: Fernando Alda

Sientes en el tuétano de los huesos

las ausencias que vienen a verte
entre los erizos de los castaños,
muy cerca del camino que transitas
todas las tardes, buscando el sol de otoño
que se va apagando
entre el humo de las chimeneas.
En las cumbres, ya florea la primera
nieve de noviembre, después de Todos los Santos,
y no puedes evitar que se haga presente
aquello que estás esperando
y que vendrá con el magosto,
con el vino nuevo que ya se atesora
a cubierto en el barro de las humildes
tinajas y que espera, como tú,
a ser bendecido o cantado.
¿Dónde quedaron las ascuas
que te enfebrecían? Son hoy
cinerario polvo?
Te tiemblan las manos,
bien lo sabes, al recordar
otros inviernos, como éste que está 
a punto de llegar,
mediado diciembre, en los que el frío
y la soledad no mellaban el filo
de tu mirada, el fulgor
agreste de tus ojos, abiertos y claros
como agua de montaña
que se derrumba entre las peñas.
Hay silencio en tu casa,
Aravieja reposa en la distancia,
y en el ocaso, allá lejos,
arde, con tristeza,
la última luz del día.


Fernando Alda




La heredad de la memoria, 23

 

Foto: Fernando Alda


Ese morado rojizo, que también

llaman solferino, es el que ahora
brilla sobre las tapias de tu jardín
cerrado, en el atardecer interminable
en el que arden
los árboles de este otoño en el que crecen
las ausencias en los rincones de la melancolía.
Ahí está el vuelo de los pájaros
que se han quedado, 
las hojas que va pudriendo la lluvia
amontonadas en las aceras
de Ciudad Desolación.
En la niebla resiste el dolor,
se enciende el fuego del pasado,
crecen la madreselva y el musgo
y las horas no acaban de caer
del reloj, aunque pesan como plomo.
No es momento de cruzar los brazos,
sino de caminar,
de ver hasta dónde llegan los senderos,
el lugar que ocupan
en los mapas de la arena.


Fernando Alda


miércoles, 10 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 22

 

Foto: Fernando Alda




En el fondo del vaso se encuentran

dormidas las letras de tu nombre,
por el que muchos te conocen y te llaman,
esperando a ser rescatadas
por alguna voz que las devuelva
a la sonoridad que albergan,
que es como decir a la vida.
En esa estrategia estás empeñado,
en saber, en conocer, la verdad
que se oculta tras el trazo de lo escrito,
en los años que se han ido
colgando de la efe mayúscula
o que se asoman por la o final, 
como casi todas las tristezas.
Eres tú, sin aditivos,
un soñador bajo los tilos cuyas hojas
están ahora en llamas cuando es octubre
y nadie se acerca a tu casa por el camino.



Fernando Alda Sánchez

martes, 9 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 21

 
Foto: Fernando Alda








Viene con la nieve la albura
de los primeros días del mundo,
recién creado por Dios,
y ahora todavía nos asombra
la ropa con la que engalana el paisaje,
los tejados, los árboles, los caminos
que van desapareciendo al paso de la cellisca,
que baja de los montes para quedarse
en la ventana por la que miras el invierno,
es diciembre,
para reconocer las marcas que permiten
no perderse en la inmensidad de los campos
solos, tan desabridos, que esperan unos pasos
que resuenan en el eco de los valles,
en la espera en la que se enhebra
una conversación.


Fernando Alda

lunes, 1 de junio de 2026

La heredad de la memoria, 20

 

Foto: Fernando Alda




Como el olor del jabón Magno,

de La Toja, así se avivan las ascuas
en la memoria con esos recuerdos
irreductibles que regresan desde la infancia,
quizá aromas que flotan en el cristal
de las corolas de unas flores de aire,
el tierno asombro frente al mundo
hostil que se dibuja más allá
de las manos que acaban de jugar
con la tierra húmeda, con el sol
que nunca acaba de ponerse
en esas tardes de verano,
sonando a una canción
ya olvidada
las canicas de colores
en el bolsillo,
"... Mambrú se fue a la guerra..."
y el regreso a casa,
al oír la voz de tu madre
llamándote para cenar, tras
una singladura que estuvo llena
de luz y de estrellas en la noche
corta, o de barcos surcando el mar
y de caravanas de sombra en el desierto,
y todo brota como en un manantial
nuevo al oler el jabón y saber
que todo fue verdad, que allí estuvo
tu vida, y que acaso lo sigue estando, 
por más que les pese a la muerte
y al tiempo, que vienen a ser lo mismo,
tal vez primos hermanos
en el funeral de las ausencias.

Fernando Alda


La heredad de la memoria, 19

 

Foto: Fernando Alda

Nunca tienes nada sólido entre las manos,

todo parece humo o sombras,
en un pedestal de bruma,
junto a los abismos que tientan
tu equilibrio. Así, escribiendo,
para no volverte loco o evadir
a la muerte, a la dama de hielo,
para alejarte en campo abierto
de su rondar peligroso, siempre
en la última apuesta.
De turquesa se viste el mundo
cuando amanece en estos patios
solitarios en los que paseas.
Está consumiéndose el tiempo
en la vela nocturna que enciendes
para acabar de ver en las tinieblas
interiores en las que estás atrapado,
atado al banco de la galera
que te lleva por los valles de la tinta,
por las cumbres de las lágrimas.
Es otoño y todo va muriendo
entre estertores ocres, en amarillos
suspiros, en rojas llamaradas
que hacen presentir el helor
de enero. Con ello cesará
la herida que tienes abierta
en los labios, esa que se prolonga
por el músculo del habla,
abrazada a la voz que va diciendo
lo que dice el aire, el viento
entre los árboles, que viene del sur
cargado de aromas y de preguntas.


Fernando Alda

sábado, 28 de marzo de 2026

La heredad de la memoria, 18

 

Foto: Fernando Alda Sánchez


A San Juan de la Cruz



Enamorado está el sauce
con el peso de la luz, con la atracción
del agua, y con su melena
undosa encubre la transparencia de la escena,
la celebración de la indolencia
de las ramas cautivas
que abrazan la lectura
de ese libro de poemas que tienes
entre las manos:
"... cesó todo y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado"
en la boca de la noche,
tan grande y tan negra, tan oscura,
en la que esperas hallar las cuerdas
del laúd y su música,
la extensión del alma
en la que habita el círculo
perfecto, el dedo divino
que te hizo hablar.
Ardiente está el corazón
que es todo ascuas,
cuando en los campos se encienden
las amapolas y resulta rojizo
el declinar inesperado del día.


Fernando Alda Sánchez

La heredad de la memoria, 17

Foto: Fernando Alda Sánchez


Como agua y sombra
se derrama la melancolía
en este otoño de presagios,
y árboles en llamas,
láminas de luz entre la niebla,
ascuas de dolor, rescoldos
de lágrimas, la tensa espera
entre la vida y la muerte
cuando el aire y el fuego
se tensan para que todo estalle
y sea noviembre. En el arca
escondida está la noche esperando
pintarse las estrellas,
volver a ser, como siempre,
el refugio de la nieve que no acaba
de llegar, el baile de la dama
azul, un broche de plata
vieja que sostiene los telones
oscuros que albergan lo que existe.
Al fondo, en el paisaje,
las figuras febles que interpretan
la vida, las formas de barro
haciéndose, esperando acaso
el aliento divino para ser.
Arboledas en llamas en el sueño,
chispas de cañaveral ardiendo,
en esa duermevela en la que depositas
las alas que te van naciendo al coronar
la fiebre de los espejos, como una ofrenda
en la que entregas el color
ocre de la mirada.


Fernando Alda Sánchez
 

La heredad de la memoria, 16

 

Foto: Fernando Alda Sánchez


Entre los rescoldos de las palabras
que ardieron en la belleza
quedaron las ascuas del dolor,
del sinsentido, de la muerte absurda,
los gélidos mármoles, los alabastros
fríos de las estatuas rotas,
decapitadas por el tiempo.
En esas cenizas los carbones
encendidos de lo que sufre,
la huella urente que la ausencia
fue dejando sobre la piel de la vida,
las palabras ahogadas
en los lagos de la desmemoria
y el abandono, la maleza que hoy
cubre inmisericorde
el resplandor del retablo
en el que se representa el mundo
de estación en estación.
Allí tus sueños,
los que tanto amaste, en añicos,
en pedazos de cielo,
como jirones desprendidos a bocados
furiosos del cadáver de los años,
mirando siempre, sin hacer nada
que valga la pena, dejando
pasar los días con la indolencia
de las primeras flores de mayo,
que crecen invulnerables
y terminan ajadas
como todo lo que fluye y se alza.
Vendrán a por ti los fuegos y las parcas,
las furias terribles, todo lo que abandonaste
como el que deja su chaqueta
sobre una silla
sin pensar en más,
sin saber que los ríos retornan
en la lluvia, que el aire
se entenebrece, como la luz,
y no nos deja ver la circulación
de la sangre. Cuánta tristeza
en lo muerto, en lo que se descompone
entre el musgo húmedo y ardiente,
y acaba siendo tierra, solo tierra.


Fernando Alda Sánchez

La heredad de la memoria, 15

 

Foto: Fernando Alda


Nosotros, los melancólicos,

los heridos por la tristeza,
aquellos que en las lágrimas
contemplamos un otoño
perpetuo y en las corolas
de las flores encontramos
las cenizas de la hoguera
del existir, hacia el oeste.
Somos lo que buscamos
incesantemente, el elixir
último de lo que está y es,
en el tejerse de la historia,
somos aquellos que no hallamos
acomodo en estas prisiones
de hierro a las que quiere 
someternos el mundo,
somos los que en la noche
y en los amaneceres encontramos,
al igual que en el incierto ocaso,
el sentido de los seres viviendo,
el esplendor de su presencia,
la salida que el alma necesita
para hablar de eternidad,
la más cierta belleza.


Fernando Alda Sánchez




sábado, 14 de marzo de 2026

La heredad de la memoria, 14

 

Foto: Fernando Alda Sánchez


Entre los nombres que te salen al paso
cuando caminas en la alameda
está el comienzo aquel 
de las palabras, el del lenguaje
que nació en estos campos de soledad.
Abismos hay que ir salvando
en el momento en el que declina
la expresión del dolor, la cima
de la rabia, y en la médula de lo absurdo
se transforma el veneno en indiferencia.
Alcanza lo soñado a describir
algunos de los estados por los que transita el alma
en su peregrinaje, de lo aéreo
a lo sólido, como queriendo
dejar constancia de que la noche
prepara su brebaje oscuro
y lo derrama sin criterio.
Este es tu dominio, de límites
imprecisos, en el que se oculta
el arcano del origen, el misterio
de los otoños sucesivos que no dejan
lugar a otra estación. Y todo arde.



Fernando Alda Sánchez