Solo soy hierba que arde en un soplo
de fuego en el estío: como Job clamé
contra Ti, cuando no era nada
mientras creabas órbitas y planetas.
El salmista lo dice: ¿qué soy
para que te acuerdes de mi?
Y sin embargo, no me has arrojado
a la fosa, no caí herido en la red
del cazador, y ofreces un magnífico
banquete para mi ante mis enemigos.
El salmista lo recuerda:
eres mi refugio, mi alcázar,
y serán siempre mi sueño
y mis desvelos la alabanza que proclama
la grandeza de tu heredad.
Fernando Alda Sánchez
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lunes, 11 de noviembre de 2019
domingo, 10 de noviembre de 2019
Ascésis
En las tinieblas te he buscado,
en la noche más honda
y más amarga,
desde lo profundo e insondable
he clamado.
Escribí tu nombre, Señor,
en las arenas más ardientes;
entre ásperas rocas y escorpiones
habité, mi voz se secó
al sol, de sal se llenaron
mis llagas y con el lagarto
y el áspid fui peregrino,
y siempre bendije
tu dulce Nombre.
Fernando Alda Sánchez
en la noche más honda
y más amarga,
desde lo profundo e insondable
he clamado.
Escribí tu nombre, Señor,
en las arenas más ardientes;
entre ásperas rocas y escorpiones
habité, mi voz se secó
al sol, de sal se llenaron
mis llagas y con el lagarto
y el áspid fui peregrino,
y siempre bendije
tu dulce Nombre.
Fernando Alda Sánchez
sábado, 9 de noviembre de 2019
El día, en penumbra
El día ha amanecido como en penumbra. Las nieblas ocultan el sol escaso y un velo de agua mansa, pero muy fría, viste de tristeza los contornos. Enciendo el fuego en la chimenea con la convicción del que se acerca a un oasis para encontrar en él la salvación. La leña, junto a las piñas, arde pronto, como el corazón de los discípulos de Emaús después de haberse encontrado con el Señor resucitado. Al menos esa certeza prende la esperanza, como una lamparita en medio de las tinieblas, y eso es mucho.
Es sábado y todos han venido a casa. Hay conversaciones y abrazos. Todo bulle. Es, quizá, "la casa encendida", de Luis Rosales. La vida sigue viviendo, pese a todo, brotando en medio de la ceniza de los días amargos y de la soledad, pues tiene raíces hondas, que buscan el agua como las higueras, y la encuentran, y renace el espíritu y una sonrisa se nos queda prendida en el rostro para el resto del día. Incluso, creo, también para la noche, en la que si la niebla lo permite contemplaremos el plenilunio.
Alguien me dice que ya estoy escribiendo sobre tristezas y melancolías, sobre fondos grises, sobre lágrimas y quebrantos. Pero no es así, es solo que en ocasiones la realidad aprieta, y el que escribe no puede sustraerse a los embates de la crudeza, a los zarpazos del dolor. Uno se aferra, por ello, a lo que tiene, y si miras bien a tu alrededor siempre hay otras almas que padecen grilletes mas atormentadores que los propios, y no es que sea un consuelo, pero es un motivo para seguir apretando los dientes y mirar de frente, sabiendo que no estoy solo, pues además de los que me rodean y me quieren bien, tengo a Cristo, que me abraza como un amigo.
Afortunadamente el fuego arde y expande su calor. Verlo crecer es mucho más que un consuelo, es la constatación de que estoy vivo, de que en las entrañas hay amor, de que la pascaliana caña pensante además de pensar, ama, de que por encima de toda realidad, de toda razón, los sentimientos, de los que estamos fuertemente entretejidos, son más fuertes que la muerte. Estamos hechos para amar y entonces, creo que así es, somos "polvo enamorado", que escribiera Francisco de Quevedo en ese soneto inmortal que ahora recuerdo como si lo llevase escrito a sangre y fuego en la piel.
La lluvia sigue deshaciendo la luz neblinosa,otorgándole un cetro de tristeza al día, que no quiere avanzar, pues teme el ocaso, la rendición a la noche. Pero no hay forma de detener la determinación del reloj, la zozobra de lo inevitable. Y a eso nos enfrentamos a cada instante, todos los días. Soy, somos.
El fuego abraza, como buscándote los entresijos, dentro de los muros que conforman el espacio sutil de la chimenea. Enloquece, acaso como nos ocurre a nosotros cuando en la cabeza nos bullen tantas ideas y tantas sensaciones para las que no hay escape, puesto que somos como árboles en pleno invierno que quieren crecer y nunca llega la primavera.
No todo es duelo. Por debajo de la luz están los recuerdos, plegados en la memoria. Un verso puede desatarlos, liberar su empuje, el ímpetu que nos sobrepone a la desolación. Y así se irá consumiendo el día, en la celebración del olvido, en el festejo perpetuo de ser. Mientras, escribo.
Fernando Alda Sánchez
(Foto: Pixabay)
viernes, 8 de noviembre de 2019
Solo quiero ser...
Solo quiero ser una mota
de polvo en tus sandalias,
el primer gramo de aire
que sale de tus pulmones,
Señor, el rescoldo
más pequeño en la lumbre
que encendiste aquella noche
para espantar el frío,
una miga de pan de la Última
Cena en tus manos,
la luz final que ves
al cerrar los párpados
con el sueño,
la hoja seca que se cae del ramo
cuando te aclamaban al entrar
en Jerusalén,
la gota de vinagre más ínfima
que pudo posarse en tus labios
en el martirio de la Cruz,
la arena que pisaste
en cualquier camino de Galilea
y ya es sagrada,
la sombra de la higuera que no cortaste,
el grano de mostaza, la sal de la tierra,
el trigo entre la cizaña,
el ruego del centurión,
la carne del leproso que sanaste,
solo quisiera ser Zaqueo, Jairo,
María Magdalena,
¡Lázaro resucitado!
Mateo, Lucas, Santiago,
Juan y Pedro,
la samaritana en el pozo de Jacob,
red en el lago Tiberíades,
un pez, el cordero,
seguir caminando con los discípulos de Emaús,
la llama de una hoguera
en el Pretorio aquella noche,
un olivo junto a tu Oración,
una astilla de tu madero,
el ladrón bueno, el Cirineo,
y estar, para siempre,
contigo, el más pobre entre los pobres,
el último para entrar en tu Reino.
Fernando Alda Sánchez
de polvo en tus sandalias,
el primer gramo de aire
que sale de tus pulmones,
Señor, el rescoldo
más pequeño en la lumbre
que encendiste aquella noche
para espantar el frío,
una miga de pan de la Última
Cena en tus manos,
la luz final que ves
al cerrar los párpados
con el sueño,
la hoja seca que se cae del ramo
cuando te aclamaban al entrar
en Jerusalén,
la gota de vinagre más ínfima
que pudo posarse en tus labios
en el martirio de la Cruz,
la arena que pisaste
en cualquier camino de Galilea
y ya es sagrada,
la sombra de la higuera que no cortaste,
el grano de mostaza, la sal de la tierra,
el trigo entre la cizaña,
el ruego del centurión,
la carne del leproso que sanaste,
solo quisiera ser Zaqueo, Jairo,
María Magdalena,
¡Lázaro resucitado!
Mateo, Lucas, Santiago,
Juan y Pedro,
la samaritana en el pozo de Jacob,
red en el lago Tiberíades,
un pez, el cordero,
seguir caminando con los discípulos de Emaús,
la llama de una hoguera
en el Pretorio aquella noche,
un olivo junto a tu Oración,
una astilla de tu madero,
el ladrón bueno, el Cirineo,
y estar, para siempre,
contigo, el más pobre entre los pobres,
el último para entrar en tu Reino.
Fernando Alda Sánchez
jueves, 7 de noviembre de 2019
El Ángelus y la espera
Se esperaba para hoy la nieve, con su revuelo blanco y su misterio, pero no acaba de llegar. Parece que está en ello, como casi todo en este mundo líquido que es un baile de máscaras, en una eterna Venecia que sigue pudriéndose en sus cimientos y sus canales. Pero la nieve ya vendrá. Se la espera, como al Godot de Samuel Beckett. El día alumbra con un cielo entreverado de nubes albas, que se irán tornando grises, cuando las horas se rediman en el reloj de su condena a muerte. Tempus fugit, como una guadaña de sal que fuese helando los brotes verdes que nacen en el alma y pronto son mudo recuerdo.
Afortunadamente, las remembranzas también brotan, y ayudan a vivir. Hoy anidan de forma muy cálida en mi memorias de infancia, pero no sólo de la mía, sino de la de mis hijos también. Y son como algodones, plumón cálido, ternura infinita. Y escribo esto cuando me sorprende el mediodía, la hora del Ángelus, y no puedo por menos que hacer un alto en el camino de la escritura, para pedir a la Madre que nos siga cuidando, a todos, a mis hijos, y a mi esposa, a la que beso todos los días con una llama de amor más fuerte, y le doy gracias a Dios por tanto tesoro y tanta bondad como me ha entregado para que los cuide. Alumbra entones en la memoria algún lienzo de especial belleza, como la Anunciación de Fra Angélico o la de Leonardo Da Vinci. Y no me canso de verlas.
"Angelus Domini nuntiavit Mariae", el Ángel del Señor anunció a María, y como ella espero yo también que un ángel me visite, me anuncie la buena nueva... en la espera de verdad. Pronto será Adviento, y por encima de tanto reclamo comercial y de tan excesivo consumismo, que parece nos va la vida en ello, en vez de pensar que lo importante es que nacerá Nuestro Señor, que nos ama, hasta el extremo, estaré en tiempo de espera, esperando la llegada de quien viene a salvarme. No es el ángel el que está por llegar, no es el que quiero que venga, sino el Niño Dios. Y será hermoso. Será fascinante. Y la alegría prenderá coronas de fuego en el corazón, como si quisiéramos que siempre fuese Navidad. Más es necesario que se cumpla la Escritura, y vendrá la Cruz y su desgarro.
En la calle, el sol balbucea algunos versos, como queriendo ser poeta, un mal poeta, desde luego. Desde las ventanas la luz se hace más grande, como para ahuyentar penumbras y zozobras. Son sueños humanos los que brotan hoy junto a la nostalgia, arrancando jirones de niebla en la memoria y en el deseo, todo mezclado como el guiso fraterno que se cocina en las marmitas y en las ollas de las altas cocinas de las casas de antes, cuando junto a ellas la vida se hilvanaba y entretejía, en indisoluble vínculo, pues las cosas se hacían con mimbres de compromiso y eran para siempre.
No crea el lector, al que siempre tengo presente en mis oraciones y en estos escritos que van desgranando el alma y la inteligencia, que en ocasiones parece con fiebre, que todo esto que lee son ensalmos y melancolías de otoño, fuegos fatuos, lumbraradas mortecinas de un espíritu débil que agoniza bajo una luz enfermiza de gas. Piense el lector que es un regalo también para él, de parte del que escribe, para que sepa de los desasosiegos por los que transita el que esto firma, que no es más que un hombre, como la hierba del salmo, que nace por la mañana, verdeando hermosa, y por la tarde la siegan, cuando, como decía Juan de Yepes, nos examinen del amor.
No hay cantos de sirena en mi voz, ni añagazas, ni celada alguna. Tampoco tristezas. Solo hay paz, la de Cristo, la que no es de este mundo. Y en ella encuentro el rumbo del camino, del viento que anima al peregrino, pues por tal me tengo, a seguir, de santuario en santuario, buscando, preguntando por Aquel que tanto ama.
La tarde habrá de llegar con la luz que muere, quizá con la nieve a la que tanto se espera en este interminable año de sequía, y somos, acaso, como esos personajes de Luigi Pirandello que están buscando autor, aunque nosotros le tenemos cierto, por mucho que nos empeñemos en no querer saberlo. La tarde se irá, vendrá la noche, y yo seguiré, como siempre, buscando calentar estas pobres manos que me sirven para dibujar el mundo, en la dulce duermevela de los sueños, con hogueras imaginarias y con el calor de los que junto a uno habitan, en plácida concordia, en el paisaje del hogar, para no ser el coronel de García Márquez que no tiene quien le escriba.
Fernando Alda Sánchez
(Foto: La Anunciación, Leonardo Da Vinci, tomada de pixabay)
Dios me llama
Cuánto dolor en cada aurora,
en la luz que amanece
y abrasa la esperanza.
Es la vieja máquina de escribir
a la que le falta
una sola tecla
y ya duerme en el limbo,
o las fechas que se apuntan
en los cuadernos cuando se inician
y no tienen día de término,
acumulando lagrimas y destrozos
entre papeles desvanecidos.
Diarios moribundos, estertores de tinta,
en los que la letra
agoniza desangrándose
en trazos azules o negros,
como arterias abiertas o grifos
viejos que la herrumbre
ha malogrado. Quisiera
despertar ahora, despojarme
de este letargo, revivir
entre los mapas inéditos
de una vida por estrenar.
Quisiera volver a ascender
a una montaña entre la niebla
y coronar el sol y los cielos,
mientras dura el día
y las campanas guían el vuelo
sutilísimo de las águilas
hacia la inmensidad:
Dios me llama,
es el hombre nuevo que renace
y alcanza hermosuras y transparencias,
arboledas de aire,
plenitud en la mirada
infantil que se asoma
al círculo y la estancia,
allí donde habita el Amor
más grande que soñarse pudiera.
Fernando Alda Sánchez
en la luz que amanece
y abrasa la esperanza.
Es la vieja máquina de escribir
a la que le falta
una sola tecla
y ya duerme en el limbo,
o las fechas que se apuntan
en los cuadernos cuando se inician
y no tienen día de término,
acumulando lagrimas y destrozos
entre papeles desvanecidos.
Diarios moribundos, estertores de tinta,
en los que la letra
agoniza desangrándose
en trazos azules o negros,
como arterias abiertas o grifos
viejos que la herrumbre
ha malogrado. Quisiera
despertar ahora, despojarme
de este letargo, revivir
entre los mapas inéditos
de una vida por estrenar.
Quisiera volver a ascender
a una montaña entre la niebla
y coronar el sol y los cielos,
mientras dura el día
y las campanas guían el vuelo
sutilísimo de las águilas
hacia la inmensidad:
Dios me llama,
es el hombre nuevo que renace
y alcanza hermosuras y transparencias,
arboledas de aire,
plenitud en la mirada
infantil que se asoma
al círculo y la estancia,
allí donde habita el Amor
más grande que soñarse pudiera.
Fernando Alda Sánchez
miércoles, 6 de noviembre de 2019
El Todo en la Nada
Buscar el Todo en la Nada. Así le gusta decir al escritor abulense José Jiménez Lozano cuando se refiere a nuestros dos paisanos más universales, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Buscar el Todo en la Nada. Ahí reside la esencia de la mística, especialmente de la mística de estos dos carmelitas universales. Y de ahí, quizá, mane también la estética carmelitana que propició la reforma teresiana: la desnudez de los muros de una celda, baldosas de barro, un camastro, el recio hábito, una ventanita para asomarse a la luz del día, una vela en una palmatoria, el silencio del claustro, los desiertos a los que retirarse, las ermitillas para orar desde el interior, la desnudez más absoluta, pues solo Dios basta en esa noche que el alma atraviesa buscando al Amado.
Para desgracia nuestra, vivimos en medio de reflejos de espejismos, ni siquiera en la propia realidad. Acaso en la deformidad de las imágenes de los espejos del Callejón del Gato, que inspiraron los esperpentos de Valle Inclán. Estamos rodeados de ruido, pero vivimos en un mundo de silencio en el que ser, seguir siendo, intentar ser, resulta atroz. Solo estamos, puede que de paso, como siempre, pero completamente desarraigados, ajenos, extranjeros como somos, que diría Albert Camus, envilecidos por la peste de tener.
¿Nos atreveremos algún día a buscar el Todo en la Nada, es decir, a buscar a Dios en el silencio, en la desposesión, en el vacío? ¿O seguiremos aparentando a jugar con el fuego prometeico cuando solamente somos "los hombres huecos, somos los hombres rellenos apoyados uno en otro la mollera llena de paja", que diría T.S. Elliot en su "Tierra baldía"?
En este día tan gris que el otoño ha traído hasta las puertas de la Muralla de esta Ávila que hoy parece no querer despertar, me quedo con mis paisanos carmelitas, buscando allí donde nada existe, allí donde todo es transparente, allí donde sobra cualquier adorno, en la desnudez del alma frente a Dios. Alejado del mundanal ruido, que escribiera Fray Luis de León, en la seguridad de que solo hay un camino, una luz, una certeza.
Y ahora seguiré mirando cómo el día no acaba de crecer, cómo la luz mortecina, que parece provenir de una vela a punto a extinguirse, no ilumina, y entonces es mejor volverse a mirar por dentro, replegarse, aguardar, acaso, la nieve que anuncian para mañana, que alboreará las cumbres de las montañas y dulcificará con su blancor los prados exahustos y sedientos. Mirar por dentro, como nos ve Cristo, sin mamparas ni disfraces. Mirar esas celdas conventuales carmelitas, en San José o La Encarnación, por ejemplo, y ver la búsqueda, el empeño del alma por hallar el Todo en la Nada, para no quedarnos siempre viendo la luz al final del túnel y, por fin, llegar a ella.
Fernando Alda Sánchez
(Foto: pixabay)
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