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domingo, 23 de febrero de 2020

El puchero de la nostalgia


          El mundo como un león rugiente que amenaza con devorarnos, como las fauces de la noche, que se abren amenazantes sobre las tinieblas, un Goliat que fuese a aplastarnos, un Leviatán, el caballo de Atila hollando la hierba que no volverá a crecer jamás. Y así los días, las horas que se desgranan como las cuentas de un collar roto, acompañados por los amigos espirituales que nos hablan entresueños, como hiciera Dios con José, para seguir lúcidamente despiertos frente a los nuevos bárbaros.

          Cristo me busca, incansable, todos los días, en ésta y en todas las encrucijadas que me van saliendo al encuentro en lo que es la vida. No estoy solo. Caminos largos, viajes lentos, polvo en las sandalias y en la memoria, una luz que viste de oros nuevos la altura de la mañana. Ancha es Castilla, dicen, y así me lo parece en este despertar de domingo en el que el campo duerme aún esperando el fulgor de la primavera. En la redondez de las colinas, tal senos de mujer, de matrona antigua, de luz no usada, arde el tiempo y deja ascuas de silencio, intensos carbones prendidos que respiran las distancias, el crecer del alma que está buscando a su Amado en estos páramos de viento y de nada.

          Pasear siempre, encender los recuerdos, avivarlos como la antigua chimenea del hogar en el que seguimos siendo, en el que humea el puchero de la nostalgia, la esencia de ser al escuchar viejas historias que se descuelgan de labios viejos, lo eterno, la voz de los antepasados que claman, quizá desnudos, desamparados, pues ya nadie los recuerda. Los hemos dejado solos en la muerte, en el olvido, empeñados en esta carrera absurda por tener lo más nuevo siempre, lo último de lo último.

          Hic iacet pulvis, cinis et nihil, como en la cripta romana de los capuchinos, pues hemos quemado a los ancestros en piras mortuorias, en cinerarios hornos,  en inútiles hogueras de soberbia y orgullo. Bien lo sabía el cardenal Portocarrero, pues así también su epitafio. La cultura antigua ha muerto. Homero es un cadáver. Virgilio aún llora entre las tumbas malditas del Mediterráneo, donde perecen los hombres sin esperanza ni caridad. En nuestras playas se pudren al sol los cadáveres de cuanto fuimos. Y aún nos creemos dioses...

        En estas tristezas aún encuentro la alegría suficiente en el Evangelio, camino de Emaús, con el corazón ardiendo. Solo Dios basta, pese a que tengo el alma turbada por estos abandonos, por estas melancolías que se arrastran por el barro durmiente, como sombras, pues quizá hemos olvidado lo que nos hizo hombres, la conciencia de la muerte, nuestra trascendencia, el Espíritu de Dios, ese salto en el vacío que es la Fe, sin red, sin asideros, a cuerpo limpio, que decimos, sin darnos cuenta que nos siegan la hierba bajo los pies aquellos que nos venden paraísos en la tierra, paraísos apolillados y hueros, tan frágiles que una pequeña brisa los tumba. Los hombres huecos de la tierra baldía...

      Menos mal que el esplendor de la vida me nace aún en la palabra, desde el fondo de la boca, desde el pecho más profundo, desde el nervio del corazón, desde el tuétano del alma. Y sigo mirando, caminando, buscando siempre, pues en esa búsqueda, más allá de mis límites, de mi debilidad, soy hombre, Hijo de Dios, y sueño con eternidades, con un resplandor de arcángeles.

     Y confieso que no ha de morir el día sin el recuerdo de quienes me precedieron, sin la memoria de quienes fueron antes que yo y por los que existo y hoy sueño en estas soledades de Castilla, en estos pagos altísimos, transparentes, de esta Ávila que es la agustiniana Ciudad de Dios, Jerusalén, la puerta del Cielo. Hay estancias, como decía Teresa, en este Castillo Interior que es el alma y que ya no cuidamos, abandonados como estamos a la veneración de la materia. No solo de pan vive el hombre... recuerdo, y la estatura del aire me acompaña en este ascenso, en esta liberación. Unas flores ya mordidas por la fiereza del tiempo aún lucen en un tiesto, quizá orquídeas. Solo soy un hombre y por ello enciendo una pequeña candela entre las manos, para calentar tanto silencio, tanta soledad, tanta desmemoria... mas aún mi corazón late, entre la ceniza, como soñara Quevedo, y alumbrará una aurora de esperanza y de emoción. Cristo ha resucitado.


Fernando Alda Sánchez

(Foto Pixabay)


   

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