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sábado, 21 de diciembre de 2019

A la intemperie



          El viento se lleva el sol y lo tiñe de nubes. En la calle, nadie, ni un alma, solo el resplandor de amores que se perdieron, de suspiros que se desvanecieron con las hojas secas en el otoño, que ya va muerto esperando el albor de la nieve y el invierno. Son exequias de abandono. Los ojos buscan la iluminación del día, la miniatura colorida de los códices medievales, pues parecen las únicas ventanas por las que puede entrar algo de luz a las entrañas que hoy están revestidas de tinieblas en una ceremonia de confusión y de atardeceres.

         Abres el diario y la tinta tiembla al plasmarse en escritura, no hay certeza. El alma está a la intemperie, desabrigada, en pleno desasosiego, buscando puertos con suficiente calado en los que ampararse ante tanto desvarío. Los caminos están llenos de salteadores, de celadas, de barros muy densos que los hacen impracticables. Escribir no aleja los fantasmas del olvido ni las cenizas del tiempo o de la historia.

          Y como siempre, regresas a la lectura, al abrazo del libro, en ese abandono de toda fuerza, de toda resistencia, con la voluntad de permanecer viviendo otras vidas y sintiendo otros sentimientos. Acaso una lágrima abre surcos en tu mejilla, como un último adiós. Y te sientes, de nuevo, vivo, con el gozo necesario de salir a pecho descubierto a proclamarlo aún a riesgo de terminar frente a un pelotón de fusilamiento.

        En las veletas gime el destino de los hombres, tan perdidos y desolados, buscando, como Narciso, su propio rostro en los charcos de agua, en las lagunas estigias de la desmemoria y la extinción. Bastaría alzar los ojos a lo Alto para no ver tanto ombligo azul, gangrenado. Parece que el hombre se ha empeñado en vivir en una permanente metástasis espiritual, como un reflejo de si mismo que no puede encontrar hondura ni horizonte. Falta altura.

      Tal vez nos hemos empeñado en enterrar nuestra esencia, el barro divino del que estamos hechos, en un calaje que dejamos abandonado al albur de la fortuna, a las predicciones del horóscopo, aferrados ciegamente a lo que creemos es nuestra libertad. Y tenemos miedo a pronunciar el nombre de Dios, pensando que eso nos empequeñece, sin saber que su amor nos hace más fuertes y más libres.

     Me siguen temblando las manos al escribir. La tinta fluye turbia desde la estilográfica, como si quisiera ser sangre, ardiente tributo que me acompaña en este humano respirar, en el viaje hacia el interior de uno mismo en el que ya voy sin temor, pues no estoy solo. La Luz llega. Pronto será 24 de diciembre, y luego, Navidad.

     Ahora, más silencio. Adviento.

Fernando Alda Sánchez


(Foto: Pixabay)

   

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