Únicamente pasea este hombre
en su misterio, solanas
otoñales junto a ermitas que el sol
dora en sus tejados, un cielo con soñar
de aves y temple anaranjado de amarillos
castaños.
Ya nada detendrá la liturgia del ácaro
en las arrugas, y aún así
continúa caminando aferrado a la niebla.
Pisa la hierba, la sombra
fugaz de árboles milenarios,
y con el duro
bastón de avellano dibuja círculos
secos, fechas imprecisas, borrosos
nombres curvados como guadaña.
Y anochecido el claror
de la tarde regresa a poblado:
el humo invita al cobijo,
a entregarse al gozo de suaves
vinos en la ebriedad de la locura.
Fernando Alda Sánchez
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