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domingo, 22 de marzo de 2020

Melancólicas cartas

         Os dejo hoy un nuevo relato que ha escrito mi hija Elvira Alda Peñafiel. Ella explicará a continuación los entresijos del mismo. Como siempre, espero que os guste. Para mí es un motivo de satisfacción muy grande contar con estas colaboraciones de ella.

En, primer lugar, quería daros mi más sincero agradecimiento por los comentarios que recibí en mi último relato, pues me animan a seguir escribiendo con mayor ilusión. En este relato he querido explorar lo que es el concepto de "alma romántica". Recientemente he descubierto la literatura del Romanticismo (sobre todo por mi padre, que es un gran admirador de este movimiento) y me ha fascinado con su sensibilidad. En mis escritos me interesa principalmente transmitir las emociones de cada personaje, y me baso siempre en sentimientos para escribir los argumentos de mis relatos. Espero que disfrutéis de él y que, si no conocíais este tipo de literatura, os descubra un mundo que os aseguro que no os va a decepcionar.




El mediodía se encontraba teñido una vez más por la melancolía que pesaba en su interior, tan amarga y falta de esperanza, dejándose arrastrar por los fantasmas de su recuerdo en las profundidades de aquel pandemónium de pensamientos que agitaba su memoria. “Si tan solo me concedieras un instante de calma, si tan solo me otorgaras una mínima misericordia”. Vanamente resultaba mendigar una escasa compasión a un alma negada a vislumbrar felicidad entre sus sombras. Charlotte Carlton observaba distraída el paisaje perfilado en el horizonte desde el balcón de su dormitorio. El viento amenazaba con despojarla de su velo, por lo que se veía obligada a sujetarlo.

Ella siempre había creído que su vida era plena y había poseído todo aquello que había deseado. Una gran educación y el prestigio de ser una de las damas más elogiadas de todo Derbyshire había henchido su orgullo y su confianza en sí misma. Su matrimonio con Robert Carlton al principio no le había resultado de gran fortuna, pues él ya había dejado atrás los buenos tiempos de la juventud, acercándose precipitadamente a los cuarenta, pero su elevado estatus social y su encantadora propiedad de Bringston Hall fueron suficientes para sentirse dichosa. Los viajes por Europa, los bailes de la temporada londinense y los lujos y comodidades nunca sobrarían para una dama como Charlotte. Sin embargo, el enigmático mundo de la alta sociedad inglesa, un confuso baile de máscaras y formalidades, jamás la preparó para soportar las verdaderas penalidades de su insignificante existencia.

Resultó que el señor Carlton se hallaba inmerso en un negocio con el señor Birdwhistle, propietario de unas ricas tierras al oeste de Hampshire, las cuales él tenía la intención de adquirir con la beneficiosa finalidad de acrecentar sus riquezas, por lo que viajaron a Winchester, donde se reunirían para firmar el acuerdo. Y es en estos acontecimientos en los que nos percatamos de que somos frágiles cual jarrón de cristal, que no está íntegramente en nuestras manos dirigir las riendas de nuestra vida. Aquella noche, un incendio se desató en las cocinas de la pensión donde Robert y Charlotte se hospedaban. Las llamas devoraron con famélica avidez hasta el último rincón del edificio, reduciéndolo todo a escombros y cenizas. Tanto Robert como ella sobrevivieron al fuego, pero Charlotte sufrió tales quemaduras que le desfiguraron de forma severa el rostro. Perdida la gracia de su hermosura, el miedo al escarnio social se apoderó de ella. Por ello, su solución fue encerrarse entre los gruesos muros de Bringston Hall.

Abandonó el dormitorio conyugal para trasladarse a una amplia habitación situada en la zona más alta de la mansión, con un gran balcón que daba a los jardines exteriores de la propiedad. La única excepción era cuando salía a pasear bajo el oscuro manto de la noche. Allí no permitió que entrara ninguna otra persona, salvo su doncella, Amy, quien la atendía en lo que ella necesitara. El señor Carlton, enormemente frustrado por el confinamiento de su esposa (por más que había insistido en verla, su negación seguía firme), fue consintiendo que su conducta se degradara, amargando su humor y recurriendo a diversiones y compañías pecaminosas para hallar consuelo. Charlotte no se mantenía ajena a estos asuntos, ya que su doncella la comunicaba cada movimiento que tenía lugar dentro de los muros de la mansión. No obstante, ella prefería cubrir su rostro con un velo y desahogar sus pesares con la melodía de su piano y con la escritura de un sinfín de cartas sin receptor.

En aquel momento, ella había finalizado otra de sus cartas y la había dejado sobre el escritorio. Asomada a su balcón esperaba que la visita de su marido terminara para poder tocar libremente el piano. No sería nunca su intención causarle a Robert un interrogatorio por parte de sus invitados acerca del intérprete del piso superior. Unos golpes en la puertas la devolvieron a la realidad.

-Señora, el visitante del señor Carlton ya ha partido.

Nada más abandonarla su doncella, ella procedió a distraer sus pensamientos con el placentero tono de su piano. Dejó el ventanal que daba al balcón abierto para que aquella luz que reflejaba la languidez de su ánimo la inspirara.

Paralelamente a esto, se encontraba John Byrne abandonando los jardines de los Carlton tras haber concluido su visita. El señor Byrne era el nuevo propietario de la mansión de Netherley, a unas pocas millas de Bringston Hall. Nacido en el seno de una adinerada familia de Irlanda, había viajado hasta Derbyshire para ser el dueño de sus propias tierras. Sin embargo, todo rastro de voluntad que pudiera haber en esta decisión era inexistente, pues había sido la presión de sus padres lo que le había conducido hasta allí. En su más insensata veintena, John era de esos espíritus que se guían por sus confusas emociones, un hombre incomprendido que vagaba por la faz de la Tierra en busca de aquellas sensaciones que saciaban su constantemente atormentado ser, evadiéndose de su entorno a través de mundos idealizados por bellezas inverosímiles. Era por causa de la ausencia de control de sus sentimientos que había acabado peligrando su integridad física en numerosos escándalos, por lo que sus progenitores se vieron forzados a tomar medias al respecto. Conservaban la esperanza de que su hijo se centraría en sus obligaciones, y consideraban que darle un cargo tan importante como ser dueño de su propio territorio surtiría efecto.

Debo aclararle, querido lector, que estas medidas no habían efectuado cambio alguno en el comportamiento de John.

El joven Byrne, a pesar de su irracionalidad, era un caballero educado, por lo que había ido a Bringston Hall a presentarse al señor Carlton. Su intención había sido exclusivamente la de una breve visita y luego regresar a Netherley para allí volver a perderse en sus ensoñaciones, sin embargo, percibía aquella extraña música que procedía de aquel balcón, la cual le suscitaba demasiada curiosidad como para marcharse sin más. La melodía del piano era triste y con graves tonos de desaliento. Sentía la aflicción de cada nota filtrándose por los recovecos de su mente, como si fuese la suya propia, de la misma manera que todas ellas plasmaban la agonía existencial de su esencia a través de la evocación de sentimientos pasados.

Fue entonces cuando una ráfaga de viento lo sacó de su ensimismamiento y sacudió las elegantes cortinas del balcón. Asomó por éste, elevada por la corriente, una hoja de papel que, con su sutil descenso, llegó a parar a las manos de John. La tinta aún estaba fresca y los trazos estaban realizados con pulida sutileza. La música no cesó ni nadie salió a reclamarla, por lo que procedió a su lectura. Y jamás creyó ser humano rendirse cautivado ante tales palabras.

Era como la caricia de los árboles, el canto de una ninfa, la firmeza de las montañas y la impetuosidad de los mares. La angustia expresada en aquella carta lo embriagaba sobremanera de sublime fascinación, laceraba y estremecía sus vísceras de puro delirio. ¿Cómo los más sencillos términos podían ser tan delicados y feroces en una sola naturaleza? El tormento de las palabras concernientes a la dama que las había escrito (llegó a esta conclusión por medio de algunas expresiones empleadas), al igual que la cadencia de la melodía, que ahora más que nunca impulsaba su acelerado corazón, mostraba el más cristalino reflejo del suyo, ambas almas moribundas que deambulan rogando un ápice de felicidad. Y era su alma la que necesitaba de la suya para subsistir en la crueldad del destino, y era este mismo destino el que se había apiadado de él con un ser moldeado por su semejante desconsuelo.

De tal modo, John Byrne fue seducido por una idealizada pasión naciente de un abstracto espejismo, pero él no llegaría en ningún momento a sosegar su desenfreno, al contrario, consentiría su libertad, puesto que él nunca aprisionaría su espíritu con viles cadenas. Alimentado por el afán de sus románticas aspiraciones, pasaron lentamente los meses, mientras Charlotte persistía en su aislamiento, ajena a todo acontecimiento, y Robert habituaba actividades perjudiciales.

Sin embargo, la inquietud interior de John no se colmaba con sus fantasiosos ideales, dado que un hombre no es capaz de contemplar su razón si ésta es obnubilada por el fuego de su amada, así que optó por recurrir a una medida decisiva.

Habiendo manifestado el estrellado firmamento todo su esplendor, se encaminó hacia Bringston Hall en compañía de uno de sus sirvientes, Alfred, por si surgían complicaciones de cualquier clase. Antes de salir, Alfred le había entregado a John su pistola. Dicha pistola había sido un obsequio de sus padres por causa de sus temerarias acciones para su defensa en ocasiones de gran peligro en sus imprudentes altercados. Su objetivo era tratar de arrojar una carta al balcón que contenía la confesión de sus sentimientos, indicándole un punto a las afueras de la propiedad para reunirse con él al caer la tarde del día siguiente. No fue necesario, no obstante, este procedimiento. Una mujer engalanada con un velo negro y unas vestiduras del mismo color caminaba por los jardines, bajo la luz noctámbula de la luna. Charlotte había salido para uno de sus paseos.

John no dudó en que se trataba de su amada, por la elegancia de su andar y el misticismo de su aura. Acelerándose el pulso en sus venas, se aproximó a ella apresuradamente y, en el momento en que estuvo lo suficiente cerca para que Charlotte se sobresaltara y preguntara el motivo de su intromisión, él se aventuró a declarar sus descabellado amor.

-Señora, no es mi propósito importunarla a estas horas de la noche, pero le imploro que escuche lo que tengo que decir. Desde el día en que leí su carta mi corazón quedó hechizado por la magnificencia de sus palabras. He caído en lo más profundo del abismo y el amor que en mí ha despertado me ha salvado de esta condena. Es mi deseo, por tanto, profesarle mi afecto vehemente y sincero.

La proposición de John fue respondida con el asombro de Charlotte que, además, aprovechó para recriminarle que le hubiera robado algo tan íntimo como era su carta. John se justificó explicando cómo la carta había llegado a parar a sus manos, sin recibir la credibilidad de ella.

-¡Me escandaliza su falta de decoro! ¿Cómo puede atreverse a cometer la insolencia de mancillar la dignidad de una esposa con sus ofrecimientos impuros?

John reparó en que su amada no era otra que la esposa de Robert Carlton. Charlotte hizo el ademán de retornar a la mansión, pero el firme agarre de John a su mano la retuvo.

-No crea que estoy aquí para pedirle favores que estén fuera del respeto hacia una dama. Es su alma lo que anhelo, y la suya y la mía están hechas del mismo dolor.

-Le pido amablemente que abandone estos dominios y no vuelva a aparecerse más.

-Aunque sea, señora, concededme el deseo de conocer su nombre y ver su rostro.

John no se doblegó y continuó con su insistencia a la señora Carlton. Alfred no podía hacer otra cosa más que presenciar la escena con absoluto pavor. Entre el forcejeo y los gritos de Charlotte pidiendo auxilio, John logró despojarla de su velo y observar las facciones que tanto habían embellecido sus pensamientos. Sus rasgos deformados le horrorizaron terriblemente. De todas formas, aquello no provocó variación alguna en sus sentimientos, aún efusivos y obstinados.

Las voces de Charlotte llegaron a oídos de varios de los sirvientes de la mansión, que avisaron velozmente a su señor para alertarle de la circunstancia. Robert, armado con su pistola, salió a buscar a Charlotte en la penumbra de la noche, y cuán tremendo fue su estupor al presenciar a su esposa sin su velo tratando de zafarse de las manos del señor Byrne, quien hablaba sin cesar de su amor hacia ella. Robert estalló en cólera y, apuntando a John con el arma, lo amenazó para que dejara tranquila a su mujer.

-¡Lárguese inmediatamente y no se acerque nunca más a mi esposa!

Lo que no esperaba el señor Carlton era que John fuera a desenfundar igualmente una pistola, lo que aumentó el nerviosismo en ambos contrincantes. Los sollozos de Charlotte no bastaron para hacer razonar a su marido.

-La desdicha de su esposa no me habría traído hasta aquí si usted, señor, hubiera cumplido con sus obligaciones como marido y no hubiera permitido que se hundiera en su perdición. Es por eso que pretendo sanar las heridas de su alma, para que vuelva la alegría a su semblante y goce de la verdadera felicidad.

Robert se sintió gravemente dolido por el comentario de John, considerando que él todavía sentía aprecio a su esposa. Esta ofensa provocó que perdiera la compostura y disparara a John; instante seguido, él imitó la acción. Uno recibió el disparo en el hombro, y el otro en el pecho.

El cuerpo inerte de Robert Carlton se desplomó en el suelo.

Frente al horror de Charlotte, que se inclinaba para abrazar el cadáver de su difunto esposo, y el agolpamiento de los sirvientes con el ademán de perseguir al asesino de su señor, Alfred cargó con John para huir de allí cuanto antes. Por fortuna, lograron escapar de los sirvientes y llegar a Netherley a tiempo de que un médico pudiera salvarle la vida. No se alejaron de los jardines de Bringston Hall sin antes atender a las amenazas de Charlotte.

-¡Cobarde, malnacido, vuelva y afronte las consecuencias de su agravio! ¡Le ha arrebatado la vida a mi marido y, con ello, me habéis arrebatado la mía! ¡No huyáis, malhechor, y pague por sus pecados! Que el peso de su conciencia lo torture hasta el fin de sus días. ¡Malditos sean el aire que respiras y la sangre de tus venas! ¡Oh, desolado corazón mío, apaga de una vez tus sufridos latidos y arráncate de mi pecho! No concibo el vivir sin mi Robert, y ha sido un error haberlo alejado injustamente. ¡Robert, Robert, escucha mis súplicas y no me abandones!

Si acaso, querido lector, piensas que esta historia acabó aquí, no perciba como una ofensa que le contradiga. Posteriormente a estos hechos, John fue curado por un médico (al que hubo que sobornar con una generosa cantidad de dinero para que no lo delatara) y regresó a Irlanda con sus padres, pero no les relató lo ocurrido. Ya que ninguno de los sirvientes reconoció al señor Byrne, no pudieron acusarlo de asesinato. Un entierro al que asistieron los familiares y amigos más cercanos supuso el final del señor Carlton. Charlotte se atribuyó la culpa del fallecimiento de su esposo, de haber provocado su sufrimiento con su distancia, y esa culpa la enloqueció hasta el desgraciado extremo de acabar internada en un sanatorio, donde se consumió hasta la muerte.

John, finalmente, puso fin a su alocado libertinaje y aceptó las responsabilidades de su posición social, quedando satisfechos sus padres por su aparente maduración. Pero sus remordimientos lo persiguieron hasta el último suspiro y no halló jamás su espíritu la serenidad. El rostro desfigurado de aquella dama a la que amó incluso sin saber siquiera que su nombre perduraría grabado en su memoria.




Elvira Alda Peñafiel

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