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lunes, 20 de abril de 2020

Asnos


          Nos gustaría viajar a lomos de un purasangre y galopar abiertamente, pero lo cierto es que lo hacemos sobre un humilde asno, sobre un burrito o una asnilla, como entró Cristo en Jerusalén, como lo hacían y lo hacen todos los humildes, todos los pobres, de la historia y del mundo, a paso lento, trabajoso, para ir sabiendo de las dificultades del camino, de sus celadas y abandonos, pero tristemente nos pierden la ambición y la codicia, que son un manantial potente del que surgen otros males.

          Confieso que siempre he sentido debilidad por estos animales que pueblan nuestro imaginario cultural desde la noche de los tiempos y que nosotros identificamos con la ignorancia, quizá porque no hemos sabido comprender cuánto hay de nosotros en ellos y cómo representan el tesón, el esfuerzo, la resistencia, la humildad, el coraje para seguir viviendo. El asno siempre ha sido un animal simbólico, que en sueños, como dice Juan Eduardo Cirlot en su "Diccionario de símbolos", puede ser también un mensajero de la muerte, el que nos roba el tiempo a la vida.

          Si no hubiera sido por su burra,  Balaam habría sido destruido por el ángel que se le apareció en el  camino con una espada, cuando iba a maldecir a Israel. Balaam  azotó, hasta tres veces, a la asnilla, pensando que era cuestión de la terquedad del animal el haberse salido del camino, sin saber que, sin embargo, era pura sabiduría. Bien claro se lo dijo la burra. Y es que como nos pone de manifiesto Nuestro Señor, qué torpes y necios somos en ocasiones ¿Y  no nos ocurre a veces que la persona más sencilla, la que parece que menos puede aportar, la que hemos descartado porque no es guapa o no tiene dinero, o es mayor, es la que nos está dando la solución a los nudos gordianos que nos encontramos en la vida? Ahí lo dejo.

        La Biblia está llena de referencias a los asnos, siempre como símbolo de lo pequeño y humilde, quizá de esa piedra que desecharon los arquitectos y hoy es la piedra angular. Es el asno de Abraham para ir al Monte Moria, es el asno que utilizan María y José para huir con Jesús a Egipto. Pero también el arte y la literatura están llenos de asnos o burros. ¿Quién no recuerda al maravilloso Platero de Juan Ramón Jiménez o al burro flautista de la fábula? Y están también el burro en el que se convirtió Pinocho, el personaje de Romano Collodi, el rucio de Sancho Panza, y hasta en la filosofía aparecen, como el Asno de Buridan, que terminaba por morir de hambre al no ser capaz de decidirse por alguno entre dos montones de heno. Y más popularmente tenemos el burro del molinero, que carga con todos los errores de su amo, aunque no le correspondan, o el burro que "acarreaba la vinagre", que acaba muerto, según la canción, pues Dios se lo lleva, como se nos llevará a nosotros, de esta vida miserable, que tantas resonancias medievales me trae ahora. Tenemos también asnillos en la pintura, como los que dibujaran Gioto, Picaso o Marc Chagall, y que son iconos de nuestra propia existencia. Una delicia, por demás.

        Nos sobran corceles para cabalgar el tiempo, pues nos llevan más rápido a la muerte, por paradójico que resulte en un mundo en el que buscamos, como siempre hemos hecho, la eternidad en la tierra, con medios humanos, que sólo prolongan la vida, pero no nos dan la inmortalidad. Nos sobran corceles para caer por el límite del abismo, de tan cargados como vamos de soberbia. Nos sobran corceles y nos faltan asnos, para no estamparnos de bruces contra nuestra propia fragilidad.

       Quizá, pese a lo que nos ocurre, pese a que los muertos por el coronavirus se nos amontonan en las morgues y hay tanto dolor en el mundo, es demasiado tarde para volver atrás, para reflexionar, pues la prisa la tenemos inoculada en nuestras médulas como si de un veneno se tratase, un veneno que no acaba de matarnos, pero sin el cual no podemos vivir, tal el sufrimiento de Sísifo, o el de Tántalo, el del mismo Prometeo, el nuestro propio. No digo yo como el poeta que cualquier tiempo pasado fue mejor, pues además nos puede ocurrir como a la mujer de Lot, que quedó convertida en estatua de sal por volver la vista, pero creo necesario que abandonemos este síndrome de la prisa, de la aceleración, de la falta de tiempo para vivir, empeñados como estamos en producir únicamente, para volver a pensar y a creer, para volver a ser para lo que fuimos creados por Dios, para darle gloria, para disfrutar de todo cuanto nos rodea y es hermoso por el simple hecho de existir.

        Necesitamos volver a embriagarnos con el albor de las auroras, con la luz centelleante de las estrellas, con las ropas con las que Nuestro Padre viste a los lirios y a las aves, con el sonido del mar, con el brillo de la luna sobre nuestras cabezas, con los largos poemas que hablan de gestas y hazañas, necesitamos  volver a sentir el rocío entre nuestros dedos, el silencio, la oración, el color de los sueños, el pulso del amor y de la entrega, todo cuanto ha sido creado para nosotros y nos pertenece no para su consumo, sino para nuestro recreo.

       Por tanto, salgamos a pintar los ocasos con la luz del fuego, a respirar el aire de los días antiguos y las jornadas sin propósito, a no ponerle precio a nada, a sentir sobre el rostro la caricia de la lluvia, la música, no el ruido, no la angustia, no el desasosiego, salgamos a cantar y reír, a llorar también, pues somos humanos y hemos venido a la tierra no para dominarla o poseerla, sino para salvarnos con ella, para vivir en ella, para coronarla y ensalzarla, pese a que el gusano de la muerte nos lleve a atesorar, en ese síndrome de Diógenes que parece tenemos todos cuando nos levantamos y sólo queremos tener, acumular basura que no podremos llevarnos al cementerio.

     Vuelvo a los asnillos, a las burritas, que ya casi no se ven en nuestros países tecnologizados, extinguidos como están, pese a su grandeza, apenas el testimonio de otra vida que fue posible, en la que los seres humanos éramos, de pies a cabeza, sin estar aferrados al duro banco de la posesión y la tenencia, a las argollas con las que nos oprime la esclavitud del tener, del aparentar. Felices esos asnos bíblicos que llevaron a sus lomos a profetas y al mismo Jesucisto, a Dios, felices esos asnos que tanto nos han ayudado con su fuerza y su fidelidad, pese a nuestras renuncias y burlas.

     El día viene hoy nublado, como le corresponde a abril, aunque la lluvia parece esperar otras horas más cargadas de melancolía. El sol se asoma, como no queriendo molestar, de vez en cuando, dejándonos con esa tristeza que parece aflorar en el aire, sobre el jardín de casa, en el que tras el asombro de los lilos, que ya nos han regalado su fulgor, vendrán las rosas a vestir de esperanza el confinamiento, la ambigua luz con la que se despierta ahora la primavera, que nos llama con tanta fuerza. Así espero. Certeza.

Fernando Alda Sánchez

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