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viernes, 24 de abril de 2020

En el scriptorium


.           En la brumosidad de las tinieblas que embargan el curso de estos días de confinamiento, cuando en el alma se pudre una tristeza que enciende hogueras deshabitadas y en el aire flota, acre y turbio, un aire de desolación y abandono, el único consuelo parece estar en orar y leer, que se parece mucho al "ora et labora" de San Benito de Nursia, pues de algún modo nuestros domicilios se han convertido no se si en monasterios o en celdas conventuales, pero mucho tienen de ambas cosas. Y digo esto desde mi biblioteca, acaso el "scriptorium", con una sensación profunda de estar copiando quizá no el mundo, pero al menos sí el dolor que cabalga desatado por el mismo.

         A Dios Padre le pido la fortaleza necesaria para afrontar estos retos con tan desiguales fuerzas, a Cristo, Dios Hijo, le solicito amistad y compañía en este Getsemaní en el que penamos, y al Espíritu Santo la sabiduría suficiente para orientar la vida y encontrar el camino que me lleve a los dos primeros. En manos de la Santísima Trinidad dejo mi existir.

          Con respecto a la segunda fase de la proposición, una vez realizadas las oraciones, abandonado a los sueños de Dios, el trabajo y la lectura, la escritura también, como lo demuestran estas torpes líneas que se amontonan en la pantalla del portátil, son muchos los deseos, no siempre correspondidos, por la voluntad real que, frente a la imaginaria, va estableciendo límites y alzados, el croquis más o menos cierto, de cómo transcurren las horas y los días, con la peste rugiendo a las puertas del monasterio.

         Y más que lecturas evoco ahora lugares, quizá con la visión del monje que describe y asienta su entorno, y busca el acomodo del alma en algún claustro, quizá el de Silos, con el "enhiesto surtidor de sombra y sueño" que apunta hacia el cielo, en los versos de Gerardo Diego, o a caso en los claustros de Santo Tomás, extramuros de Ávila, y por qué no en las ruinas del que fuera de Nuestra Señora del Risco, en las alturas de la sierra abulense, o entre los muros de La Armedilla, que fuera de monjes jerónimos, muros hoy vencidos, mordidos por las fauces del tiempo, desalmada piedra que aguanta el temporal. Eso por citar tan solo algunos de hombres que ahora afloran. De mujeres no puedo olvidarme, sin incurrir en falta grave, de La Encarnación y San José, en Ávila, carmelitas, en los que comenzó la andadura de luz de Santa Teresa que en todos los rincones del mundo ilumina.

         Está la peste afuera, deseando apagar la velita que llevamos encendida en los adentros, tan pobre y poco agraciada, tan pequeña y corta, tan nonada, que da calor al alma y que es el reflejo de Dios, del espíritu sagrado que nos insufló, y espero que estos arcos de piedra que conforman el dibujo de la Jerusalén celestial sean contención suficiente para aguantar estos embates invisibles y no por ello menos peligrosos, que además de al cuerpo también afectan al intelecto, a las entendederas, que dirían en cualquiera de nuestras aldeas en otros tiempos, para que no se nos reblandezcan, como a Alonso Quijano, al que quizá lo que parecía era locura no le sobrevino de leer, tarea, por demás, harto peligrosa para los que ostentan el poder, desde antiguo, sino que quizá la vesania se la produjo la contemplación, dolorosa, acaso, por demás, del retablo del mundo, en el que tantas injusticias padecen los de siempre, es decir, los que acaban irremediablemente bajo la rueda y sus engranajes, padeciendo las pulsiones y desafueros de los que han conquistado el carro de la vida y van montados sobre el mismo.

       Cómo no escribir o leer, como ya hicieron otros en  encierros similares, desde que el mundo es mundo y no nos sorprende nada ya, pues "nihil novum sub sole", como se dice en la "Vulgata" y su traducción al latín del "Libro de Qohelet", o, como le conocemos, el "Eclesiastés", aunque con demasiada frecuencia nos empeñamos en buscar esos asuntos nuevos que podrían brillar bajo el Astro Rey, sin que lleguen a resplandecer, pues nuestro afán es en vano y todo tiempo dedicado al mismo una pérdida y no ganancia. Pero estamos hechos, así lo creo, por designio divino, para buscar, para buscar a Dios, por supuesto, en ocasiones desde las tinieblas o en las tinieblas, como nos ocurre ahora, cuando el ser humano pierde todo sentido y parece que su vida es inútil y sin provecho.

       Y puesto que buscadores somos, sigamos haciéndolo, sigamos levantando alfombras, sigamos buscando la moneda que hemos perdido, como la mujer del Evangelio, pues en ello nos va, eso es seguro, la vida, tales son las mimbres de las que estamos hechos, para buscar, como decía, y encontrar, aunque no sea nuevo, que no es necesario estar sujetos al arbitrio de la novedad, la hermosa luz del amanecer, el trino de ese pájaro que nos visita en soledad, el fulgor de las flores, el paso del viento por nuestra memoria, agitando recuerdos, como si de mies a punto de ser segada se tratase.

       Vuelva la cordura a nuestro seso, que estas veleidades que produce el encierro no son buena compañía para acometer molinos, ni siquiera para andar por senderos bien señalizados, y dejemos que la imaginación, tan necesaria, por otra parte, como el propio sueño, para descansar de nuestros trabajos y nuestros días, tan agitados como vienen, sea el oasis necesario en el que atalantar los animales de la caravana en la que viajamos. Por mí, sin problema; ahora es asunto tuyo, amable lector. "Tempus fugit..." o eso otro de "vanitas vanitatis" que tanto nos definen.

Fernando Alda Sánchez


Nota.- La fotografía, realizada por el que esto suscribe, corresponde a las ruinas del Monasterio de Nuestra Señora del Risco, en Amavida, Ávila.




   

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