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sábado, 4 de abril de 2020

Carthago delenda est



          Es el paisaje hoy consuelo, una luz altísima, como una claraboya entre las nubes, tal vez faro que en la anochecida aporta seguridad, como el agua y sus espejismos, el derrumbarse de constelaciones antiguas, la Cabellera de Berenice, en este Jardín de las Hespérides en el que nos hallamos cautivos, sedientos de libertad.

           Veo arder Carthago desde la destrucción que llevara a cabo Publio Cornelio Escipión Emiliano, en el 146 a.C., y acaso asistimos, en este confinamiento, a la ruina del mundo, Carthago delenda est, tal nuestro deseo, impelidos por la vorágine de la prisa a allanar todo cuando hemos sido, igualándolo en las fosas comunes de la Historia. Todo ha de ser destruido, como la ciudad allende el Mare Nostrum que puso de rodillas, casi hasta el final, a la incipiente Roma. Destruido, acaso, para renacer, para volver a ser, para surgir, para encumbrarse, para respirar.

          Bosques inciertos se abren en la mirada, espesuras de sombra, como el ciprés de Silos de Gerardo Diego, surtidores de voluntad y anhelo en esta ciudad celestre que ahora imaginas como el de Hipona, los bárbaros apostados en sus murallas, minando las certidumbres, horadando con sus quelíceros violentos las últimas fortificaciones de lo real.

         Carthago fue removida en sus cimientos, borrada de los mapas, sus campos cubiertos de sal, como si de una dammatio memoriae se tratase, es decir, la condena de la memoria, la desaparición de todo rastro nuestro en el Leteo que va a la Estigia del tiempo, esa gran ciénaga que se traga todo, en la que todo muere. Pero tras su demolición, la ciudad volvió a nacer, fue reconstruida por aquellos descendientes de las legiones que la arrasaron. ¿Nos ocurrirá a nosotros lo mismo? ¿Nos levantaremos de entre los escombros del derribo al que asistimos, asombrados aún, como sin creérnoslo del todo, noqueados por un golpe tan fuerte que nos ha dejado fuera de juego? Y aún pensaremos por qué ocurre ésto, sin haber entendido que lo que hemos de buscar es el para qué ocurre ésto, la clave del arco, pues la piedra que fue desechada por los arquitectos es hoy la piedra angular, como nos recuerda el Evangelio. Y miro entonces a Cristo, que camina a mi lado y me sonríe, pese a que está a punto de comenzar su Semana de Pasión, de sacrificio. Cada uno busque su respuesta, siga el trazado por el que le lleve el camino. Yo se de quién me he fiado.

     La memoria perdura a través de nosotros, del propio fluir del tiempo, buscando salidas insospechadas, como fue la Carthago rediviva, aunque romana, o la Qart Hadasht, la ciudad nueva de los fenicios en España, la que fuera luego la Carthago Nova romana, nuestra Cartagena, o esta Ávila mía que ha conservado sus murallas y su esencia a través de los siglos, renaciendo también entre los escoriales de la historia, ceniza enamorada, como quisiera Quevedo, un sueño humano sostenido por un volar de arcángeles.

     No se lo que será de nosotros, si cambiará todo o si no habremos aprendido nada. Solo el paso de los días será capaz de ir poniendo a cada uno en su sitio, de ir tornando las lanzas a las que nos enfrentamos en arados, las espadas en podaderas, y de ir abriendo caminos de esperanza en medio de la zozobra que nos viste desde la cabeza hasta los pies.

     ¿Seremos de nuevo, abriremos foros y termas, bibliotecas y teatros, o seremos el "alzado de la ruina", el que  magistralmente escribiera Aníbal Núñez? ¿Seremos Jerusalén o Nínive, allí, en la orilla oriental del Tigris, a la que fuera Jonás, la que tardaba tres días en ser recorrida? El pantano de la Historia se ha tragado muchas ciudades, civilizaciones enteras, tanto sueño y tanta creencia. Ahora el mundo es global, y parece que nada podrá borrarlo, pero en estos días nos surge la duda, nos ahoga el pánico, nos entristece como nunca el halo terrible de la muerte cuando pasa entre nosotros y nos estremece. Recordemos, no seamos la Atlántida, ni Tartessos, que nuestra soberbia no nos impida sacar conclusiones para encontrar el camino cierto, aunque  lleno de dificultades, para alcanzar la seguridad que merecemos. Otros, antes que nosotros, ya lo hicieron, podemos aprender, pese a que el reto ahora sea colosal.

     Miro en la distancia los restos de la que fuera la Carthago romana, las columnas que apenas sostienen el vacío y la nada, el reino del escorpión y de la arena, el gobierno de la desmemoria, los campos y el salitre, los cielos en llamas, la sangre ardiendo, la devastación, la celebración de lo vencido y muerto, el apocalipsis de todo cuanto fue y no ha resistido el mordisco atroz de los siglos, la desolación y el olvido. Recuerda que vas a morir, que solo eres un hombre, memento mori, parecen decirnos bajo los arcos del triunfo, como les decían a los generales o emperadores victoriosos de la ciudad del Tíber, y Hamlet, frente a la calavera de Yorick, nos sigue interrogando, en el texto de Shakespeare, sobre la juventud, sobre lo que fuimos, sobre la risa y las bromas, sobre nuestro tímido cantar bajo las estrellas, y sabemos que "ahora, falto ya de músculos, ni puedes reírte de tu propia deformidad", como le ocurriera al bufón, pues nosotros parece que tampoco podemos hacerlo, no podemos reírnos de la deformidad que hemos ido creando y ahora nos devora. Yorick, tal vez también la Mari Bárbola que pintara Velázquez, se entristece.

     En estas penumbras discurre mi paseo interior, el vano afán por encontrar la salida en el laberinto perseguido por el minotauro de la melancolía, añorando siempre otros paraísos perdidos, como el de Milton, o los reinos imposibles, acaso Micomicón, de los que hablara Cervantes en su Don Quijote, presto siempre, como es mi caso, a aventurar la vida por el bien más preciado que los cielos dieron a los hombres, que no es otro que la libertad.

Fernando Alda Sánchez


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