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sábado, 18 de abril de 2020

Imaginación y júbilo


La vida huele a tierra mojada,

al heno que segó la guadaña
y se almacenará en el invierno
en los almiares, a la miel
que atesora la abeja con avara
intención. La vida huele a ti,
a tu anhelo, al orden de los libros
leídos y guardados en plúteos de niebla,
perdidos y no recobrados nunca
en los senderos que conducen,
borrosos y desmemoriados,
forasteros siempre en país conquistado,
hacia murallas y fosos,
barbacanas insalvables
cuyas dimensiones anotas
en un croquis amarillento
que abandonarás en la primera oportunidad.
La vida, en ocasiones, es como unos niños
jugando con una caja de cartón
muy grande, imaginación
y júbilo, la felicidad que producen
los detalles sencillos,
una greca de añil pintada
sobre una pared encalada,
unos geranios que acabasen
de abrir sus flores, racimos
de uva madurando al sol.
La vida huela a jaras, a romero,
y viste sus galas de genista
en el alborozo de la celebración.
Hay estanques y fuentes,
y arriates de hortensias y jacintos,
arrayanes, lilos, moreras,
púlpitos de umbría y de palabras
que bajo bóvedas de sombra y piedra
enternecen el aliento
de una sabia conversación.
Es hermoso el combate que huye
de la zozobra cotidiana y alcanza
su expresión máxima en la victoria
inflexible del tesón y de la espera.
No la locura, solo garabatos
para perfilar el éxtasis, antorchas de tinta
que no serán prendidas,
arena que no habrá de ser hollada,
la configuración de un espléndido
retablo que iluminará
incesantemente el transcurrir
amable de los años.

Fernando Alda Sánchez


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