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jueves, 9 de abril de 2020

En esta espera






A mis hermanos y hermanas cofrades
del Real e Ilustre Patronato de Nuestra Señora de las Angustias
y Santo Sepulcro de Ávila, en este Viernes Santo en el que
no saldremos en procesión por la pandemia del coronavirus
que tanto dolor está causando
en España y en el mundo entero


      Negra y morada, morada y negra, la tarde, acompañando a Cristo muerto, en un sepulcro de cristal y ausencia, y a su Madre Dolorosa, que camina con el corazón traspasado por siete espadas de fuego, desde las bóvedas de San Ignacio, por las calles abiertas de dolor, buscando el refugio de la Muralla, que nos abraza, en esta Ávila que ahora más que nunca es Jerusalén, procesión de nazarenos y mantillas, en el más oscuro silencio que habita las gargantas que quisieran clamar y no pueden, negra y morada, morada y negra, la noche.

      No hay soledad más grande que la del Viernes Santo, cuando hasta Dios ha muerto en la Cruz, y todo se ha venido abajo, y parece que ni somos capaces de llorar nuestra orfandad, pues huérfanos nos hemos quedado los hombres, en este día, tras la hora sexta, en la que todo se nos vuelve Calvario y vacío, y en Ávila los muros y las torres gimen en silencio, testigos de esta desolación que nos oprime el pecho, tras haber asistido, como Pedro, a la luz incierta de las hogueras del Pretorio, y acaso negando como él a quien es nuestro Salvador, a la condena a muerte de la Vida, de la Verdad, del Amor.

      Ávila está llena de hogueras que arden en los corazones de pura tristeza, de un abatimiento tan profundo que sabe a carbón, a raíces, a soledad, a horas muertas, al más atroz de los abandonos, pues somos, en este atardecer incierto, como el niño que ha perdido a su madre o a su padre, y el mundo es un abismo, una altura sin fondo, la boca de las tinieblas mismas, cuando en los tenebrarios se han ido apagando todas las luces y parece que no nos queda aliento para asomarnos por el brocal del pozo, tras el diluvio, y ver si el mundo sigue en ruinas, tan desolado y yerto como el mismo Cristo que llevamos a enterrar, quizá al Campo del Alfarero en el que están nuestros pecados, mientras la luz titilante de los hachones, que es la única que nos queda, va marcando un camino ardiente de silencio y sangre. Allí el arcángel, que guarda el cuerpo muerto, en la noche y en el tiempo, "Quis ut Deus?".

      Sólo la voz más antigua nos grita en los adentros, la voz de las tormentas, la voz del fracaso, la de nuestra fragilidad, la del barro endeble con el que estamos hechos. Es la voz de otros hermanos que en esta Ávila nuestra, tan querida, tan llorada, tan cierta, han vivido otros viernes, en las primaveras terribles, el mismo dolor que nos anega ahora, es la voz de aquellos que acompañaron al Nazareno y que rodaron la piedra en su sepulcro, como José de Arimatea, el cuál somos todos ahora, cuando parece perdida cualquier esperanza.

      En este Viernes Santo del año 2020 en el que además de que Cristo ha muerto parece que el mundo se nos viene abajo por el dolor inmenso que la pandemia del coronavirus está causando entre nosotros, ahora que parece que los jinetes del Apocalipsis cabalgan desatados y rabiosos, ahora que parece que estamos más abandonados que nunca, el Crucificado es nuestra única esperanza. Tenemos la suerte, la que no tuvieron los primeros discípulos, de presentir que vendrá la Vigila Pascual, la Resurrección de Nuestro Señor, y la muerte y el pecado habrán sido vencidos. Este Cristo que llevamos muerto volverá glorioso. Por eso os pido que dejéis encendidos los velones con los que le acompañamos, para que sepa, cuando vuelva, que seguimos aquí, esperándole, desde las torres y almenaras de Ávila. La soledad y el dolor que ahora nos traspasan, como a María, tienen que ser, más que nunca, el alimento de nuestra fe en el Reino de los Cielos. Sabemos de quién nos hemos fiado.

      Negra y morada, morada y negra, la tarde, la noche en la que regresamos al hogar, una lanza también en nuestro costado, el miedo que nos atenaza los tuétanos, sintiendo que los pilares de la existencia se han derrumbado y yacemos, así mismo, como Cristo, sepultados bajo una losa de angustia, con el corazón encogido por el gusano de la muerte, que parece está riéndose de nosotros, tan desasidos y solos como nos encontramos, mientras caminamos, tal vez cabizbajos, bajo el luto y la desmemoria, sin encontrar un sendero que nos lleve al hogar, al corazón que habitan nuestros anhelos y amores, buscando abrigo en el que resistir la intemperie de esta noche más triste y más desierta, la noche huérfana de toda luz, de todo fuego, de todo intento.

      Enterramos hoy, con Cristo, a nuestros muertos, enterramos hoy nuestra desdicha, esperando la Luz de la Resurrección, sabedores de que nos lo encontraremos, acaso, camino de Emaús, o como la Magdalena, y no habrá sido en vano todo, esta Pasión, esta Muerte, este deshabitarse, esta congoja que se nos clava con hierros tan fieros, esta espera, este miedo. Negra y morada, morada y negra, la tarde, esperando en la noche más larga el Alba que viene, la Luz Eterna.

      Un fuerte y fraternal abrazo en Cristo para todos, en esta espera



Fernando Alda Sánchez

Ávila, 10 de abril de 2020







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