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domingo, 24 de noviembre de 2019

Los libros que ardieron


 

        El viento trae hoy presagios y condenas, una luz final, la palabra reseca de los recuerdos muertos. La lluvia viene descalza, con los pies heridos, en pedazos, como si el otoño, desatado en sus elementos, no conociese su nombre y solo se le pudiera mirar y nombrar desde el fuego, en el hogar, pues va apurando sus estragos.

         Hoy es un día para releer despacio "La montaña mágica", de Thomas Mann, o para abismarse en "Pabellón de reposo", de Cela, y mirar la nieve, desafiante en las cumbres, contra un cielo de silencio,  dejar que la lectura y la melancolía obren el milagro de salvar el día sin caer en la desesperación de lo enfermo. O caso estamos en el "Pabellón número 6", de Chéjov, entre lo real y la locura, en ese eterno debate que enfebrece las renuncias y la desolación.

           En esta desmemoria recuerdo los libros que ardieron en tantas piras funerarias, por desgracia, muchas, pero sobre todo recuerdo "Fahrenheit 451", de Ray Bradbury, que resume todas las hogueras librescas, todas las noches en las que se rompieron los cristales de los libros, asesinados con largos y voraces cuchillos de odio y totalitarismo.

           ¡Si al menos hubiera un camposanto para los libros que se quemaron, allí podríamos dejar sus cenizas! Pero su sombra vaga irredenta, con el viento, perdida en caminos y desiertos, y la lluvia no enciende su fulgor.

            A los libros de papel los queman. ¿Cómo arderán los digitales? ¿Bastará una tecla para borrar los ceros y unos de los que están hechos? ¿Bastará una desconexión, una falta de fluido eléctrico, la caída del sistema, la rotura de la fibra óptica para que dejen de respirar? ¿Los libros ahora son más frágiles que el simple papel? ¿Será todo ello más impersonal, más frío, más helador, más inhumano? Quizá tengamos que comenzar ya a memorizarlos, a ir guardándolos en las alacenas del alma, para no desaparecer nosotros mismos con ellos en cementerios electrónicos, en algoritmos de niebla y abandono, empeñados,al igual que ocurre con nosotros, en una eutanasia que sólo conduce a la extinción. Acaso es eso lo que deseamos, lo que queremos.

      El viento y la lluvia son hoy jinetes de un Apocalipsis diferido, virtual, que no llega nunca, pero que ya ha comenzado a dejar que se asome la "Tierra Baldía", la de Elliot, en la que quizá vivimos. En estos estertores otoñales el raciocinio languidece como luz de acetileno, ahogándose en fantasías y en cuajos de letra impresa, de papel mudo, de sueños deshuesados y vencidos. Tal vez la incierta llamada de la verdad, que te arrastra en las arboledas de la fiebre, consiga finalmente su propósito más firme: iluminar la caída del pensamiento, entre la civilización y la barbarie, como el soldado desconocido que es.

       Basta.


Fernando Alda Sánchez


(Foto: Pixabay)

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