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miércoles, 11 de septiembre de 2019

La verdad no tiene retorno

     Llaman las campanas a misa mientras la tarde se reclina con un sol de cenizas, y en los chopos arde una luz final de otoño y el campo sabe a sementera y a pájaros. Es la paz ciega que admira una mujer recostada en un calvario de piedra; sobre su cabeza las cruces se ensombrecen mientras se extinguen los ocres y el tiempo se torna negro, estrellado, en Castilla.

     En unos instantes sabrá de la lumbre, del pan encendido de aceite y del vino espeso, sabrá de la noche, y esperará, como desde el fondo de un pozo, el primer canto de un gallo en el transcurso del existir. Y hará memoria del día, desde lo hondo, como el Cristo que te mira en la penumbra de la ermitilla del otero, clamando por su abandono en Getsemaní. Todo estará en orden, y una candela arderá como señal. Ahora puede estar tranquila y esperar el final de los tiempos, toda vez que abandonó el fulgor del oro y del mundo.

    Sobre una tabla olorosa, cortada del más frondoso nogal, libros esperan, y en la lectura sangrará la vida, esa quemazón que en sus ojos cálidos, femeninos, despertará la memoria. Desde la ciudad y el artificio voces de regreso llaman, más ya eligió la morada y la verdad no tiene retorno.


Fernando Alda Sánchez



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