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miércoles, 25 de septiembre de 2019

Las prisiones de la conciencia

Como olvida la noche su despertar

aciago y alumbra un temblor en las médulas,
amaneces desnudo, pues sabes
que tu carne es rojo fruto prendido del helor
violeta de las navajas; para ti
forjaste en la conciencia
todo cuanto aprieta y no perdona,
el inevitable castigo de reconocerte.
Esperas doblegar la angustia, el pulso
enfebrecido que te acomete por las bocanas,
tullido o monstruo te quisieron,
pasto de demonios y no abierto a lo humano.
Un silencio guardarían de ti los claustros,
lacónicas bestias y rudos acantos,
regados de tu sufrir, o los inviernos
en la celda languideciendo al deshojarse
de las horas canónicas,
laudes, vísperas, completas,
horadando la brecha ciega hacia el vacío.
Tú no eras monje: mas con tu mano
arrebataste una vida, y aún preguntas
cómo pudo suceder y el muro no contesta.
Te hallaron prendido y aún caliente
al arma homicida al acudir
criados a los gritos. Después, años
de tribunales de los que mejor hablan
oscuros cartapacios y temibles jueces,
y al fin loco te dan cilicio y soledad,
retiro del mundo.
Ahora es solo tuyo el pensamiento,
la voz interior que anhela
banquetes y torneos, el trato de las damas,
el sarcasmo hiriente del bufón,
o el aroma delicado e intenso
de azahar al removerse
entre las sábanas tu amada.
Extraña droga por dentro de purga
los sentidos, quebranta sus fronteras,
un vómito único y prolongado
iergue señales de tu crimen:
lastrada el alma no mueve a consuelo.
Onagros turban tu sueño, bífidos
alacranes, del ecuador
serpientes como ríos de cieno y babosidades,
circundan peligrosamente
los pasos del corazón, coronarios
verdugos de un estrecho pábilo de vida.
Arrastras la pesadilla en el insomnio,
estallados los ojos de vetas de hiel
y cárdenas láminas de llanto.
Cuántas veces te sorprendiste
junto al pozo y en el agua mansa
el rictus desencajado y hondo de ceniza,
o descarnándote con la tralla
mudas rosas de desoladas espinas,
hasta caer agotado y sin sentido,
bizmado por el canto de las alondras
y la quietud del cenobio.
Con algo de paz te serenaban aquel fray Juan de la Cruz,
el Castillo Interior de Teresa de Ávila,
y los Abecedarios del de Osuna,
Dios no estaba lejos,
te buscaba, mas tu
ya habías decidido: hacia la media noche,
en el campanario, sin luna; que el bronce
fuera tu testigo.
Un zureo de palomas te ofreció
homenaje junto al primer sol;
después, bastó la tierra:
nadie aprendió jamás tu nombre.


Fernando Alda Sánchez

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